FÁBULA DEL ENAMORAMIENTO (FUENTE DEL CAÑUELO)

Llevada por su zigzagueante vuelo cruzaba el río aleteando sus escamadas alas, observando las innumerables gotas de agua que levantaban las chiquillas mientras jugaban. Sorteaba con cuidado las húmedas fracciones, pausadas por instantes en el aire, buscando con su revoloteo un lugar donde detenerse a curiosear. Sobresaltada, cuando dormía plácidamente, por los alegres gritos que se elevaban hasta el celeste cielo, ella, la mariposa, voló hasta encontrar una flor donde posarse, compartiendo el alborozado momento del que disfrutaban las cuatro adolescentes cruzando el río.

El sol penetraba entre las ramas del nogal, creando haces y destellos de luz, como imaginarios brazos en forma de rayos que venían a detenerse en los vestidos empapados de las cuatro niñas. El agua fresca del continuo arroyuelo se agradecía en esta época estival, y, junto al matizado verde de las hierbas, que brotaban junto al cauce del Burguete, configuraban una imagen de gozosa visión.

El nogal del “Cañuelo” regalaba sombra suficiente para no pasar calor, las madres, amparadas bajo su ramaje, lavaban la ropa frotando sobre las corrugaciones de la tabla, enjabonando sus blancas sabanas antes de enjuagarlas en el baño, repleto con agua de la limpia corriente, acabado el trabajo, pasaban a tenderlas al sol. Un quehacer agradable con el que disfrutaban las amas de casa, compartiendo secretos abiertos, penalidades personales de conocidos, dimes y diretes entre ellas.

Las risas contagiosas alegraban el mediodía de ese agosto del 59, donde Monna Bell (quien con “El telegrama” ganó la primera edición del Festival Español de la Canción de Benidorm) y Paul Anka (número uno para Billboard, con su tema “Lonely Boy” y su afamada “Diana”) rivalizaban por el trono de artista del año, con permiso del queridísimo Nat King Cole y su “Yo vendo unos ojos negros”.

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En la radio de Luisa, regalo que le trajo su hermano José de Holanda, emitían un programa musical con estos éxitos. Esa mañana la llevó para escuchar los partes de noticias, algunos muchachos del pueblo se encontraban destinados en Ifni y el Sáhara Occidental, quería estar atenta por si comentaban algo, aunque si no informaron durante la guerra, tampoco pensaba que ahora lo hiciesen, era un conflicto sin aquiescencia del pueblo y las noticias eran escasas.

Tendieron las primeras sábanas, al ritmo pegadizo de unos recién llegados, se hacían llamar el Dúo Dinámico y, en esos momentos, la emisora que escuchaban apostaban por ellos y su  “Recordándote”, augurándoles un porvenir brillante en el panorama musical. Juana y Lola se movían girando las caderas y los talones, manteniéndose sobre las medias puntas, con las manos caídas, las dos jóvenes bailaban al compás de la guitarra punteada por Ramón Arcusa y la voz jovial llena de colores de Manuel de la Calva. Al verlas, las mujeres les reprendieron, indicándoles que se dedicaran al trabajo y guardaran el baile para la feria.

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Unas a otras se ayudaban a la hora de tender, primero dando vueltas a la ropa como un torniquete, para escurrirla, luego las extendían cuidadosamente, para que no se mancharan con la tierra del suelo, terminando al colocarlas sobre los cordeles amarrados donde daba el sol.

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Al fondo, junto a la fuente del Cañuelo, se podían oír las risas juveniles de las hijas de las lavanderas y sus amigas, carcajadas con olor a mocedad adolescente y pavo infantil, por momentos llegaban gritos de exclamación, otras veces, silencios de secretismo íntimo.

La mariposa dejó a las mamás en su tarea, profundizando por el camino escarpado en la roca, sobrevolando las zarzas pajareras repletas de moras, aleteaba dejando a la derecha el descansillo en altura de hierbas y árboles, testigo de muchas tardes de amor y amistad entre jóvenes. El riachuelo diminuto, que formaba el arroyuelo de la fuente, estaba repleto de pequeñas piedrecitas de todos los colores, la frescura del ambiente agradaba al alado insecto, cansado de la vehemente mañana y deseoso de observar el trajín púber de las chicas. Posó sobre el tallo de una flor, prestando atención.

Luz, María Isabel, Carmen y Pilar deshojaban unas margaritas, esperanzadas a que terminaran en un “me quiere” las preguntas sobre amores deseados. La curiosa mariposa volvió a volar hasta posarse sobre un saliente de roca, junto a la fuente de agua, allí cerró sus alas, presumida, se giró a un lado y se relajó.

“Dice mi flor que Santi me quiere”, se le escapó el nombre al decirlo Luz, sonrojándose al terminar el comentario, apretó sus labios queriendo sellarlos, arrepentida con su desliz, las restantes amigas rieron entre gritos y exclamaciones sobre los novios venideros.

-¡Vaya! Que no se notaba, chica. –Comentó María Isabel.

-Pero… ¿Qué dices? –Le contestó Luz.-

-Pues que llevas más de un mes yendo a comprar el pan tu sola, para poder pasar por su puerta. –Pilar comenzó a tirar agua a todas cuando desveló el secreto de Luz.-

Carmen era muy reservada y nada comentó al respecto, ella llevaba enamorada de Santi desde pequeña, eran vecinos y cada día se sentaban en los escalones de la Cantarería, donde él exhibía sus dotes de seductor con palabras bonitas y gestos cariñosos hacia ella. Luego llegaban sus amigas y el hechizo se quebraba, pasaba a un segundo plano ante la madurez que mostraban Pilar, Luz y María Isabel.

-Pues a mí no me quiere, o eso dice la flor, pero me da igual, …él se lo pierde. –Expresó Pilar.-

-¿Quién no te quiere? –Preguntó Luz.-

-¿Quién va a ser? Santi, el más guapo del pueblo.

-Pues a mí sí, mi último pétalo termina en “me quiere.” –Refirió María Isabel.-

-Yo me lo pedí primera, no seáis envidiosas y dejarlo para quien de verdad le gusta, esta guapa que soy yo. –Luz no quería que le robasen a su galán.-

Comenzaron a reír con la ocurrencia de la chiquilla, entonces llegó Miguelón, con dos cántaras para llenarlas de agua, el hombre dio los buenos días, luego hizo referencia al calor y, en cuclillas, comenzó a llenar las vasijas en el chorro de la fuente. Las chicas callaron, dándose codazos unas a otras, indicando con la mirada como le asomaba medio culo al hombre cuando se agachó.

Con risas contenidas, mirando entre los dedos al cubrir los ojos con las manos, aguantando como podían soltar una carcajada, sin querer ofender a Miguelón, que ya acababa su tarea. Este, «cada dos por tres», se levantaba la parte trasera del pantalón, pero volvía a bajarse dado que le quedaba justo de talla. Subió una cántara al hombro y otra sostuvo en la cintura, se despidió y caminó cruzando el arroyo, subiendo por los salientes de la roca, perdiéndose al instante tras el recodo que formaba el propio tajo.

Nuevamente brotaron las risas contenidas por la escena del culo de Miguelón, decidieron subir al altillo, “atarragando” por el terroso desnivel, apoyándose la una en la otra hasta alcanzar su objetivo. Una vez allí, rodeadas por el verde césped y bajo las sombras alargadas de los árboles, se tumbaron sobre la hierba, cansadas, soñadoras, los pájaros animaban ese mediodía con su trinar y sus vuelos entre ramas, nuevamente volvió el amor a resurgir en sus labios.

-Ojala Santi aquí a mi lado, tumbado, cogiendo mis manos. –Suspiró Luz al decirlo.-

-Tú no le gustas Luz, quien a él le hace “tilín” soy yo. –Pilar también suspiró.-

-Habláis por hablar, en el fondo sabéis que la elegida seré yo, mi pelo rubio lo vuelve loco. He notado que me mira más que a vosotras. -María Isabel lo dijo segura de sí misma.-

Su comentario provocó las chanzas de sus amigas Luz y Pilar, que igualmente presumieron de pelo y porte, asegurando que a ellas las miraba más veces que a su amiga. Cada una defendía sus posibilidades amorosas mientras… alejada del momento, Carmen pensaba en su vecino Santi, con su camisa desabrochada y su pantalón recortado jugando en la calle. Lo imaginaba sonreír guiñándole un ojo, él, hechicero del amor, acariciaba su flequillo situándolo hacia atrás, mirando fijamente los ojos de ella, gesticulando con la boca las palabras “te quiero” que tanto quería oír de sus labios verdaderos.

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La mariposa comenzó nuevamente a volar en dirección a las lavanderas, recorriendo el sentido del cauce tan cerca del agua que la rozaba con sus patas, desenrollando su probóscide para beber, alzando sus antenas con el aleteo, en busca de olores que le indicaran donde se encontraba el néctar deseado. Dibujando líneas imaginarias en su vuelo, en constantes cambios de sentido, llegó hasta el nogal, donde se posó, en una ramita delgada con visión completa del río.

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Luisa lavaba unos pañuelos, los mismos que la semana pasada secaron las lágrimas vertidas por la muerte de su madre, unida a ella desde pequeña pues, aun estando casada, compartía techo con ella. Su marido trabajaba en la carretera, de peón caminero, cuidaba un “trozo” de cinco kilómetros entre la vecina Ronda y Algeciras. Aparejado de un palo, azadón, rastrillo y espuerta, se pateaba diariamente la distancia que le correspondía, limpiando las cunetas para evitar que se acumulara el agua o se incendiaran las ramas. Una vez, cada quince días, pasaba por casa, al llegar abrazaba a su esposa y levantaba a su hija en brazos, hasta el cielo. El dinero ahorrado se lo entregaba a su esposa, para que pudiese llevar una vida digna en casa junto a su madre. Ese día almorzaron juntos, los cuatro, una gallina que cocinaron y que les supo a gloria, la lejanía del hogar conllevaba malas condiciones gastronómicas y de vida, al menos esas vueltas al hogar se celebraban como buenamente podían. Tras el largo almuerzo, llegó el esperado silencio alrededor de la mesa, sentados en las sillas de madera, esperando dieran las cinco para, en la radio, oír “Ama Rosa”, la radionovela de la Cadena Ser y que tenía enganchada a Luisa desde su comienzo.

Francisca, la madre de Carmen, repasaba las sábanas tendidas al sol, estirando los cordeles para que quedaran sin pliegues. Era una mujer joven, aunque ya viuda, su marido padeció unas fiebres extrañas que se lo llevaron, nada se pudo hacer para sanarlo. El tiempo cerró la herida aunque no su resquemor, muchas noches pasaba en vela, llorando a su marido en silencio, ahogando sollozos para que su hija no la oyese. Vestía luto desde su entierro, dedicando su vida a la educación de su hija y al cuidado de la casa de doña Eulalia, la mujer del boticario. Todos los días trabajaba desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, hora en la que se encargaba de ayudar a su hija con las tareas de clase, ahora, en época de verano, dedicaban esas horas a pasear por las calles del pueblo, visitando a las vecinas y quedando en las puertas a pasar un rato de charla sentadas al fresco. Una vez en casa, Francisca y Carmen leían algún libro de los que se traía prestados de la casa del boticario, quien poseía una biblioteca enorme.

Lola y Juana charlaban sentadas sobre una piedra lisa en mitad del arroyuelo, contando historias que llegaban con los vendedores del mercadillo, ensimismadas en su charla. Conversaban sobre la comidilla del pueblo esos días, no era otra que la boda de Ignacio, el hijo de don Juan, con Mariola, una mujer con una hija a cargo que llegó de Sevilla huyendo del marido, un personaje oscuro que bebía en demasía y lo pagaba con ella. La familia de él era reacia al matrimonio entre ambos pero, la tozudez por parte de Ignacio, y los buenos modos presentados por Mariola, fueron cambiando los pareceres familiares. “Hasta se ha visto en la plaza a la suegra del brazo de la nuera”, comentó Lola, una solterona, hermana mayor de Pilar, que no encontraba marido y llevaba camino de quedar para vestir santos.

“Cuentan que se irán a Madrid a vivir, allí podrá ejercer carrera el señorito”, dijo Juana, la hija del hortelano, una guapa muchacha que la pretendían todos los solteros del pueblo. Durante el próximo baile de feria se la “rifarían” para invitarla a bailar, ella en cambio se desvivía solo por uno, Ángel, un joven de veintitrés años que ejercía de carpintero y no era muy de salir, apenas si se veía por el pueblo, sin embargo, ella se apañaba para llegar a la carpintería por serrín en nombre de la madre. Él la atendía nada más verla, luego, para que no cargara con el peso, la acompañaba a casa portando el serrín hasta su puerta. La madre, sabedora del amor que su hija profesaba al joven, lo invitaba a pasar y le ofrecía un poco de agua fresca, Juana quedaba embobada el tiempo que el permanecía en la casa, siquiera hablaba, solo lo miraba enamorada.

-Venga, par de tontas, avisad a las niñas que nos vamos para abajo. –Las interrumpió Luisa, sacándolas de su mundo.-

Con todo recogido, sabanas dobladas, paños ordenados y alguna camiseta blanca situada encima de la colada, las lavanderas y las niñas, acabaron la faena, no sin antes recibir todas, alguna que otra manotada de agua cuando subían por los escalones que remontaban desde el arroyo. Las madres sostuvieron los cestos con ropa en la cintura, las dos jóvenes tomaron un asa cada una para portar la tina, o baño de láminas, con tablas, paletas, banquillos para proteger las piernas y jabones, hechos en casa, en su interior. Las cuatro niñas juguetearon, arrojándose agua, mientras cruzaban por el paso formado con piedras sobre el río.

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Cuando alcanzaron la carretera, tras una mañana y mediodía de lavado y secado, vieron como unos niños se despedían entre saltos y patadas al aire, emulando al gran Eneko Arieta. Bajaban del Vizcaíno, de jugar al fútbol en el campo desnivelado y empedrado que allí utilizaban como si del remodelado San Mamés se tratase. Uno de ellos, bajó por el laminado tajo, a la derecha de la carretera que bajaba del Almendral, provocando las espiraciones profundas de las adolescentes, los tirones de brazos entre ellas y el rápido arreglo de sus enmarañados cabellos, todo, para mostrarse lo más guapas posible ante el recién llegado.

-Buenas tardes señoras. –Dijo Santi con educación.-

Luisa y Francisca contestaron al chico con un “muy buenas, guapo”, luego le pidieron que saciara su sed bebiendo un poco y se refrescara la acalorada cara, él, obediente, bebió y se refrescó echándose agua con las manos sobre sus rojos mofletes.

La imagen se paralizó en las retinas de las niñas, que no se retiraban de su lado, mirándolo como si de un cantante famoso se tratara, queriendo hacerle preguntas que los nervios del momento le impedían. Luz casi se cae de espaldas cuando Santi la miró y le sonrió, algo parecido le pasó a Pilar, quien con el corazón en un puño le dijo con una tartamudez turbada “ho… ho… la, hola” incitando las risas de María Isabel que, algo más pícara, se acercó hasta el zagal y le rozó con su mano, casi de pasada, un brazo, quedando hasta con ganas de llorar, emocionada por el instante vivido.

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Las mujeres continuaron caminando, tomando distancia, tras ellas, las jóvenes cantando, y un poco más alejadas, las niñas y Santi, este se detuvo, echó la vista atrás y vio como Carmen quedaba rezagada con la cabeza baja, los ojos rojos a punto de estallar en lágrimas nerviosas y una tabla de lavar bajo el brazo.

-Vamos Carmelita, que estás muy pava para andar. –Le dijo una de sus amigas con retintín.-

-Eso digo yo, -refirió otra- ligerita que nos va a coger la noche.

Carmen no dijo nada, apretó los dientes y contuvo su rabia, la que le proporcionaban sus seis meses de diferencia con las amigas. Ella siempre quedaba en un aparte, como si nada sintiese en su corazón, siempre permanecía aislada a la hora de repartir amores, eso le molestaba sobremanera, aunque nada de ello comentaba, eran amigas de siempre, de las de verdad, amigas del alma.

-Vamos vecina que te ayudo. –Le dijo Santi.-

Se acercó hasta Carmen, cogiendo su mano y notando su estremecimiento, Santi no era tonto, era conocedor de las pasiones que ella sentía. Lo que ignoraba Carmen era que él soñaba cada noche con ella, le gustaba jugar en su calle porque la veía sentada en el escalón, mirándolo, cada quiebro en el “pilla pilla” se lo dedicaba en su interior, cada gesto al tocar su pelo era para disimular y de reojo verla de nuevo, la dulzura de Carmen lo tenía ganado, sentía que nada podría evitar quererla. Se aproximó despacio hasta su cara y la besó en la mejilla, le pidió la tabla para llevarla y se decidió.

-Súbete a caballito bonita, te llevo hasta tu casa.

Carmen no dudó un segundo, de un salto subió a su espalda, Santi la sujetó por las piernas mientras ella le rodeaba el cuello con sus brazos, amándolo para siempre, viajando en una nube, una nube de amor.

Las tres amigas enmudecieron, con los ojos abiertos, siendo testigos de la marcha de su amiga subida en «cucú» sobre el chico de sus fantasías. Al oírla reír a carcajadas, se miraron presuntuosas, como si su castillo de corazones se derrumbara poco a poco, con cada paso que se distanciaban.

-No me ha parecido tan guapo al verlo hoy. –Comentó Luz, ávida de cambiar su destino.-

-Opino lo mismo, un poco creído también parece. –Sentenció María Isabel.-

-Y enamorado. –Dijo entonces Pilar suspirando.-

Las tres niñas continuaron andando, dando ideas sobre qué hacer esa tarde, pensando si era mejor ir a la plaza en busca de las amigas, o dar un paseo por el Cerrillo, por si acaso el destino las premiaba y se encontraban con Pablo, el hijo del maestro.

-A mí me parece más guapo que Santi, y menos presumido. –Expresó Pilar.-

-Anda que sí. –Terminó diciendo Luz.-

Y así hasta llegar a los Capuchinos, donde se detuvieron a beber un poco del agua fresca de la cantara, todas menos Carmen, que siguió junto a Santi, caminando, agarrados de la mano, repletos de felicidad.

Veinte metros delante de ellas planeaba con aleteos una mariposa, con un vuelo suave, colmado de inesperados giros y cambios de dirección, se posaba suave sobre el pelo de Carmen, elevándose en el aire, dando vueltas alrededor de ambos enamorados, quedando suspendida junto al rostro con ojos abiertos, soñador y enamorado de ella. Santi caminaba despacio, procurando que el camino no se acabara nunca, que durase una eternidad, queriendo detener el tiempo y hacer desaparecer a todos para quedar solos ellos dos.

El amor, ese maravilloso sentir que se enaltece sumamente cuando es verdadero.

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Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribistes, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero.

-Garcilaso de la Vega-

-Soneto V-

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