#QuedaEnSetenil

José González López nos vuelve a deleitar con un articulo repleto de sentimiento y amor hacia su pueblo, esta vez dando un paseo por nuestra rica historia, ensalzando los templos y los rincones y entramados afianzados en leyendas verdaderas, elogiando a nuestra primera Diosa, a las imágenes de nuestra Semana Santa y a las festividades de nuestro Santo Patrón y Santa Patrona. En este texto cubierto de oro, José mira hacia la ciudad de Acinipo y le guiña como nuestra, como realmente es, adulando a su romano teatro cuál gloriosamente se inauguró con la asistencia de más de mil personas y el estreno de la genial obra de Plauto, Miles Gloriosus. Nos descubre el trabajado y trabajoso entramado arabesco de Setenil y nos pide que volvamos, porque lo haremos encantados, desde el Peñón de los enamorados.

Disfruten leyendo.

foto María GJ

Foto de María Guzmán

Y volverás encantado

Encantado por encontrarte ante una figura que los primeros setenileños esculpieron implorando fertilidad para nuestros campos. Lo que en otros lugares toma el nombre de Venus, aquí en Setenil se llama “Damita”. En su contemplación tu imaginación te embarcará en un mágico viaje de miles de años donde compartirás la experiencia de sobrevivir en cuevas junto a aquellos primeros pobladores. Viviendas primitivas que se han dado en conocer como “abrigo en las rocas”, y aún hoy, son santo y seña, principal y exclusivo rasgo de identidad de Setenil.

Encantado te sentirás ante el teatro de Acinipo, resto de un importante asentamiento que Roma quiso plantar en estas tierras y que consiguió un realce tal, que le fue permitido acuñar su propia moneda. La razón la hallarás en la panorámica desde la Mesa de Ronda la Vieja, cuya inmensidad embrujará tu entendimiento hasta poder divisar a Julio Cesar sobre su punto más alto, y a sus pies, campiña fértil al norte, montes de encinas y quejigos al sur y viñas y olivares por doquier. Por ello desde Acinipo, esporádicamente, se repuso fuerzas a legiones guerreras, y siempre colmó de vino, aceite, cereales y manjares las ánforas de las principales despensas de Roma.

Encantado regresarás a la Villa Nazarí, allí, en su Torreón, oirás al Cordi dar instrucciones para la defensa ante los asedios cristianos. Más de dos siglos siendo inexpugnable te contemplaran desde sus murallas, y su aljibe y sus pasadizos hasta el río te explicaran el porqué de esta formidable resistencia. Siete intentos fallidos dieron el singular nombre a nuestro pueblo: “Septem nihil”, “Siete veces nada”. Entre los reyes nazaríes, sin embargo, había triunfado otro sobrenombre por la belleza singular de este enclave y fidelidad demostrada al último taifa: “La Perla de Granada”.

Cómo por encanto aparecerán ante ti, desde el Peñón de los Enamorados, dos caras de una moneda. De un lado, fue este lugar punto de encuentro de amores reales pero furtivos, sinceros, pero prohibidos entre moros y cristianas, o entre cristianos y moras que apartados del núcleo urbano, vivieron romances imposibles al despertar de cada luna. Y como cruz fue vientre preñado de sangre y fuego, atalaya artillera del Rey Fernando junto a la cual, la Reina Isabel levantó la ermita de San Sebastián y un hospital de campaña, de los primeros de este carácter levantado en tierras españolas.

El encanto te devolverá a La Villa y así poder contemplar la Parroquia de la Encarnación. Tras nombrar Setenil Villa de Realengo, se ordenó construir por Sus Católicas Majestades un templo sobre la antigua mezquita mora que fuera digno de la categoría que se había dado a la plaza recién cristianada. Recién restaurada muestra, tras su pórtico y fachada mozárabes, desnudos nervios de crucería tardogótica, sobre sus muros un retablo de óleo sobre madera, y entre ellos el imponente tesoro imaginero de la Hermandad de la Vera+Cruz. El creyente redescubrirá el poder de la Misericordia Divina entre Las Manos del “Amarrao”, encontrará Paz en la contemplación del Rostro del Cristo de la Vera+Cruz y orará emocionado por la belleza de La Virgen de los Dolores. El no creyente, deleitado por la riqueza artística de Las Tallas, admirará sorprendido la magna colección de arte sacro.

Cuando ya Setenil, por puro encantamiento, haya conquistado tus sentidos, te mostrará el Artesonado Mudéjar de su antiguo Ayuntamiento, y te invitará a pasear por sus ermitas. Pequeñas, pero deliciosamente cuidadas: la ya nombrada de San Sebastián, cuna del cristianismo en Setenil y punto de partida de la Procesión del Silencio, primera y durante muchos años única expresión penitencial de nuestra afamada Semana Santa. San Benito, casa de Padre Jesús, imagen que, aunque joya del s.XX (por destrucción de la anterior durante los conflictos de los años treinta de ese siglo), es imponente y precioso referente del más puro barroco imaginero. Y por último, aunque no por ello menos importante, la Ermita de Nuestra Virgen del Carmen, Patrona de nuestro pueblo, Reina Marinera en el corazón de la sierra que desde el barrio del Cerrillo reparte bondad y alegría cada mes de julio por todo Setenil.

Y cuando regreses a tu casa, nos mostraremos encantados de haber podido recibirte y cobijarte en nuestro pueblo, y te despediremos deseando volver a verte, porque volver… volverás encantado.

José González López
Vecino de Setenil de las Bodegas.

MOMENTO DE LA ESCENA QUINTA
CONVERSACIÓN ENTRE FILOCOMASIO, ESCÉLEDRO, PALESTRIÓN

ES.— Te hemos cogido in fraganti, no te suelto.
FI.— Pues voy a hacer sonar mis manos, y además en tus mejillas, si no me sueltas.
ES.— (A Palestrión.) ¿Qué haces ahí como un pasmarote, maldición, por qué no la coges por el
otro lado?
PA.— No tengo interés ninguno en meter en líos a mis costillas. ¿Qué sé yo si no es
Filocomasio, sino una que se le parece mucho?
FI.— ¿Me sueltas o no me sueltas?
ES.— ¿Soltarte yo? Todo lo contrario: a la fuerza y contra tu voluntad [450] y quieras que no,
te meteré en casa si es que no vas de grado.
FI.— Yo no estoy aquí más que de paso, yo vivo en Atenas del Ática: yo no tengo nada que ver
con esa casa, ni os conozco a vosotros, ni sé quién diablos sois.
ES.— Denúnciame si quieres; yo no te soltaré antes de que me des la firme promesa de que
entras en casa si te suelto.
[455] FI.— Quienquiera que seas, me obligas por la fuerza; yo te doy promesa de que, si me
sueltas, entraré donde me ordenes.
ES.— ¡Hale, ya estás suelta!
FI.— Y ahora que lo estoy, ¡ahí te quedas! (Se va a casa de Periplectómeno.)

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