FÁBULA DE LA VILLA, 1484.

Recuerde el alma dormida,

Avive el seso y despierte

Contemplando

Cómo se pasa la vida

Cómo se viene la muerte,

Tan callando;

Cuán presto se va el placer,

    Cómo, después de acordado,

Da dolor;

Cómo, a nuestro parecer,

Cualquiera tiempo pasado

Fue mejor.

                                                                         Jorge Manrique.

 

La llegada del ejército cristiano se esperaba para la semana siguiente, la villa, en esos días, sufría una avalancha masiva de todas las personas que se encontraban en los alrededores cercanos. La movilización de familias, en dirección a la fortaleza de Setenil, no estuvo bien organizada, produciendo aglomeración en la plazoleta junto a la mezquita y en la entrada junto a la Torre Albarrana. Familias al completo abordaban la subida a la alcazaba, varios carros cargados de paja, enseres y algunas viandas, se agolpaban en la calle, arrimados al almacén de grano situado bajo la torre del homenaje. Niños abrazados a sus madres, aferrados a su amor ante la cercana incertidumbre que galopaba hacia ellos, todos reclamaban un lugar donde cobijarse, un lugar seguro en el que resistir la amenaza cristiana. Los soldados intentaban solventar los problemas presentes, situando a cada familia en casas de vecinos o lugares mejor dispuestos, allí los acogerían mientras durase el asedio, mientras el miedo perdurase.

Las propuestas llevadas por el emisario de la reina doña Isabel I de Castilla no fueron atendidas por las autoridades, la petición de abandono del pueblo por parte de todos los que allí se encontraban, más la rendición obligatoria, no convencieron al Imám, líder espiritual de Setenil. Este, situó su respeto y obediencia a Granada por encima de la vida de todos, aferrándose a su aspiración de conseguir un lugar de privilegio en «Al-Hamrá», la Alhambra granadina. Su principal idea era la de resistir heroicamente, no tenía entonces constancia de que ninguna ayuda recibiría y solo se enfrentaría a una muerte segura. Caso contrario ocurrió con el alcalde, quien sí aceptó por su parte el trato ofrecido y en medio de la oscura noche se fugó junto a su familia, cabe decir que entre lágrimas, pero dejando el rebaño a merced de los lobos.

El Cordi aseguró su salida de manera traicionera para su gente, abandonando las dependencias de la villa y dirigiéndose a Sevilla, bajo escolta cristiana, algo que aún dolió más profundamente. Allí le esperaba una casa importante y unas tierras a modo de pago por su “colaboración”. Ya lo sospechaban sus vecinos, la reunión con el emisario días antes cambió su forma de comportarse, comenzó a ponerse nervioso en público, dejó de relacionarse con los suyos, renunciando salir a la calle y abandonando sus obligaciones ante la inminente llegada del enemigo. Eso inquietó a la población, quien se apoyó en los militares para solventar el problema del espacio libre que quedaba en la fortaleza y, sobre todo, en disponer la defensa del sitio.

El capitán Ahmad, jefe de la guarnición, entabló buena amistad con el Emisario Real, ambos se reunieron en varias ocasiones durante los tres meses que duraron las negociaciones. Aprecio que finalmente aprovecharon para salvar muchas vidas, aunque antes murieron bastantes más, motivo del terrible asedio al que fue sometido Setenil por parte del numeroso ejército de los reyes de Castilla y Aragón, doña Isabel y don Fernando.

 

SI ALGUIEN ME HUBIERA DICHO:

“TERMINARÁS OLVIDANDO A QUIEN AMAS”

LO HUBIERA NEGADO MIL VECES

PERO TU PERMANENTE INDIFERENCIA ME HA LLEVADO AL OLVIDO.

TE AGRADEZCO TU DESDÉN

PUES ME AYUDA A CURARME.

HOY ME MARAVILLO DEL OLVIDO

CUANDO ANTES ME FASCINABA LA CONSTANCIA

Y SIENTO TU AMOR COMO BRASAS ARDIENTES BAJO LAS CENIZAS.

EL OLVIDO (IBN HAZM)

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Los Fronterizos, caballería perteneciente al Reino Nazarí de Granada, encargada de salvaguardar la frontera, los pasos y caminos de Al-Ándalus, se encontró esa mañana con don Rodrigo Ponce de León y Núñez, marqués de Cádiz, y sus dos mil jinetes cuando rondaban por la zona entre El Gastor y Algodonales, en la distancia, observaron al enemigo para tomar atención sobre sus intenciones. Esa tarde, el arif de los Fronterizos se reunió con el capitán Ahmad, su segundo, Rabem, y el Imám, informando de lo encontrado en su ronda de salida, un campamento cristiano establecido en los llanos, a poca distancia de Setenil. Las reacciones no se hicieron esperar, se ordenó doblar las guardias de vigilancia, enviar mensajeros a Granada y Málaga, reforzar los accesos, terminar de fortalecer la muralla, abastecer de agua los aljibes hasta completar su llenado, recoger todos los suministros posibles y llamar a las autoridades para informar de lo que estaba sucediendo, o mejor dicho, de lo que iba a suceder.

Se personaron en la Torre del Homenaje, los antes nombrados, Salomón y el Emisario Real de Castilla. El alcalde se había dado a la fuga, cambiando de bando a pesar de las advertencias premonitorias de los vecinos a las autoridades, el dinero todo lo puede en tiempos de guerra. Fue el único que se vendió, los presentes lo supieron y nada dijeron, El Cordi ya era conocido por los tejemanejes a su favor con las arcas de Setenil, esperaban su traición más pronto que tarde. El emisario conocía la noticia, fue él quien intervino para convencer al edil, la verdad es que tampoco tuvo mucho que insistir, los demás presentes se enteraron esa mañana.

La reunión comenzó con la intervención del Imám, quien aseguró que ya habían sido atacados antes y nada consiguieron ante sus murallas infranqueables, afirmó que la población colaboraría en todo lo que pudiesen y, por encima de todas las cosas, Dios estaba con ellos. Salomón, como almotacén, hombre culto y querido por el pueblo, fue elegido como representante en una junta de vecinos, todos confiaban en su buen juicio. Cuando le correspondió hablar aportó un dato con el que hasta el momento nadie contaba, “señores, urge decirles, acaso no hayan pensado en ello, que el próximo fin de semana estaba previsto celebrar el mercado de final de verano, la villa acoge a muchas más personas de lo habitual debido al empuje cristiano, aparte están los comerciantes venidos de poblaciones lejanas, ¿Qué se debe hacer con ellos?”

Nadie pensó en esos hombres, tratantes que venían de diversos lugares, dos veces al año acudían para la compra de ganado, grano, aceite y distintas necesidades encargadas para su comercio, dejaban en el pueblo gran cantidad de dinero durante su estancia. Aparte, un centenar de pequeños vendedores, acompañados de sus familias, debían ser ubicados antes de que comenzara el ataque, o al menos facilitarles la salida. “Lo mejor es ponerles sobre aviso y que decidan ellos lo que quieran hacer, en caso de quedarse deberán de refugiarse en las casas que puedan acogerlos, en los baños o el almacén, los niños podemos traerlos hasta las caballerías, aquí junto al Torreón” apuntó Rabem, segundo en la jerarquía militar de la villa de Setenil.

Un soldado fue llamado y recibió orden de reunir a los comerciantes para hablar con ellos, Salomón se encargaría de exponer la situación y de prevenirlos al respecto, una patrulla de vecinos, dirigida por la hija del almotacén, Zoraima, se encargaría de establecer y dar cobijo a las familias venidas de fuera y de llevar a los niños y niñas hasta las caballerías en la plaza de armas.

Ahmad decidió hacerse fuerte en la reunión, desplazando a un lado al Imám, su relación no era de lo mejor, nunca congeniaron, nombró a Rabem encargado de organizar la defensa de la villa, al arif de los Fronterizos le dijo que debía partir hasta Ronda y pedir ayuda, debiendo estar de vuelta a la mañana siguiente lo más pronto posible. Ordenó que se reunieran los mandos militares para una asamblea de urgencia, tratarían la disposición del ejército dando prioridad al plan defensivo que se ensayaba cada dos meses. El Imám protestó enérgicamente las decisiones, mirando al capitán con desprecio y reclamando que Dios fuese escuchado antes de tomar decisiones.

“Ya nos has llevado hasta este punto, tú, que no quisiste escuchar a Castilla en su momento, tú, que rechazaste el acuerdo en busca del halago de Granada. Ahora estamos solos, mañana, a lo sumo pasado, asediados, sin ayuda de nuestro Reino, abandonados a nuestra suerte porque nadie vendrá a socorrer nuestras necesidades, esa fue tú decisión y este el resultado.”

Las palabras de Ahmad calaron tan hondo en el Imám que dio media vuelta y salió rápido por la puerta, herido en su orgullo, llamando a sus hombres y abandonando la plaza de armas junto al torreón. Lo siguió el Emisario Real, que abandonó la sala con la intención de no incomodar con su presencia en esos momentos, en las reuniones mantenidas con las autoridades, ya avisó en su día sobre la capacidad guerrera de Castilla, de su intención de conquistar todo Al-Ándalus y acabar con toda oposición a peso de sangre si fuese necesario.

La cercana Ronda permanecía bajo un cerco que no permitió entrada ni salida de nadie, aguantando ser tomada tan solo por mantener como prisioneros a muchas familias cristianas importantes. Por lo tanto ninguna ayuda podrían prestar desde la ciudad del tajo, el auxilio se buscó en la sierra, donde algunos hombres huyeron perseguidos por la ley, escondidos en lugares agrestes de difícil acceso. El reino se desmoronaba por las luchas internas entre Boabdil, en libertad a cambio de vasallaje a Castilla, y su tío El Zagal, sultán de Granada. Mientras tanto, Setenil se preparaba para hacer frente a doce mil soldados reforzados con las bombardas y morteros de la artillería castellana, en la villa apenas ochocientos militares constituían la guarnición, más los vecinos levantados en armas, cuchillos, zoletas, mazos, palos y demás utensilios que utilizaron como defensa.

 

 

El enviado de Castilla fue detenido cuando bajaba la cuesta que da a la mezquita viniendo de la torre, fue encerrado en una de las cuadras, bajo llave y con vigilancia en todo momento, el Imám planeó su arresto para mantenerlo en la villa, obligando de esa manera a que no pudiera escapar ahora que se acercaban las tropas de la reina doña Isabel de Castilla. Si ellos quedaban aislados, él, que comenzó todo con sus negociaciones, también quedaría allí atrapado, tal vez pudiese servir como intercambio en caso de ser necesario. El Imám no pensaba informar de lo ocurrido para no recibir represalias por parte del capitán Ahmad, amigo del apresado, decidió que los hombres que hiciesen guardia serían de su confianza, gente que no se iba de la lengua. Pensaba dar un buen escarmiento al cristiano, lo culpaba por ser parte de los grandes males que en esos momentos acechaban a Granada.

Pedro Ramallo fue enviado por el mismo rey don Fernando, confiaba en sus dotes de negociador, sin embargo, en esta ocasión, no consiguió su propósito, a pesar de la ayuda de Salomón y el capitán Ahmad, no consiguió que entrara en razón el Imám. Tres meses en la villa le valieron para conocer a Zoraima y mantener una bella relación durante su estancia, ayudó a muchas familias a salir antes del asedio y terminado este se convirtió en Legislador Real, contribuyendo a la recuperación y florecimiento del pueblo.

A todo esto, las tropas cristianas, mantenían la certeza de llegar hasta el pueblo al día siguiente, en menos de una semana, las huestes cristianas, ocuparían todos los alrededores, bloqueando entradas y salidas, prohibiendo el comercio y, en caso de no llegar a un acuerdo de rendición y entrega, el sometimiento de la población, desplegando un asedio que los llevaría hasta el quebranto más terrible que haya conocido persona alguna.

En la villa eran sabedores de lo que se avecinaba, estaban dispuestos a sufrir para combatir y defender lo suyo, solo quedaba una duda; ¿estarían dispuestos a pagar con su vida la afrenta cristiana?

 

ACASO TIEMBLE ABAJO, POCO O MUCHO,

MÁS POR MUCHO QUE EL VIENTO ALLÁ SE ESCONDA,

NO SÉ CÓMO, AQUÍ ARRIBA NUNCA TIEMBLA.

 

Dos días después de la reunión, el cerco a Setenil era una realidad, un ejército de doce mil hombres y unos tres mil zapadores, ocupaban los puntos estratégicos desde los cuales  mantenían asediado el sitio. Don Fernando, esposo de doña Isabel, comandaba las tropas de Castilla, junto a él, el marqués de Cádiz, el Gran Capitán, Francisco Ramírez “el artillero” y el cardenal Mendoza. La gran apuesta ofensiva se situó al borde del olivar del pequeño cerro frente a la retaguardia de la mezquita, allí se estableció el grueso de la artillería, diez bombardas quedaron repartidas a lo largo del terreno, treinta o cuarenta pasos las separaban una de otra, enfilando a punta de sus bocas todo lo que era la villa, la Torre del Sol, principal bastión defensivo de la retaguardia, y la mezquita.

Dos catapultas y dos bombardas acechaban expectantes en la curva que forma la vereda que lleva desde la bajada del Real hasta la Peña Grande, a mucha distancia, no se contaba con su acierto aunque las dotes de don Francisco Ramírez tal vez pudiesen ayudar en caso de necesitarlas. El grueso del ejército se encontraba en la cuesta hasta la Torre Albarrana, mezclados entre infantes, ballesteros, lanceros, portugueses, zenetas y milicianos, como si de una serpiente multicolor se tratase, en formación a la espera de una orden de ataque. Como punta de lanza del ejército, a su cabeza, un ariete gigante con tejado esperaba para intentar el derribo de la puerta, a su lado, cincuenta escaleras con enganche para el asalto. Dos morteros y una bombarda pequeña, sobre tablón con ruedas, se encontraban junto al rey don Fernando, quien mantenía la mirada fija en la Torre del Homenaje, donde se encontraba el capitán Ahmad, retador, ataviado de una túnica del color del vino tinto, un fajín verde con dos dagas entrecruzadas, turbante negro y capa verde ondeando al viento, su barba, negra y perfilada, le conferían un aspecto imperial ante sus enemigos que lo insultaban en la distancia.

Los pasillos de las murallas eran un hervidero de hombres, portando y dejando en sitios transcendentales cantidades importantes de piedras, armas y calderos con pez hirviendo. En cada torre, Albarrana y las dos de puerta de acceso, cincuenta ballesteros esperaban impacientes la llegada de los enemigos aventurados ante su fortaleza. Tras la puerta, doscientos infantes armados hasta los dientes se preparaban para recibir, en caso de que consiguieran entrar, a los cristianos. Desde el arco de entrada principal hasta la plazoleta de la villa, manteniendo silencio, atentos a los ruidos de la batalla, se respiraba el miedo y el valor a partes iguales, la vida y la muerte se entremezclaban en los minutos de tensión que se vivían.

En la retaguardia, guardando el pasadizo secreto que ascendía en recodos desde el río, doscientos soldados se repartían a lo ancho del terreno, manteniendo vigilancia en los cubos y almenas de la muralla, las dos torres defensivas, especialmente la Torre del Sol, se encontraban expectantes ante los movimientos que se producían en las bajas cabrerizas. Los soldados del Gran Capitán parecían retroceder y desistir del ataque, al menos esa era la impresión que daba el constante ir y venir de tropas, llegó un momento determinado donde todos se retiraron calle arriba, desapareciendo y creando confusión en la expectante muralla de la villa.

Abajo, en la calle de la Mina, sin ser vistos, cincuenta hombres a las órdenes del marqués de Cádiz, habían conseguido burlar, en la noche pasada, la guardia nocturna. Cobijados, a la espera de una cuerda que bajara desde la rocosa piedra que los amenazaba en altura, en ella podrían atar una saca con escaleras de cuerda para poder trepar hasta la muralla y sorprender a los nerviosos soldados nazarís.

El sendero de los molinos quedó custodiado por los arqueros del Gran Tendilla, trescientos veteranos que llegaron la mañana anterior para rendir pleitesía a su majestad, acataron lo mandado pues nadie los esperaba, siendo situados en la salida, junto a la vereda del molino, salvaguardando los caminos que llevaban al valle cercano y a los escarpes del río Trejo.

Con todo dispuesto, tanto por el reino de Granada como por el de Castilla, comenzó a caer la oscuridad, sumiendo la villa en una penumbra de desvelo y ansiedad, un sinvivir en cada habitante, un recelo de cada sombra, las miradas terminaron por apagarse ante la lobreguez que asolaba las casas y calles. Los niños se arrimaron a sus madres, cobijándose bajo sus brazos, los soldados se aferraron a sus armas, los más mayores se despidieron de sus seres queridos entre lágrimas. Todo se tornó silencio, la turbación tomó la villa y el miedo se apoderó de los corazones de todos al llegar la noche teñida de rojo sangre. Fue entonces cuando el cielo se rompió en un crujir, un estallido de terror tras otro que retumbaron en todo Setenil, partiendo en dos el alma de un pueblo hasta días atrás seguro de sí mismo.

ACECHA LA NOCHE CON SU MANTO DE ESTRELLAS,

¿QUE BUSCAS EN ESTE LUGAR INHÓSPITO?

DI A TU HERMANO EL DÍA QUE NOS ILUMINE,

QUE EL TEMOR A LA OSCURIDAD ME MATA.

NO TENGO MIEDO SI A LA LUZ TE VEO,

ES LA OSCURA NOCHE QUIEN ME AMENAZA.

 

Los relámpagos y truenos provocados por los golpes de bombardas, eran similares a los de una tormenta, un fuego repentino en la corta distancia que separaba la villa del alto del cerrillo, seguido de un impacto atronador al romper el proyectil contra la casa, muralla o pared con la que se estrellaba. Los gritos comenzaron a adueñarse del lugar, chillidos de niños, acompañados de voces en busca de orden por parte de los soldados y mujeres presentes. La calle, repleta de militares y civiles, recibió una lluvia inesperada de cascotes, provocando decenas de heridos y algunos muertos que yacían tumbados, abandonados, pisoteados por el caos que, poco a poco, se adueñaba de la población “tirada” a la calle y poseída por un estado descontrolado.

El capitán Ahmad observaba como tras una andanada de disparos, se detenía el fuego perverso de las bombardas, ya le llegaron noticias de la necesidad de esas armas de descansar para volver a abrir sus bocas y escupir sus dañinas bolas, a veces de piedra, otras de hierro, en ocasiones de guijarros o las temidas incendiarias. Desde su posición en la altura del torreón podía oír los gritos desalentados del pueblo, si prestaba atención llegaba a escuchar hasta los corazones, latiendo tan nerviosos que era difícil saber si en algún momento descansarían, la conocida turbación, el terror vestido de raso y oscuro cielo. Cerró los ojos, pendiente de un sonido muy familiar para él, un latigazo corto que a continuación profería en un silbido suave, abrió los ojos, impávido ante el centenar de saetas en llamas que surcaban la distancia que separaba el cerrillo donde se encontraban los arqueros de la villa, teniendo a esta como objetivo y a sus habitantes como destino.

El jefe de la guarnición militar bajó por la estrecha escalera, asegurando cada pisada para no resbalar en los cortos escalones, dando órdenes con gran autoridad, los mismos soldados de la muralla del Lizón atendían sus peticiones a pesar de encontrarse alejados del capitán. El cabo de guardia formó a treinta infantes disponiéndolos en cadena para transportar agua, con la pretensión de ahogar los incendios que en breve se producirían, entregó una cubeta a cada uno y les exigió rapidez en la acción. Por la rampa junto a la Torre del Homenaje, llegaba Zoraima, hija de Salomón, varias mujeres la acompañaban para ayudar en la tarea, al instante la cadena comenzó a surtir efecto y los fuegos decayeron lentamente, no sin dificultad.

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Tras la casa del alcalde, junto al arco de entrada a la plaza de la villa, se levantó un fuego de gran dimensión, provocando que el tejado se derrumbara y, debido al golpe con el suelo de las vigas, estas levantaran por encima de las viviendas una nube de cenizas y polvo. Decenas de personas se apresuraron a cobijarse en el almacén principal, a resguardo de la lluvia de flechas y del fuego provocado por las bombas incendiarias. Zoraima caminaba con cuidado, intentando sortear a los heridos que se desperdigaban por el suelo, ayudando a los mas necesitados a llegar a sitio seguro. Niños mutilados o descalabrados por alguna piedra caída de los tejados, lloraban buscando consuelo, intentado comprender lo que sucedía, un hombre caminaba llorando, ciego por el humo, sujetando su pierna cortada entre los brazos. Una mujer se arrodillaba ante los cadáveres, dándoles la vuelta, queriendo reconocer entre ellos a su hija, desesperada de no hallarla allí pensó que podría estar en los baños como le dijo un infante, hasta ellos se dirigió corriendo bajo un sinfín de saetas, al cruzar el arco de la villa, una de esas saetas le atravesó el cuello, dejándola muerta en la plazoleta. Los soldados cubrían sus cabezas manteniendo en alto sus escudos de madera y hierro, sin embargo, lo peor estaba por llegar, don Fernando de Aragón pronto comenzaría su ataque para acometer la Torre Albarrana, ese sería el punto final, la suerte estaba echada.

 

ariete

 

El cielo, o Alá, como dijeron los creyentes, trajo una tormenta de agua inesperada, la oscuridad profirió varios gritos disfrazados en truenos ensordecedores, pidiendo clemencia para los inocentes, para quienes nada entendían de guerras o señores. La oscuridad se rebeló, dando pie a una torrencial lluvia que ayudó a sofocar los fuegos y a traer descanso entre los contendientes. Los cristianos detuvieron el ataque tras una intensa noche de bombardeo y lluvia de flechas, tres de las diez tandas lanzadas, incendiarias, momentos de calma llegaron y ayudaron para valorar el daño producido y las bajas que provocó la acometida. La luz de la mañana trajo suspiros de descanso, posibilidad de arrepentimiento al no haber huido en su momento, pero si algo es característico en los habitantes de la frontera nazarí, es el desprecio a la rendición, a someter su fe a un yugo de opresión en el que nadie creía. La muerte era mejor sitio donde vivir que la vida de rodillas ante las creencias que imponían los cristianos, dos mundos alejados que convivían en mismas tierras, no por mucho tiempo, la Guerra Santa era una realidad, mucho más al llegar la mañana y ver la enorme cantidad de cadáveres en la calle y plaza.

Zoraima y sus amigas actuaron como imprevistas asistentes del ayudante médico, un muchacho joven, inexperto, que hacía las veces de sanitario con el médico oficial que residía en Ronda. El almacén se convirtió en centro de atención para los lastimados graves y leves, las mujeres procuraban conseguir vendas para aplicar remedios y cabestrillos, acarreaban agua desde el aljibe que hervían allí mismo, con la intención de limpiar las infecciones en las heridas y la suciedad en la cara y cuerpo de los asistidos.

La llegada del alba trajo consigo una realidad que nadie quería ver, los incendios provocados, acabaron con varias casas que se derrumbaron desde los tejados de vigas y cañas, estos cayeron sobre las estancias provocando fuegos que acabaron con todo. La rápida actuación de los militares, encomendados a la labor de extinguir los fuegos, fue milagrosa a pesar del daño recibido, la ayuda de la tormenta vino “como agua de cielo”, asegurando al menos unas horas de descanso. Las cenizas volaban sin dirección con la brisa del momento, los cadáveres tumbados sobre los escombros se acumulaban unos encima de otros. Mayores, y menores, lloraban sin consuelo junto a sus seres queridos, heridos gravemente, mutilados o asesinados en la noche pasada, la muerte, con su guadaña al hombro, se paseaba por las callejuelas, entrando en las habitaciones y saludando a todos antes de llevárselos con ella.

 

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Zoraima, junto a una de sus amigas, se encontró al Imám, en una de las casas donde buscaban sábanas para vendajes, abatido sobre el barro del patio trasero, con el cuello cortado y el cuerpo sobre su propio charco de sangre. Recogieron lo que buscaban y salieron de la casa, topándose con los arqueros llegados de Ronda que las previnieron, “salid de aquí, los cristianos han tomado la retaguardia y pretenden acceder a la plaza por la mezquita.” Al parecer, esa noche, durante el ataque, trepadores cristianos subieron desde la mina con escalas, a pesar de la tormenta, consiguieron subir y hacerse fuertes en la parte posterior, aprovechando la confusión existente en la villa.

Cientos de soldados se adueñaron de esa zona, y unos dos mil infantes, amenazaban la entrada a la villa. El mismo rey don Fernando de Aragón, espada en mano, comandaba a las huestes que derribaron la puerta principal, penetrando a través de un agujero abierto por un disparo de bombarda a corta distancia. Los zenetas y mercenarios portugueses del cardenal Mendoza, accedían a la muralla con escalas, tomando la Torre Albarrana y las dos que custodiaban la puerta. Los infantes de don Fernando ya tomaban esa entrada cuando, los de la retaguardia, asaltaron la mezquita por su pared lateral. Entraron a saco en el patio, o shan, combatiendo duramente para hacerse con la plaza a pesar de la intensa lluvia de ballestas que se encontraron, cerca de cien ballesteros se apostaron sobre los tejados, recibiendo a los cristianos sin darles la bienvenida, disparando contra ellos hasta hacerlos retroceder en varias ocasiones.

El marqués de Cádiz y el Gran Capitán comandaron ese acometimiento en la retaguardia, el éxito fue rotundo a pesar de las dificultades para subir por el pasadizo de las cabrerizas. Las dos torres defensivas quedaron derribadas por los disparos efectuados desde el cerrillo, rematando el asalto los hombres del marqués que llegaron los primeros gracias a la ayuda del Emisario Real. Este escapó del cautiverio al que lo sometía el Imám, luego, por coincidencia, lo vio bajar del Lizón junto a dos escoltas, a pesar del agravio sufrido tuvo arrestos para salir a su encuentro y matarlo. Encontrado el momento se refugió en una casucha, junto al borde del barranco, y soltar hasta la Mina la prevista cuerda que utilizó para subir el saco con la escalas, una vez tiradas por su sitio, subieron los hombres de don Rodrigo aprovechando la lluvia, sin levantar sospecha, con rapidez y sigilo.

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DONDE NADA SE HIZO NUNCA

Y NADA AL PRESENTE SE HACE

José Zorrila

 

La rendición comenzó a producirse en todos los puntos de la villa donde se encontraban soldados del Reino Nazarí, a pesar de todo, el Lizón resistió, y allí, en la Torre del Homenaje, quedaron como último bastión nazarí de la historia de Setenil, Ahmad y los treinta hombres de su guardia personal.

Don Fernando de Aragón tomó Setenil tras un asedio de quince días, un bombardeo de un día y una noche arropado por un asalto de dos días, las cifras de bajas en el bando cristiano sumaron un total de unas ochenta muertes y unos doscientos heridos, en los hombres y mujeres que defendieron la villa estuvo cercana a las cuatrocientas muertes, entre ellos mujeres, hombres, pequeños, mayores, ejercito militar y civil, otros tantos heridos y algún que otro traidor como el alcalde El Cordi, que prefirió salvar su pellejo y el de su familia a cambio de vender la vida de sus vecinos.

La reina doña Isabel de Castilla llegó a Setenil cinco días antes del asalto a la fortaleza de roca, acompañada de su séquito y médico particular, llegó embarazada, dando luz a un hijo que nació muerto, ahogado por el cordón umbilical, terrible acontecimiento producto del desplazamiento a caballo desde Córdoba. A pesar de ser un parto provocado, pues aun no esperaba para parir, el médico nada pudo hacer por salvar al infante Sebastián. El cardenal Mendoza ofició una misa en el sitio, a partir de ese momento llamado Real de San Sebastián, en honor al infante. La reina se comprometió a levantar una iglesia sobre su sepulcro y, a visitarla durante el resto de su vida al menos dos veces al año, cumplió su palabra, cada mes de mayo y cada navidad asistía mezclada entre los lugareños, nunca nadie la reconoció a pesar de las ricas ofrendas que entregó.

Don Pedro Ramallo, Emisario Real, y el capitán Ahmad, jefe de la guarnición militar de la villa, pactaron una rendición acorde al valor demostrado por los que lucharon y defendieron sus casas y sus tierras. Todos debían abandonar Setenil, dejar atrás sus vidas y comenzar una nueva en Granada o Málaga, serian escoltados hasta donde llegaban los dominios cristianos en Al-Andalús, cada vez más extensos. Veinticinco familias, elegidas por el capitán y el emisario, dispusieron de libertad para establecerse en el valle cercano, pasarían a renunciar a su fe y convertirse al cristianismo bajo un bautizo múltiple.

Los soldados de la guarnición de Setenil fueron llevados hasta Algeciras, junto a sus familias, desde allí partieron rumbo a África, donde se establecieron. El ejército cristiano partió hasta Ronda, levantando campamento frente a la puerta de Almocabar, una vez en el sitio, enviaron un emisario para tratar una rendición en ese día o una muerte segura en el siguiente.

 

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  ME QUIERES CUANDO TAÑO MI LAÚD

         CUANDO TE CUENTO HISTORIAS FANTÁSTICAS

           O CUANDO OBSERVO EN CALMA LAS ESTRELLAS.

             ME PREGUNTO: ¿ME QUERRÁS CUANDO DUERMA?

             Shakîr Wa´el, <<El tañedor de laud>>

 

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