INVITACIÓN PARA TOD@S

No es necesario estar invitado para asistir, es un evento abierto al público para colaborar con una buena causa. A través de la presente entrada os animo a venir a la presentación de mi novela el próximo día 26 de febrero, en el museo del olivo, CIMO, en Setenil de las Bodegas a las 12 de la mañana.

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Tras la presentación tendrá lugar una representación en directo con garrochistas y muestra de manejo  de garrocha por parte de José Luis Molinillo González y compañeros. Veremos una exhibición de baile flamenco a cargo de Marina Barriga Álvarez y José Luis con el caballo. Igualmente intervendrán la Asociación Histórico Cultural Villa de El Bosque en las Cuevas del Sol y la Sombra y en el Parque La Granja donde está situado el CIMO.

Los beneficios de la venta del libro van destinados a colaborar con la Asociación Sonrisa Libre.

 La asociación instalará un servicio de venta de bebidas y comida durante la jornada, también intervendrá Bartolomé Moreno Villalón (Dj Gallo) de forma desinteresada, aportando su grano de arena y su sabiduría musical a este día de colaboración con la Asociación.

Quiero agradecer al ayuntamiento de Setenil de las Bodegas su prestación de ayuda para cada necesidad que se le ha presentado y su colaboración igualmente con la Asociación Sonrisa Libre, también a la editorial Exlibric por su colaboración en el acto y su ayuda en la difusión del mismo.

También agradecer a Remedios Palma, Rafael Vargas, Inma Pavía, Ángel Medina y Antonio Zamudio su presencia y ayuda en lo que será la presentación del libro.

Agradezco a Virginia, Juan “el Camacho”, Pepe, Antonio, Pere, Reme González, Marina y José Luis su constante ayuda en la preparación de todo lo que conlleva la presentación y representación.

A María, Bárbara, Ramón y Lourdes por prestarse a colaborar con la idea y ofrecer su ayuda desde el primer momento.

Y a todos vosotros por brindarme la oportunidad de hacer realidad este proyecto.

Os espero el domingo 26 en el CIMO, para disfrutar del día y colaborar con una labor como la que llevan a cabo esas personas que forman la Asociación Sonrisa Libre.

Un saludo, muchas gracias y feliz lectura.


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Extracto del capítulo “Laura. Los josefinos” del libro El garrochista. Amor, tierra y sangre de Sebastián Bermúdez Zamudio.

 

“Me aproximé hasta el fondo de la caballeriza, atravesando varias cuadras a derecha e izquierda, una puerta abierta daba salida a un pequeño corral donde una muchacha joven daba comida a una preciosa yegua torda. Mi llegada la asustó, cambiando su distraída postura relajada por una a la defensiva y tomando un estaco en sus manos.

-Mi nombre es Francisco Tudó señora, no quise importunarla, oí un ruido y quise curiosear, nada más… disculpe si la he sobresaltado –dije atrancándome un poco.

-¿Sabe lo que le pasó al gato con la curiosidad? –me contestó mientras me señalaba con el estaco.

-Sí señora, lo sé y me disculpo como le he dicho.

-Soy señorita, la hija del dueño de este cortijo –me dijo con malos aires y cara desafiante.

-Perdone de nuevo señorita, y… ¿tiene nombre?

Mi atrevimiento fue espontaneo, sin pensarlo, no quise decirlo pero salió tal cual. La joven de pelo castaño y bellos ojos negros me embelesó con su belleza, con su sonrisa, con su melosa voz, con todo. Reconozco ahora mismo que no recibí una flecha de Cupido, yo creo que fueron varias las que atravesaron mi corazón. “Y yo a la guerra” pensé mientras la observaba encandilado.

-¿Para qué quiere saber mi nombre? ¿Prefiere acaso que llame a mi padre y se lo diga él?

-No, por favor, lo siento de nuevo, mi atrevimiento me ha traicionado. No soy tan arrojado de carácter. Me voy, para nada quise ofenderla.

Me giré, caminando despacio como si mis pies pesaran como plomo, me dirigí a la puerta para volver a entrar en las caballerizas. Sentía una punzada enorme en mi estómago y varios pájaros revoloteaban dentro, sentía un vacío nervioso que no lograba calmar.

-Laura. -Dijo al fin.-

En esos momentos no exista nombre más bonito en el mundo, resonó en mi cabeza como un eco rodeado de aves en vuelo, mientras llovían pétalos de rosas desde las nubes blancas que decoraban un cielo azul intenso. Mi abuelo siempre me dijo que el amor cuando llega te golpea tan fuerte que nada puede evitar que te tumbe.

-Un placer conocerla señorita, mantendré vivo su nombre dentro de mi triste corazón.

-¿Triste? ¿Por qué se siente apenado?

-Porque debo de abandonar tan bella imagen como la que ahora tengo ante mis ojos, nada logrará evitar que mis sentidos guarden este momento durante el resto de mi vida.

-Gracias, nunca he recibido cumplido tan bello.

-No es un cumplido, es la verdad. Si el destino quiere, tal vez a la vuelta me llegue para refrescar la imagen retenida por otra más reciente –dije sonriendo.

-Dios le permita hacerlo Francisco. -Y sonrió acercándose.-

Continuamos hablando largo rato, sin prestar atención a nada que nos rodeara, ella sobre un tronco sentada y yo apoyado sobre una viga que sobresalía de la pared. Contaba entonces con diecisiete años, su padre no la obligó a casarse ni a buscar novio o marido, le dijo que “Dios no dejaría tanta hermosura sola en este mundo”, comenzó a reírse cuando terminó la frase que dijo imitando la ronca voz de su progenitor.

Le conté mi historia, lo sucedido a mis padres, el deber familiar de representar a mi casa ante la Junta Suprema de Sevilla y ante el General Castaños. Y así, tras una hora de distraída conversación, le prometí volver, lo dije con la boca pequeña y Laura lo notó, percibió ese momento triste que emití al hablar, sin confianza en mis palabras.

-Debemos irnos Francisco –sonó a nuestra espalda la voz del segundo de los lanceros que nos sorprendió.

-Enseguida voy –le dije-. Debo irme Laura, ha sido un verdadero regalo el conocerte.

-Te esperaré Francisco, debemos terminar la conversación.”

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“Día 26 de febrero, domingo 12 de la mañana,

te espero en el CIMO para la presentación de mi novela” 

 

 

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MEMORIA HISTÓRICA DE SETENIL

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Miguel Bermúdez García, mi abuelo, 35 años de edad, fusilado en 1936 por orden del régimen franquista. Asesinado por algunos de los vecinos de su pueblo, como muchos otros, esos mismos vecinos que cerraban los ojos al disparar sobre los que el día antes eran sus amigos o compañeros. Una decisión difícil, ¿qué hacer? Matar o morir, disparar a un conocido o que te acusen de traidor y seas el próximo en fusilar. Supongo que la gran mayoría de fusilados perdonaron a quienes apretaron el gatillo o al menos a gran parte de ellos, hubo también quien disparó por placer o por odio, como en tantos casos conocidos. Luego, al terminar la tanda de disparos, pasaba el que remataba, no todos los disparos eran certeros, había quien fallaba deliberadamente y a quien el pulso no lo dejaba acertar por el temblar en las manos, frente a ellos se encontraban inocentes a quienes sus vidas iban a quitar sin explicación, sin motivo, sin razón. El que remataba pasaba luego, observando cada cuerpo herido o cada persona que cayó al suelo sin recibir disparo, presa del pánico o del horror, a ese lo remataba el que daba la orden de disparar, de un certero tiro en la cabeza o en el cuerpo en zona fatídica. Luego mandaba cavar la fosa, una fosa común donde esconder sus miserias, las miserias de quienes disparaban y de quienes lo ordenaban. Algunos de esos fusilados vieron como los mismos que le dispararon cavaban la fosa donde los meterían, agonizando en pena, muriendo sin haber podido dar un beso a sus hijos, a su esposa o a sus padres, viendo mientras su mundo se desvanecía como cavaban su tumba, donde terminaría su vida, donde yacería para siempre.

Eran elegidos al azar, o no, a ojo, a cuenta de un chivatazo traicionero, de una deuda pendiente, de una envidia, de un no se sabe. Elegidos para la muerte, subidos a un camión y fusilados en cualquiera de los sitios elegidos para tan inhumano y cruel momento, ser fusilado. Asesinados por socialistas, por rojos, por cualquier circunstancia que fuese necesaria para acusar al fusilado.

Allí se encontraban, en fila, con los ojos abiertos, rectos y con la cabeza alta o temblando y con el pantalón manchado de orines, qué más da, iban a ser asesinados por fusilamiento, frente a ellos el pelotón con las armas cargadas, apuntando con temblor o sin él, esperando la señal mientras se fijaba el objetivo en el punto final del cañón, mandados o sin mandar, ellos dispararon, fusilaron a amigos, compañeros, vecinos de su mismo pueblo, de su misma calle. Al día siguiente debían mirar a sus familiares a los ojos, o tal vez nunca más se atrevieron a hacerlo, la cruda realidad les esperaba en adelante, noches de insomnio, de fantasmas, días de rechazo y soledad, la condena de por vida.

 

“Es más dura la penitencia que el castigo”

 

El tiempo no cierra las heridas, las cicatriza y marca para siempre, el perdón ya lo dieron los fusilados, mirando a los ojos a quienes iban a dispararles, a esos que ayer reían con ellos, a esos que hoy les disparaban en la oscura noche que se cernía sobre sus cuerpos.

La mayor parte de esas familias en las que fusilaron a uno o más de sus miembros saben quiénes apretaron el gatillo, lo sabían al día siguiente, era sabido por todos. Nunca escucharon reproche alguno por miedo no por ganas, el tiempo se encargó de cicatrizar, que no de cerrar, esas heridas.

Hoy, a través de la Asociación de la Memoria Histórica de Setenil, se ha conseguido que se vaya a erigir un monolito en honor de esos fusilados, para que esas familias que nunca pudieron velar el cuerpo abandonado bajo tierra de un familiar, de un amigo, de un compañero, de un vecino, puedan hacerlo.

El próximo día 13 de noviembre tendrá lugar un acto en el cementerio en honor de esos fusilados y de los que no se conocen. Doy las gracias a todas y cada una de las personas que forman la Asociación de la Memoria Histórica de Setenil por permitirnos este acercamiento hacía los nuestros.

Yo me siento honrado por ello, mi abuelo merece como todos los fusilados su sitio, un sitio donde yo pueda llevarle flores, rosas rojas si es posible. Hoy, gracias a la Asociación y todos sus componentes puedo hacerlo, gracias a su tesón y esfuerzo puedo llevar esas rosas a mi abuelo, las llevo en nombre de mi padre y sus hermanos, en nombre de mi abuela y mi tío, en nombre de mi madre y mis hermanos, y sobre todo en nombre de mi familia y el mío.

 

“No existe mayor perdón que el arrepentimiento”

 

Sebastián Bermúdez Zamudio, nieto de Miguel Bermúdez García, fusilado en 1936, hoy sigues viviendo en los corazones de tu familia, D.E.P. abuelo.

 

Se le vio, caminando entre fusiles, 
por una calle larga, 
salir al campo frío, 
aún con estrellas de la madrugada. 
Mataron a Federico 
cuando la luz asomaba. 
El pelotón de verdugos 
no osó mirarle la cara. 
Todos cerraron los ojos; 
rezaron: ¡ni Dios te salva! 
Muerto cayó Federico 
—sangre en la frente y plomo en las entrañas— 
… Que fue en Granada el crimen 
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

El crimen, A. Machado a Federico García Lorca.

#historiasdemiedo

La oscura noche ocupaba toda mi mirada, sin estrellas, sin luna, sin alma. Un lejano ruido se acercaba con lenta prisa, sin apenas llegar, sin apenas sonido. Alrededor nada, la fría carretera pegada a la cara, sintiendo como el duro asfalto penetraba dentro de la piel y el más leve movimiento transformaba el dolor en sufrimiento. La gasolina pasaba como si de un pequeño riachuelo se tratase junto a mi cabeza, el fuerte olor se adentraba por los orificios nasales, provocando arcadas bañadas en sangre que no podía escupir por tener paralizada la boca. Una de las ruedas continuaba dando vueltas como si de una ruleta se tratase, deteniéndose un poco más en cada giro, emitiendo el único sonido silencioso en la noche.

Las imágenes se sucedían, una tras otra, como destellos inesperados acompañados de punzadas en no sé dónde. La luz del faro iluminando la distancia, la curva cerrada a la derecha, la maniobra al tomar la trazada y las tres ovejas cruzándose, quedando sorprendidas por el haz de luz al igual que nosotros por ellas, inesperado encuentro para ambas partes.

Las manos de Lucia apretaron mi cintura y un ahogado chillido suyo fue lo último que oí de ella, en una de las vueltas que daba en la carretera la vi caer por el barranco, despedida con fuerza, casi volando, tragada por la oscuridad, perdiéndose en un mundo apagado y tenebroso. Una roca detuvo mi recorrido a ras de suelo, en el lado contrario por donde ella cayó, golpeándome la espalda, dejando mis miembros aletargados con el impacto, luego, llevado por la inercia, acabé en el centro de la carretera, mirando a la nada, a esa oscuridad repleta de preguntas sin respuestas, esperando que todo acabase. A escasos dos metros me miraba la visera del casco, partido en dos, como una cabeza sin cuerpo que esperara algo de mí.

A lo lejos oía un sonido que no podía distinguir, me abandonaba el conocimiento, sintiéndome cada vez más solo, indefenso ante la crueldad de la realidad, con miedo, mucho miedo.

¿Cómo se encontraría Lucia? ¿Dónde estaría? ¿Viva? ¿Muerta? Sentí una profunda soledad ante la vorágine de preguntas sin respuestas, evitando morir, atrapado entre lágrimas que ni siquiera sentía como mías. De nuevo volvían los relámpagos de imágenes, Lucía en el aire, con los brazos abiertos, sin control, la moto saltando de una rueda a otra en volteretas mientras se desplegaban las imágenes en cada vuelta que daba sobre el asfalto, el frio y duro asfalto.

¿Estaría ya muerto? ¿Por qué nadie llegaba? Intenté recordar el tramo de carretera por el cual circulábamos momentos antes y no conseguí averiguarlo, nada recordaba. Un bicho se acercó hasta posarse sobre mi cara, distinguía su vuelo en círculos aterrizando una y otra vez saciando, tal vez, su voraz apetito con mi despellejada cara, intenté soplar con fuerza para hacerlo huir pero no notaba que pudiese hacerlo. En un arranque de voluntad infinita quise girar mi cuerpo, mover aunque solo fuese un musculo, nada, era imposible. Nuevamente las imágenes en flashes se turnaban para venir a mi mente, luces de colores, música, gente hablando que desconocía, humo de tabaco y bebida, un camarero me gritaba sin entenderlo, nada era real.

Una rata se detuvo frente a la mitad de casco que quedaba, olisqueó la gasolina agitando su hocico al acercarlo a ella, luego caminó curiosa quedándose con sus ojos de aguja mirándome mientras sus bigotes se balanceaban de arriba abajo, se vino en mi busca, tan cerca que podía distinguir sus afilados dientes y sus patas sucias de barro, se apoyó con sus manos en mi cara y me mordió pues la vi irse con algo en la boca, alejándose satisfecha, nada sentí por ello, quise llorar, aterrado por todo, inmerso en un miedo ahogado y silencioso que no lograba expresar como realmente deseaba, con un grito, queriendo temblar y no pudiendo, queriendo morir y viviendo.

Una Luz apareció de la nada, un fogonazo a mi espalda que se encendió igual que una lámpara ilumina un cuarto oscuro, pude distinguir desde mi precaria posición la rueda trasera de la moto, trozos esparcidos por la carretera pertenecientes al chasis y una oveja abierta en canal que presentaba todas sus vísceras sobre la carretera. Dos puertas de coche se abrieron y unos pasos se acercaron por detrás, hablaban muy deprisa, asustados y queriendo decir cosas a la vez, “¡llama a la guardia!” decía uno de ellos, “¡no! Mejor al hospital, al 112” afirmó con voz temblorosa otro, se dirigían a alguien que quedó en el coche.

Unos zapatos aparecieron por mi lado, alumbrando con el móvil mi cabeza y volviéndose a vomitar acto seguido, “¡joder! ¡Llama rápido!” dijo en voz alta y autoritaria, sorprendido por lo que acababa de ver, “¡No te acerques!” le dijo al otro, “mejor no veas esto”.

-¿Se encuentra bien señor? –Me preguntó.

Supongo que no quiso decir eso, era una pregunta bastante fácil de contestar sin necesidad de que yo hablara, era evidente que no. Quise contestarle pero no articulaba palabra alguna, volvía a sentir un miedo atroz de que creyeran que estaba muerto, pero a pesar de las órdenes que enviaba desde mi cerebro, ninguna era obedecida por mi cuerpo. Las imágenes volvieron a centellear y vi a Lucia poniéndose el casco, riendo y diciendo adiós con la mano a alguien que nos miraba desde una ventana. Entonces oí una sirena cercana, voces de alerta, era una ambulancia que llegaba, “por fin” pensé para mis adentros.

Los sanitarios lograron situarme sobre una camilla, no sentí nada, me levantaron del suelo y me llevaron hasta la ambulancia, cuando giraron para meterme dentro vi como una figura llegaba hasta la carretera tambaleándose, dos enfermeros corrieron en su ayuda, la sujetaron y sentaron sobre el suelo, entonces levantó la cabeza y pude verla, era Lucia, estaba viva, ella me miró y sonrió con desgana, levantó su mano en un adiós eterno, entonces cerraron las puertas de la ambulancia y yo cerré los ojos.

EL PEÑÓN DE LOS ENAMORADOS (FÁBULA)

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Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribistes, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero;

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero.

-Garcilaso de la Vega-

-Soneto V, (Escrito está en mi alma vuestro gesto…)-

 

Corría el año de mil cuatrocientos ochenta y tres, el mes de septiembre se presentó con lluvias inesperadas que provocaron alegrías en unos y tristezas en otros. El mercado de Setenil se celebraba ese sábado, tras un parón de dos semanas por el clima que aconteció en esas fechas a la sierra nazarí. Dos días de soleadas y calurosas jornadas abrieron el cielo con la intención de no cerrar ya hasta octubre la época estival.

Baños en el río, paseos bajo los atardeceres anaranjados y las noches de luna llena, mañanas de sudor en los campos y en las mismas sombras rebuscadas. El verano, la sonrisa de las estaciones, los riachuelos y las fuentes brotan agua con parsimoniosa y suave elegancia, los pájaros vuelan los azules cielos dibujando líneas entrecruzadas y bajadas suicidas con alegres cantos. Los tajos alargan sus sombras para dar cobijo a aquellos que se resguardan del sofocante calor que los intimida en cada paso. Los naranjos exhiben orgullosos sus verdes hojas y sus redondos frutos, el olor a berenjenas, cebolla, ajo y aceite de oliva se mezcla con el de las plantas de albahaca que cuelgan en la mayoría de patios y casas. Los niños corretean en la plaza, simulando espadas con palos y escudos de madera, soñando despiertos, convirtiéndose por momentos en los soldados que cada día se pasean por las almenas y calles de La Villa. Las niñas, mas recatadas en sus quehaceres, comparten con sus madres las labores de casa, ayudan con la poca ropa que se posee y las tienden al sol en las terrazas, jugando a ser mujeres, aprovechando ese momento para hablar entre ellas mientras cumplen la labor encomendada.

El verano es amor, siempre lo ha sido, siempre lo será, amor por cercanía, por lejanía, por tenerse cerca o por echarse de menos. Amor por quien está y por quien falta, amor por lo pasado y por lo que pasará, amor… a veces cruel, a veces amor… muchas veces amor fatal.

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Pedro se calzaba las alpargatas de esparto con esmero, anudándose alrededor de sus tobillos la cinta que reafirmaba el calzado para su sujeción. Se lavó la cara en la jofaina mojando su espeso cabello con intención, luego, con una cinta, ató su pelo dejando una cola que le bajaba de los hombros. Al salir de la habitación donde dormía con sus dos hermanos, se abrochó la camisa, poniéndose luego el chalequillo de piel y ciñendo a su cintura un correaje donde encajó una pequeña daga regalo de su madre por su cumpleaños. El burro ya lo atavió su padre, con un cerón lleno de conejos despellejados y limpios  y huevos de las gallinas del corral, era día de mercado en Setenil y había que aprovechar para vender o cambiar viandas por necesidades en el hogar.

Pedro era un trabajador que vivía en una casita entre la guarnición de la Torre Alhaquime y la fortaleza-villa de Olvera, junto a la vereda que sube por la retaguardia de la torre, bien pegado al arroyo del río Trejo. Allí tenía un huerto y un corral con dos cabras, un cerdo y otro corralón para las gallinas. Sus padres, el abuelo y sus hermanos ayudaban igualmente con los quehaceres de la pequeña huerta y el aseguraba las ventas de los productos visitando los mercados cercanos. Los conejos los cazaba su padre con ayuda de Pedro, que ya era todo un experto cazador, con mejor tiro de ballesta que su progenitor, su madre les sacaba la piel, con ellas hacía desde forros para las alpargatas hasta pequeñas sacas donde guardaban los avíos en las salidas de caza. Conseguían ganar lo suficiente para ir tirando, con más pena que gloria, aunque suficiente para mantener a la familia unida y no tener que dividirse.

Cristianos y fieles asistentes a la misa dominical que se celebraba en Olvera. Nunca faltaron los padres aunque Pedro no era muy devoto ni muy creyente, a él le gustaba el campo, recoger los frutos que la extensa naturaleza le proporcionaba y cuidar de sus animales. Sin embargo, lo que más atraía a Pedro era visitar el mercado de Setenil, aparte de ser una plaza que le entusiasmaba por sus entramadas callejuelas, su rocosa alcazaba y por ser un reducto moro en la línea, en esa frontera que dividía el Reino Nazarí del Reino de Castilla, separaba el islam del cristianismo. Todo eso eran sensaciones de impresión, la que realmente le provocaba un vuelco en su corazón joven y rebelde tenia nombre, Nila.

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Nila era hija de Mulay Hasan, Emir de Granada, y de la cristiana Isabel de Solís, convertida al islam y adoptando el nombre de Zoraida. Fue enviada a Setenil por sus padres evitando así una mala acción por parte de la Sultana Aixa, primera esposa del Emir y madre de Boabdil. Aixa era la gran perjudicada en el aspecto amoroso por la relación entre los padres de Nila pues enamorada como estaba del rico Yusuf, nunca pudo completar su amor puesto que lo compró Mulay Hasan a cambio de riquezas infinitas a Yusuf con la condición de que este abandonara Granada por siempre y la Sultana Aixa quedase para él.

Nila quedó a cargo de Yusuf, que nunca reveló su nacimiento y mantuvo en secreto su linaje, la adoptó como sobrina y así quedó para todos. Este tío ficticio, Yusuf, se había instalado en La Villa de Setenil, buscando lejanía de su amor imposible y sobre todo, un lugar donde vivir tranquilo, alejado de las confabulaciones de la Fortaleza Roja. Su cometido era cuidar de Nila como si fuera su hija, y así lo hizo, nunca nadie supo quien era su familia, Yusuf dijo que habían muerto en un naufragio.

Nila era la más bella muchacha de al-Ándalus, pretendida por muchos ricos que para nada satisfacían lo que su tío quería para ella. El pretendía un gobernante para su sobrina, en eso la educó y formó como mujer, aunque ciertamente lo que deseaba es que siempre estuviese con el. Por este tiempo contaba con quince años y gustaba de jugar y de visitar el mercado en los días que se celebraba.

Junto a sus amigas paseaba por los distintos tenderetes con la benevolencia de quien se sabe sobrina del dueño de todo. Cariñosa y curiosa, amable con todos a quienes recibía o saludaba con una sonrisa o un saludo repleto de frescura y educación. Comenzaba su paseo en la entrada junto a la Torre Albarrana, donde montaba el cetrero que lucía habilidades con sus aves, continuaba hasta llegar al arco de entrada, allí golpeaba su mazo el herrero forjando espadas, dagas y cuchillos. A partir del arco se distraían con la artesanía, telares, orfebrería de grabados y decoraciones que se establecían en ese lugar. Cercanos al arco de entrada a la plaza de La Villa y junto a su casa, los panaderos y carniceros ofrecían sus elaborados panes y carnes de caza o crianza, era ahí, en ese exacto lugar, junto a la puerta de su casa, donde el corazón se volcaba y las mariposas se apoderaban de su estómago, la alegre sonrisa se transformaba en una nerviosa mueca dominada por el amor y la dulzura de esos quince años.

Junto a su puerta vendía conejos y huevos un muchacho que cada semana se pasaba por el mercado con su padre, montaban un tenderete colorido con telar azul y blanco, los huevos en una canasta de mimbre con fondo de paja y las piezas colgadas en una dadera bajo el toldo, a la derecha del puesto y bajo otro toldo pequeño se encontraba una mesa alta para cuartear los conejos y pollos en caso de exigirlo el comprador.

El muchacho que había robado el corazón de Nila se llamaba Pedro, un chico alto, fuerte, de tez morena, musculoso para sus diecisiete años y con la sonrisa más picara de todo el mercado.

Cuando Nila, que siempre se mostraba puntual en su recorrido, aparecía junto a sus amigas delante del puesto, Pedro tragaba saliva y acto seguido le guiñaba un ojo  y le brindaba la mejor de sus sonrisas recibiendo rápidamente el cogotazo de su padre que lo devolvía a la realidad.

-A lo tuyo Pedro, hay cosas que las alturas nos impiden tocar.

El muchacho agachaba la cabeza pero no sin antes sonreír a su reina mora, luego se volvía para la mesa alta y la seguía con la mirada hasta que desaparecía entre la multitud.

El amor en una mirada, en un guiño, en un deseo, en una porción de tiempo que se lleva al instante toda la felicidad que proporcionan esas dulces y juguetonas mariposas que revolotean en el estómago de los enamorados.

Eran muchas las semanas en que se miraban, en las que se hablaban con la mirada, pero esa mañana algo cambió de repente. Jalila, la amiga y confidente de Nila, se aproximó hasta Pedro con especial cuidado para que el padre de este no se percatara de su presencia.

-Al caer la tarde, junto al Peñón, ella te estará esperando.

Giró tan rápido al terminar de decirlo que tuvo Pedro que repetirse las palabras varias veces para creer que eran verdad, un puño fuerte le aprisionó el corazón, oprimiendo el órgano de la vida hasta casi dejarlo sin respiración. Su padre se encargó de volverlo a la realidad con un encargo.

-¡Pedro! Trocea estos dos conejos y prepara media docena de huevos, cuando termines lo llevas al señor Yusuf.

-¿A quién? -Preguntó aun ensimismado.-

-Al señor Yusuf, aquí mismo, solo tienes que entregarlo en la cocina, pero Pedro… ¿Qué te pasa hoy?

-Nada Padre, este calor que me sofoca.

-¿El calor? ¿Seguro que es el calor? Espero no tener que arrepentirme de haberte traído, estas en una edad muy difícil, mañana cuando lleguemos a casa tenemos que hablar.

-Si padre, usted sabe que yo no necesito charlas, que tengo ya una edad…

-Calla anda, haz lo que te he dicho.

Pedro se mostró muy activo a partir de entonces, pensó en lo que perdería si el padre le prohibía moverse esa tarde y decidió centrarse en su trabajo. Troceó los dos conejos, cortando los cuartos traseros y los brazuelos, luego la cabeza y terminó con dos hachazos al centro, preparó el cestillo de reparto y metió los huevos. Se adentró en la casa del tío de Nila y cruzando por el comedor, dejando los aposentos a su derecha llegó hasta la cocina.

-Deja el encargo sobre la mesa muchacho.

La mujer que le habló era mayor, se volvió y le entregó una fruta con muy buen aspecto para que se la comiera, al dársela le tomó la mano y lo retuvo un instante.

-Ten cuidado Pedro, hay frutas que no se pueden comer.

-No la entiendo señora, ¿Qué me quiere decir?

-Lo sabes muy bien, hay frutas que si la muerdes la puedes pudrir y puede que te cueste la vida. Solo te aconsejo con cariño, he visto vidas que se ha llevado el amor, tengo tantos años que son muchos los que he visto perderse en ese verde sembrado.

Pedro no dijo nada, abandonó la cocina dejando la fruta sobre la mesa, al salir a la calle su cara reflejaba un estado de preocupación que llamó la atención de su padre.

-¿Todo bien hijo mío?

-Todo bien padre.

No dijo nada más esa mañana, terminó su jornada de trabajo donde vendieron todos los conejos y quedó apenas una docena de huevos y algo de leche para el día siguiente. Limpió todo dejando el hacha y la mesa de corte bien limpias. Al acabar se fue a llevar un poco de agua y comida al burro, que pasaba esas dos jornadas en los corrales de Ismail, un amigo que prestaba ese servicio en estos días a todos los que quisieran hacer uso de sus corrales.

Las cuadras de Ismail se encontraban en el arrabal de las Calcetas, cercanas al río y bien organizadas, limpias y cuidadas con esmero. Echó paja al comedero de madera y una cubeta de agua al bebedero, luego acarició al burro.

-Dime Platero, -que así llamaban al burro- ¿crees que puede más el amor o la razón?

Platero quedó en silencio, rumiando la paja que volvía de su estómago y moviendo la cabeza para espantar las moscas.

-Dime algo amigo mío, no sé con quien hablar sobre esto, no quiero perjudicar a mi padre pero tampoco quiero hacer daño a mi corazón.

El burro siguió a lo suyo y desesperó a Pedro que se fue dejando a Platero con su tarea. Extendió el brazo levantando la mano para despedirse de Ismail que se encontraba en el río llenando unos cubos de agua. Al comenzar a subir la cuesta se volvió hacia platero y este le devolvió la mirada, luego rebuznó seguido varias veces como si estuviese riendo y dio varias vueltas en el corral para terminar mirando a su amo de nuevo. Pedro soltó una carcajada y le gritó como si lo escuchase.

-¡Sabía que me entenderías amigo Platero! ¡Eres un romántico en el fondo! -Y se alejó riendo.-


 

Si en los jardines que habita

me impiden ver a mi dueño,

en los jardines del sueño

nos daremos una cita.

Ibn Darray (958-1030)

Llegada la caída de la tarde, habiéndole dicho al padre que se ausentaba para alejar el cansancio y por las ganas de ver el pueblo bajo sus rocosos tajos, como siempre le pedía en sus visitas al mercado, marchó con decisión al peñón.

Allí se encontraba un puesto de vigilancia militar, un poco alejado de donde él tenía cita con su amada. Cuando llegó se encontró con Jalila que le indicó por donde debía de subir para encontrarse con Nila. Tomó una vereda escondida tras las zarzas y con el corazón a punto de explotar en su pecho pudo ver a la mujer que le robaba el sueño y la razón.

Ella se encontraba de espaldas, con un vestido negro y un pañuelo rojo sobre los hombros, la luz de la tarde traspasaba la tela dejando entrever la delgada figura curvilínea. Sus brazos portaban unos brazaletes en forma de serpiente y sus muñecas unas pulseras de aros pequeños. Al oír los pasos de Pedro miró curiosa, como si no lo esperara, el muchacho se encontraba a unos diez pasos de ella, sonriendo con nerviosismo.

Ella le detuvo en la distancia con la mano, un gesto extraño para quien te cita y ahora quiere detenerte. Pedro quedó parado, absorbido por el momento, por la mágica luz de la tarde que se apagaba y por la presencia prodigiosa de Nila. Al detener su mirada en ella, en el azul de sus ojos, los vio derramar lágrimas por su rostro hasta caer a sus pies. Pedro quedó sorprendido al ver a su amada llorar, paralizado por no saber qué hacer. Al momento, como surgidos del mismo viento, cuatro soldados armados aparecieron rompiendo el hechizo amoroso que envolvía la tarde.

Los soldados dirigieron las puntas de sus lanzas a Pedro, provocando que este se arrodillara y quedara con la mirada perdida, pensando en las lágrimas de Nila, en su padre, en su familia, en el consejo de la mujer de la cocina de Yusuf, el tío de su amada. Tras los soldados hizo presencia un hombre ataviado con un turbante y una chilaba, en su cintura ceñía dos espadas curvas, las temidas cimitarras árabes. Con gesto serio se acercó hasta el muchacho y tendiendo su mano para ayudarle a levantarse.

-Los hombres nunca se arrodillan, se mantienen en pie hasta que mueren. -Le dijo.-

Pedro se levantó mientras sus ojos se posaban en Nila, como si no quisiera perderla de vista, nada oía de lo que le decían, nada quería saber del mundo si en el no se encontraba ella.

-Ella no es para ti, debes comprender eso antes de que puedas producir una desgracia en tu familia de la que luego tengas que arrepentirte.

El soldado se apartó a un lado y terminó diciéndole antes de irse y dejarlo allí.

-Obsérvala muchacho, no podrás volver a hacerlo. Tanto tú como tu padre no volveréis a Setenil en lo que os resta de vida, el mercado se ha cerrado para vosotros, esta misma noche debéis partir y salir fuera del sitio, si no lo hacéis seréis encarcelados y ahorcados. Agradece la generosidad del señor Yusuf, os da la vida a cambio de vuestra marcha.

Los soldados escoltaron a Nila en la bajada, pasando por delante de Pedro que con el gesto serio y desconsolado aguantaba la rabia contenida.

Cuando se alejaron unos pasos no pudo contener su amor y se dirigió a Nila.

-¡Volveré a por ti mi amor! ¡No dudes que volveré!

El jefe de los soldados se volvió y sonrió al muchacho.

-Así si muchacho, así sí. Pero no te quepa duda alguna, si lo haces tendré que matarte, y a toda tu familia antes que a ti. –Y le regaló una reverencia con la cabeza mientras cerraba los ojos al hacerlo.-

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La noche se presentaba más oscura que nunca, sembrada de dudas y de posibilidades acabadas. Bajó del peñón devorando su cerebro en busca de soluciones, comenzó a caminar manteniendo la vista en el torreón que gobernaba la alcazaba de la Villa. Utilizó su imaginación para atravesar con su mirada los muros en busca de su padre cansado, apoyado tras el tenderete a la espera de su llegada.

La sola idea de no llegar a hablar con Nila aumentaba su desazón, tampoco comprendía la razón por la que debía abandonar Setenil esa noche. Su corazón clamaba justicia afectiva, invadido por conocer el error que ignoraba. Su pensamiento retenía las ideas exponiendo dentro de su cabeza el sinfín de venganzas que recibirían los suyos, o en caso peor, Nila sino cumplía con lo ordenado.

Cada paso le acercaba a La Villa, dejando tras su camino las albarradas de piedra y las tres torres de custodia, todo parecía observarlo, como si quisieran acusarlo de algo que no comprendía, que no había hecho. Se sentía inocente, esa inocencia lo armó de valor y al pasar por el primer arco decidió hablar con el señor Yusuf, presentar sus respetos pero igualmente pedirle que recapacitara y lo dejara de ver a su sobrina.

Todas las suposiciones se derrumbaron al ver a dos guardias junto a su padre, ya tenía recogido el tenderete y cargado el mulo, su cara no presentaba ninguna señal de enfado y una sonrisa de esperanza le iluminó el rostro al ver a su hijo llegar. Lo esperaba junto a la puerta del señor Yusuf, con dos guardias provistos de antorcha y dos con lanza esperando para expulsarnos. Los restantes hombres y mujeres de los puestos vecinos me miraron con desaprobación aun desconocedores del motivo. En la ventana de la casa de Nila, donde ella dormía, pude ver una vela encendida junto a un brazalete que colgaba de la reja, el mismo que esa tarde llevaba en uno de sus brazos, era una señal de despedida, un adiós definitivo.

-Coge la canasta de huevos y vayámonos hijo.

Eso le dijo su padre cuando llegó, ningún reproche, ninguna recriminación por lo sucedido, tal vez ya estaba sobre aviso.

“Te amo con un amor inalterable, mientras tantos amores humanos no son más que espejismos,

Te consagro un amor puro y sin mácula: en mis entrañas está visiblemente grabado y escrito tu cariño,

Si en mi espíritu hubiese otra cosa que tú, la arrancaría y desgarraría con mis propias manos.

No quiero de ti otra cosa que amor; fuera de él no te pido nada,

Si lo consigo, la Tierra entera y la Humanidad serán para mí como motas de polvo, y los habitantes del país, insectos.”

Ibn Hazm, “El Collar de la Paloma”

El camino se mostraba eterno en la oscura vertiente que dibujaba el río Trejo en su curso. Los escarpados Tajos se presentaban iluminados en algunas de sus cuevas, la razón de esas luminiscencias eran algunas hogueras de los cristianos que allí vivían. Padre e hijo caminaban con la tranquilidad que te presta el destino cuando es incierto, en silencio pero sin pausa. La luna llena no brillaba con fuerza, pero sí lo suficiente para configurar el camino de un color plata que posibilitaba la visibilidad por la vereda. Como un compañero del viaje, el río jugueteaba corriente abajo al son de su propio sonido a su paso bajo los árboles que lo abrigaban.

No existe durante la vida peor dolor que el del corazón vencido, la triste soledad de quien solo se encuentra, el padecimiento incomprendido por parte de quien todo lo entregó a la más bella de las vivencias, el amor. Pedro sentía lejano el consuelo, abatido ante la degradada situación vivida, queriendo y no pudiendo.

Su padre nada le dijo, quedaron en pasar la noche pasados los huertos, al final de los tajos, era un buen sitio a resguardo y lejos de Setenil, nada les dirían si allí los encontraban los Fronterizos, ese lugar marcaba la línea entre el reino cristiano y el de al-Ándalus.

Llegados al lugar encendieron un fuego y descargaron al mulo Platero, apoyaron las espaldas en las mantas dobladas cercanos al fuego y rindieron sus huesos al descanso. El padre sacó de un hatillo un trozo de carne que pinchó en un palo y asó a la candela, una rebanada de pan y vino que llevaba escondido entre los avíos.

-Puedo perder un puesto de venta, –comenzó diciendo el padre con la mirada en las llamas- pero no puedo permitirme perder a un hijo. Hace dos meses que tu mente no duerme con nosotros en casa, la dejaste prisionera en La Villa, colmada de amor. La primera vez que viste a la sobrina del señor Yusuf supe que ocurriría, mas tarde o mas temprano ocurriría, hay miradas que delatan al alma. -Descansó y bebió un poco para luego continuar hablando.- Brindo por ello hijo, no hay muchacha más bella en toda la comarca, tampoco la hay más inaccesible, y tú eres hijo mío, difícil que te acepten para ella. Su tío piensa en lo que puedes ofrecerle en el futuro, ¿Una casa de madera? ¿Unos animales que criar? ¿Un puesto en el mercado? Eso va bien para nosotros, que somos pobres, pero ella es de otra familia, de riquezas y lujo. Además hijo mío, nosotros somos cristianos y ellos son moros, nunca permitirían vuestro amor.

-Lo sé padre, lo sé, sin embargo no me importa convertirme si su amor sigue a mi lado, Ninguna religión debería estar por encima del amor.

-Tus palabras dolidas son motivo de tu enfado, la religión es el orden en ambos lados de la frontera, cada uno tiene su Dios y cada uno a su manera cumple con su palabra. Luego están las riquezas y el nombre, puedes cambiarte al Islam o ella convertirse en cristiana pero… ¿Qué le puedes ofrecer Pedro?

Pedro quedó pensativo, dudando de su respuesta que al final le dijo al padre.

-El amor padre, le ofrezco mi amor.

Ambos callaron y comieron en silencio, atentos a las figuras que las llamas representaban en la noche, relajados con los aullidos y sonidos que el lugar ofrecía a quienes en el camino se detenían a pernoctar.

 

“Si la describes de arriba abajo es una luna sobre una rama, sobre un montón de arena,

y, si la miras de abajo arriba es un montón de arena sobre el cual se yergue una rama,

sobre la cual luce una luna entre las tinieblas.”

Hazim al-Qartayanni

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Las siguientes cinco semanas Pedro no volvió a pisar Setenil, su vida y la de sus familiares corrían el peligro de verse ahorcados. Decidió entonces, con la llegada de los días más largos y las noches más cortas volver a encontrarse con su amada. Durante ese tiempo alejado de la Villa y su mercado, varios fueron los vendedores que se pasaron por el almacén para hablar con el almotacén y pedir favor en nombre del padre de Pedro. No surtieron efecto tales suplicas y se mantuvo el castigo para él. Sin embargo sí que se le permitió entregar sus mercancías a otro vendedor y que este pudiese tratar con ellas en el mercado. Así lo hizo la semana anterior y esta se disponía a hacerlo a través de Pío, un amigo que montaba puesto cercano a él.

Esa mañana Pío se presentó junto a su hija, la joven María acompañaría a su padre debido a encontrarse su madre con mal cuerpo. María contaba con quince años, muy agraciada físicamente, era una trabajadora excelente. Bien formada, con unas piernas altas que la transformaban elegante en su caminar, una gran cocinera que ayudaba en casa desde la llegada de la claridad hasta el adiós de la tarde que daba paso a la noche. Esos eran los motivos por los que sus padres confiaban en que encontrara marido lo más pronto posible, antes de convertirse en moza mayor, ella se lo pasaba en grande junto a Pedro, a quien quería desde pequeña y de quien estaba enamorada aunque nunca se lo dijo.

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-Tienes que ayudarme María, -le dijo Pedro- nadie va a sospechar de ti si le dices a ella que la espero el sábado entrada la noche en el Peñón.

-Pero Pedro… -se detuvo pensativa- mi padre puede darse cuenta y si me pillan acabaremos igual que vosotros, no puedo hacerlo.

-Por favor María, necesito que me hagas este favor, te lo suplico, te daré lo que desees.

-No puedo Pedro, lo siento, está en juego nuestro pan y, lo que es peor, el arresto de mi padre, no podría cargar con ello si sucediese.

María se separó del joven y subió a una mula que encabezaba la fila de tres, su padre gustaba de caminar junto a los animales para estar pendiente de cualquier situación que surgiese.

Cuatro docenas de huevos, cinco quesos, tres bizcochos y ocho conejos entregó a su amigo el padre de Pedro. Pío transportaba harina, aceite, panes y una mula cargada de frutas de temporada. Se despidió de todos y comenzó camino, esa tarde llegarían a Setenil y por la mañana montarían puesto en la Villa. La mañana estaba soleada, y a pesar de los rayos que el sol mandaba, apetecía caminar bajo la arboleda del camino, siguiendo la frescura que proporcionaba el río a su paso.

Arribaron a Setenil extenuados por el calor pero contentos de estar de nuevo en el mercado. Desde que el padre de Pedro fue expulsado y no montaba tenderete, ellos habían cogido su lugar para mantenerlo activo, con la esperanza de que algún día condonaran el castigo a la familia y pudiesen volver al lugar con la misma tranquilidad que semanas atrás. Los castigos debían cumplirse en plenitud de su ordenanza, el de la familia de Pedro fue de por vida, imposible que volviesen al sitio, sin embargo la llama de esperanza nunca se apaga en la amistad.

La calle rebosaba de personas llegadas de distintos sitios, conocidas de otros mercados y de verse tantos años en este mismo. Con el sol medio entregado el minarete llamó a oración y la mayoría se acercaron hasta la plaza para rezar, muchos de los presentes eran cristianos o judíos y quedaron en silencio en sus puestos sin molestar durante el tiempo que conllevaba la oración. El respeto era tradición de buenas relaciones y sobre todo de educación, Pío le dijo a María que se sentase a su lado.

-Hay que respetar las creencias de los demás María, así respetaran las nuestras.

-Lo entiendo padre, -le dijo la hija mientras una duda le azotaba la cabeza desde que llegaron- aunque no comprendo el motivo por el que se debe tener respeto pero no se puede consentir una relación entre distintos credos.

-Eso es harina de otro costal mi dulce hija. Sé que sabes lo sucedido a Pedro, y supongo que estas de su parte, más cuando veas a la muchacha que le robó el corazón, pero no solo en este caso se tratan de religión o cultura, también está el caudal monetario y de clase, ahí la diferencia es un abismo entre dos mundos.

-Pero según me dijo Pedro, ellos se aman.

-Siquiera se conocen María, jamás han estado cerca, solo las miradas que se entrecruzaron y un intento de verse que fue fallido y les costó el castigo. Pobre padre, con lo que cuesta vivir en estos días. -Dijo Pío en voz muy baja.-

-Más razón padre, si una mirada consigue unir dos corazones dudo mucho que la distancia los separe. Se amaran a pesar de que no puedan volver a verse.

-Lo se hija, y Pedro también, por eso su padre teme que algún día venga y pueda acabar en la horca si lo descubren.

Esas palabras terminaron por agotar la pequeña duda sobre el recado que aún mantenía a María indecisa. Nunca pondría en peligro a Pedro, era su amigo y ningún amor podría ser merecedor de acabar ahorcado. Nada diría a la muchacha de la que estaba locamente enamorado su amigo.

Al terminar la oración la gran mayoría de presentes volvió a sus puestos y continuaron descargando los mulos y carretas. Luego debían alejar los animales de la calle y limpiar todo antes de comenzar a montar a la mañana siguiente. Una vez dejados los avíos en el sitio se sentaban alrededor de pequeñas fogatas que encendían sobre chapas redondas y comían, esperaban la llegada de la noche para dormir en el suelo sobre una manta arrimados a las paredes.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el asado,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo asado
fue mejor.

-Coplas- Don Jorge Manrique

Cuando la algarabía del mercado alcanzó su cenit y las sombras provocadas por el gran almacén, el torreón y las murallas se alargaban estilizando sus figuras, la calle que llevaba desde la Torre Albarrana al arco de entrada a la plaza de La Villa, rebosaba de vida, de colores, de voces que ofrecían sus mercancías al comprador. Las mujeres conversaban con los tenderos en busca de un mejor precio, los niños correteaban entre la muchedumbre jugando con palos y los hombres tomaban el té en la haymah dispuesta para ese día en la plazoleta. Una mañana esplendida colmando la suficiencia del más increíble lugar en la sierra fronteriza del Reino Nazarí de Granada. Los rayos de sol se colaban entre los huecos que encontraban, viniendo a parar sobre los alegres rostros de los habitantes de Setenil y los venidos de poblaciones y granjas cercanas.

Poco antes de la llegada del mediodía Yusuf salió de casa acompañado de un hombre ataviado de un turbante, chilaba, camisa con una chaqueta dorada larga a pesar de la calor presente y dos cimitarras al cinto. No dirigió la palabra a nadie excepto a la señora de los dulces, a quien dejó encargo, y a un vendedor de carne, quien le proveía ahora de conejos y huevos desde que expulsó a Pedro de La Villa. Subió por la pendiente que lleva hasta el Torreón y no volvió a bajar hasta bien entrada la tarde.

Tras él, y con poca diferencia de tiempo, apareció como la estrella que mas resplandece en la oscuridad la bella Nila, enmudeciendo a quien cerca de ella se encontraba y deslumbrando al mismo sol con su belleza, llevaba un velo de color marrón claro que le cubría su pelo, un vestido hasta los pies y los brazos tapados con las mangas largas, con todo apagó la luz para solo quedar ella. María, que se encontraba junto a su padre en el tenderete, la vio por primera vez, sintiendo como su rostro se estiraba queriendo atrapar toda la belleza que Nila poseía, entendiendo a su amigo Pedro y su cabezonada amorosa por la muchacha. Las amigas la esperaban fuera, ninguna como ella, con gesto serio todas, sabedoras del dolor que provocaba en Nila el ver el mercado y los tristes recuerdos que le traían.

Al comenzar a andar Nila se giró para mirar el tenderete del padre de María, sus bellos y tristes ojos buscaban a Pedro en su sitio, manejando el hacha y sonriendo a las clientas mientras trabajaba. No lo encontró, en su lugar vio a la amiga de Pedro, que ella no conocía pero que cruzó los ojos con ella y su mirada delató a María. Nila pareció preguntarle algo con los ojos, a lo que la muchacha respondió con un movimiento de cabeza, asintiendo. Fue un gesto imperceptible para cualquiera, pero no para una enamorada, un gesto o un deseo, no sabría decir que vio la bella Nila en la seña que realizó María pero lo cierto es que rato después de desaparecer entre la multitud, una mujer mayor salió de casa de Yusuf y llamó a María para que entrase.

-Cuéntame mi niña lo que sabes del joven Pedro. –Le dijo la señora.-

-No sé nada señora, no se de quien me habla.

-Lo sabes, y yo también sé que sabes algo, así que dime que te dijo por favor. Ayuda a esta mujer que tienes enfrente a devolver la felicidad a lo que más quiere, te lo suplico, cuéntame niña.

María dudaba de decir algo, no quería que ahorcasen a su amigo y no podría vivir con esa culpa. Cuando pareció desistir de la idea de contar algo y volver a salir, la puerta del patio trasero se abrió. Nila entró entre lágrimas, sollozando y desconsolada cual mujer sin corazón ni alma. La imagen resultó tan terrible que María no dudó en contarle lo que Pedro le pidió.

-Pedro me ha pedido que dentro de siete días vendrá para verse con usted en el Peñón. Que lo hará entrada la noche.

La cara de Nila cambió por completo, su sonrisa se abrió mostrando más belleza si era posible, agarró las manos de María y la abrazó bajo el tintineo de sus brazaletes y pulseras.

-¿Se encuentra bien? –Quiso saber Nila.-

-Muy abatido, derrumbado por lo sucedido y sin consuelo. Se pasa el día cazando y trabajando, apenas si come y no quiere hablar con nadie.

Las lágrimas volvieron a caer de los ojos de Nila. La mujer que llamó a María observaba atenta a través del visillo de la ventana y se volvió para avisar a Nila.

-Nila, debes irte, ya has oído lo que tenía ella que decirte, llevabas razón y tu instinto no te ha traicionado, Pedro te enviaría un mensaje me dijiste, no sé cómo lo hiciste pero lo adivinaste. A veces el amor habla con signos que solo los amantes ven o entienden. Pero bueno… debes irte, ya acompaño yo a María.

-Espera un momento, -dijo Nila mientras se quitaba una cadena de oro y se la entregaba a María- toma, por favor dale esto a Pedro, dile que allí estaré esperando su llegada, si algo sucede por lo que no pueda ir dejaré una vela encendida en mi ventana, así sabrá que no puede acercarse.

María se guardó la cadena en uno de los bolsillos escondidos y volvió a coger las manos de Nila.

-Os deseo toda la suerte del mundo, ojalá salga todo bien Nila.

-Ojalá. –Contestó y volvió a salir por la puerta del patio.-

La mujer mayor entregó a María una pequeña bolsa de cuero con monedas, maravedíes de plata, mucho más de lo que su padre ganaría en medio año. No quiso aceptar pero la insistencia fue mayor y tuvo que coger la bolsa de cuero y ceñirla a su cintura para que su padre no notara nada. La cadena que Nila le dio la escondió bajo su ropa interior.

-Cuídate niña, nada cuentes de esta conversación y ahora me traes dos conejos y una docenas de huevos, así disimulas la tardanza. Di a tu padre que me has ayudado a trocear dos pollos y que yo te he pagado por ello.

La mujer le lanzó un poco de sangre sobre la ropa para simular el trabajo realizado, luego le entregó un maravedí y le abrió la puerta para que saliera.

-No olvides traer el encargo antes de mediodía y muchas gracias por la ayuda muchacha.

El padre la esperaba porque tenía trabajo y la miró enfadado recriminando su tardanza, ella le entregó el maravedí y luego se puso a trabajar.

Para mí, sin embargo, 
el morir por amor es un vivir, 
y el favor se lo debo a aquél que amo. 
……. 
Quien no muere de amor, por él no vive

Ibn al-Farid

 

Yusuf se reunió en la Torre del Homenaje con el capitán y jefe de la guarnición fronteriza de Setenil, al parecer los cristianos reunían un ejército poderoso con la intención de avanzar sobre al-Ándalus. La reunión solo fue informativa por parte de uno de los espías que se encontraban en Olvera y que estaba al tanto de las operaciones cristianas, aun tendrían que avanzar mucho para llegar hasta la fortaleza de tajo y roca que era La Villa. Sin embargo surgió la preocupación y desde Setenil partieron ese día varios emisarios hacia Granada, buscando información y solicitando protección en caso de verse atacados.

Durante varias horas se expusieron distintas alternativas para actuar en consecuencia a esa noticia pero, por parte del capitán, quedó claro que a la vuelta de un año, los cristianos, se encontrarían en la zona.

Cuando el rico comerciante volvió a casa, el mercado se encontraba en su momento más sosegado, alejados los compradores y desmontando tenderetes los vendedores. Yusuf se detuvo en el puesto de pasteles de Aaliyah y recogió un surtido de dulces caseros.

-Señor Yusuf le he guardado los de almendra y también los de pistachos, que son los favoritos de su sobrina, y estos nuevos de dátil. –La pastelera le hablaba con suma educación y sin mirar nunca a los ojos como señal de respeto.-

-Gracias Aaliyah, no te olvides del pastel de moras para el próximo día.

-No señor, para el próximo día de mercado lo llevaré a su casa a primera hora, en cuanto llegue.

-Muy bien, gracias y que tengas buen viaje, saludos a Hasam y las niñas.

-De su parte señor.

Yusuf se retiró andando tranquilo, sin mirar a ninguno de los demás puestos. Uno de los soldados llevaba la caja de madera con los dulces mientras el otro los miraba con la baba caída deseoso de coger uno y comerlo.

Cuando entró en casa Yusuf, Nila se encontraba en el patio, sentada bajo el árbol sobre unos almohadones, leyendo un libro de poemas.

-Hola princesa, -con cariño y sonriendo le habló su tío Yusuf- ¿quieres que demos cuenta de estos dulces que acabo de comprar y dejamos la cena para otro día?

Desde el incidente con Pedro se había distanciado de su tío y apenas le dirigía la palabra, para ella era un malestar infinito pues él era todo lo mejor que conocía. Siempre atento con sus deseos y con su educación, nunca la dejó sola, siempre lo acompañaba en sus viajes y a veces, las menos, la dejaba a cargo de la casa y de recibir a las visitas que llegaban cuando Yusuf se encontraba fuera por varios días. Su complicidad era infinita y nada ni nadie cambiaría el amor que sentía por su tío. El enfado se encontraba en ese camino donde la vista atrás a perdido el comienzo y un nuevo lugar se aproxima, no sentía lo que demostraba sin embargo, con más intención que deseo, se mostraba seria en sus encuentros en casa.

-Tío, mi corazón yace roto y muerto dentro de mi pecho, ¿acaso nunca os enamorasteis? -Siempre trataba de sacar el tema para buscar una solución que nunca llegaba.-

-Claro que sí hija mía, claro que sí, pero es un largo camino el de la vida, muchas serán las veces que te enamorarás, muchas las veces que se romperá tu corazón y solo una, una sola vez, será la que de verdad encuentres las razones de mis motivos.

-¿Y cuáles son?

-Lo hemos hablado ya Nila, tu futuro es mi preocupación. No deseo verte guardando cabras, vendiendo en los mercados, quiero lo mejor para ti mi dulce princesa.

-¿Y en ello va incluido no conocer el amor? Si es así prefiero vivir sola esa larga vida que me decís.

Soltó una carcajada Yusuf con fuerza y se sentó a su lado, una muchacha que trabajaba en la casa les acercó una bandeja con dos tazas, una jarra de cobre con agua caliente y hierbas y sirvió en las tazas con el habitual ritual. Luego se retiró y dejó solos al tío y la sobrina bajo la frescura que proporcionaba el árbol.

-Mi querida Nila, no es el amor lo que se busca en la vida, eso es para quienes nada más pueden encontrar. Raras son las veces donde el amor y un porvenir seguro se encuentran. El amor es pasajero, el futuro debe ser seguro, fiable y estable. No debes arriesgar el futuro pues sin esa estabilidad de patrimonio puede que el amor también se aleje. Muchos han sido y serán los reinos que por culpa del amor se han perdido, y pocos los que con riquezas han sucumbido. El amor es un estado de ánimo, ahora lo ves como el todo, como esa máxima expresión que puedas encontrar, pero en breve… en breve se pasará este momento y confirmaras cuanto te digo.

Nila escuchaba atenta, con la cabeza apoyada sobre el hombro de su tío y con los ojos rotos para estallar en lágrimas. Entendió que no podría felizmente vivir con Pedro, que Yusuf no lo permitiría, no llegaba a comprenderlo.

-¿Me prometes una cosa tío?

-Depende Nila, primero di que es y luego, si es posible, te daré mi promesa.

-Prométeme que nunca harás daño a Pedro.

Yusuf pasó el brazo por el hombro de Nila y la besó en la frente, luego quedó pensativo antes de contestar.

-Puedo prometerlo si tú me prometes otra cosa.

-¿Qué cosa?

-Que lo olvides, si me lo prometes dejaré que su padre vuelva al pueblo a vender y que él pueda acompañarlo, es más, si lo cumples trataré de ayudar a su familia y que consigan un lugar donde establecerse y poder trabajar en Granada.

Nila recogió el engaño, era fácil de entender, su tío trataba de alejarla de Pedro y que mejor manera que ofrecerle un sitio para trabajar lo más lejos posible.

-Creo que tu artimaña no va a funcionar tío, te diré algo para que comprendas mi postura y actúes en consecuencia antes de que me propongas otra cosa. He entregado mi corazón a ese muchacho, sé que él me quiere y desea que estemos juntos, nada ni nadie va a cambiar eso. Si lo que quieres es alejarlo no lo vas a conseguir y, si tu intención es que deje de pensar en Pedro, tampoco lo conseguirás. Te quiero tío, eres todo cuanto tengo y nunca te recriminaré nada de lo que hagas pero… te lo suplico, deja que la vida siga su curso, deja que nuestro amor sea posible, permite que triunfe lo evidente, no quieras dirigir mi camino tío Yusuf, caminemos juntos que es mi deseo.

Yusuf se levantó con cuidado, mirando a Nila a los ojos y viendo como reflejaban su petición angustiada, el silencio se apoderó del pequeño patio, cortando el aire que respiraban como si una daga entrara en carne tierna, cerró los ojos y se giró, antes de dar el primer paso volvió de nuevo la vista para mirarla.

-No puede ser Nila, no.

Y se fue.

La muchacha quedó llorando, desconsolada y rota, tumbada sobre los almohadones boca abajo, derramando lágrimas sobre sus brazos temblorosos y gimiendo mientras deseaba no volver a vivir.

Cruzaba la cocina Yusuf con paso calmo y con la tristeza de quien se sabe perdedor.

-Sabes que tu viviste la misma situación Yusuf, se mejor que nadie que comprendes a la niña.

El gran hombre comerciante, rico y poderoso señor de al-Ándalus, se volvió sorprendido por esa voz tan familiar para él y su familia. Fatimah, la mujer mayor que habló con María, se dirigía a Yusuf con reproche, manteniendo la cabeza alta, fijando sus ojos en los del rico señor.

-Sabe que la historia se repite señor, anteriormente fue su amor imposible por Aisha quien nos dejó sin desvelo y ahora sucede lo mismo.

-No es lo mismo Fatimah.

-Claro que lo es, Aisha y tú os queríais pero no fuiste capaz de seguir adelante, dejaste que Mulay Hasan se casara con ella. Vendiste tu amor, no luchaste por lo que más querías.

-¡Cállate! Tú no sabes nada.

-Me callo pero no sin antes recordarte lo que sufriste, las noches de llanto que pasé a tu lado, los días de soledad paseando por los jardines sin alivio alguno. ¿Cuántas fueron las tristezas derramadas? ¿Y cuantos fueron los días de dolor? ¿Lo recuerdas Yusuf o ya te has olvidado?

El rico comerciante comenzó a temblar, a sentir partido el pecho y a cubrirse el rostro con sus manos.

-Cuéntale la verdad, dile lo que tú pasaste y todo lo que perdiste por no querer luchar. Explícale que Mulay Hasan te bañó en oro para que te fueras de Granada y la dejaras.

-¡Te he dicho que te calles! –Le gritó con voz autoritaria, cerrando los puños y mostrándoselos en su cara.-

-Deja que sea feliz, deja que viva la aventura a la que tú renunciaste. ¿Qué problema van a tener en el futuro? Eres rico Yusuf, ayuda al muchacho  y conviértelo en el marido de Nila, puedes hacerlo, y debes, te lo debes a ti mismo.

-He dicho que no Fatimah, no quiero volver a hablar de esto.

Zanjó la conversación levantando el brazo con la palma de la mano abierta, indicando que se acabó lo dicho y no había nada más que hablar. Al pasar junto a Fatimah, ella le cogió la mano y se arrodilló suplicando.

-Deja que Nila sea feliz, se lo merece ella y te lo mereces tú. Déjala Yusuf. –Le rogó.-

No contestó, soltó su mano y subió las escaleras dirigiendo sus pasos a su habitación, allí se sentó en su sillón y quedó mirando el olivar de enfrente, viendo como los pájaros volaban velozmente, bajando al río y subiendo a los tajos donde seguramente anidaban. Apoyó su cabeza entre las manos, dejando caer todo el peso de esta sobre los dedos que sujetaban la frente queriendo atravesar la piel y el cráneo. La puerta de la habitación se abrió y Fatimah entró, se acercó hasta Yusuf, a quien había criado desde pequeño y le sostuvo la cabeza contra el pecho, acariciando su pelo mientras él lloraba en silencio.

-Sabes que prometí a sus padres que cuidaría de ella, que le buscaría un digno esposo y la mantendría a salvo de esta guerra que se avecina. Lo sabes Fatimah, lo prometí en tu presencia.

La mujer mayor callaba, dejando que Yusuf se desahogara.

-No puedo permitir que se vea con un pobre que nada tiene, que nada puede ofrecerle. Estoy seguro que si el caso fuese al contrario su padre no dejaría que el hijo se casara con una pobre que nada tuviese. ¿Por qué es tan difícil de comprender?

Fatimah continuaba tocando el pelo del gran hombre de Granada, secando con un pañuelo sus lágrimas silenciosas y consolando su dolor.

-Si yo me hubiese ido con Aisha nada de esta vida hubiésemos tenido, nunca habría conseguido tener casa en Setenil, en Granada, en cualquier ciudad del Mediterráneo. Podemos vivir, nos respetan Fatimah, soy un hombre importante. Di mi palabra de cuidar de ella y asegurar su futuro, y nada va a cambiar eso.

-Yusuf eres un hombre rico, poderoso, un gran comerciante, estoy orgullosa por todo cuanto has conseguido. Sin embargo, eres un hombre sin amor, dejaste escapar a la mujer que amabas y a cambio la soledad se apoderó de tus noches. ¿Ha valido la pena hijo? ¿Ha merecido tu sufrimiento no haberte escapado con Aisha?

Fatimah lo dejó con la cabeza entre sus manos, sollozando como un niño, al salir cerró la puerta.

-No, no ha merecido la pena. –Dijo Yusuf cabizbajo mirando por la ventana, dejando que su dolor estrechara su corazón mientras recordaba la mirada de Aisha al-Hurra al verlo marchar para siempre.-

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Una mañana temprano Pedro salió de caza, su padre no pudo acompañarlo pues se encontraba indispuesto por unos vómitos y diarreas esporádicas, no se atrevía a retirarse de casa pues sería más bien un estorbo que una ayuda. Como siempre, en carrera continua hasta llegar al sitio, Pedro no descansaba hasta encontrarse cerca de los escarpes del río Trejo, una vez allí atravesaba silencioso la vertiente abierta y esperaba hasta encontrar conejos para darles caza con su ballesta. Con la práctica llegó a convertirse en un certero ballestero, conseguía alcanzar hasta aves en vuelo, su ojo avizor funcionaba con la misma rapidez que su mente en consecuencia con su ballesta, todos en uno.

Esa mañana, al llegar al sitio, se percató de la presencia de una patrulla de vigilancia de los Fronterizos de La Villa y decidió “quitarse de en medio” y probar suerte por los matorrales de la Fuente de Elches. Sin dudarlo un instante cruzó tajos arriba y vino a parar al Tajarejo y desde allí hasta el cruce de caminos que llevaban a Ronda y Zahara.

Tuvo suerte y nada más llegar se le cruzó una liebre que con un solo disparo de la ballesta consiguió derrumbar en su carrera, la recogió, limpió de tripas e introdujo en su interior romero y candilera para que aguantara hasta la noche que volvería a casa. Más adelante y tras beber en la fuente, alcanzó a ver dos conejos que subían por la pendiente del olivar del moro, sigiloso buscó tras una piedras buena posición y uno de ellos cayó atravesado por la ballesta, el otro huyó con rapidez.

En un paseo largo de búsqueda de piezas llegó hasta el puente del camino de carros a Ronda, se sentó a la sombra a descansar y arregló el último conejo que había cazado entre los matorrales del río. Apoyó su espalda en el muro de piedra que los romanos construyeron para pasar ese tramo de río y cerró los ojos, al instante los abrió y se levantó, no quería pensar pues todo eran un recuerdos constante de Nila y un sufrir sin esperanzas. Oyó un silbido en el aire y observó como un estupendo halcón dibujaba vuelos perdidos, sin rumbo fijo solo vueltas, lo observó con tranquilidad, viendo cómo iba y venía  marcando círculos sobre un lugar un poco más abajo de donde se encontraba. Con paso calmo decidió acercarse hasta el sitio y ver que animal se encontraba allí muerto, seguramente el halcón esperaba para bajar y comer algo.

Escondido tras dos piedras de tamañas dimensiones comprobó que no era una pieza de caza sino dos hombres que se veían acorralados por cuatro asaltantes de camino. Se despojaban de sus armas y ropas mientras uno de los asaltantes les golpeaba con una vara de mimbre en la espalda. Pedro se encontraba a poca distancia, unos treinta pasos, ese tipo de cosas no le gustaban, su padre una vez, en un camino de vuelta del mercado de Ronda fue asaltado, robado y herido, igualmente de su madre abusaron los tres asaltantes, solo Pedro conocía esa historia. Agitó la cabeza queriendo despejar esos recuerdos.

Pensó que esos podían ser los mismos, decidiendo intervenir apoyado en el factor sorpresa. Cargó la ballesta y dejó a su lado seis flechas más por si la cosa no salía según preveía. Apuntó al que mantenía la vara de mimbre en alto, a su cuello, se encontraba de espaldas y seguro que si acertaba crearía confusión en los demás asaltantes. El silbido cruzó el aire rompiendo las risas de los bandidos y viniendo a clavarse en el cuello del de la vara entrando de atrás adelante, se derrumbó desplomado. Rápido cargó tiro de nuevo y esta vez disparó contra uno con barba  que miraba nervioso en todas direcciones, la ballesta le entró por un ojo y comenzó a gritar. Uno de los dos que quedaban se percató donde se encontraba y comenzó a correr en dirección a las piedras gritando y blasfemando sobre la familia de Pedro, este se levantó confiado y disparó nuevamente la ballesta asestando un mortal tiro en el corazón del envalentonado corredor que en su busca iba. El cuarto y último de los asaltantes apuntó con su arco al entrometido cazador pero, tan veloz como un rayo, Pedro lanzó su daga contra el arquero y lo derribó al alcanzarle en una pierna. Uno de los dos hombres que eran asaltados recogió su espada del suelo y se la clavó en el estómago y en la cara al bandido.

-¿Se encuentran bien señores? –Dijo Pedro con frialdad mientras recogía las flechas de los abatidos asaltantes.-

-Mejor que antes seguro. –Dijo uno de bigote y ropas limpias y nuevas.-

-Mil gracias caballero, -habló el otro- le debemos la vida seguramente.

-Nada me deben señores, esta escoria que se encuentra por estos lares no merece menor castigo.

-Cierto es amigo, -aprobó el del bigote- pero nos gustaría recompensar su ayuda de alguna manera.

-Ya les he dicho que nada me deben. Debo continuar señores, tengan cuidado puede que haya más de estos sueltos por la zona.

-¿Cuál es su nombre amigo?

-Me llamo Pedro, Pedro el hijo de Juan Zorrilla.

-Muchas gracias Pedro, yo soy Rodrigo Ponce de León y Núñez si alguna vez necesitases algo no dudes en dar tu nombre en Olvera, en la fortaleza sabrán atenderte y hacerme llegar cualquier petición que tengas.

-Gracias señor, le repito que nada necesito, nos vemos. –Y Pedro comenzó a andar en su camino de vuelta.-

El Marqués de Cádiz y su capitán de caballería observaron cómo desaparecía corriendo entre árboles y maleza, sin girar en ningún momento la cabeza. Ambos señores espolearon sus monturas y apretaron paso camino de Olvera, al final del camino que iniciaba la subida a Acinipo, el halcón bajó del cielo viniendo a parar al brazo del capitán que lo recibió entre divertidas excusas y reclamaciones.

-A ver ayuda que nos has dado truhan, te fuiste para arriba y ahí que nos dejaste, menos mal que apareció el bueno de Pedro que sino no lo contamos ¿verdad señor Marqués?

-Cierto capitán, cierto.

el-vuelo-del-halcon

 

En la madrugada siguiente el ruido de varios caballos llegando al galope a la pequeña casa de Juan alertó a todos y salieron fuera a ver lo que pasaba. El día anterior, Pedro llegó tarde y cansado, dejó las piezas cazadas en la mesa de la cocina y se acostó durmiendo hasta que se despertó con el ruido de los cascos de los caballos.

-¡Pedro! ¡Levanta! Fuera hay unos soldados que preguntan por ti hermano.

Como si la vida le fuese en ello, Pedro dio un brinco y se puso su pantalón roto y su camisa vieja, se echó agua en la cara y salió aun adormilado para ver quien reclamaba su presencia. Los potentes rayos de sol de esa mañana vinieron a parar a la cara de Pedro y este cerró los ojos ante tanta luz, luego, al abrirlos con más calma, quedó sorprendido ante la presencia de seis hombres a caballo, ataviados con el uniforme militar de la caballería de la guarnición de Olvera. Muchas eran las veces que habían pasado junto a su casa, otras tantas se encontró con ellos en el campo. Nunca tuvo problemas y nunca le preguntaron ni que hacía, uno de ellos era amigo suyo de pequeño, Ruiz “el lenguacorta”, por su timidez era conocido con ese sobrenombre, ahora tras meses sin verlo se encontraba entre los recién llegados, justo el ultimo de todos, y sonreía mirando a Pedro.

-¿Es usted don Pedro? ¿El hijo de Juan Zorrilla? –Preguntó el que parecía al mando.-

-Sí señor, yo soy.

-Por orden del señor don Rodrigo Ponce de León y Núñez, Marqués de Cádiz, le hago entrega de este saco y este morral.

El cabo, al acabar de hablar, hizo un gesto levantando su brazo y dos de los soldados que lo acompañaban le entregaron a Pedro tanto el saco como el morral de cuero. Luego prosiguió hablando.

-Igualmente, el señor Marqués, quiere mostrarle su agradecimiento con este último detalle deseándole lo mejor en su futura vida y que en un próximo encuentro puedan departir sobre la caza en los terrenos de alrededor. Además, -se dirigió nuevamente el cabo a Pedro que permanecía boquiabierto- el señor Marqués le invita a su próxima cacería que tendrá lugar en breve, ya se lo comunicaremos personalmente.

Ruiz “el lenguacorta” se acercó hasta Pedro manteniendo la sonrisa y le entregó las riendas de un caballo de una planta espectacular y pelo negro, ataviado con una montura reluciente y nueva donde una ballesta y una aljaba colgaban de su lado. El corcel, negro como la oscura noche y de gran alzada presentaba una estampa envidiable, removiéndose inquieto cuando Pedro tomó sus gobiernos. Ruiz miró a Pedro y lo saludó.

-Amigo mío, cuanto tiempo. No sé qué abras echo Pedro, pero no te vuelve a toser ni el más alto mando cuando la noticia corra entre las gentes. No te olvides de ir cuando te avisemos de la llegada del Marqués, lo ha dejado claro y pagaríamos nosotros si no te presentas.

El joven cazador no dijo nada, su familia permaneció en silencio todo el rato, escuchando atentos a las palabras del cabo y a la entrega de los presentes. Cuando los soldados se hubieron ido al galope, solo entonces, hablaron.

-¿Qué nos tienes que contar hijo? –Le preguntó primero el padre.-

-Es una larga historia padre, pero durante el almuerzo prometo contaros a todo lo que ayer sucedió.

Pedro no dejaba de mirar a su caballo, observó que en la montura llevaba inscrito unas letras junto al escudo del marquesado de Cádiz, observó bien y distinguió un nombre, “zerrojo”.

Entraron en la casa y abrió el saco primero donde unos zapatos nuevos, un pantalón, una camisa, un jubón y una magnífica espada venían dentro. Luego abrió el morral de cuero y una bolsa de monedas con unos cien maravedíes de plata, tres de oro y una carta con el sello de la casa del Marqués indicaba la condición de Guardián de las Tierras del marquesado de Cádiz, junto a todo ello un broche de un león que demostraba la pertenencia a la Casa Ponce de León.

-Voy a dar un paseo con el caballo padre, quiero saber que se siente encima de mi propia montura.

-Corre hijo, tuyo es, ya nos explicarás como todo esto ha sucedido.

Pedro quiso conocer al corcel que el señor don Rodrigo, al que ayer salvara la vida, le había regalado, lo tomó de las riendas y cruzó el río andando, pasado unos cien pasos se subió apoyándose en el estribo y dejando caer su cuerpo sobre la cómoda montura, mandó un trote suave y sintió el viento acariciar su cara imaginando que eran las suaves manos de su amada Nila, cerró los ojos dejándose llevar donde quiera que su nuevo compañero quisiese ir.

black-horse

 

María y su padre caminaban tranquilos tras su estancia de dos días en el mercado de Setenil, todo lo habían vendido o cambiado y sus rostros mostraban tal suerte. Antes de ir a su casa pasarían por la de Juan y le entregarían su parte, igualmente charlarían sobre la situación en La Villa y los pormenores pasados. Poco antes descansaron en una loma cercana a Trejo y comieron algo para ya no parar hasta pasado el mediodía. Algunas familias se cruzaban con ellos de vuelta del mercado o de paso a algún lugar, los hombres tiraban de carrillos cargados y las mujeres prestaban atención a los niños por el camino, charlas, bromas, juegos y alguna que otra trifulca se daban por el recorrido.

María y su padre contaban con la suerte de tener varios mulos y mulas que le ayudaban para que su negocia fuese más próspero, no todos contaban con esa ayuda y acarreaban los avíos en carros de empuje o “a cuestas”. Subiendo la pendiente de Trejo se escuchó un murmullo entre los que delante iban, gritos y vítores que presagiaban la llegada de tropas o señores pero que con la loma delantera no se llegaba a divisar lo que sucedía. María aligeró paso para ver qué levantaba tal revuelo y su padre le espetó una regañina para que esperara por si no era nada bueno, ella se detuvo y vio como un jinete sobre un corcel negro aparecía cual Cid Campeador sobre la loma, levanto de manos su caballo y se dirigió hacia donde ella se encontraba entre los aplausos de los andariegos.

-¡Dios mío es Pedro! –Gritó entre saltos, aplausos y exaltación de alegría.-

El joven cazador se detuvo delante del padre de María que mantenía la boca abierta y la cara de sorpresa con los brazos extendidos como preguntando de quien era ese bello animal que montaba.

-¿Señor me da permiso para robarle a su hija? –Lo dijo riendo, más como una orden que como una pregunta.-

-Cla… claro Pedro, pero de quie… -No le dio tiempo a terminar María subió de un salto y desapareció a lomos del negro corcel camino de la casa de Pedro.-

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María soñaba a la grupa del joven jinete, abrazada a su cintura mientras dejaba su cara sobre la espalda de Pedro y le pedía que antes de ir a su casa parase junto al río que quería contarle algo. Él le insistió en que se lo dijese mientras montaban y ella negó, le pidió que necesitaba decírselo en tierra firme y no sobre un caballo.

-Está bien cabezona, siempre te sales con la tuya. –Le contestó a su amiga a la vez que bajaba hasta los chopos del llano, antes de la Torre Alhaquime.-

 

El perfume y el incienso alegran el corazón;
la dulzura de la amistad fortalece el ánimo.

Proverbios 27:9

 

María le habló a Pedro de Nila, de la impresión que le causó, de su belleza inigualable, de lo bien que se comportó con ella y de cómo descubrió, con una sola mirada, que ella tenía algo que decirle. Le contó todo lo sucedido en la casa de Yusuf y de como ayudó Fatimah a la muchacha. El joven cazador escuchaba atento, acompañando en sus oídos cada palabra con una imagen de su amada. El sonido del agua del río y los pájaros con sus cantos amenizaban el mágico instante, se detuvo a pensar y llevaba ya mas de dos meses que no veía a Nila.

Tumbado sobre la verde hierba permanecía embelesado con las explicaciones de María, llegado un momento, esta se levantó y comenzó a subir su falda ante los ojos hermanos de Pedro, era muy grande la amistad como para pensar en ninguna proposición por parte de ella hacía él.

-Bonitas piernas María. –Le dijo riendo Pedro a su amiga, asombrado en parte por las bien formadas nalgas de ella.-

-No seas cuco muchacho que nada obtendrás. –Dijo ruborizada María.-

Enseñó todo completo a Pedro, desde sus tobillos hasta la llegada a su tesoro escondido tras una prenda interior, luego cogió algo que llevaba escondido y se lo entregó a su amigo.

-Esto es para ti, ella me dijo que te lo entregara.

Pedro brincó y se puso en pie, tomo de la mano la cadena de oro y se la puso al cuello escondiéndola bajo su camisa. María le entregó igualmente una bolsita de cuero con maravedíes, la misma que le dio Fatimah cuando se iba.

-¿Y esto? –Preguntó Pedro.-

-Me lo dio Fatimah por el favor, pero yo sé que te hará falta y quiero que consigas cumplir tu sueño y estas monedas te va a venir bien para lograrlo.

-Ni lo pienses muchacha, eso es tuyo y para tu familia, hoy me acabas de alegrar el día y más sabiendo que podré verme con Nila. No puedes hacerte una idea de cuán grande es este favor que me brindas. Nunca podré pagarte esta deuda.

-Ya está pagada bicho. –Y se abrazó fuertemente besando su mejilla sin soltarlo durante un buen rato.- Tu amistad es mi mejor regalo.

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La noche que Pedro acudió a encontrarse con Nila la luna brillaba marcando el camino, una capucha enorme que le cubría desde la cabeza hasta por debajo de la cintura disimulaba quien era. Nadie podría reconocerlo, era una figura fantasmal y respetada debido a la bella presencia que mostraba el negro corcel al que los pocos que se encontró lo miraban más que a él.

Antes de subir al peñón se cercioró de que ninguna luz hubiese en la ventana de Nila, tenía vía libre. Dejó el caballo escondido y con sigilo ascendió por entre las rocas hasta alcanzar el punto más alto del peñón. Allí esperó mucho rato, desesperándose por momentos y atenuando su nerviosismo por otros, se levantaba, se sentaba, se escondía, se asomaba a ver si alguien llegaba y terminó por desistir.

-Ya no vendrá. –Se dijo para sí mismo.-

-Lo hará, ten paciencia, no debe ser fácil para ella. –El mismo se contestaba.-

-Ya llevo mucho tiempo esperando, tal vez la hayan descubierto y no quiere que la sigan. Hay que comprender todo esto que está pasando. –Hablaba nuevamente consigo.-

-¡Pero qué dices! Ella vend…

-¿Pedro? ¿Eres tú?

El corazón le dio un vuelco girando la cabeza rápidamente para comprobar que era ella.

-¿Nila?

Frente a él se encontraba, bajo un vestido oscuro y un pañuelo que cubría su cabeza, la bella Nila, arqueando sus labios fruto de la felicidad contenida. Quieta, segura de sí misma, mirando con sus azules ojos la presencia de Pedro, le tendió sus manos al ritmo del tintineo de sus brazaletes y pulseras. Pedro se acercó y se arrodilló con lágrimas en los ojos, envuelto en un halo silencioso repleto de felicidad, Nila se arrodilló igualmente y se abrazaron, era la primera vez que lo hacían, nunca antes pudieron. Lo suyo era un amor entre rejas, sufrido en soledad y distancia durante meses, años, desde que la primera vez la vio salir de casa de Yusuf acompañada de Fatimah, desde entonces la amaba.

Acercó sus labios a la mejilla de Nila y la besó, olió su perfume suave y lo aspiró profundo para que nunca saliese de su interior, luego tomó sus manos, entrecruzando sus dedos con los de ella, se tumbaron y quedaron mirando las estrellas. Nila acarició la cara de Pedro y su torso, pasando su mano con suavidad, sintiendo erizarse la piel del joven cazador, oyendo su respiración profunda y besando nuevamente su mejilla. Se acercaron lentamente, rozando casi imperceptiblemente sus labios, mirándose a los ojos y terminando con un beso profundo, largo, con pausas tan cortas que nunca acababan por separar los labios el uno del otro. Nila se subió encima de Pedro, él le abrazó la cintura y la atrajo hacia sí, con fuerza, queriendo introducirla dentro de su cuerpo y que nunca más pudiese nadie llevársela de su lado. Se abrazaron, se besaron mil y una veces hasta que sin apenas haber hablado se oyó una voz en susurro.

-Nila, -el tono suave se podía confundir con un silbido de niño- debemos irnos.

Los dos enamorados se levantaron y quedaron mirando a los ojos, ella le pasó la mano por el cuello y tocó la cadena que le regaló, volvió a besarle y se despidió.

-Dentro de siete noches volveré. –Le dijo Nila.-

-Te estaré esperando, toda la vida si hace falta. –Contestó Pedro.-

-Te amo, siempre te amaré, nunca lo olvides.

Y se fue. Se alejó con el mismo sigilo con el que llegó, envuelta en un manto de estrellas, bajo la luz serena de la luna. Pedro se sentó sobre una piedra, poseído por mil mariposas que revoloteaban en lo más profundo de su ser, temblando, sin saber qué hacer, que decir, hacia donde mirar, se fijó en el cielo, en las brillantes luces del firmamento infinito, terminó bajando la vista y acabar fija en el Torreón de la alcazaba, donde cuatro antorchas a cada esquina cada una, permanecían encendidas iluminando los muros de piedra.

Star field over mountain range at night

 

Pasaron los días siete, catorce, veintiuno, veintiocho y cada siete volvían a verse, en el mismo lugar, a la misma hora, en el peñón. Allí quedaban, a veces hablaban, a veces se besaban, a veces caminaban de la mano.

-Yusuf nunca permitirá que nos casemos. –Afirmó Nila.-

-Lo sé, no esperaba menos, yo solo soy un pobre trabajador y tú eres de rica familia. Pero hay algo… -cayó y quedó pensativo, luego termino hablando mientras sostenía entre sus manos la de Nila- ¿Por qué no escapar? Podríamos irnos hacía Castilla, allí encontraría trabajo y podríamos empezar de cero.

-¿A Castilla? Soy mora Pedro, ¿crees que en Castilla sería aceptada?

-Nada diríamos, serías mi esposa, una familia del sur buscando trabajo, huyendo de estas tierras.

-No se mi amor, de veras que no lo sé. Solo quiero vivir contigo, pasar el resto de mi vida junto a ti.

Se abrazaron durante un instante, con el gesto serio y contraído por la situación tan compleja que vivían. ¿Un cristiano en Granada? ¿Casado con una mora? ¿Una mora en Castilla? ¿Casada con un cristiano? Jóvenes, impulsivos, enamorados, pero conscientes de lo que se vivía en sus tierras al-Ándalus y Castilla. ¿Qué solución buscar? Parecían preguntarse tanto que ninguna respuesta hallaban, ahogados en su amor, esclavos de su felicidad, sin salida.

-Debo irme Pedro, Alinah debe estar nerviosa con mi tardanza.

-¿Te veré dentro de siete días?

-Claro, siempre que no veas la vela encendida en mi ventana nos veremos.

-Te quiero Nila, deseo que pasen estos siete días cuanto antes.

-Luego habrá que esperar otros siete.

La respuesta fue como una fría lluvia en invierno, esperada pero tan normal que asustaba. Se besaron y Nila desapareció por la bajada donde la esperaba su fiel amiga Alinah. El solo pudo sentarse y reflexionar sobre lo dicho por Nila, “esperar otros siete” ¿Por qué? Apoyó su cabeza entre las manos y suspiró profundo. Se arrepintió de su pobreza, de su vida, de no ser nadie, nada calmaba sus inquietudes, sus sensaciones de ahogo, toda una vida para pasarla junto a su amada y no era posible, cuan de injusto es el camino si de piedras se encuentra repleto, lloró amargamente.

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Pasaron los siete días y al llegar a Setenil rebosante de alegría comprobó que la vela se encontraba encendida en la ventana del dormitorio de Nila, era la primera vez que sucedía. Tal vez estuviese enferma, o  pudiera ser que su tío Yusuf fuese el que se encontraba mal. No daba con la respuesta para actuar, no podía bajar a La Villa, lo apresarían, tampoco mandar recado, tendría que esperar otros siete días, se fue de vuelta apesadumbrado por todo pero más que nada por la incertidumbre.

A la semana siguiente la vela seguía encendida, y a la siguiente y a la otra, así pasaron hasta seis semanas, decidió recurrir a María y que ella pidiese a su padre que quería volver al mercado de Setenil y consiguiese información.

La tarde que María llegó de vuelta del mercado con su padre, apareció en casa de Pedro con la cara desencajada, como asustada de lo que tenía que contarle. Ambos quedaron en ir a dar un paseo a caballo y luego Pedro la llevaría a su casa como otras tantas veces habían hecho desde que le regaló el caballo el Marqués.

-No he podido hablar con ella, pero la mujer mayor, Fatimah, me ha dicho que no vuelvas más a buscar a Nila.

Pedro mantenía silencio, atento a todo lo que escuchaba de labios de María, ni preguntaba por qué ni cambiaba su gesto, parecía esperar esa noticia.

-Al parecer, -siguió contando ella- Alinah ha sido detenida y la mantienen en la Torre encerrada y a Nila no la deja Yusuf salir, lleva en casa desde la última vez que os visteis.

-¿Sin salir?

-Calla Pedro, te cuento lo peor, mañana vendrá una patrulla de los Fronterizos en tu busca, te llevaran detenido con la intención de ajusticiarte durante el próximo mercado para que sirva de ejemplo a todos.

-¿Nila se encuentra en su casa?

-¡Pedro! ¿No oyes lo que te estoy diciendo? Mañana vendrán a por ti y te apresaran.

-No lo conseguirán, ni podrán retener más a Nila, esta noche iré por ella.

-¡¿Pero qué dices?! Te detendrán.

-No si no saben quién soy, vamos te llevaré a casa.

Montaron de nuevo y Pedro atravesó olivares y encinares hasta dejar a María en su casa donde la esperaba el padre y la madre que lo invitaron a pasar, el rehusó la invitación y salió a galope tendido, levantando tras de sí una nube de polvo amarillento que quedó en el aire mientras María lo perdía con la vista.

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Ató el caballo aun tronco de árbol, junto al río, y subió por las cuevas a las que nunca calienta el sol, caminando con la cabeza y el rostro cubiertos por la capa y capucha negra se dirigió a La Villa, decidido a acabar de una vez por todas con esta historia infinita.

Consiguió entrar a pesar de la hora, ya bien pasada la medianoche, solo un guardia se mantenía en la Torre Albarrana y el sueño lo abrazaba tan dulcemente que solo levantó la cabeza y nada dijo al ver andar a Pedro con decisión. Una vez subió la calle, solitaria y despoblada, se fijó en la llama de la vela que ahora estaba apagada, solo varias teas ardiendo iluminaban la puerta del almacén. Una patrulla de soldados bajaban por la cuesta que sube al Lizón, donde se encuentra el patio de armas, tal como le había dicho Nila en cierta ocasión era el cambio de guardia. Desenrolló una fina cuerda que llevaba un palo pequeño pero grueso atado al final, rápido comenzó a lanzarlo a la ventana de Nila hasta que ella se asomó llamada por la curiosidad.

-¿Pero qué haces aquí loco? –Dijo Nila con una sonrisa nerviosa y un gesto de preocupación.-

-Salta, ¡vayámonos! –Le pidió él.-

-No puedo, Yusuf me va a oír y te matará.

-Ya estoy muerto si no lo haces. –Y se arrodillo en el suelo.- Aquí quedaré si no me acompañas, no me importa morir si tú no estás conmigo.

Nila derramó una lágrima que vino aparar a la cara de Pedro, este la dejó correr por su rostro y luego se abrió de brazos pidiendo a su amada que escapasen juntos.

-¡Salta!

Nila parecía preparada para ese momento y sin pensárselo asomó su cuerpo por la ventana y colgándose se dejó caer en brazos de su amor. Se besaron y Pedro cubrió a Nila con una túnica oscura y raída que disimulaba su figura.

-Sigue a mi lado y ante cualquier problema te retiras y no intervengas, no quiero que te hagan daño si nos descubren.

-No te preocupes Pedro, si he dado este paso ya nada me detendrá.

-Bien, bajemos hasta las cuevas, allí tengo el caballo.

Comenzaron a andar pero justo al llegar a la Torre Albarrana, se oyeron voces de alarma tras ellos. Yusuf fue alertado por la guardia del Torreón que se percató de como bajaba Nila por la ventana sin pensar que fuera ella sino un ladrón. Varios soldados se acercaron para sorprender al que robaba pero estos bajaban ya por la cuesta huyendo, se trataba de los dos enamorados.

Pedro pidió a Nila que corriese cuanto le fuese posible y en un alarde de voluntad consiguieron alcanzar el peñón donde tantas veces se vieron, entre los árboles de la vereda, las zarzas y las altas matas consiguieron que no descubrieran su huida y se escondieron a la espera de ver pasar sus perseguidores.

Por la vereda que llevaba al peñón comenzaron a oírse voces y perros, desde el sitio vislumbraban una claridad, producida por las antorchas encendidas, que se encaminaba hasta ellos. No lo pensaron pero seguramente Alinah, en su declaración, les habló del sitio. Pedro se quitó el jubón y cargó su ballesta, abrazó a Nila y le pidió que se mantuviese escondida.

El joven cazador se agazapó a un lado del peñón y esperó la llegada de los soldados de La Villa, quienes molestos por la hora en que se produjo la fuga y despertó de los sueños que mantenían, cargaron ballestas y arcos para atrapar al huido. Pedro espero que se acercaran para apuntar y defenderse tanto él como a Nila de los aguerridos soldados.

-¡Ladrones! ¡Entregaos y nada os ocurrirá! –Le gritó el mismo que tiempo atrás lo detuvo en ese sitio cuando la primera vez se encontraron.-

-Vamos muchachos, nada tenéis que hacer contra nosotros. No conseguiréis escapar, os tenemos rodeados. –Continuó diciendo.-

-¿Pedro? No lo conseguiremos, nos perseguirán hasta encontrarnos, luego te detendrán y matarán. Vamos a entregarnos.

Pedro se acercó hasta ella y la besó, la mantuvo abrazada entre sus brazos y le susurró al oído.

-Si quieres volver puedes hacerlo, yo prefiero morir aquí, en este mismo sitio donde por primera vez conseguí estar a tu lado.

-Nos van a matar, se piensan que somos ladrones. Pero no me importa, si es a tu lado seré completamente feliz de morir.

El soldado volvió a gritar.

-¡No pienso esperar un momento más! ¡o sales o subimos!

Nila se volvió a esconder y Pedro esperó que alguno subiera para enviar un ballestazo a su pierna y así enviar recado a los demás. El soldado al mando de los de La Villa comenzó a subir y pidió a los demás que rodearan, como buenamente pudieran, la peña. Apoyando cada paso con cuidado y escalando las rocas de alrededor, uno de los hombres consiguió encontrar a Nila escondida, con la confusión intentó atrapar al ladrón, pensando que era uno de ellos pero, al pisar una rama, el crujido reveló sus intenciones.

-¡Pedro! –Dijo ella con voz apagada.-

Su joven amor saltó por encima de una de las rocas y asestó un disparo de ballesta en el pecho del que llegaba, se desplomó hacia atrás y cayó desde la altura a la parte de abajo. Luego llegaron tres soldados más y rodearon a los dos jóvenes, uno de ellos se puso nervioso y disparó a Nila en la pierna una flecha, atravesando con facilidad y viniendo a quedar atravesada. Nila lanzó un alarido de dolor y Pedro con un certero disparo atravesó la garganta del soldado, luego con la daga ensartó a otro de ellos mientras el último, con una ballesta en la mano le lanzó un disparo que Pedro esquivó y vino a parar al corazón de Nila, derrumbándola sobre la fría tierra, llamando en su final a Pedro con un apagado sonido de voz.

Pedro se volvió rápido y la sostuvo en sus brazos, pidiendo que no se fuera, que se quedara con él. El soldado que disparó se acercó por detrás a Pedro y cuando iba a clavar su daga en la espalda de este, una cimitarra le atravesó el estómago matándolo en el acto. El capitán de la patrulla, el mismo que detuvo la primera vez a Pedro, le salvó de una muerte segura. El joven cazador tomó la cimitarra del moro y se la llevó a la garganta, empujando su punta contra sí mismo, deseando que lo atravesara, pidiendo su muerte. El soldado golpeó en la cabeza de Pedro con la empuñadura dejándolo inconsciente, luego cogió a Nila en brazos.

-Sé que puedes oírme muchacho, hemos perseguido a dos ladrones y supongo que Yusuf ya sabrá que era su sobrina quien se escapaba. Conocí a Nila cuando llegó a Setenil, desde entonces formo parte de la guardia de vigilancia, Yusuf no nos perdonará su muerte, me matará y nada podrá evitarlo, pero debo entregarle a Nila, debo llevarla junto a él. No quiero matarte, prometí hacerlo si volvías pero comprendo lo que habéis hecho, siento enormemente que todo haya acabado así. Cuando vuelvas en si debes irte si no quieres que Yusuf descargue su ira contra tu familia y tus conocidos, manda aviso antes de que los mate a todos. No te perdono a ti, que te quede claro, quien te perdona es Nila que me hizo prometer hace tiempo que nunca cumpliría mi promesa de darte muerte, a ella le debes que estés vivo. Cuando te repongas haz lo que te he dicho.

Pedro permanecía semiinconsciente, escuchando las palabras claramente pero lejanas, sintiendo una punzada terrible en el costado debido a una flecha por la que fue alcanzado y ni siquiera lo notó durante el fragor del encuentro. La cabeza le punzaba, no conseguía que se pusiese en orden, el golpe lo atontó, el soldado le perdonó la vida por petición de su amada Nila, todo le daba vueltas.

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A trompicones y dando las veces con su cuerpo en el suelo, Pedro alcanzó a llegar hasta Zerrojo, su corcel negro. Subió a él y se dirigió camino de su casa por el camino menos concurrido. Por entre las peñas cercanas al camino de Zahara, por ahí le llevo el caballo hasta que se detuvo, junto a una cueva se derrumbó Pedro y quedó en el suelo muriéndose.

Cave entrance, Oregon Caves National Monument. Oregon, USA

-¿Quién anda?

La voz salió del interior de la cueva, una mujer de ropas andrajosas y cabellos desaliñados hizo acto de presencia junto al cuerpo, casi sin vida, de Pedro. Se acercó con precaución, sin fiarse, se agachó para palpar si continuaba con vida o, en caso contrario, se hallaba muerto, entonces notó pulso y lo volvió boca arriba.

La bruja Isabela vivía retirada en una de las cuevas que se encontraba a mitad de camino entre Zahara y Setenil. Decían algunos que en su profunda oscuridad moraba el diablo en persona y que la bruja solo le cocinaba a cambio de ciertos conjuros. Hasta el sitio llegaban soldados para apresarla por ser acusada de robos y muertes extrañas en los pueblos pero el miedo los detenía. A veces, las temporadas de malas cosechas o poca agua, también servían para denigrar a la vieja Isabela por parte de los hombres religiosos.

Veintiuna lunas necesitó estar al cuidado de Pedro sin descanso, noche y día, limpiando su herida y aplicando emplastos de hierbas sobre la terrible cicatriz. Curó su infección y bajó su fiebre, el joven cazador deliraba entre sudores sobre el camastro de paja. Isabela le daba una pócima compuesta de agua hervida con hierbas y cuello de buitre viejo que machacaba al terminar de hervir, luego lo pasaba todo por un paño y daba el brebaje extraído al muchacho. Por las mañanas, con el primer canto del gallo, le aplicaba veneno de serpiente en el interior de la herida y una vez cada cinco días, llegado el mediodía, tomaba dos avispas que posaba sobre su piel. Así sanó Pedro, de esa manera volvió de una muerte segura.

-¿Dónde estoy? –Dijo cuando volvió en sí, mirando cansado y dolorido a la bruja Isabela.-

-En tu casa joven, en tu casa.

Intentó incorporarse y no pudo, tuvieron que pasar diez días más para que lograra incorporarse, apoyado sobre una muleta de palo que lo ayudó para llegar hasta la piedra que había junto al fuego.

-¿Quién eres y que hago aquí? –Preguntó cuando logró por fin sentarse al fuego pues el frío en el ambiente era considerable-

Isabela le contó cómo llegó, que no sabía quién era y quien era ella, que vivía retirada de todos por no soportar la incredulidad de las personas y su mala fe. Le explicó como lo había conseguido salvar y le dijo que su caballo estaba escondido y bien cuidado. Le dijo que era libre de irse cuando quisiera y que nada le debía, pero que era recomendable que al menos estuviese unas semanas más en la cueva, reponiéndose totalmente.

De esa manera pasaron los días, las semanas, comenzando a andar primero despacio, luego más ágil y al final de las veintiséis lunas corría sin dolor. Cabalgó y fue de caza, recuperó sensaciones dormidas y fue ordenando sus pensamientos. Una noche, poco antes de irse, le contó a Isabela lo que era o había sido su vida, le habló de Nila, de su familia, de su desgracia y de sus intenciones. Primero visitaría su casa, se temía lo peor, luego buscaría a María, con quien debía conversar y no poco, para ponerse al día con todo. Y por último, visitaría la guarnición de Olvera, allí preguntaría por el señor Marqués para verse con él y pedirle consejo sobre su venganza. Todo con calma, todo sin prisa, todo lo llevaría a cabo.

 

“Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo el pie de ellos resbalará, porque el día de su calamidad está cerca, ya se apresura lo que les está preparado.”

Deuteronomio 32:35

Cuando Yusuf fue avisado de lo ocurrido a Nila se encerró en su casa, castigado por sus pensamientos y abatido por los hechos. Nada consiguió calmar su apesadumbrado y consternado corazón, su espíritu lo abandonó y al día siguiente su pelo se volvió casi blanco, las ojeras parecían cascadas colgantes y apenas si conseguía hablar. Fatimah estuvo junto a él en todo momento, lavando sus pies y manos y secando sus inagotables lágrimas, varias veces quiso tomar poción de muerte pero ella lo impidió. Apenas si se sostenía en pie, su sentido de culpa acompañaba cada uno de sus pensamientos, solo la muerte podía darle descanso decía una y otra vez.

La primera pregunta fue sobre el muchacho, ordenó quemar su casa con sus familiares dentro, luego, tras averiguar que María fue quien estableció contacto entre Nila y él, mandó igualmente quemar su casa y la muerte de todos los que allí se encontraran. Exigió la captura con vida de Pedro y su presencia ante él. Nada detuvo su odio, quiso culpar al mundo de su error, de su pecado al no permitir el amor y la muerte lo castigó con el dolor.

Nila fue enterrada con honores de reina, varios personajes de Granada estuvieron presente en Setenil, incluido su padre Mulay Hasan, viejo y agotado por las luchas internas con los abencerrajes. Aisha estuvo presente y apenas si dirigió la palabra a Yusuf, quien solo levantó la mirada cuando ella le habló. Luego todo terminó y el rico comerciante se encerró en su casa, un mes sin pisar la calle. Poco a poco fue recuperándose, las noticias de la desaparición de Pedro le mantenían con vida, quería darle muerte antes de morir, ese era su objetivo para vivir, la muerte de Pedro.

Pasaban los días, las semanas, los meses, las estaciones y nada, ninguna noticia, llego a doblar la recompensa por su paradero, por algún indicio de donde se encontraba, nunca supo de él. Sin embargo cada siete lunas, un ramo de flores aparecía en el lugar donde se encontraba enterrada Nila. Yusuf nunca ordenó que custodiaran el sitio, sabía que era Pedro y era una forma de mantenerlo cerca, si evitaba esas ofrendas, nunca más sabría donde se encontraba.

Las noticias de la llegada de los reyes de Castilla y Aragón a la conquista de al-Ándalus provocaron recelos en todos los sentidos. Los comerciantes dejaron de llegar, las familias comenzaron a abandonar La Villa y sus alrededores en busca de paz y tranquilidad, el nerviosismo y el desvelo se apoderaron de la frontera. Los cristianos estaban cerca y venían a tomar posesión de lo que ochocientos años antes tomaron los antepasados de los habitantes del Reino Nazarí de Granada.

Yusuf estaba más mejorado, sin olvidar nunca a Nila, para quien mandó construir una tumba de Morabito, cosa prohibida por el Islam pues nadie está más cerca que otro de Dios, aun así mandó su construcción. Cada mañana, antes de cualquier actividad, subía a caballo hasta el lugar para estar a solas con su sobrina Nila, nunca faltó a su cita desde que sucedió la tragedia.

Junto al alcalde Hamete elCordí, el capitán de La Villa y el imam planearon como resistir ante la inminente llegada de las tropas del Marqués de Cádiz, quedando sellada la alcazaba y vigilados los accesos, Granada no quiso o no pudo ayudar, Ronda estaba sitiada y Málaga en plena lucha interna entre sus ricos y poderosos señores. Se encontraba en el patio de armas departiendo con el imam cuando un soldado llegó alterado.

-Las tropas del Marqués se acercan al Tajarejo, son cientos señor, ¡mas de tres mil!

La cara de ambos quedó paralizada, un desierto de arena se apoderó de sus gargantas y ninguna palabra articulada conseguía salir de sus labios. El miedo se hizo presente.

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“Nunca temas a tu enemigo, él te temerá más a ti cuando tu espada brille en el horizonte.”

 

Esa fue la frase que el Marqués de Cádiz le dijo a Pedro el día que se encontraron en Olvera. Casi un año después de la trágica noche del derramamiento de sangre enamorada en el Peñón de Setenil.

Pedro llegó a Olvera repuesto de su herida, habiendo pasado casi seis meses con Isabela, a la que cada día llevó caza suficiente para comer los dos cuando se repuso, aprendió a manejar la espada y a mejorar, aún más si cabía, su manejo de ballesta. Isabela le enseñó a realizar emplastos y a saber utilizar algunas plantas para curaciones, a vendar los huesos rotos o cascados para su rápida sanación. Y sobre todo, le explicó el conocimiento de las estrellas, de cómo seguir un camino en la noche sin perderse solo con mirar al cielo. Ella se despidió entre lágrimas, deseándole lo mejor en su futuro y pidiéndole que culminara con éxito su propósito, Pedro la abrazó y la besó en la frente, luego subió a su caballo de guerra y desapareció entre las encinas que rodeaban la cueva.

Tal como Yusuf ordenó, la casa de sus padres fue quemada con todos sus familiares dentro. Al llegar Pedro a la pequeña granja de sus padres se encontró todo arrasado, los corrales dejados, el pequeño huerto abandonado y la casa en el suelo convertida en cenizas, tan solo permanecía allí “Román”, el perro de caza que siempre lo acompañaba. El menudo “Román” corrió en su busca y ladró enfadado, recriminándole los meses de ausencia.

-Te entiendo amigo. –Le dijo Pedro queriendo justificarse.-

El perro dio vueltas alrededor del caballo pidiendo a su amigo que desmontase, Pedro se bajó y lo abrazó con cariño mientras “Román” jugueteaba alegre. Luego comenzó a ladrar de nuevo y lo llevó hasta un hoyo en el suelo cercano a la pared que formaba la roca. El joven se agachó y sacó del boquete una bolsa, la misma que le regaló el Marqués, dentro estaban la espada, la ballesta y las ropas, también algunas monedas. Juan, su padre, tuvo a bien esconderlo por si alguna visita lo viese y diese pie a alguna pillería inesperada. Sacó la espada y la levantó al cielo, su brillo cegaba al resplandor, esos meses perdido entrenó con una de madera, pesada y bien tallada pero de madera, la espada del Marqués era otra cosa.

Se vistió, ajustando su broche de Guardián de tierras donde pudiese verse. Guardó la bolsa con monedas y montó a “Zerrojo”.

-¡Vamos “Román”! Sígueme amigo, vayamos a ver a María.

El perro ladró de nuevo y comenzó a corretear a su lado, junto al caballo, cruzando por debajo de sus patas y saltando delante emocionado.

-Estoy reagrupando un ejército. –Se dijo Pedro sonriendo al ver a su caballo y su perro juntos.-

Nada sintió al ver su casa quemada, sus padres seguramente se calcinarían bajo los escombros y maderas. Ya lloró cuando despertó en la cueva, llevaba muchas noches pensando en ello como para sentirse afectado al comprobar una realidad que esperaba. Temía ser vigilado y que lo siguieran por eso no quiso entretenerse más en el lugar. El camino se le hizo corto, al llegar a casa de María si sintió dolor, toda su familia, menos ella, aparecían convertidos en esqueletos colgados de la misma encina, delante de la casa calcinada al igual que la de sus padres. Su gesto se torció y cerró los ojos dolido. “¿Dónde estará María?” quiso saber, “lo mismo la han raptado o es alguno de los del árbol”, eso pensaba a la par que apretaba los puños sobre las riendas.

Abandonó la hondonada donde se encontraba la casa de María, preocupado por ella, decidió ir hasta Olvera y dirigirse a la fortaleza del castillo, allí le dijo el Marqués que sería bien atendido y, además, se encontraría a salvo, eran tierras cristianas las que ahora pisaba.

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Llegó al castillo donde fue recibido por el capitán al mando de la guarnición, le indicó con el dedo el broche de Guardián y le pidió que le acompañase.

-Deja que Rulo se encargue del caballo, él es nuestro mejor soldado en las caballerizas y seguro sabrá atender a tan formidable corcel.

Rulo debía tener ocho años, era un mocoso despeinado con la cara pecosa y la mirada de pillo que seguro sabía más de lo que aparentaba.

-Está bien Rulo, cuida de “Zerrojo”, es un buen amigo. Capitán, -dijo Pedro- ¿puede pasar la noche junto al caballo mi perro? –Preguntó y señaló a “Román” que lo miraba cansado, con la lengua fuera.

-Sin ningún problema Guardián, si tuyo es que pase aquí el tiempo que sea necesario. Dale agua Rulo, y algo de comer a ese chucho canijo. –Lo dijo y continuó andando, subiendo la rampa de acceso indicando a Pedro que lo siguiera.- Arriba te espera el Marqués.

-¿A mí?

-A ti no, pero si vienes a buscarlo es mejor que sepas que se encuentra aquí.

-Bien, bien, hablaré con él en cuanto pueda recibirme.

-¿Recibirte? Pero… ¿Qué clase de Guardián eres tú que no conoces al Marqués?

-¿Conocer? No sé qué quiere decir señor.

Al llegar a la explana del castillo lo comprendió, en su más elevada superficie, mucho más de cien hombres se encontraban allí comiendo un cochino que se asaba empalado sobre un fuego enorme. Todos se divertían y hablaban entre ellos, a lo lejos en la llanura frente al castillo se divisaban miles de tiendas de campaña donde miles de soldados se veían caminar por el campamento. Una mano le toco el hombro llamándolo por su nombre.

-¡Pedro! El hijo de Juan Zorrilla, que bueno encontrarte por aquí amigo.

-Señor me alegro de verle, y de una pieza.

Ambos soltaron una carcajada, el compañero del Marqués, segundo de este y hombre más respetado por todos tras don Rodrigo, le echó el brazo por los hombros demostrando su amistad y deuda.

-Menos mal que apareciste aquel día Pedro, ya pensaba que no lo contábamos.

-No lo creo señor, seguro que algo hubieran intentado.

-Cerrar los ojos, amigo, cerrar los ojos. –Y soltó otra carcajada que llamó la atención de todos los presente.

El capitán al mando de la guarnición le dijo donde podía establecerse, Pedro le comentó que había alquilado una casa en la subida y pensaba hospedarse allí.

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Encontrándose Pedro junto a la muralla, a la espera de que el Marqués terminase de hablar con unos moros de Ronda, una voz lo devolvió a la realidad tras ausentar su mirada perdida en el horizonte lejano.

-Señor, -le dijo el soldado- abajo se ha personado una tal María que dice conocerle y pide hablar con usted.

Extrañado por lo de “señor” y el trato diferencial y respetuoso del soldado se volvió el joven Guardián.

-¿María?

-Sí, señor, así dice llamarse. ¿Desea que la haga pasar?

-No, no hace falta, ya bajo yo.

La sorpresa fue tremenda, tras esperarla muerta, María se encontraba en la puerta esperando, ataviada con una manta sobre la cabeza y con los ojos vidriados de llorar. Al ver a Pedro se abrazó y le dio mil besos mientras lo apretaba contra ella. Ambos lloraron buscando descanso en su lacrimal, intentando creer lo que sus ojos y brazos veían y sentían.

-Por Dios Pedro, han pasado ocho meses, ¿Dónde has estado? ¿Cómo que estas aquí? ¿Sabes ya todo lo que ha ocurrido? –María era un vendaval de preguntas- “Lenguacorta” me avisó de tu llegada, te vio llegar pero no pudo volverse pues iba de patrulla, le dijo a su mujer que me avisara, ella me buscó y me dijo que Ruiz te había visto. No podía creérmelo, he tenido que venir a comprobarlo. Pedro, no sabes cuánto te he echado de menos.

-Acompáñame María, tengo un sitio aquí cercano donde voy a pasar mi estadía, hablemos allí.

Se dirigieron calle abajo, dejando la puerta de la fortaleza tras ellos, bajando la pendiente sin decir nada, sin apenas mirarse, ella le tomó la mano y se la llevó a los labios besándola con cariño.

-No me abandones más Pedro, no me queda nadie.

-No lo haré María, no lo haré.

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Una vez en el cuarto de la pequeña estancia, conversaron durante horas. Él le explicó como sucedió todo, como llegó hasta Olvera y las intenciones que tenía. Ella le contó como a su familia le llegaron de noche mientras dormían, como los encerraron sellando la salida y prendiendo fuego al tejado que les cayó encima. Luego arrasaron con todo, animales, el poco grano que mantenían oculto y con el huerto, me lo relató todo Tomás, el vecino que los vio de llegar y de irse. Su siguiente paso fue la granja de mi padre, los ahorcaron a todos, -No pudo contenerse y echó a llorar.

-Me buscaron pero no me encontraron, el destino quiso que ese día estuviese en casa de mi tía en Olvera porque su marido está enfermo y yo cuidaba de sanar sus heridas. Ahorcados Pedro, incluidos mis hermanos. Cuando terminaron su cometido desaparecieron en la oscuridad, como fantasmas que jamás vinieron. No me he atrevido ni a volver a ir a mi casa Pedro, todos temen que se puedan volver contra ellos si me ayudan, no he podido dar sepultura a mi familia.

-No te preocupes, pagaran por ello.

-No quiero venganzas, ya han pasado mucho tiempo desde lo sucedido y lo único que pido es tranquilidad, no quiero venganzas, no quiero perder a nadie más, quiero ir a mi casa y ahora que estas conmigo nada me da miedo.

-He jurado venganza y cumpliré con mi juramento, al acabar todo volveré y descansaremos de todo. Juntos sabremos salir adelante y daremos entierro a los tuyos.

Entre supuestas venganzas y deseos de sosiego llegó la noche oscura, María se acostó en el catre de Pedro y este se acomodó como pudo en un rincón. Se despertó varias veces con los ensueños de María, sus palabras entre espantos no lo dejaban dormir, cubrió con una manta al menos tres veces a su amiga. Pensaba en sus palabras, en sus deseos de paz y el temor a que perdiera la vida en el enfrentamiento provocado por su venganza. Ella no lo sabía, él no se lo contó, pero en una semana partiría con destino a Setenil, los reyes de Castilla y Aragón, junto al Marqués de Cádiz pensaban tomar La Villa y rendir este lado de la frontera de al-Ándalus. Por la mañana se lo explicaría todo, buscando la forma más comprensible sobre sus intenciones.

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La mañana del ataque cristiano sobre Setenil, Yusuf se encontraba en la Torre del Homenaje, junto a Ahmad, capitán de la guarnición y Rabem, segundo de este. Tras varios días de intensa presión sobre la alcazaba, varios de sus puntos fuertes habían cedido, debido en gran parte al ataque de cañones sufrido por las murallas y las casas del lugar. La entrada en La Villa se inició por varios sitios, aunque la más demoledora se inició en la Torre Albarrana derrumbando la puerta principal con un ariete y atravesando el rey don Fernando con sus soldados a degüello, acompañado de un soldado que clamaba venganza y entró el primero por la puerta.

Horas antes de penetrar a La Villa los cristianos, Yusuf pudo ver como, desde la parte alta del pueblo hasta la entrada a La Villa, varios miles de soldados se daban cita en formación desordenada pero colorida recorriendo cual serpiente coloreada las calles anexas a la principal. El rico comerciante prestó atención a un soldado que parecía mirarle fijamente desde hacía rato, cubrió su mirada con la palma de la mano queriendo ver más cerca lo lejano. Fue en ese momento cuando se percató de que ese hombre, el soldado que lo miraba, levantó su empuñadura hasta la cara dejando reflejada una cruz en su rostro, luego se la mostró como si nadie a su alrededor existiese y se desprendió del casco que hasta entonces cubría su cabeza.

-¡Pedro! ¡Maldito malnacido! –Exclamó al distinguir al joven cazador al frente de las tropas castellanas y al lado de don Fernando.

-Que Alá nos asista señor, esto es el fin. -Le dijo el capitán Ahmad.-

– Alá hace tiempo que nos abandonó, estamos solos. -Sentenció Yusuf.-

Pedro descargó su ira contra todo aquel que se encontraba, la irrupción en La Villa de las tropas cristianas fue demoledora. tan intensa que acabó con la vida de cientos de soldados y civiles, nadie se encontró a salvo de la terrible embestida de Castilla.

Poco después, rendido Setenil y entregados las autoridades de Setenil, el Marqués de Cádiz hizo llamar a Pedro a una de las habitaciones donde se encontraban los rendidos.

Cuando el joven cazador entró en la sala se encontró con un hombre abatido en un rincón sentado en una silla, su aspecto de rico hombre de Granada había dado paso a un demacrado señor, con su cabeza y barba poblada de canas, la cara arrugada y su espíritu perdido.

Don Rodrigo Ponce de León abandonó la habitación cuando Pedro hizo aparición en ella, al salir posó su mano sobre el hombro del joven y le aconsejó.

-La justicia sobre todos nosotros la impartirá el Señor cuando llegue el momento, digno eres de tu elección, sea cual sea, honra a tu palabra pero no olvides que todos seremos juzgados al final.

Terminó de hablar y cerró la puerta tras de sí, dejando solos a Yusuf y Pedro, el primero prisionero del segundo, meses después de mandar uno la muerte del otro y de ordenar la matanza de su familia y de sus amigos.

Los ojos de Yusuf miraban con orgullo a Pedro, en silencio y sin moverse, permanecía sentado, sin cadenas, libre de hacer lo que quisiera. Pedro se situó frente a él, con el gesto serio y pensativo.

La habitación fría, la desangelada situación y el recuerdo en la memoria de Nila completaban el extraño momento que se vivía entre ambos enemigos. Pasaba el tiempo y ninguno decía nada, retándose con la mirada uno a otro, sin bajar o desviar los ojos ni un instante.

-Por tu culpa mi sobrina yace muerta. –Habló primero Yusuf, cargado de odio y reproche.-

-¿Estás seguro?

-Dime quien sino.

-Tú, su propio tío, ordenaste matarnos.

-Esa noche no ordené nada, os confundieron y por tu mala decisión pensaron que erais ladrones, tu y solo tu llevaste a mi sobrina a la muerte.

Pedro quedó en silencio, pensando en la parte de verdad que las palabras de Yusuf llevaban.

-No soportaste que ella cumpliese su sueño de vivir con quien de verdad quería, -le dijo Pedro con rabia- viste reflejada tu vida en ella, tu fracaso en el amor. ¿Acaso querías que se vendiera por dinero como hiciste tú?

-Que sabrás tú de eso muchacho.

-Lo suficiente para culparte de su muerte y de mi dolor eterno.

-Piensas que yo no estoy sufriendo, te crees que yo no lo paso mal, ni duermo ni como solo de pensar en la trágica situación que el destino me brindó.

-¿El destino? Nunca te has parado a pensar que ese destino al que haces referencia tiene grabado tu nombre. ¿Qué querías? Estábamos enamorados, nos queríamos, nos amábamos por encima de todo lo que se interponía entre nosotros. No soportabas que ella se fuese por amor, esa es tu culpa, el amor que nunca fuiste capaz de conservar o luchar por él.

-¡CALLATE! –Gritó enfurecido Yusuf, levantándose y golpeando la pared con fuerza hasta sangrar por los nudillos.-

-¿Qué crees que es más fácil, querer o que te quieran? –Preguntó Pedro.-

Yusuf dio el silencio por respuesta.

-Querer es fácil, que te quieran depende de otra persona, eso es más difícil. Nosotros nos queríamos los dos, sin religiones que se interpusieran en nuestro camino, sin razas ni estatus, solo amor Yusuf, solo amor, y tú lo mataste. Nila nunca te odiará por haber muerto a través de una orden tuya, pero recuerda que nunca te perdonará el querer asesinarme a mí, destrozaste una vida, una ilusión, una realidad. Cada día, cuando has subido a hablar con Nila en su Morabito has escuchado lo que tú querías, nunca has oído su verdad. Te la digo yo Yusuf, nunca te perdonará lo que hiciste, ella me amaba, y yo a ella, nunca lo olvides mientras te pudres en la cárcel.

Pedro abrió la puerta y se fue, Yusuf se golpeó la cabeza y se arrancó los pelos de la barba y la cabeza mientras gritaba, poseído de una locura que lo atrapó súbitamente. Cuando Pedro bajaba la rampa de acceso a la plaza de armas oyó las maldiciones que el rico comerciante se decía a sí mismo y los perdones que imploraba a su sobrina Nila.

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Tras la conquista del sitio todo permanecía en el más absoluto silencio, unos soldados paseaban buscando en las casas por si alguien quedó escondido. Pedro decidió salir con su caballo camino del Real de San Sebastián donde se encontraba el campamento del rey don Fernando y donde el Morabito cobijaba los restos de Nila. Quiso acercarse para despedirse, para decirle un adiós, un hasta siempre nos veremos allá arriba.

De camino pasó junto al Peñón y detuvo su caballo, subió apoyándose en las rocas y se arrodilló donde murió su amor. Lloró, desencadenando toda la rabia posible con un grito que alcanzó a oírse en toda La Villa como un aullido de ira, de amor, de corazón partido. Con las manos agarró tierra del suelo y la apretó fuertemente, con todas sus fuerzas, sintiendo como cada musculo de su cuerpo se tensaba hasta querer estallar. Soltó todo lo que dentro llevaba en otro grito ahogado, silencioso y entonces lo sintió, una punzada que dejaba marcado su final. Abrió los ojos y se miró el pecho, en el vio como una ballesta le acababa de atravesar el corazón, vomitó un buche de sangre, la respiración se le entrecortaba y comenzó a irse.

Una visión nublada se acercó.

-Te dije que te mataría si volvías, la primera te perdoné, hoy estaba obligado.

El jefe de la guardia de vigilancia, que ya una vez lo detuvo, aparecía ante él con la ballesta en la mano. Pedro quería decir algo pero no conseguía articular palabra. Hasam, que era el nombre del jefe, se acercó hasta él.

-Tenía orden de esperarte aquí pasase lo que pasase, Yusuf mantenía esperanzas de que volvieras aquí y me ordenó tu muerte. Has sido valiente muchacho, no me siento honrado por lo que he hecho pero es mi trabajo, cumplo órdenes. Dime que deseas y cumpliré tu petición, te lo mereces.

-Nila. –Dijo con la voz apagada Pedro, casi perdiendo el conocimiento,

Hasam comprendió el mensaje, quería morir junto a su amada, ese gesto lo llenó de compasión. El muchacho quería estar a su lado en su final, por ella luchó y entregó su vida. El jefe de vigilancia de La Villa cargó el cuerpo moribundo de Pedro y lo subió a “Zerrojo” su corcel, tomó la riendas subió a su yegua torda y se encaminó hasta donde se encontraba enterrada la bella Nila. En el camino pensó que vendía su alma al enemigo, que en el trayecto lo matarían pues buscaban a todos los soldados moros para detenerlos o matarlos.

Cuando Hasam ascendía con paso calmo la cuesta miró al Peñón, se vinieron a su mente las imágenes del día que detuvo a Pedro, el mismo día que le exigió que tuviese orgullo en sus acciones. Vio a la bella Nila con sus ojos quebrados al sentirse alejada de su amado, pensó que valía la pena morir por tan bonita causa, por amor.

-El Peñón, -dijo para sí mismo mirando la peña- el Peñón de los Enamorados. –Y continuó camino.-

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La primera patrulla que se encontró Hasam iba comandada por el segundo del Marqués, al que Pedro salvó la vida. Reconoció el caballo de Pedro e intuyó el propósito del moro que llevaba de riendas el corcel del muchacho.

-¡Escolten a este hombre! Cuando cumpla su cometido dejen que se vaya.

Los seis hombres se situaron cuatro delante de ellos y dos detrás, llevando escoltados a ambos hasta la entrada a la tumba de Nila, una vez allí, Hasam bajó el cuerpo de Pedro y lo llevó junto a su amada, le arrancó la ballesta del pecho y la dejó sobre la fría piedra, Pedro dio su último suspiro de amor, Hasam puso el cuerpo del muchacho a la vera del sepulcro de Nila y le cerró los ojos.

-Descansa en paz amigo, ojalá haya vida ahí arriba y puedas reunirte con tu amada.

Envuelta en el denso velo

de la tenebrosa noche,

vino en sueños a buscarme

la gacela de los bosques.

Vi el rubor que en sus mejillas

celeste púrpura pone,

besé sus negros cabellos,

que por la espalda descoge,

y el vino aromoso y puro

de nuestros dulces amores,

como en limpio, intacto cáliz,

bebí en sus labios entonces.

La sombra, rápida huyendo,

en el Occidente hundióse,

y con túnica flotante,

cercada de resplandores,

salió la risueña aurora

a dar gozo y luz al orbe.

En perlas vertió el rocío,

que de las sedientas flores

el lindo seno entreabierto

ansiosamente recoge;

Rosas y jazmines daban

en pago ricos olores.

Mas para ti y para mí,

¡oh gacela de los montes!,

¿qué más rocío que el llanto

que de nuestros ojos corre?

Ibn Jafaja-

 

LAS NOVELAS DEL OESTE, FÁBULA.

Una vez que ató el caballo a la viga de la entrada, se sacudió el polvo del sombrero y entró al Saloon con cierto aire de cansado y la garganta como un pasto arrasado por el fuego. Miró en derredor con cuidado de no ofender a los presentes y luego se acercó a la barra donde pidió un vaso y media botella de whisky.

Era temprano, las cuatro de la tarde de ese mes infernal, John Custer llevaba a sus espaldas cinco días cabalgando por todo el interior de California, incluida una parada en Fresno, luego continuó sin pasar por ninguna otra población hasta alcanzar su objetivo, Silver Peak, en Nevada. Muchas millas recorridas por lugares inhóspitos, vigilado por indios, acechado por cuatreros, perseguido por ladrones y compartiendo camino, que no viaje, con pistoleros. Sin desfallecer un solo día, haciendo frente a su cometido y tan solo, una de esas noches durmió acompañado en una cabaña cerca de Bear Creek Spire, un caza recompensas lo reconoció y a punto estuvo de dispararle si no es porque John estuvo más rápido y logró desenfundar como lo que era según muchos, el más rápido del Oeste. Ató de pies y manos al caza recompensas y se echó a dormir después de taparle la boca al tipo introduciéndole un pañuelo en ella y golpeándole la cabeza con la culata de su rifle para que dejara de hacer ruido.

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En la mesa del centro del Saloon jugaban a las cartas cuatro hombres, dos sudorosos vaqueros, otro hombre con buena planta y bien vestido, del que luego supo que era el jefe de la oficina del Banco de Nevada en el pueblo, y Jeremías Malcon, el hombre que buscaba. Una mujer de buen ver acompañaba la partida tras Jeremías, acariciando sus hombros con cuidado y llenando su vaso cada vez que quedaba medio vacío. Un traje rojo descubierto por los hombros mostraba sus voluminosos encantos llevando a pensar a John que se trataba de una mujer del local, de las que últimamente habían abarrotado todos los Saloons del viejo Oeste. Vendían, o mejor dicho alquilaban su cuerpo a cambio de algún dinero con el que mantener a su familia, o para ahorrar otro tanto con el que abandonar la profesión y comenzar de nuevo en la gran ciudad, muchas con la idea de conseguir una granja cualquiera junto a algún hombre que supiera protegerla de bandidos y de indios cercanos. Eran los nuevos trabajos en el Oeste, la venta del cuerpo, las minas, buscar oro y el ferrocarril.

En una esquina un pobre diablo tocaba en la pianola una melodía bien triste, agarrado a su botella y casi llorando de emoción por las notas que conseguía ordenar al tocar. El dueño del local era un gordo con cara de mala persona que se levantó al ver entrar al forastero y se acercó a la barra para informarse de sus intenciones. Al llegar junto a John, el camarero le sirvió un vaso de whisky junto a él, acto seguido se retiró al fondo, donde estaba la puerta del almacén y entró dentro, seguramente para coger el rifle por si hiciera falta. El gordo quiso brindar con John pero este denegó el envite dándole la espalda y dirigiéndose a una mesa redonda junto a la ventana. Desde ese sitio se podía ver la calle casi desierta a esas horas y la barbería de enfrente, junto a esta se encontraba la casa de postas a la izquierda y una sombría mortuoria a su derecha.

-¿De dónde viene amigo? Tiene cara de cansado y de llevar mucho cabalgando, lo digo por el polvo arenoso de sus botas y el que lleva pegado en la chaqueta. –Volvió a inquirir el dueño obeso.-

-¿Acaso importa? Vengo buscando un sitio donde tomarme un whisky tranquilo y donde poder descansar antes de seguir camino, ni soy su amigo ni pretendo serlo.

La contestación de John dejó sin esperanzas de saber nada al dueño del Saloon, pero como este no era hombre de desistir en sus acciones cargó de nuevo con otra pregunta.

-¿Quiere que le preparen una habitación? Podría mandar que le tuviesen listo un baño de agua caliente para cuando suba, y de paso, si lo cree conveniente, un poco de compañía femenina, tengo buenas mujeres que sabrían sacar esos nudos del camino.

Lo dijo con los ojos brillantes, y la mirada perversa de quien solo espera cobrar por los servicios que ofrecía, nada de mala fe llevaban sus palabras, al fin y al cabo era su trabajo. John se percató de sus intenciones de comerciante y asintió con la cabeza.

-Que sean dos.

-¿Dos? ¿Dos qué?

-Dos mujeres, y no trates de engañarme, vengo cansado y me gustaría bajar de buen humor a beber algo llegada la noche.

-Para nada trataría yo de engañarle señor, aquí somos honrados. –Le dijo mientras se acercaba a la mesa.-

John, antes de que decidiese sentarse y confundiera las palabras dichas con una declaración de amistad, le entregó una bolsa con monedas a la vez que levantaba la mano pidiendo que se detuviera y se marchase.

-Ya le he dicho que quiero estar solo, vengo cansado.

El gordo se retiró y mandó llamar a la mujer del traje rojo que estaba tras Jeremías, le dijo algo al oído y esta se acercó hasta el forastero para curiosear sobre sus exigencias.

-Señor, -le dijo con voz suave- puede que con un buen servicio quede mejor satisfecho que con dos.

-Si puede darme lo que pido me parece bien, si por algún motivo no pueden ofrecerme lo que les pido igual sabré adaptarme, pero como le he dicho a tu jefe, son dos mujeres las que necesito cuando suba.

-¿Tiene preferencia por algo especial? –Preguntó la mujer mientras levantaba el vestido un poco, dejando entrever una piel blanca y unas piernas bien formadas.-

-Que estén limpias, gracias señora. –Y giró la cara hacia la ventana.-

La guapa mujer quedó indignada con la respuesta y a pesar de querer contestarle, tragó saliva y subió por las escaleras hasta el segundo piso, allí pudo oírse desde abajo como sonaron varias veces las palmas, una puerta se abrió seguida luego de un silencio primero y unas risas después.

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-Levanta Juan, son las ocho. –Le gritó la madre a través de la puerta de la habitación al hijo.-

Juan estaba absorto en la lectura de la novela, un intercambio que hizo con un amigo tras leer, como era habitual últimamente, la nueva que llegó al estanco de Setenil días atrás, de Marcial Lafuente Estefanía. Era habitual que cada dos semanas llegase una nueva y Juan ahorraba para bajar a comprarla sin dudarlo, bueno… cuando podía permitírselo. Desde que no tenía trabajo se había convertido en un gran lector de novelas del Oeste, sobre todo las de Estefanía. Ahora leía una que le prestó un amigo a cambio de la última de Estefanía, y se encontraba tan metido dentro de ella que vivía la experiencia cual vaquero en Nevada.

-Vamos hijo, no seas flojo, levanta que es tarde y hace rato que es de día y tú sigues dormido.

-Voy mamá, voy.

Juan se incorporó despacio, sentado primero sobre el borde de la cama y luego esperezándose con ganas antes de levantarse definitivamente. Se calzó los zapatos tras ponerse el pantalón, terminando con la camisa blanca de manga larga que le había regalado la madre para su santo. Se asomó a la ventana mirando los escarpados tajos de las Cuevas de San Román, pensando en ese baño que se iba a dar John Custer con dos mujeres, él no tendría esa suerte así que salió fuera y se sentó a la mesa para desayunar.

Un vaso de café solo migado con pan y sin azúcar le esperaba humeante, la leche y el azúcar eran bienes raros en casa, desde la muerte del padre apenas si entraba caudal y lo poco que Juan ganaba lo entregaba a su madre que se convirtió en experta en finanzas escasas. Aun en esas le daba para sonreír a la madre, sabedora de que las necesidades algún día llegarían a su fin y los tiempos cambiarían. El hijo no era de esa opinión, vivía aislado en sus novelas, poco a poco fue alejándose de los amigos, apenas ya los visitaba excepto en días como este en que un señor llegado al pueblo ofrecía unos contratos para ir a Francia a trabajar.

Bebía el café con cuidado de no quemarse la lengua, con la cuchara tomaba el pan transformado en coscorrón por el paso de los días. La madre volvió a entrar en la cocina, llegaba de tender la ropa en la calle en dos cuerdas que sostenía con unas buenas varas para que no cayesen al suelo.

-Anímate hijo, -le dijo con dulzura- tal vez te caiga un contrato en el sorteo.

-Eso está amañado madre, y sabemos ya quiénes son los agraciados, tendrán hasta las maletas hechas en sus casas. –Contestó Juan desilusionado.-

-Yo no pienso igual hijo, si así fuese, ¿para qué esta reunión?

-Eso digo yo, ¿para qué?

 

 

Bajaba la cuesta en busca de la carretera y tomar camino hasta la plaza del pueblo, allí quedó con los amigos para asistir juntos al sorteo. En el bolsillo del pantalón llevaba la novela del Oeste por si encontraba un hueco y continuar leyendo, cada hora que pasaba le carcomía por dentro el no saber qué pasaría con John Custer y Jeremías en el Saloon de Silver Peak. Cuando bajó por la curva miró en dirección al río viendo como las mujeres llegaban con los canastos de ropa para tender o lavar. En mitad de ese camino se encontraba el camión de José Molinillo, estaba parado y le repasaban el motor, ya le extrañó a Juan no haber oído las voces de los trabajadores esa mañana temprano antes de salir al campo. En la cochera estaba Juana Molinillo que lo saludó con cariño mientras pesaba un cubo de cisco a una niña que no conoció Juan. Pepe, el hijo de José Molinillo, otro gran aficionado a las novelas del Oeste, limpiaba dos motosierras con destreza y habilidad adquirida de tantas horas de trabajo en el oficio.

-Buenos días Juan, ¿vas al ayuntamiento?

-Allí camino Pepe, a ver si suena la flauta y podemos ir a trabajar al menos una temporada.

-Dios lo quiera hijo mío, cuando vengas de vuelta te llegas que te de medio saco de carbón para la casa.

-Gracias Pepe, luego me llego.

Pepe siempre tuvo detalles con la madre desde que murió el padre de Juan y sabía de las necesidades que a veces pasaban en casa. Continuó camino, uniéndose a otros muchachos y mayores que iban formando una tropa considerable camino del sorteo de contratos.

Las cuevas de la sombra se encontraban animadas a pesar de la tristeza que conllevaba la falta de trabajo. Muchos eran los que de sus casas iban saliendo para pasear con la curiosidad de saber el resultado del sorteo. Camisas y pantalones limpios, algunos más atrevidos con gafas de sol y cigarro encendido en la mano, aspecto triunfal de los jóvenes que bajo el ritmo silbado de Carlos Santana y su canción Europa nada les preocupaba. Nuevos tiempos adornados por las corbatas de cuero y la inconfundible fragancia de Agua Brava.

El sorteo derivó en lo esperado, contratos entregados a dedo y pactados de antemano para las familias allegadas a quienes los entregaban, nadie se quejó, ¿para qué? Juan volvió para casa hablando con Antonio, otro que se quedó sin contrato. Comentaban la posibilidad de bajar hasta la costa, donde últimamente algunos habían encontrado trabajo en los restaurantes y hoteles de la zona, el turismo crecía y demandaba trabajadores.

Pasó por la cochera de Molinillo y Pepe le dio el saco de carbón, subió la cuesta llevándolo a la espalda, se había quitado la camisa para no mancharla y la llevaba en la otra mano libre.

-¿Cómo ha ido hijo? –Le preguntó la madre al verlo.-

-Bah, lo esperado mamá. Si se llega a hacer una apuesta todos hubiéramos acertado.

-Bueno no importa, seguro que algo se encuentra por aquí. –Trató de animarlo la madre.-

-Si. –Contestó antes de meterse en su habitación y cerrar la puerta.

La madre quedó mirando la puerta cerrada, apenada por esa oportunidad perdida donde hubiese entrado algún dinero a la casa que falta hacía. En la tienda apenas fiaban ya, no porque no quisieran sino porque no podían.

Sobrellevar nuestra parte de noche –

Nuestra parte de mañana –

Nuestro hueco llenar de felicidad,

Nuestro hueco de desdén

EMILY DICKINSON

 

John Custer se encontraba metido en la bañera en mitad de la espaciosa habitación cuando dos muchachas, una morena con rasgos indios y otra pelirroja, con la piel tan blanca que llamaba la atención al mirarla, se quedaron en ropa interior. Las dos jóvenes se acercaron al vaquero y comenzaron a bañarlo con suavidad frotando ambas con una esponja dura que arrancaba la suciedad pegada a la piel. El baño incluía un servicio completo, por lo que Custer no dudó en tocar, donde le apetecía, y ellas se dejaban hacer devolviendo las caricias con masajes sugestivos en todas las partes que componían el cuerpo bien dotado del afortunado John. El agua pasó rápida de color transparente a oscuro tierra.

Tras el baño pasaron las dos a la cama y allí terminaron por dar a conocer todos los secretos en temas de su oficio que guardaban, jadeos, suspiros, risas, gozos, todas las puertas del cuerpo abiertas y un solo miembro entrando en ellas, los dedos completaban las atenciones requeridas y las lenguas se paseaban por todos los rincones exaltando los clamores de placer en la bacanal erótica que se celebraba.

Dos horas después bajaba las escaleras sentándose nuevamente en la ventana pidiendo otra media botella de whisky. La partida de cartas continuaba solo que con un jugador menos, uno de los sudorosos vaqueros había abandonado, cuestión de hora o cuestión de dinero. Jeremías mantenía el sitio y el del banco se había despojado de su chaqueta y su sombrero, dejando ver una calva como una llanura que disimulaba con el negro bombín.

La mujer del traje rojo que todo parecía llevar en el Saloon, se acercó hasta John, su cara reflejaba actitud de rechazo ante el nuevo huésped, seguramente molesta por haber perdido la ocasión de embolsarse ella sola el dinero que repartieron las dos jóvenes que acompañaron al señor Custer en su baño, aunque dejaba entrever cierto aire celoso, parece ser que le llamó la atención en demasía el forastero, viendo en él ese hombre deseado.

-Espero que haya sido bien atendido señor, -sonrió mordaz- ¿desea algo más? ¿Alguna petición que pueda satisfacer?

-Todo bien señora, me gustaría quedarme solo un rato, sin que nadie me moleste, ¿Podrá hacerlo? –Le contestó John con el gesto cruzado sin levantar la vista del vaso de whisky.-

No dijo nada, se volvió y abandonó el Saloon subiendo las escaleras con paso decidido.

 

Al llenar de nuevo el vaso, la diligencia del estado se detuvo en la calle y dos hombres bajaron de ella, un muchacho del pueblo se prestó a llevar su equipaje y ellos se dejaron, tan solo un maletín que mantenía uno de ellos asegurado con esposas a la muñeca era lo único que no dejó que tocara. Entraron al banco y acto seguido un empleado se personó en la mesa de la partida de cartas susurrando al oído del director breves palabras. Tras oír lo expuesto se levantó excusándose en el trabajo y abandonó la partida, Jonh lo vio cruzar la calle y pasar al interior del Banco no sin antes saludar con un gesto al Sheriff, este observaba en un asiento de su oficina los tejemanejes de esa extraña tarde noche.

Jeremías quedó a solas con el vaquero y pidió bebida y música de mala manera, con la mirada buscó a la mujer del traje rojo y al no encontrarla gritó su nombre con cierto desagrado.

-¡Sara! ¡Donde coño estas mujer! Estas furcias se creen con derecho a hacer lo que quieran.

-No soy ninguna furcia malhablado, y el derecho me lo he ganado así que no lo juzgue de antemano.

Sara, como se llamaba o había llamado Jeremías a la mujer, se encontraba en la barandilla de la escalera con otro vestido, negro con algún detalla blanco, igualmente abierto en escote que mostraba sus hombros y unos pechos en perfecta sintonía con su cuerpo. El cabello recogido atrás en una bonita melena con tirabuzones, engalanada con un lazo blanco, los labios rojos y unos coloretes que realzaban su belleza hasta un punto celestial. Todos callaron al contemplar tal divinidad. Jeremías, que se creía dueño de ella, la volvió a reclamar de mala manera escupiendo antes en el suelo del local.

-Ven y tráeme algo de beber, quédate a mi lado y no te alejes mucho, más vale que buscaras un jugador que nos aburrimos en este Saloon de mierda.

lo dijo con la doble intención de jugar y de provocar a John, que permanecía ajeno a la lengua de serpiente del engreído asesino.

Ella se acercó a llenar el vaso pero la agarró con fuerza del brazo, luego tocó su entrepierna con un gesto que delataba la clase de puerco que era. Ella se ofendió sobremanera y le arreó una bofetada en la cara con toda la palma de la mano, resonó en el hueco del Saloon y Jeremías se rió a carcajadas para luego golpear su pierna derribándola al suelo. Se levantó y sacando su revólver apuntó a la cara de la mujer.

-No vuelvas a hacer eso puta, tu vida no vale una mierda y para mi mucho menos.

Y volvió a golpearla en la cintura con la punta de su bota dejándola casi sin aire.

-¿Jugamos entonces o vas a discutir toda la noche con mujeres?

Jeremías se volvió al pronto ante la pregunta acusadora y se encontró con John Custer frente a él. John era más alto y fuerte que el canalla de Jeremías pero la fama de marrullero, tramposo y peligroso hijodeputa lo convertían en un delicado enemigo.

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Hace algunos años, ocho aproximadamente, Jeremías formaba parte de una banda de cuatreros que entraron en el rancho de la familia de John, mataron a su padre, a su madre y a uno de sus hermanos. A su hermana la violaron unas treinta veces durante una noche entera, formando cola ante la pobre Margaret que vencida sobre la cama acabó desmayada primero y luego sin vida. Él era un crío al que ataron a un palo con la ropa quitada y un perro rabioso frente a él con una cadena que no alcanzaba para morderle, sin embargo si para crear un pánico difícil de olvidar por el chico. Se llevaron todos los caballos y animales y luego prendieron fuego al granero, las cuadras y la casa. John permaneció atado hasta que tres indios llegaron llamados por el fuego y olor a quemado a la mañana siguiente. Aun respiraba a pesar del humo tragado, lo desataron y se lo llevaron a las montañas, allí lo criaron hasta cumplir los dieciséis, edad que tenía a la muerte de “Colina Roja”, su padre indio adoptivo que lo salvó aquel fatídico día.

Vivió como un indio, viendo en su padre adoptivo un ejemplo de vida, “Colina Roja” era un cazador indio jefe de su tribu, gran persona que tuvo que enfrentarse a los invasores que poco a poco fueron quitando las tierras a los suyos. Nunca dejó que John se olvidara de ese día en que tanto daño le hicieron a su familia y lo preparó para su justa venganza, para que su espíritu pudiese irse en paz de esta tierra y no vagara entre tinieblas y sin rumbo, “la venganza calmara tu tormenta hijo” le decía a un muchacho que se convirtió en uno más de la tribu.

Abandonó el diezmado poblado y se dirigió hasta el norte, dedicó su vida a la búsqueda y persecución de esos abusadores que se creían con derecho a la estafa sobre familias como la suya. Mató a muchos de estos mezquinos abusones del nuevo sistema, que defendía al rico dando poder sobre el pobre trabajador y sus tierras y se ganó fama de justiciero. Allí vivió hasta que en una foto del periódico local apareció Jeremías junto al dueño de una nueva línea de ferrocarril. Abandonó su trabajo en Rancho Grande, acosado también por los pistoleros a sueldo, y recorrió la distancia que lo separaba del asesino para darle muerte.

Lo buscó en Carolina, en el sur de Nevada, en la frontera con México y en el mismo México hasta que una mañana, en un bar de mala muerte en Riverdale, un forastero español que viajaba en busca de una nueva vida le indicó que ese hombre trabajaba para Samuel Norton. Este Samuel era un empresario que construía líneas de ferrocarril para el gobierno de los Estados Unidos, se apoyaba en la mano de obra barata traída de China y en la correspondiente a las penitenciarías del Estado al que pertenecía la nueva línea del ferrocarril. El español trabajó unos meses para este individuo como trazador del recorrido, cansado de las malas formas de los guardias tomó la decisión de volver a California en busca de mejor clima y mejor vida.

-Ese hombre al que busca es la mano derecha de Samuel Norton, ahora mismo deben de encontrarse en Silver Peak. Y por lo que sé antes de dejar el trabajo y pasar unas semanas en Ponderosa, deben de quedarle al menos un mes en el sitio.

-Puede usted confirmar eso señor, es importante para mí saber con certeza su paradero.

-Ya le digo que hace un mes aproximadamente que salí de Silver Peak, no tengo dudas de que si vive y no lo han matado, cosa bastante difícil por su estatus de cercanía con el señor Samuel, este tal Jeremías aún está allí.

-Gracias amigo, que tenga suerte en lo suyo.

John se levantó de la mesa y en mitad de la noche comenzó a cabalgar sin descanso, buscando encontrarse con el hombre que ahora lo miraba fijamente tras haber golpeado a la señora que se levantaba del suelo, ella agradecía la intervención de John con una mirada profunda, con un suspiro suave mientras se limpiaba la sangre de la nariz.

 

La barra del Saloon comenzaba a llenarse, la pianola sonaba con más ritmo y las chicas de las habitaciones bajaron aseadas y perfumadas a la caza obligada de algún cliente. Eso detuvo la partida y a la hiena de Jeremías en su abuso sobre Sara. Las mesas acogían a vaqueros, viajeros, trabajadores de las vías y algún que otro forajido perseguido por la justicia que tomó descanso en el pueblo antes de continuar su ruta. El sheriff y uno de sus ayudantes conversaban en un rincón de la barra con el juez Madison, al parecer tenían detenido a un ladrón de bancos y el captor esperaba cobrar para continuar su viaje. El Salvaje Oeste mantenía a bandidos pagando recompensas para que persiguieran a otros bandidos, era la forma altruista de alejarlos de los robos y sobre todo, para que se mataran entre ellos. Muchos soldados, al terminar la guerra, se ofrecieron al país como cazadores de recompensas oficiales, los primeros Marshall estatales que perseguían a forajidos buscados en todos los Estados y no descansaban hasta darles caza.

Las escaleras del Saloon eran de gran belleza, tratadas con esmero relucían espaciosas con un giro a la izquierda subiendo desde la planta de abajo hasta las habitaciones, arriba, en el último escalón se encontraba Buffester, un corpulento trabajador que cuidaba de las chicas en momentos de apuro para estas. John, al subir la primera vez no lo encontró pero si al salir, le entregó un dólar que Buffester agradeció con un gesto de cabeza mientras se guardaba la moneda en el bolsillo de la chaquetilla de cuero. Dos Colt, uno a cada lado de la cintura, le conferían aspecto de peligroso. Muchos de los presentes le respetaban, no tanto los que verdaderamente sabían disparar, a estos no se les engañaba con dos pistolas, estos se fijaban en la mirada y la de Buffester era mirada de hombre bueno, fuerte y capaz, pero bueno.

Las puertas de entrada se abrían y cerraban con asiduidad, eran muchos los que entraban para tomar y largarse, otros buscaban algún amigo y los más, se quedaban solo el tiempo suficiente para desahogarse con las chicas a cambio del salario, pagar, entregarse rápido y volver a la calle o al campamento de trabajadores del ferrocarril.

El sheriff marchó con el juez y el ayudante quedó en la barra, se fijaba en nuestra mesa, parada ahora sin juego alguno debido al gentío en el local, era mejor esperar que quedase vacío para evitar a los curiosos que se arremolinaban alrededor de la mesa. Eran muchos los que buscaban saber más que el que jugaba, a veces las partidas terminaban a tiros o en reyertas con heridos mortales. Luego estaban los chivatos, que con guiños y gestos desvelaban las cartas para quienes les pagaban por hacerlo, Jeremías era bien agradecido con quien le mostraba el más mínimo indicio de la jugada de su adversario, muchas fueron las veces que lo sorprendieron haciendo trampas pero nada pudieron demostrar, él se encargaba de quitar la vida al acusado en alarde de ofendido evitando de esa manera cualquier pregunta incomoda. Custer no tenía ninguna intención de jugar, pero quiso cortar el maltrato con la mujer y decidió intervenir, en esas comenzó a llegar gente. El sicario y mano derecha de Samuel Norton quiso saber sobre el enigmático forastero y comenzó a preguntar.

-¿De dónde vienes para acabar en un lugar como este? –Preguntó Jeremías a John.-

-De todos sitios, y de ninguno. -Respondió secamente.-

-Eres poco hablador, ¿acaso temes algo?

-Temo muchas cosas, la que más es no poder descansar.

-Algún día nos tocará descansar para siempre. –Dijo Jeremías entre risas.-

-Para unos antes que para otros. –Contestó John cortando de raíz la risa del malvado asesino.-

 

-Vamos Juan, la mesa está puesta y se enfría la comida.

La madre volvió a traerlo del lejano Oeste a Setenil, a la calle Carril. Los perros de las Cuevas San Román se escuchaban con el eco de los tajos y la alarma de uno de ellos provocaba la algarabía de los demás. Una sinfonía típica de las noches en esa parte de Setenil. Los vecinos, cansados ya de tanto ladrido, acabaron por acostumbrarse a la orquesta, nada se podía hacer.

La pequeña mesa con el hule de dibujos frutales estaba preparada, encima dos platos desconchados en sus bordes mantenían en su interior la caliente sopa, aguada un poco aunque con sabor. En un plato central un trozo de carne de pollo y un poco de arroz servirían como segundo, el pan del día anterior sobre una servilleta y un poco de agua para beber conformaban la cena de Juan y su madre. Era lo que había, ya vendrían tiempos de más bonanza, ahora lo importante era ir tirando, comer todos los días, mejor o peor pero comer.

-Me voy a ir a la costa mamá. –Dijo Juan mientras soplaba la cuchara con la sopa.-

-Y, ¿con que dinero?

-Con ninguno, pediré para el autobús y dormiré donde pueda, al menos hasta que encuentre trabajo, me han dicho que no es difícil que te contraten, si lo consigo podré ganar algún dinero y enviártelo para salir adelante.

-¿Y cuándo volveré a verte? ¿Cómo sabré de ti?

-Tendrás que confiar mamá, necesito irme y comenzar a trabajar, sé que puedo hacerlo y aquí se pasa el tiempo mirando por la ventana. No tengo para salir, no me puedo comprar ni ropa, no quiero ir a jugar al fútbol por no romper las zapatillas. Ademas, tú te desenvolverás bien con una boca menos que alimentar.

-¿Cuándo tienes pensado irte Juan?

-En cuanto consiga reunir para el billete de autobús a Ronda, que es de donde salen para San Pedro y Marbella, pienso ir andando si hace falta, o ya veré si alguien va y le pido que me lleve.

Terminaron de comer manteniendo aun la conversación abierta, faltaba el sí de la madre y Juan no pensaba acostarse sin su aprobación. Necesitaba intentarlo, ¿cual era la valía de continuar en casa? Nada perdería intentándolo.

-Está bien hijo, en el intento se esconde el éxito, mañana te traeré el dinero para el autobús y para que no te falte durante una semana un bocadillo que comer. He escuchado que mucha gente baja y encuentra una habitación compartiendo piso con otros trabajadores, eso es lo primero que debes hacer.

-¿Y sino encuentro trabajo como lo pago madre?

-Encontrarás, seguro que encuentras. –Le afirmó la madre convencida.-

Ella se puso a recoger los platos con la ayuda del hijo, luego fregó en silencio, la cabeza le daba vueltas a la situación que se avecinaba y pensaba en cómo conseguir el dinero. El agua del grifo fría, el cristal de la ventana que daba a la calle con una rotura desde hacía ya más de un año, la despensa vacía, el corazón desalentado. Juan se acercó por detrás a la madre y la besó en la cabeza, la abrazó con fuerza durante un par de minutos, ella comenzó a llorar, no le gustaba llorar delante de su hijo y lo evitaba siempre pero… esta vez era diferente, se iba de su lado, se marchaba, eso la quemaba en su interior.

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Dibujo: Daniel Segura Bonnett

 

La mañana siguiente llegó con nuevos retos en la vida de Juan. Cuando se levantó, su madre le entregó un billete de quinientas pesetas y mil trescientas pesetas en monedas. Le dijo que intentase mirar por el dinero, que tuviese cuidado y que si tenía ocasión llamara a casa de Zamudio, allí le darían razón y bajaría para hablar con él.

-En media hora sale el autobús para Ronda, aquí tienes el billete, y en dos horas sale uno para San Pedro, ese tendrás que comprarlo en Ronda al llegar. Tienes una muda en esa bolsa y en la talega te he metido un poco de pan y fiambre.

La madre, firme y recta, le sonreía con los ojos rajados, comprendía su situación, su desesperación y sus ganas de luchar para vivir. Lo abrazó con fuerza y se despidió pidiendo que tuviese cuidado. Se sentó y lo vio salir por la puerta, buscando llenar su corazón de esperanza y buen augurio, él se giró lanzando un beso al aire y guiñando el ojo con cara de felicidad.

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El viaje hasta Ronda pasó rápido entre paradas y alguna ojeada a la novela del Oeste, miraba los montes y se imaginaba a John Custer a caballo por ellos. Al bajarse en la estación de Ronda fue en busca de un billete para San Pedro y, tras pagarlo, se sentó en un banco frente al autobús correspondiente que salía en media hora, estaba aparcado y aún permanecía con las puertas cerradas. A su lado se sentaron dos personas más, un hombre mayor y una mujer, extranjera por su acento al hablar. Abrió el chófer las puertas del maletero y luego se situó a la entrada del bus para ir recogiendo los billetes de quienes iban pasando dentro. Juan no dejó nada en el maletero, ¿qué iba a dejar? si nada tenía, solo la ilusión, y esa la llevaba en su interior.

Al tomar asiento, el 4b junto a la ventana, el corazón comenzó a latir con ritmo de frecuencia alta, estaba siendo poseído por ese espíritu de aventura ante lo desconocido, se sentía cowboy de esas novelas de Marcial Lafuente. Un muchacho, al subir su bolso a la parte de arriba, lo volvió a la realidad, el joven se sentó a su lado y lo saludó presentándose.

-Hola, me llamo Ricardo, ¿tú eres de Setenil verdad?

-Sí, soy Juan y vivo en Setenil ¿Y tú, eres de Ronda? –Contestó Juan sonriendo.-

-Yo soy de Arriate, te he visto alguna vez que he ido con los amigos a la discoteca ¿Vas de visita a la costa o trabajas allí?

-De ninguna de las dos, voy en busca de trabajo, si tengo suerte espero encontrar algo.

-Pues de suerte estás, yo llevó un par de meses trabajando y donde estoy hace falta un muchacho para mantenimiento, podrías llegarte y preguntar.

-¿Dónde es? –Preguntó Juan sonriendo, como si conociera la costa, casi sin creerse lo que le acababa de decir su compañero de viaje.

-En Marbella, en un hotel. SI quieres puedes acompañarme, yo voy hasta el sitio, tengo que dejar un encargo y luego vuelvo a San Pedro donde me quedo a dormir. Tengo turno de mañana y hoy es día libre. –Le dijo ofreciendo su mano, cómplice de su suerte.-

-No tengo donde dormir pero me conformo con encontrar el trabajo, te acompañaré si no te importa y me presento a ver si les valgo para el trabajo.

-¿Por que no vas a valer? Te digo igualmente que en el piso donde me quedo tenemos una habitación libre, si te interesa puedes quedártela, te saldrá por unas treinta mil pesetas al mes con luz, agua y comunidad incluida.

Juan quedó helado, ¡treinta mil pesetas! Ni siquiera sabía lo que era ese dinero todo junto, como para arriesgarse a decir que sí. Su cara expresó preocupación que quedó reflejada en su rostro. Ricardo, portador de buenas noticias para él se apresuró a terminar de alegrarle el día.

-Supongo que ganaras como todos los que trabajamos allí, cien mil pesetas, más las propinas que suelen ser unas diez mil al mes, te viene de sobra para la habitación.

“¿Cien mil pesetas?” Se preguntó a si mismo llevado por el júbilo del momento.

 

Juan se instaló en la habitación libre de San Pedro, junto a los demás trabajadores que compartían el piso, tenían hasta piscina comunitaria. Horas antes habló con el gerente del hotel y quedó contratado para empezar al día siguiente. Gracias a su amigo de Arriate recibió un adelanto de veinte mil pesetas que le harían efectivo dos días después de llegar, luego tendría que apañárselas. Después de bajar a comer y tomar una cerveza con los demás, llamó al pueblo. Dejó aviso en lo de Zamudio para que al día siguiente estuviera su madre a esa hora para poder hablar con ella. Le contó a Pepe Molinillo, que fue quien cogió el teléfono, que dijera en su casa que se encontraba muy bien, con trabajo y sitio para dormir. Que conoció a un muchacho en el autobús que bajaba de Ronda y le recomendó para mantenimiento en un hotel, y que se queda a dormir en un piso de cuatro habitaciones junto a otros trabajadores. Su voz desprendía la alegría de quien nada tiene y con un poco de algo tan necesario como el trabajo colma su satisfacción, acababa de empezar, todo un mundo para él, pero feliz, feliz de sentirse útil, feliz de poder ayudar a su madre a quien imaginaba llorando de nuevo, esta vez de alegría.

Ya sentado en su cama, encendida la lámpara que nunca tuvo en la mesita de noche y la ventana abierta dejando pasar los ruidos de la calle, apoyó su cabeza en la almohada, abrió la novela y se lanzó a terminar con ella.

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Jeremías pidió una botella de whisky y un vaso, no pensaba compartir, tampoco era John de muchas “aparcerías”. El local se vació como el agua de una cantimplora en el desierto. El vaquero de la mesa de al lado se despidió de buena manera, pasando la mano por el hombro de Jeremías con alguna connotación amistosa que desconocía John y receló de ella.

El olor a madera y whisky en el ambiente, los perfumes entremezclados de las damas, la entrada por la puerta de la peste, seca y fresca a la vez, perteneciente a los excrementos de los caballos amarrados a la entrada y el inconfundible olor a humanidad de los presentes. Todo ayudaba esa noche a acentuar el marco ideal de un Saloon de este lejano y viejo Oeste.

La oscuridad era dueña del cielo y el viento corría las calles arrastrando arbustos rodantes que se encajaban bajo las casas. Algunas viviendas permanecían iluminadas con velas y candiles, transparentando hacia el exterior la preocupación en sus moradores por las noticias que esa tarde se oyeron con la llegada del desconocido al Saloon.

Se comentó entre los vecinos que llegó buscando venganza, otros que estaba de paso con destino a la costa este, algunos dijeron que se trataba de un cazador de recompensas, y los más atrevidos perjuraron que buscaba a su mujer que fue raptada hace años por un grupo de indios en el asalto a su rancho. Solo el barbero, y porque estos se enteran de todo y nada dicen, conocía las intenciones del forastero. Eran muchos años tras el cristal viendo llegar gente de toda calaña y eso le concedió un ojo de águila para distinguir las intenciones de todos los recién llegados durante sus trece años afeitando, cortando pelos y sacando muelas.

 

John se levantó de la mesa para salir a la puerta, el último grupo que quedaba estaba saliendo y se aproximaba el momento de rendir cuentas con el pasado. Se acercó hasta su caballo y de una alforja sacó un machete que ciño a la cintura y ató a la pierna para asegurar su equilibrio, no quería que se moviese en el momento que fuese a utilizarlo, lo afiló muchas veces para cortar la cabellera de Jeremías. Luego cargó el rifle, asegurando con la mirada los puntos donde se encontraban los dos secuaces que acompañaban al asesino y que una hora antes salieron despidiéndose y situándose en el tejado de enfrente. Observó como un pequeño halo de vapor podía verse en el tejado e imaginó que allí pudiese ser que hubiera uno, el otro, como de costumbre en estos casos, solía estar a la salida del pueblo, escondido junto al granero o junto a las cuadras. A John le daba igual, llevaba muchas millas a su espalda para sentir ni el más mínimo sentimiento de temor, su vida acabaría esa noche si era necesario, no sin antes saldar la deuda con el malnacido de Jeremías.

Cuando John entró al Saloon, Jeremías ya se encontraba en la barra, con la chaqueta quitada y ambos Colt enfundados a derecha e izquierda, mantenía el vaso en la mano y miraba con cara de pocos amigos el rifle que apuntaba en su dirección. Lou, el camarero, se escondió como una rata en el almacén, los cobardes suelen ser más valientes. Las mujeres del local habían desaparecido con rapidez junto a Buffester que olió a chamusquina y se fue con ellas. Solamente Martin continuaba tocando la pianola, ajeno a lo que iba a suceder, también eran muchas las peleas a su espalda y a veces deseaba que una bala lo liquidase para reunirse con su mujer. Al fondo, junto al ventanal grande, un pistolero que acababa de entrar en escena, seguramente avisado por los secuaces de Jeremías, daba vueltas a un revólver con gran habilidad, “será el primero en caer” pensó John, al que nadie podía detener en sus intenciones y mientras antes decidiera el comienzo mejor para todos.

-¿Quién eres? ¿Por qué me buscas? –Preguntó Jeremías con tono curioso, queriendo recordar algo que no le cuadraba en su cerrada cabeza.-

No contestó, actuó con una rapidez endiablada, apuntando con el rifle al pistolero de la ventana y con certero disparo le atravesó la frente antes de que este pudiese siquiera dirigir el cañón de su revólver hacia donde se encontraba situado el bueno de John. Cayó contra el ventanal, rompiendo en mil pedazos el cristal y yendo a parar a la calle. El disparo alertó al despierto vecindario que rápido se asomó tras los visillos en busca de satisfacer la curiosidad que los carcomía.

Jeremías miraba nervioso a John, seguro de tener la muerte muy cercana, el rifle le miraba a los ojos y se acercaba con paso decidido hasta la barra, en un alarde de valentía trató de desenfundar el Colt con su mano izquierda pero esta se llevó un nuevo disparo que terminó por arrodillar al asesino y ladrón sanguinario.

-¡Deja al menos que me defienda maldito canalla! –Gritó desesperado.-

John dejó el rifle sobre la mesa cercana, moviendo despacio su mano a escasa distancia de la culata del revólver. Entonces comenzó a dar pasos hacia atrás, dando tiempo a su enemigo a levantarse, luego se detuvo.

Frente a frente, mirándose a los ojos fijamente, sin perder de vista la mano que acariciaba el revólver, sintiendo la musculación tensarse y respirando con pausa lenta, conservando la serenidad precisa para, llegado el instante, disparar sin error. No se hizo esperar, un gesto del asesino Jeremías desembocó en un centelleante movimiento de John que desenfundó tan rápido que apenas pudo su rival tocar el Colt. La bala recorrió los apenas quince pasos y vino a establecerse en el corazón de Jeremías, el cuatrero que asaltaba los ranchos de los más desfavorecidos en busca del beneficio de esos ricos que se apoderaban del Oeste. Jeremías Malcon, ese hijo de puta de los que tantos hay en esta salvaje tierra. Las rodillas chocaron con el suelo del Saloon, luego su frente vino a parar contra una silla dejando una señal de sangre en ella.

Se hizo el silencio, segundos que parecieron eternos, convertidos en minutos de movimientos lentos, casi paralizados, John respiró profundo, todo acababa en ese momento, recordó la imagen de su hermana violada y asesinada, miró a Jeremías y se acercó hasta el cadáver. Con calma pausada le abrió el pecho con el machete y le sacó el corazón que mordió para acto seguido arrojar a la calle. La atenta y boquiabierta mirada de Lou no daba crédito a sus ojos y las manos temblorosas de Martin se detuvieron, dejó de tocar la pianola para agarrar la botella y tirarse un trago. Con una habilidad solo poseída por los indios le arrancó la cabellera, dando un chillido escalofriante, poseso por un espíritu sin compasión, sin remordimiento, colmado de venganza, bebió un vaso de whisky de un sorbo y salió a la calle. Todos lo miraban, incluido el del tejado que llegó con Jeremías, nadie dijo nada ni siquiera el Sheriff y su ayudante que parecían encantados con lo sucedido, John montó su caballo en mitad de esa oscura noche y llevado por el viento continuó camino.

En la salida del pueblo lo esperaba otro pistolero, escondido tras un montón de paja y maderos podridos, al verlo llegar le salió al paso y disparó, la bala rozó el brazo de John y casi lo desmonta. Al volver a situarse en la montura vio como un muchacho le apuntaba con un rifle a punto de apretar el gatillo. No le daba tiempo a desenfundar, era hombre muerto, miró de frente al chico, sin miedo, esperando la justicia del rifle y la bala. Seguramente tenia ordenes de acabar con él y no sabía que su jefe reposaba muerto sobre el suelo del Saloon. De repente sonó un disparo, la cabeza del muchacho estalló en mil pedazos, el sonido provino de una escopeta de postas a su espalda. Su cuerpo sin cabeza quedó inerte sobre la arena moviendo las piernas dando sacudidas. De las sombras apareció, como venida de otro mundo, la mujer del traje rojo enfundada en un pantalón oscuro con un revolver a la cintura y la escopeta humeante en las manos, la misma que acababa de terminar con la vida del joven sicario de Jeremías de un tiro en la cabeza. Se acercó a John, llevaba el pelo cambiado, moreno, pero su belleza era inconfundible a pesar de la oscuridad existente, solo iluminados por la luz de la luna llena.

-¿Estas herido? –Preguntó Sara.-

-Tal vez. –Respondió él dolorido, o más bien cansado.-

-Estoy hastiada de este lugar, me gustaría encontrar un sitio donde establecerme, lejos de aquí. –Dijo Sara.-

-Yo también estoy cansado, y se dé un lugar donde los pastos crecen y los caballos corren sin peligro. En ese lugar se puede criar ganado si trabajas duro, la gente no te molesta para nada.

-Parece un buen sitio. Podríamos intentarlo, ¿qué te parece? –Preguntó ella.-

-Me parece una buena idea.

Ella silbó con fuerza y una yegua blanca salió de las cuadras próximas, se detuvo a su lado y Sara montó. Nada dijo, se acercó a John y le besó en los labios, luego continuaron camino bajo el manto de estrellas del Viejo Oeste Americano.

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LA FÁBULA DEL “LERO” DEL CERRILLO.

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Curro Jiménez (Sancho Gracia)

El sudor bajaba por su frente mientras trataba de huir de sus perseguidores, procurando mantenerse, por momentos, oculto tras las encinas y otras en el arroyo. Asomando la cabeza con cuidado para que no lograran verlo, su vida estaba en juego y no era la hora de morir para Miguel González, más conocido como “Lero”. Oyó pasos junto al camino, era un guardia que se acercaba hasta donde se ocultaba, se mantuvo firme tras las zarzas sin moverse, ni siquiera se permitía respirar, intentaba no emitir sonido alguno que lo delatase, así quedó unos minutos mientras el guardia descargaba su inflada vejiga en la tronca de un árbol cercano a donde se encontraba.

Un conejo se le acercó hasta las rotas alpargatas y comenzó a olisquear, el “Lero”, con serena calma y los ojos fijos en el guardia que se aproximaba, sintió la punzada del miedo y observó como cambiaba la mirada sin distinguirlo entre el follaje y las zarzas. Menos de quince pasos los separaban cuando el fugitivo decidió dar una pequeña patada al conejo que al sentirla corrió entre las zarzas viniendo a salir frente al perseguidor.

El guardia apuntó su arma cargada con rapidez, deteniéndose al ver saltar al pequeño animal de un sitio a otro hasta desaparecer de nuevo entre los arbustos.

-¡Maldita sea! ¡Un conejo! –Dijo el guarda caminos- ¡Martín aquí no hay nadie! –Le gritó con voz quebrada a su compañero. -Me cago en los muertos de esos malnacidos, ya es la tercera vez que consiguen escapar.

Apretaba los dientes el “Lero”, conteniendo la rabia y el cansancio acumulado por la carrera, camuflado tras una rama de encina que encontró en el suelo, dentro del zarzal situado frente a los guardias que ahora charlaban sobre el conejo y como dejó escapar un guiso de nivel. Observó cómo se daban la vuelta rindiéndose tras no encontrar a los supuestos ladrones de huevos, apostaban para que en la próxima cayeran en sus manos y acabara ya el suplicio con esos malhechores campestres. Miguel González, “Lero” para los conocidos, soltó aire y relajó sus tensionados músculos, en otras circunstancias se hubiese lanzado por el conejo que volvió a acercarse a sus pies pero, con la vigilancia cercana, era mejor estar inerte y no levantar sospechas hasta que se alejasen.

Los dos Guardias Civiles terminaban de subir la pequeña quebrada cuando a su espalda sonaron las pisadas ligeras de alguien sobre unas ramas secas, entonces se volvieron con soltura apuntando sus armas al que creyeron uno de los dos furtivos que buscaban. Sorprendido cogió al hombre el encuentro, este no esperaba topar allí con los dos guardias y quedó paralizado ante ellos, no tuvo tiempo de pedir clemencia pues cayó abatido por los dos tiros que en el pecho recibió. Sucedió a pocos metros de donde se mantenía escondido el otro perseguido, este, al ver caer a su compañero, no pudo contener las lágrimas y rompió en llanto silencioso, ahogado, reteniendo su dolor, oprimiendo fuertemente los ojos y apretando los labios mientras cerraba los puños en señal de impotencia. Esa imagen, la del muerto en el suelo y los dos guardias aun con los cañones humeantes, quedó para siempre en su retina, imborrable a pesar del paso de los años, las hojas de ese otoño cayendo sobre el cadáver, el sonido cristalino y ausente del arroyo, el ahuyentado trinar de los pájaros en el cielo, espantados con el retumbo de los disparos, mientras continuaban tronando en los oídos del “Lero” como cañones de guerra. Todo en sí se mantuvo durante instantes detenido en el tiempo, paralizado el curso de los segundos convirtiendo la pena en largos minutos de tragedia familiar para él, apenas diez metros lo separaban del cuerpo sin vida de su padre, el cabrero del Cerrillo Antonio González, esposo de Juana Vargas, madre de dos niños y una niña. Todo por unos huevos de gallina robados, todo por no querer pasar hambre, el “Lero” quedó marcado para siempre, jurando venganza y justicia por su cuenta.

Alcé los ojos, de llorar cansados,

por tornar al descanso que solia;

y como no lo vi donde solía,

abajélos con lágrimas bañados.

-Alcé los ojos…-

Diego Hurtado de Mendoza

Cuando los guardias se alejaron decidió volver con las cabras que dejaron su padre y él en la Escalanta esa mañana temprano, antes de decidir acercarse al cortijo a rapiñar los huevos de las gallinas. Los perros custodiaban el ganado con fiel entusiasmo y una vigilancia digna de los mejores perros-cabreros, todo ello motivo de los tres años de adiestramiento diario que padre e hijo les habían inculcado desde casi recién nacidos. Eran muchas las veces a lo largo de esos últimos meses, cuando más presencia tuvo el hambre, en que el padre primero y luego junto al hijo, fueron en busca de algo que poder llevar a casa, huevos, alguna gallina, conejos, manzanas, uvas y, en caso de pillar cortijo con poca vigilancia, carne, queso, pan o tocinerías de la despensa en las cocinas. Lo tenían bien arreglado, el hijo, para quitar peso de este en caso de ser pillados, distraía al casero o casera solicitando un poco de agua y en esas el padre, que ya conocía las cuadras y cocina del sitio, se las apañaba para “tomar” cualquier cosa de la despensa, siempre poca cosa, que no se notase. Con esas pequeñas ayudas que se proporcionaban, iban viviendo, la paga por trabajar era mínima, si querían el trabajo debían de aceptar, en caso contrario ya habría quien dispusiese de ganas de trabajar por ese pequeño jornal que no daba ni para vivir uno, menos aún una familia.

Juana, la madre del “Lero”, tenía a bien ayudar a las vecinas que lo necesitasen en el Cerrillo, eran pocos vecinos y todos se conocían, ella pasaba por sus casas cuando padre e hijo conseguían llegar con carne, pan o queso que repartía entre la vecindad con un orden privilegiado para quien en esos momentos más lo necesitase. Nunca preguntó de dónde salían las viandas, a ella tampoco le preguntaron las vecinas, entre todas guardaban el secreto con garantía de sepultura, era el barrio del Cerrillo y ellas cerrilleras, donde vale más una palabra y un silencio que la vida de un vecino. Las miradas entre las mujeres portaban mensajes secretos, códigos de honor vecinales, respeto por quien cada mañana amanece a tu lado y aporta el hombro en tu lucha, barrio de trabajadores, el más antiguo de Setenil, la primera calle del pueblo desde su nacimiento, eso marca el orgullo de la vecindad hasta un extremo que no se comprende fuera del arrabal.

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Ese fatídico día en que el “Lero” y su padre son pillados en el gallinero robando, comenzó, como ya saben, huyendo de los guardias sin mirar atrás, saltando la tapia y camuflándose entre la arboleda para esquivar los dos disparos que soltaron sus perseguidores y que se perdieron entre la frondosidad del lugar. Los guardias, que habían llegado en busca de agua y algo de comer, cosa típica pues para quien más agradecimiento mostrara con las patrullas mejor miramiento obtendría a la hora de rondar su zona. Martín y Navarro apenas entraban al cortijo cuando oyeron las gallinas alteradas, dejaron los caballos junto al pilar, y cansados de las horas de servicio dieron por buena una parada. El gallinero se encontraba justo a la derecha de la entrada pero alejada de esta, llamaron con voz en alto pensando que José, el encargado, o Dolores, su mujer, se encontraban dando de comer a las gallinas o recogiendo huevos, al pensarlo se les hizo la boca agua solo de imaginar los dos huevos fritos que se iban a zampar.

-¡José! ¡Dolores! –Los llamó Navarro.-

-¿Quien anda? –Preguntó Dolores dentro del cortijo, saliendo al patio mientras se limpiaba las manos en el delantal.-

-Muy buenas señora, -saludó Martín- aquí de paso y hemos parado para ver cómo andan.

-Pues ya ven los señores, preparando el almuerzo para José que ha ido esta mañana al pueblo y aún no ha vuelto. Aprovecho que han llegado para que lo esperen y se queden al almuerzo, mi esposo debe estar al llegar y seguro que con tantas ganas de comer como deben de traer ustedes. –Les dijo mientras se cagaba en la madre que parió a estos caradura, ya era la tercera vez esa semana que se pasaban por el cortijo, debía decírselo al señor a ver qué opinaba sobre ello.-

-Pues hambre traemos Dolores pero no se preocupe, esperaremos a José con un poco de agua si es de bien ofrecerla por su parte. –Le dijo Navarro.-

-Ahora les traigo si no quieren pasar dentro.

-Esperamos aquí Dolores, así hablamos con Antonio que lo hemos oído en el gallinero.

La cara de la señora reflejó extrañeza, el tal Antonio era un muchacho que no estaba bien de la cabeza, vivía con ellos y se encargaba de todo lo que le mandasen, hablaba poco y era un inocente sin aspiración alguna salvo la de trabajar y poder comer diariamente. Los guardias solían reírse de él cuando visitaban el cortijo, le preguntaban cosas sobre mujeres y lo engañaban diciéndole que algún día le iban a traer una novia para que se casase con ella y le diese hijos, Antonio se reía y apretaba los labios en señal de gustoso deseo.

-Antonio bajó al pueblo con José, los dos salieron bien temprano y no espero su vuelta hasta el almuerzo, nunca llegan antes ni después en estos casos, la puntualidad es norma en esta casa, no nos gustan las sorpresas inesperadas. –Les dijo María con alusión incluida a las tres veces que llevaban ya los guardias apareciendo en busca de comida.-

-Pues te digo que en el gallinero al llegar nosotros hemos oído como las gallinas parecían alertadas por la entrada de alguien. –Le contó Martín.-

-No me diga usted Martín, en dos semanas han desaparecido dos veces huevos del corral, no me extraña que haya algún ladrón que se los lleva.

Los dos guardias se miraron y apretaron paso camino del gallinero, al salir a la puerta vieron como dos figuras corrían ligeros para saltar el muro, no los conocieron al vistazo aunque no dudaron en apuntar sin fijar objetivo por la rapidez de los ladrones, salieron a correr tras ellos, atravesando el paso en el muro, cortando camino consiguieron de apuntar de nuevo y esta vez sí que los tenían en mira solo que ninguno era un buen tirador y vieron como los dos disparos se perdieron entre los arboles sin dar en blanco alguno.

-¡Vamos Navarro! ¡Tras ellos!

Martín comenzó a correr y a perseguir a los ladrones para no perderlos de vista, se adentraron en el encinar bajo la mirada nerviosa de Dolores que los siguió hasta que desaparecieron en su carrera.

-A ver si vale la pena dar de comer a estos caraduras, que se ganen el pan. –Dijo la señora Dolores mientras se volvía para dirigirse a su cocina en busca del guiso que preparaba.-

Ahí comenzó el intento de detener a los ladrones por parte de los guardias y ahí comenzó la huida del “Lero” y su padre, dividiéndose entre los árboles para despistar a sus perseguidores. Quedaron en encontrarse donde las cabras, con disimulo esconderían los huevos y como cada vez que rapiñaban algo, lo bajarían al pueblo con la llegada de la noche. La muerte del padre trastocó el devenir diario del hijo y de los guardias, nada volvería a ser igual para ninguno

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Las cabras se encontraban a resguardo en el pasto que las dejaron padre e hijo esa misma mañana, los perros las vigilaban con atención, sentados sobre sus patas traseras y expectantes a cada movimiento que estas llevaban a cabo. De cuando en cuando cambiaban posiciones en una carrera muy entrenada, como soldados en un cambio de guardia, reflejo fiel de los tantos días junto a sus amos ejerciendo las mismas rutinas de guarda.

“Lero” llegó entregado a un llanto mudo y desolador, nervioso por lo ocurrido y enfrentándose a un mundo que se le presentaba imposible. Su padre se lo tenía advertido.

-Si me pillan robando o me persiguen, escóndete, no salgas veas lo que veas y luego vuelve con las cabras, como si nada pasase, nunca cuentes nada a nadie, a nadie quiere decir nadie.- Siempre que se lo repetía, que eran muchas veces, lo agarraba por el brazo con fuerza mientras quedaba mirándolo a los ojos. -Quien tiene que saber algo de lo que pase es tu madre, y ella no necesita de explicaciones, con verte sabrá lo que ha ocurrido y ningún esclarecimiento te pedirá.- Ese era el plan a seguir en caso de ser sorprendidos, toda la culpa recaería sobre el padre y nada debía oponer el hijo, nunca diría que estaban compinchados.

Se sentó en la piedra que se encontraba junto a uno de los perros, la misma que utilizaba como puesto de vigilancia durante la jornada. Pensaba en su padre, muerto en su presencia, abatido por los disparos de los guardias. Veía reflejado en el cielo el momento, la cara de asombro de Navarro y Martín, el gesto del padre con los brazos levantados y el fogonazo de las dos armas. Su padre cayó al suelo sin vida y allí quedó, sangrando por el pecho, con la talega llena de huevos rotos sujeta en su mano, revivía el instante mientras un reguero de lágrimas bajaba por su cara sin cesar. Él se mantuvo escondido, sin apenas poder contener la rabia y el dolor que su interior quería expulsar, el pobre no podía desalojar de sus entrañas la mala experiencia vivida. Pensó en los guardias que, tras los disparos, corrieron al cortijo en busca de aviso y de sus caballos, dejando el cuerpo sobre las ramas secas, dando tiempo al hijo a acercarse con infinita precaución. Esperanzado de que siguiera vivo.

-¡Padre! ¡Padre!

El padre nada decía, los ojos cerrados y el pecho abierto, entonces recordó una frase que le decía antes de realizar cualquier escamoteo, “huye rápido, siempre huye rápido, sin mirar atrás”, y echó a correr por el arroyo, intentando que no lo viesen, tratando de llegar junto a sus cabras para evitar lo relacionaran con el robo, tal como lo tenían predispuesto.

Ese día, bien entrado en horas, se presentó en las cabrerizas de la Viña Alta más tarde de lo acostumbrado, disimulando el retraso con la supuesta espera que hizo al padre. Contó, a modo de excusa, que al llegar al sitio, su padre tuvo que volver al pueblo en busca de las viandas olvidadas, viendo que no se presentaba y llegaba la noche, pensó que algo ocurría y decidió volver tras una larga espera.

-Vengo hambriento Tobalo, ¿ha estado mi padre por aquí? –Le dijo al muchacho encargado de hacer noche para custodiar el sitio de ladrones de ganado.-

-Pues yo no le he visto Miguel, seguramente esté en tu casa. –Contestó un ignorante Tobalo.-

-Bueno… ahora lo averiguaré al llegar, hasta mañana. –Se despidió.-

-Hasta mañana “Lero”.

Imágenes que la plenitud del día a los hombres muestran,

En el verdor de la llana lejanía,

Antes de que la luz decline en el crepúsculo,

Y la tenue claridad dulcemente serene los sonidos del día.

Oscura, cerrada, parece a menudo la interioridad del mundo,

Sin esperanza, lleno de dudas el sentido de los hombres,

Mas el esplendor de la Naturaleza alegra sus días

Y lejana yace la oscura pregunta de la duda.

Friedrich HÖlderlin

   -Poemas de la locura- (Visión)

 

La bajada desde el Vizcaíno hacia el Cerrillo, caminando por la empedrada vereda, acercó aún más la medianoche. Conocedor del terreno, evitó tropezar en alguna ocasión por intuición y no por ver las imperfecciones del camino. La oscura manta estrellada abrigaba el pueblo y sus alrededores, aportando tristeza y desánimo al alicaído sentimiento del joven cabrero. Se detuvo entrando al barrio, junto a la bajada que une su calle con la Cruz Chiquita, tomó aire mientras pensaba como afrontar lo sucedido con su madre, sus hermanos seguramente estarían durmiendo y ya mañana hablaría con ellos, explicaría que su padre ya no iba a estar más con ellos, que se fue a un lugar mejor donde los esperaría hasta que se volvieran a reunir de nuevo.

Al llegar a su casa le extrañó encontrarla cerrada, sin luz en el interior, la blanca fachada de abolladas piedras encaladas, el tejado de palos y cañizo, y las dos pequeñas ventanas a ambos lados de la puerta manteniendo silencio en esa mitad de la noche. Miró a través de una resquebrajadura en la madera del portón y nada pudo ver, la espesa negrura del interior causaba preocupación en el muchacho. Percibió entonces el mutismo sin vida que se alojaba al otro lado, nunca antes encontró su casa cerrada y tan muerta, se apartó sintiendo un ligero escalofrío antes de que una voz conocida lo sacara de su turbación.

-Tu madre ha subido al cuartelillo, un guardia vino a dar aviso para que subiese urgente, hace un buen rato de ello. –Le dijo Isabel, la vecina y buena amiga de su madre.-

-¿Y mis hermanos? –Atinó a decir nervioso el “Lero”.-

-Están en mi casa, dormidos. ¿Ha pasado algo Miguel?

-No que yo sepa.

Se quedó entumecido, sin reacción, sin saber que hacer, de pronto comenzaron a lloverle preguntas sin respuestas, problemas sin solución y a punto estuvo de derrumbarse sobre el suelo sin poder resistir la avalancha de dudas que lo carcomían.

-¿No deberías subir al cuartelillo? –Le dijo Isabel casi ordenándoselo.-

Ella parecía comprender la situación mejor que él, entonces se percató de los ojos rotos y enrojecidos de la vecina, había llorado, y mucho, las amigas llegan a ser tan cercanas que parece sintieran el dolor de las otras sin necesidad de conocerlo. Isabel tomaba poleo en casa junto a Juana como era costumbre por las tardes, al llamar el guardia a la puerta y pedir que la acompañara todo quedo revelado, algo había ocurrido y por la cara del enviado no era bueno. Los dos niños quedaron a cargo de Isabel y Juana se arropó con una toquilla para seguir al guardia, la noticia pasó a ser de dominio vecinal y muchas fueron las lágrimas derramadas por quien en tantas ocasiones ayudó con comida a quien lo necesitaba en la calle del Cerrillo.

Cuando la guardia venia en tu busca era señal de muerte, en caso de ser una detención para nada recibías aviso alguno, para Antonio el cabrero la hora se presentó joven, dejando tres zagales, uno de ellos un hombre ya, y una mujer cercana a los treinta y ocho años, él contaba con cuarenta y dos, curtido en el trabajo diario y con el corazón noble de un cerrillero, entregado a su familia y sabedor siempre de las necesidades que pasaban los vecinos, supo robar y regalar, sin alterar los ánimos del robado ni del regalado, a veces era carne o a veces eran papas, hoy fueron huevos los que se lo llevaron.

Miguel González corrió calle abajo para cruzar el río y subir hasta el cuartelillo, en la puerta de este se hallaba la madre, con semblante serio y sin soltar una lágrima, al verlo lo abrazó, “¡tu padre ha muerto mi niño!” “¡Lo han matado de dos tiros!” entonces lloró sobre el hombro de su hijo, lo abrazó con fuerza, arrodillándose ante él y pidiendo explicaciones en gritos al cielo.

-Lo hemos matado por ladrón. –Le susurró Navarro a Martín que salieron al escuchar los gritos.-

El “Lero” pudo oír las palabras del guardia y les regaló una mirada profunda, de odio y rencor, de impotencia, pero sobre todo de venganza, mirada de fuego que no pasó inadvertida para los dos hombres.

-Pasa dentro chaval, tenemos que hacerte unas preguntas. –Le ordenó Navarro.-

Nada opuso y atravesó la puerta del cuartelillo, la madre lo miró con confianza, entregándole toda su fuerza y amor. El guardia lo cogió del brazo con fuerza empujándolo por el ancho pasillo de las dependencias.

Al sentarse en la habitación, donde mismo se encontraba el cuerpo del padre, clavó su mirada en la blanquecina piel de su progenitor, luego cruzó las manos a la espalda y esperó lo interrogasen.

-¿Dónde estabas hoy? –Preguntó Martín que se encargó de llevar el interrogatorio.-

-Trabajando.

-¿Con tu padre?

-Parece que no, él estaba con ustedes por lo que se ve.

Las respuestas repletas de veneno de Miguel no sentaban bien a los guardias y rápidamente le soltó una bofetada en la cara Martín al muchacho, sin inmutarse escupió sangre en el suelo, junto a las botas del guardia.

-No quieras ser más listo que los demás muchacho, a tu padre lo acompañaba otro hombre y ese podrías ser tú, ¿o me equivoco?

-Ya le he dicho que he estado trabajando.

-Al igual que tu padre, niño listo.

-Igual no, a mi padre lo hab… lo han matado. –Estuvo a punto de acusarlos pero eso dejaría reflejado que presenció el asesinato y que era quien acompañaba al padre, mantuvo la compostura con delicadeza.-

-Tu padre era un ladrón, seguro que ahora, en los cortijos, se dormirá más tranquilo sabiendo que quien les robaba ya no podrá hacerlo. –Quien habló fue el comandante de puesto, un tal Uría que llevaba poco tiempo en el pueblo y vino desde Ronda.-

-Ladrón, asesino, qué más da señor, yo nunca vi robar a mi padre, ni nunca comí nada que no fuera comprado o trabajado, ¿qué tipo de ladrón es ese que nada se queda? –Replicó el “Lero”

-¿Uno que encubría a su hijo? ¿O es el hijo quien encubre al padre? –Le insistió Uría.-

-No le puedo decir, señor. Solo se seguro que aquí se encuentra el asesino, si mi padre era un ladrón yo lo desconozco.

-Ándate con cuidado jovencito de mierda, ándate con ojo que te estaremos vigilando, ya sabes el dicho “de tal palo, tal astilla”.

-Si no tienen más que preguntarme podría irme con mi madre, nos gustaría velar al ladrón asesinado.

Uría se acercó hasta él y le propinó una bofetada a mano abierta en la cara, luego una patada en la rodilla y al doblarse le volvió a dar un puñetazo, a mano cerrada esta vez, en la sien cayendo al suelo de boca. El “Lero” se levantó de nuevo sangrando por la nariz, mirando al comandante a la cara.

-Puedo volver ya con mi madre, ya ha quedado demostrado en qué lado se encuentran los asesinos, de los ladrones poco que decir.

El comentario solo le sirvió para ganarse un puñetazo nuevamente en la boca, dejando sin sentido al hijo del cabrero que yacía muerto en la habitación donde se encontraban. Llevaron a rastras a Miguel hasta la celda del final, encerrándolo bajo arresto por desconsideración con la autoridad. Así fue informada la madre y sin ningún ápice de dolor se lo tomó, escupió en el suelo delante de los dos guardias y el comandante, luego dio media vuelta y se fue, antes de dar cinco pasos hicieron acto de presencia quince hombres y seis mujeres del Cerrillo que venían a reclamar el cuerpo de Antonio González. Cuatro de ellos se acercaron con una sábana hasta la entrada, reclamando a Uría el cadáver del cabrero, temeroso de una reacción que los pusiese en peligro, se apartó indicando donde se encontraba el cadáver. Minutos después bajaban por los escalones de la cuesta de la plaza camino de su calle, donde lo velarían para darle sepultura en su momento, muchas fueron las puertas que se abrieron, de ellas comenzaron a salir amigos y compañeros del fallecido, todos acompañaron a la viuda en su camino de vuelta a casa, en su particular dolor y en su apenada alma quebrada.

 En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.

Proverbios y cantares (XVII)

Antonio Machado.

 

Pasados tres días tras el entierro dejaron salir a Miguel González del cuartelillo, días donde nada comió y apenas si mojó los labios en agua, su amigo Rafalillo lo recogió en el carro del padre. Le ayudó a subirse detrás, y él tiró de la mula para subir hasta la parte de arriba en San Sebastián, lo llevó al cementerio, donde su padre estaba enterrado, allí lo cogió a peso echándoselo al hombro para llevarlo hasta el sitio donde su padre descansaba eternamente. Miraba con pena y culpa la tierra que cubría el hoyo donde estaba enterrado, afectado por no tener a su padre con él, sintiéndose culpable por no haberlo podido defender en su momento, -¿Qué hubiera hecho?- se preguntaba sin encontrar respuesta.

Su hermana, su hermano, Isabel la vecina y su madre lo esperaban en casa, entre Isabel y Rafalillo lo bajaron del carro llevándolo al modesto catre donde dormía, quedó sanando varios días hasta que curó de las heridas que le provocaron lo golpes recibidos durante su arresto y la hambre y sed pasadas.

Una vez repuesto, decidió ir hasta el cortijo para ver si podía volver al trabajo, el dueño, un señorito venido a más con la llegada de la pobreza, le dijo que ya tenía otro cabrero y que estaba pensando en denunciarlo por tener un padre ladrón y un hijo compinche como jornaleros. El “Lero” no quiso buscarse problemas y sin reprocharle nada al señorito se dio la vuelta y tomó vereda abajo en dirección a su casa, pensativo, tratando de saber que le esperaba, esclareciendo en su cabeza como podrían vivir su madre y hermanos con cuatro huevos que robase o alguna fruta, recordaba a su padre quien una vez le dijo –cualquier día nos pillan robando una bolsa de papas y lo pagamos como si robáramos un cortijo entero- claras palabras que alumbraron su oscura pena.

La decisión estaba tomada, el “Lero” se tiraría al monte, conocía como la palma de su mano el terreno, ¿quién podría encontrarlo? Lo habló con su madre y con Isabel quienes lo apoyaron a pesar del riesgo que correría.

-Aquí, en el pueblo nadie te va a dar trabajo, el comandante se ha encargado de ello, necesitaras un caballo, tómalo de quien te ha negado el trabajo esta mañana, se lo merece el muy canalla. Y una escopeta si quieres ser alguien, pero… nunca mates a nadie salvo que tu vida este en juego. Se valiente Miguel, y no aparezcas por el Cerrillo, cuando quieras vernos deja atada una cinta roja en el nogal del Cañuelo, esa noche yo o mi hija esperaremos tu llegada. Y ten cuidado hijo, no seas “malacabeza”. –Las palabras de Isabel le llegaron al alma, se despidió de ambas y se fue con un hatillo al hombro como quien va al trabajo, pero a un trabajo forzado por las circunstancias.

Daban las diez de la noche y la calle estaba desierta, solo una sombra se distinguía bajo la higuera de la bajada a la Cruz Chiquita, era Juan Gavilo, un militar retirado que vivía en el Cerrillo desde hacía ya doce años, muy amigo de su padre y un hombre agradecido.

-Toma Miguel, -le dijo entregándole una pistola y sus cargas en una pequeña y fina manta bien liada- te hará falta, no es necesario que me expliques nada, tu padre, hace tiempo ya me avisó de que esto podía pasar, me dijo que te aconsejara sobre lo mejor para tu futuro. Haz lo que debas pero no te rindas nunca, y sobre todo se inteligente. –Abrazó al “Lero” con alguna lágrima cayendo por su rostro quemado y se fue.-

Gavilo luchó en el frente contra los franceses, fue entonces cuando una bala de cañón le segó media pierna, caminaba apoyado en una muleta de palo para poder aguantar sus paseos diarios sin cansarse. Amigo del padre desde su llegada, compartieron mantel y vino en muchas tardes de cacería antes de entrar a cuidar cabras. Ahora se veían menos pero su amistad perduraba en las visitas que Antonio le brindaba a la vuelta del trabajo, casi todas las noches paraba para tomar un vino y charlar un rato, cuando pequeño, su hijo lo esperaba en casa de Gavilo hasta que llegara, luego se iba y avisaba a la madre de que padre había venido del trabajo y Juana preparaba la mesa para cenar. Hablaban de batallas, de armas y de injusticia con el pueblo, de trabajos en el campo y de las razones de las quejas de los jornaleros con los jefes. Le contó al soldado que robaba y que cualquier día lo apresarían y acabaría sus días en la cárcel o en el infierno. Hoy ayudaba al hijo de su amigo, al mismo que tantas veces vio correr la calle y que en esos momentos lo descubrió adulto, preparado para lo que quisiese, le deseó toda la suerte del mundo en su aventura.

 

Esa noche se acercó hasta el cortijo donde llevaba cinco años trabajando, de donde esa misma mañana lo echó el dueño quedando Miguel sin trabajo y atormentado, agarrado a una solución de urgencia que le placía por el riesgo y aventura, convertirse en bandolero y contrabandista para conocer la sierra y alejarse de lo que él llamó “la injusticia”. Para ello necesitaba un caballo y más pronto que tarde, unirse a una cuadrilla, “todo se andará” decía para sí mismo repleto de confianza. Cruzó entre los olivos con paciencia y manteniendo alerta sobre todo, no vio a Tobalo, que debía de estar durmiendo, era vigilante pero todos los que faenaban en la finca eran sabedores de que sus noches de desvelos eran mínimas, además, no era un valiente capaz de hacer frente a alguien, se pasaba las noches dando vueltas al ganado y a las cuadras y a la que comprobaba todo en orden se tumbaba en el pajar a dormir a pata suelta. El “Lero” alcanzó los cobertizos y entró con cuidado a las cuadras, puso los arreos a un caballo tordo que bien conocía de cuidarlo desde que llegó al trabajo y lo sacó fuera, amarrándolo a la argolla de la viga del cobertizo, cauteloso y con miramiento se dirigió en busca de la montura cuando una voz lo sorprendió.

-¿Buscas esto? –Le dijo Tobalo, quien esa noche no dormía y custodiaba el ganado hasta la llegada de los afanosos, en sus manos llevaba una montura.-

El joven cabrero se quedó mirándolo sin saber qué hacer ni decir.

-¡Vamos rápido! Si acaso quieres tener tiempo para esconderte o huir, lo que en gana te venga. –Le dijo Tobalo mientras colocaba la montura y apretaba asegurando las cinchas.-

-Gracias amigo, tendré en cuenta el detalle. –Agradeció el “Lero”-

-Está pagado con creces, muchas fueron las ayudas que tu padre me hizo cuando el hambre acuciaba mi estómago y nada tenía para calmarlo. Te deseo suerte Miguel. –Le dijo el vigilante con mucha envidia sana pero con el orgullo de poder devolver esas ayudas prestadas.-

-Volveremos a vernos Tobalo, cuídate.

-Cuídate tu “Lero”. -Y lo vio desaparecer entre las lobregueces que formaba el olivar y la noche.-

Tobalo estuvo al menos quince minutos observando la nada, prendido de la decisión tomada por su compañero, robar un caballo al patrón y huir en busca de una nueva vida, apoyado en sus pensamientos y en los sueños por cumplir, todo al pronto, sin pensarlo pero empujado por el destino, cabalgando en la oscuridad acompañado del corazón y de una pistola. Entonces comprendió que era él quien acompañaba a su padre, que tarde o temprano lo podrían encarcelar si seguía por aquí, cayo en cuenta de que también la deuda era con él. “Ojalá nunca te apresen Miguel” dijo en voz alta mientras se dirigía al pajar a dormir un rato.






 

Sobre las tres de la madrugada, Miguel González cabalgaba en la oscuridad cual jinete fantasma, una manta le resguardaba del frío y un pañuelo negro anudado en la cabeza le confería semblante de más edad y más canalla, la camisa blanca bajo la manta, los pantalones rotos por las rodillas y unas alpargatas bastante roídas del trabajo devolvían la imagen a la realidad de su sufrida juventud. Un fajín negro en la cintura, este venía junto a la pistola, igual que el pañuelo, y un mundo desconocido por delante, con esas intenciones subió a Las Limosnas, donde decidió pasar la noche y pensar que hacer al día siguiente cuando amaneciera.

La candela que encendió en un pequeño hoyo en el suelo le sirvió para calentarse un poco, utilizó la montura para apoyar la cabeza y descansar un rato mientras observaba el cielo estrellado. La manta como abrigo y la pistola a mano, no se fiaba de quedar dormido y pudieran apresarlo. Las horas fueron pasando y llegó el alba con su fresco rocío, preparó su caballo volviendo al camino, buscaba llegar a un sitio que no era conocido para los guardias en la costera de Los Frontones. La amanecida traería luz sobre la zona y no tendría problemas para ir al paso entre los matorrales y encinas.

Una cueva solitaria se presentó ante Miguel, escondida y bien resguardada, apenas cinco metros de profundidad y otros tantos de anchura, allí encontró casa, al menos de momento, bajó del caballo y guardo enseres tras una piedra en un boquete de la pared, luego montó de nuevo al tordo caballo y se encaminó en dirección a Acinipo, al camino que llevaba hasta Ronda, si la suerte le acompañaba probaría su tesón esa misma mañana, planes que trazó guardando cabras y que ahora necesitaba fuesen realidad.

1. Caballista.

 

Llegadas las diez, oculto tras unas piedras y habiendo dejado el caballo atado junto a unos arbustos a cobijo de una encina, esperó llegara el coche de pasajeros que tantas veces vio pasar a esas horas con su padre. Los observaba cada día en la distancia, mientras las cabras pastaban cerca de la vereda, a veces, algún personaje de alta alcurnia paraba a descansar a la fresca del agua, señores o señoras de “pasné” que engalanados de buenos trajes comían algo tomando descanso en el camino, Miguel los miraba pensando que si fuera bandolero los asaltaría justo ahí, donde no lo esperan, acababan de pasar el control de Acinipo y confiaban en que nadie se atrevería, tan cerca de un puesto de mando militar, a robarles a plena luz.

Preparó nervioso la pistola y cubrió su rostro con parte del pañuelo que llevaba en la cabeza, la manta le sirvió para disimular el arma cargada. En la lejanía pudo ver como el coche de caballos se aproximaba al desvío del camino, la retaguardia  la protegían dos jinetes armados que cabalgaban alertas a todo. Comprobó que con su inexistente experiencia sería difícil un asalto y mucho más sin tener pensado un plan de huida en caso de que se torciesen las cosas, “alguna vez debe ser la primera, todo tiene una primera vez” se animó ante el desafío que se le presentaba. No dudó un instante y, cuando los caballos se encontraban a menos de veinte metros, se situó en mitad del camino con el brazo en alto dando señal de detención a los cocheros. Los dos hombres, en un acto reflejo, dieron la voz de alarma y detuvieron el carruaje a pocos metros del “Lero”, sin embargo los dos jinetes ya habían desmontado cubriendo ambos flancos del coche, apuntando al desconocido que los detuvo en su marcha.

-Buenos días señores, -dijo el bandolero- pasen a dejar sus pertenencias en el morral que tienen sobre las piedras esas. -Señaló un poyete de protección del puente que abría camino por encima del río.-

-Y no sería mejor que se apartara del camino y nos dejara continuar, así no tendríamos que disparar y matarlo. –Le dijo uno de los jinetes que cojeaba un poco al andar.-

-Pueden disparar si quieren, luego aténganse a las consecuencias, mi compañero se encuentra en aquel árbol y le apunta directamente a uno de ustedes, no sabría decirle a cual.

El ingenio de la espera hizo a Miguel González de situar entre las ramas de una encina un palo que simulaba un rifle en la distancia y, con el sol ayudando, provocaba el engaño. El caballo atado con una cuerda a las ramas tiraba de estas y aparentaba como si alguien las moviera. La desconfianza en la afirmación del “Lero” provocó un momento de inseguridad en los viajeros, lo aprovechó para hacerse fuerte con órdenes seguras.

-Sean rápidos señores, no tenemos todo el tiempo del mundo. –Lo dijo mientras se acercaba curioso por ver quien se encontraba dentro del carruaje, con pasos firmes y confiados, dejando entrever la pistola bajo la manta.-

-¿Es usted un bandido, señor? –La voz femenina surgió del interior del carruaje.-

-Bandolero. –Contestó curioso por la pregunta.-

-¿Cuál es la diferencia, señor?

-Yo no robo por placer, robo por necesidad, déjese de charla y saque lo que tenga de valor.

La portezuela se abrió y una dama tan bella como nunca hubiese visto el “Lero” bajó con elegancia y porte señorial por los escalones de madera. Sonrió al bandolero y se acercó hasta tenerlo de cara a menos de un palmo.

-Se esconde usted tras un pañuelo, me gustaría verle la cara.

-¿Para qué señora? Posiblemente no volvamos a vernos.

-Más razón para ello. –Le dijo mientras acariciaba su brazo con suave tacto.-

Miguel comenzó a dudar de las intenciones de la mujer y se animó cogiéndola por un brazo y apuntando con su pistola al cuello mientras la sostenía de espaldas.

-¡Vamos! Contaré hasta cinco, si no hacen lo que les he pedido la primera en morir será ella, y estoy seguro que luego iré yo, pero no duden que tras mi muerte vendrá la de alguno de ustedes.

Las palabras sonaron intencionadas en la voz del bandolero, al punto que la mujer con la pistola en la garganta pidió a los hombres que hiciesen lo que les pedía. Los viejos soldados reconvertidos a escoltas dejaron los rifles en el suelo y las pistolas. Los cocheros bajaron del carruaje una caja con aspecto de cofre con pertenencias y otra más pequeña de tablas con viandas.

-Es suficiente, pueden irse tranquilos, –les pidió con educadas maneras.- en lo que les queda de camino nadie les molestará, les doy mi palabra. –Les dijo viniéndose arriba, quería agrandar su figura con esas palabras que le enseñó su padre cuando le contaba historias de bandoleros.-

Los dos jinetes montaron a sus caballos y la señora subió al carruaje, al pasar junto a él pidió al cochero que se detuviera, retiró la cortinilla y se dirigió al bandolero con una media sonrisa dibujada en su sonrosada y bonita cara.

-Lástima que te ocultes tras el pañuelo y no pueda verte, tampoco conocer tu nombre o apodo, me hubiese gustado saber quién ha mostrado agallas para robarme.

-Lo mismo le digo señora, me gustaría saber a quién he robado. –Y poseído por una confianza incontrolable en sí mismo le guiñó el ojo a la dama.-

-Pues con las ganas nos quedamos, que tengas suerte bandido.

-Bandolero. –Le volvió a corregir el “Lero”.-

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El carruaje siguió camino sin detenerse, subiendo con brío la cuesta que más adelante se encontraba y dejando en el aire una tolvanera amarilla a su paso. Mientras tanto, Miguel González respiraba aliviado por el momento de nerviosismo sufrido. Su corazón latía a mil por hora y al ver desaparecer los dos escoltas fue en busca del caballo. En un lado del animal sujetó una saca donde metió las viandas, y en el otro colocó el morral con lo que llevaba el pequeño cofre de pertenencias, no se detuvo ni a comprobar que contenía, lo vació dentro y cuando terminó lanzó a la fosa de agua bajo el puente las dos cajas robadas, el fruto de su primer asalto. Luego lo amarró todo bien para que no se soltase durante la vuelta, utilizó la manta para cubrirlo poniendo paja y un hatillo de cañas y ramas en lo alto, aseguró nuevamente la carga y entonces montó el caballo con la intención de volver a su escondite, el calor agobiaba un poco, o tal vez fuese la emoción, la verdad era que comenzó a sudar con la nerviosa felicidad que lo atenazaba. Se sentía llevado por la sensación de triunfo, feliz por como salió todo sin planearlo, muchas fueron las veces que soñó con ese momento, se anudó el pañuelo a la cabeza y se dirigió a la cueva, alejándose de los caminos donde muy pronto seria buscado por bandido, o bandolero.

Continuará…

 

 

LA RIADA DEL 49, FÁBULA.

 

Tras consultar con varias personas sobre lo ocurrido en aquel mediodía del martes 27 de septiembre del 49, todos discrepan con versiones que cada cual cree la correcta o tal vez la vivida o conocida, comprensible es la dificultad […por los años transcurridos] de recordar, aunque igualmente es difícil de olvidar lo sucedido. Todas son creíbles, desajustadas las unas con las otras, también a veces inverosímiles [cada cual posee un héroe dentro], solo una parte de cada versión concuerda con las demás, la riada de 1949 fue algo increíble, sobrecogedor.

Salvando las distancias que ocasiona el tiempo transcurrido, nos podemos hacer una idea sobre lo vivido por nuestros familiares cuando vemos la película “Lo Imposible”, el sentimiento de ahogo, de final anticipado y de muerte inminente brotó por las mentes de todos y cada uno de los que se vieron involucrados directa o indirectamente ese mediodía. Sin embargo, el ser humano se crece ante la adversidad, y por ese motivo afloró la esperanza, la lucha por resistir y el deseo de vivir ante lo que pareció un latigazo de cólera de una enojada madre naturaleza. Es posible que ese suceso no vuelva a darse jamás, las condiciones naturales del entorno junto a la reestructuración del cauce y el resguardo de los muros lo impiden, “toquemos madera”.

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Ese verano del 49 trajo al mundo varios hechos que cambiarían el destino de muchas personas en lo sucesivo; el 8 de junio, George Orwell publicó su novela 1984, el 12 de agosto se funda la fábrica Adidas en Alemania, el 29 de agosto en Semipalatinsk (Kazajistán) la Unión Soviética detona su primera bomba atómica (8ª en la historia humana) con el nombre de RDS-1 (Primer Relámpago), ese año de 1949 se estrena en el cine “Mujercitas” con June Allyson, Janet Leigh, Margaret O´Brien y Elizabeth Taylor. Nace la República Democrática Alemana. Por su parte, España se encontraba recién salida de una lucha interna entre amigos y familiares, entre españoles conocidos ayer y enemigos al día siguiente, dividido el país en dos bandos tras una guerra ganada por los nacionales o perdida por los republicanos, realmente lo que sucedió es que quien perdió fuimos todos, pero más que nadie perdió el país, quedando en la más absoluta miseria y dividido en dos. Hoy en día, una cuestión que nos planteamos es si el paso del tiempo terminará por unir de nuevo este país o romper en pedazos para siempre.

Por aquellos entonces, en Setenil un jornal se pagaba a 11 pesetas, 1 duro para los niños y a veces, las muchas, un trozo de pan era el salario que se percibía. La pobreza y el hambre acuciaban a los setenileños, en cada casa se luchaba por sobrevivir como buenamente se pudiese, tiempos para no olvidar. La luz eléctrica era un hecho consumado, todas las viviendas, o casi todas, contaban con una bombilla que iluminase las habitaciones. La radio era la principal compañera, aunque no estaba permitida en público y mucho menos oír emisoras en contra del Régimen establecido. Los niños trabajaban en los cortijos o campos acarreando agua, limpiando corrales, “guardando” cochinos o cabras, dando de comer a los animales, ayudando en la “limpia”, cualquier cosa era válida para llevar algo a casa. Cada hogar contaba con algún niño, de entre 7 y 15 años, que vivía la mayor parte de su tiempo en el campo acompañado únicamente de algún perro y el ganado, alejado de su familia y sus amigos, tiempos difíciles, tiempos duros.

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Frasquito bajaba a dar agua a los caballos cerca del Quejigal, extrañado por el brusco cambio que ofrecía el cielo tomó la buena decisión de ir con precaución, la lluvia comenzaba a tener una presencia más intensa con el paso de los segundos. Se detuvo un momento desconfiado de la oscuridad espesa que se apoderaba del entorno, miró hacia Ronda la Vieja y solo pudo distinguir que el azul de ese mediodía aún existía por el rayo que abrió el cielo. Se temió lo peor y desistió de la idea de bajar al abrevadero, fue entonces, cuando un poderoso tronar sacudió el mundo, un sonido que nunca antes se había escuchado, capaz de hacer temblar las Cuevas del Sol y la Sombra. Lo que siguió a continuación solo podía ser comparado con lo vivido por Noé en el diluvio, cientos de litros de agua descargaron sobre los parajes de la zona, el río creció descomunal, arrasando con todo en su curso, troncos, animales, piedras, lo que a su paso se encontraba fue recogiendo. Frasquito ya no volvió a mirar atrás, su camino era el de vuelta, montando la yegua que cohibida trotaba camino del cortijo, tras ella apretaban paso los dos mulos y otra yegua buscando refugio de la tormenta que se desencadenó cerca de donde se encontraban.

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El agua bajaba con tal violencia que, al paso por las cuevas de San Román, se oyó en el pueblo como si miles de piedras y rocas rodasen por la ribera del río con la intención de desmontar las maltrechas calles de Setenil. Los niños de la escuela fueron avisados a tiempo y corrieron en dirección a la salvación, Cabrerizas o la plaza, las cuevas tanto del Sol como de la Sombra fueron rápidamente desbordadas, entrando el agua en las casas y provocando que muchos de los confiados o imposibilitados inquilinos tuviesen que subir a los tejados para salvarse de morir ahogados. En la calle Pio XII (Ronda) y Triana el agua comenzó a subir alcanzando los tres metros de altura sobre el nivel de la calle, siete sobre el nivel del cauce del río.

Las vacas, perros, ovejas, ganado equino, cabras, troncos, árboles, bidones, rejas, puertas y demás cosas que a su paso encontró el agua, surcaban cual veleros con el impresionante caudal derivado de la reciente crecida. Muchos de estos animales ya llegaron muertos, la otra parte de ellos moriría en el recorrido que quedaba y algunos sobrevivieron valerosa e inexplicablemente.

Los colchones, mesas, sillas y el poco mobiliario que se encontraba en las casas flotaba dentro de estas, las escasas vestimentas que se poseían nadaban en las estancias entre el agua que entró a las viviendas. Se oían los gritos de una calle a otra, separadas por el cauce, no cesaban pues varias familias quedaron aisladas durante la riada sin tener noticias de sus seres queridos hasta bien pasadas unas horas, madres que temían lo peor por esos hijos de los cuales nada sabían, maridos y esposas separados por circunstancias de trabajo u ocio, mayores que nada pudieron hacer para huir y que soportaron como buenamente pudieron la avenida de agua quedando en la parte superior de las casas. Un pueblo entregado a la incertidumbre, al horror, a la desesperación, pero sin intención de rendirse, dispuesto a resistir contra lo nunca previsto.

Las historias de ese mediodía quedaran en la memoria de algunos, otros no querrán ni recordarlo pero, la llegada del agua quedará grabada eternamente en la retina de quienes la vieron. El dinero, el amor, la familia, la fe, todo tiene cabida en un momento así, muchas historias en un corto espacio de tiempo las vividas, Setenil resistió, a pesar de “Lo Imposible” resistió.

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EL DINERO

Atormentado por el miedo miraba en dirección al río constantemente, la calle Triana comenzaba a desbordarse y él sufría mientras, con pasos ligeros y jadeando, caminaba en busca de un lugar seguro junto a su esposa y otros vecinos. Los chiquillos de la escuela volaban calle arriba, acompañados por las madres y padres que llegaron en su busca, la maestra ya los había situado a salvo y alejado del inminente peligro que los acechaba.

-¿Cogiste el dinero? –Le preguntó la esposa.-

La cara es el espejo del alma y en este caso reveló el olvido del marido con un gesto inconfundible, la mano en la frente y los dientes apretados, se detuvo un instante y comprobó que la calle aún le permitía el paso hasta su casa y seguramente contaba con tiempo suficiente para recoger lo olvidado.

-Vuelvo por el dinero, espérame arriba y llego en un momento. –Le dijo confiado.-

-No vayas hombre… cuando pase todo volvemos.

-¿Y si se lo lleva la riada?

-Que va, seguro que no, vamos, continuemos hasta arriba y nos alejamos de aquí.

-Si no se lo lleva la riada y no podemos volver a entrar en unos días ¿qué haremos?

-Lo mismo que todos, venga, vamos a la iglesia.

Él volvió a mirar al río, confiaba en sus posibilidades y no dudó un momento, se volvió y comenzó a andar en busca del dinero olvidado.

-En la iglesia te espero, no tardes.

-Tú sigue, enseguida voy.

Lanzó una mirada a su esposa, donde podía verse dibujado un pequeño nimbo resplandeciente con todo el amor profesado durante años y un trasfondo de despedida. En esos momentos ella no se percató de la imagen, luego nunca la olvidaría, cada paseo en soledad, cada noche solitaria, cada taza de café le recordaría esa imagen marcada por un adiós.

Los vecinos a su paso le pedían que se volviese, que no volviera a bajar, les contestaba a todos que solo era un instante y continuaba su marcha entre sonrisas nerviosas.

Cuatro mil quinientas pesetas (veintisiete euros) en jornales de once pesetas (cero coma cero sesenta y seis céntimos de euro) nos da un total de cuatrocientos diez jornales, más de un año de trabajo y toda una vida de ahorros. Es fácil comprender el motivo de su riesgo, una vida de trabajo, un futuro repleto de tranquilidad merecida, una vida mejor en compañía de su esposa.

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El río continuaba con su creciente caudal a una velocidad inesperada, chocando contra las rocas y paredes con extrema violencia, queriendo arrancar de sus raíces todo lo que a su paso se encontraba. Los gritos en la calle Ronda eran escuchados por todo el pueblo, en algunos tejados comenzaba a verse gente que habían subido para intentar salvarse, el caos se apoderó de todos, el pueblo quedó a merced de la marea de agua que entraba desde la Higuerilla.

Cuando consiguió saltar hasta su puerta el agua había penetrado ya en su casa, las rodillas estaban cubierta por la cantidad de agua que entraba por la puerta y los muebles comenzaban a moverse flotando. Decidió entonces dar media vuelta, olvidarse del olvido, echó mano a salir pero el agua ya ocupaba la calle de un extremo a otro, quiso buscar la forma de alcanzar el puente y la encontró en el corazón, un empuje de voluntad difícilmente de dominar. Se lanzó al agua y nadó, nadó con fuerza a pesar de los troncos que arrastraba la corriente y le dificultaban el braceo, logró llegar cerca, menos de un metro de la salvación, y en esos momentos un tronco le golpeó la espalda dejándolo dolorido, rendido a la corriente que comenzó a arrastrarlo con violencia y en menos de un minuto, a pesar de la constante lucha, bajaba por los escarpes entre maderos y animales muertos y vivos.

Entre ahogos y respiros, sumergido por la fuerza del agua y saliendo a la superficie por momentos, la lucha contra un final de muerte segura se eternizaba, intentando agarrar cualquier saliente que se encontraba mientras las aguas inquietas lo transportaban de un lado a otro, nada conseguía encontrar a lo que agarrarse para lograr detenerse, nada a un lado y nada al otro. Cuando saltó a los escarpes se golpeó en la cabeza con una roca, pareció desvanecerse y dejar de luchar pero no… la voluntad es más fuerte que cualquier tormenta, pensó en su mujer, en su última mirada antes de volverse en busca en las cuatro mil quinientas pesetas. Una fuerte avenida de agua lo subió sobre ellas y lo llevó en brazos hasta la salida del pueblo, en ese recorrido forzoso intentó aferrarse a unas matas y retamas primero y luego, ya desesperado, a punto de rendirse pudo atrapar una rama de árbol a la que se enganchó con todas sus fuerzas. Al ver que la corriente de agua no cesaba en ningún momento, optó por soltarse el pantalón, la camisa ya la había perdido, y con el cordelillo que lo sujetaba a la cintura amarrarse al árbol hasta que pasase la tremenda acometida de agua, fue su perdición.

Como pudo se ató al árbol quedando en cueros y sin posibilidad de soltarse pues el agua oprimió las ligaduras y fue imposible desatarlas cuando una nueva ola de agua lo cubrió hasta ahogarlo, así quedó, tras una lucha contra todo, viendo pasar varios caballos y vacas una vez estaba sujeto al árbol, cogiendo en brazos un perro que ladraba llevado por las descomunales aguas, sujetando al podenco mientras lo ayudaba a salir del agua subiéndolo a unas ramas, donde se mantuvo hasta que pasó todo, luego el perro saltó logrando subir hasta los tajos donde se resguardo del temporal, desde la cueva donde se refugió miraba con pena al hombre que lo ayudó a salir del río, gimiendo con agradecimiento, dando vueltas y moviendo su cola, observando como su salvador desfallecía entregado al destino de una muerte segura.

 

EL AMOR.

El grito de la hermana en la puerta de la casa alteró por completo el bocadillo de Rafael, llevado por el impulso que provocó la voz se levantó de la silla y corrió hacia la entrada de la calle para ver que sucedía y saber el motivo por el cual la hermana gritaba.

El estruendo en la calle era sinónimo de que algo estaba pasando, el río se había desbordado y el agua entraba por el escalón de la casa, los chillidos y la gente corriendo provocaron un pánico difícil de manejar en todo el sitio, las madres llevaban a sus hijos pequeños en brazos mientras corrían en busca de un refugio que les salvara de la acometida de agua que se presentó inesperadamente en el pueblo. Algunos chiquillos quedaron atrapados por el agua en la calle sin poder cruzar donde sus padres se encontraban en el lado opuesto, los mayores les obligaron entre “regañetas” a buscar un lugar donde evitar ser llevados por el agua.

Media hora antes, Rafael estuvo trabajando antes de llegar a casa, el ayuntamiento se disponía a construir un puente para unir las dos calles Cuevas del Sol y de la Sombra, era un proyecto que acababa de comenzar y aún no se visualizaba la gran idea que era, tras la riada quedó paralizado y hasta años más tarde no se volvió a retomar por miedo a una nueva tormenta.

A mitad del bocadillo fue cuando sucedió todo, los gritos de alarma de la hermana, el ruido del agua chocando contra todo, las señales inequívocas de alerta al pasar la gente corriendo, todo en si era una debacle sin organización, un caos ordenado dentro del laberinto que conllevaba huir de las cuevas. Las calles principales de escapada fueron la Cantarería en las cuevas de la Sombra y el Cerrillo en las del Sol, familias que huyeron cuesta arriba buscando alejarse de la riada, con los niños en brazos y rezando por los que se encontraron atrapados en calles anexas y no pudieron volver a casa, la ayuda y consejos de los mayores evitó cualquier desastre para ellos, todos corrían sin volver la vista atrás, todos con el agua entrando en las casas sin encontrar resistencia alguna.

Rafael, dueño de una fuerza natural descomunal, agarró a su padre y se lo echó a hombros, salió a la calle y con el agua por las rodillas comenzó a caminar lo más aprisa que pudo, alcanzando la cuesta junto al caño de la Cantarería y viendo como por el puente que se encontraba delante el agua se desbordó comenzando a subir rápidamente a un nivel que era inexplicable, se temió lo peor, apretó aún más el paso y logró subir toda la cuesta adelantando a gentes y dirigiéndose a la villa en busca de unos familiares para dejar allí a su padre. “Que  cojones tienes hijo, gracias” le dijo al llegar y verse a salvo, Rafael “apartó” a correr calle abajo y se dirigió a las calles de abajo por si pudiera ayudar de alguna manera, empapado en agua, lleno de barro, poseído por una impulso que ni todo el agua del mundo podría detenerlo, él le hizo frente a la riada.

Cuando llegó nuevamente a la Cantarería observó como el agua era dueña casi de la mitad de la cuesta, las casas de la calle Pio XII (Ronda) eran testigos in situ del desbordamiento del río y de cómo el nivel alcanzaba los siete metros de altura, llegando a cubrir tres metros sobre la calle, un hombre que allí se encontraba le comentó que en el puente que unía la calle Carril con las cuevas de abajo el agua formó presa llegando el caudal hasta la Cruz Chiquita.

La lluvia está cansada de llover
yo/cansado de verla en mi ventana
es como si lavara las promesas
y el goce de vivir y la esperanza

la lluvia que acribilla los silencios
es un telón sin tiempo y sin colores
y a tal punto oscurece los espacios
que puede confundirse con la noche

-Lluvia-

Mario Benedetti.

 

 

LA FE

Varias familias vieron como el agua arrasaba con sus casas, impotentes ante aquella fuerza incontrolable de la naturaleza con la que se vieron enfrentados ese mediodía de septiembre. Como en el cuento de los tres cerditos, las casas, precariamente construidas y en lugar inadecuado para resistir un azote de esas dimensiones, nada pudieron hacer contra la magnitud del caudal con el que la riada hizo acto de presencia en Setenil.

Al ver la familia dividida, padres, madres, hijos, mayores, muchos se encontraban en calles distintas, separados apenas por unos metros pero con una inmensa corriente de agua entre ellos, las cuevas del Sol y la Sombra quedaron cubiertas a su mitad por momentos inacabables, las salidas hacia el Cerrillo sobre todo y el Carril eran las únicas vías de escape. Dejando tras de sí lo poco que tenían comenzaron a correr temiendo lo peor, llorando y gritando pues nada sabían de esos hijos que salieron por la mañana a jugar o al colegio y la riada les pilló alejados del hogar. Cada paso conllevaba una mirada atrás, una contemplación entre los cabezas de familia que se preguntaban dónde estaría su hijo o hija, repletos de incertidumbre escapaban alejándose del peligro, buscando lugar seguro donde poder esperar el fin del mundo.

Las iglesias de Nuestra Señora del Carmen y Nuestra Señora de la Encarnación acogieron a todos cuantos iban llegando, arrodillándose ante las vírgenes o santos, pidiendo a cambio de un rezo que todo estuviera bien entre los suyos, los que estaban presentes y los que salieron cogiendo la crecida del río en la calle distinta a la suya. María, Frasquita, Dolores, Paca, Isabel, Teresa, Anita, Juana, María del Carmen, Paco, Antonio, Juan, Pepe, Sebastián, Pedro, José, y muchos más rezaban descorazonados bajo la atenta mirada de las deidades presentes.

Manos que se unían en señal de ternura, abrazos para esperanzar a quien lo necesitase, ánimos para el decaído, amor, todo el amor que se necesitase en esas horas donde un ser querido mantenía la brecha abierta de la desesperación por no saber de su paradero en esta vida o en la otra, amor y dolor ante el escepticismo que provocaba la espera de noticias. Muchos fueron los intentos por saber del prójimo, desde la Villa, cercanos a la muralla se intentó buscar contacto con voces y señales sobre los que se encontraban en el Carmen y viceversa. Paca supo de su hijo Manuel de doce años por el cura que le confirmó que se encontraba en la iglesia de la Villa, la noticia colmó su corazón de color, de amor, de fe y esperanza, por ella supieron las madres de Pedrito, José el chico y Mariquilla que se encontraban igualmente bien pues iban todos juntos y los mayores que corrían calle arriba los llevaron consigo hasta la Villa. Al saber la noticia los familiares se arrodillaron en la parte delantera de la iglesia agradeciendo a la Virgen del Carmen su ayuda que no fue poca, lágrimas, abrazos, agradecimientos y gratitudes entre ellos y los vecinos que se alegraban por la buena nueva.

Tú eres mi escondite y mi escudo;
en tu palabra he puesto mi esperanza.

Salmos 119:114

 

En un rincón de la iglesia se hallaban Pepa y Rodrigo, con la cabeza gacha, manos entrelazadas y lágrimas en los ojos, su hija Paquita de ocho años fue en busca del pan momentos antes de que la riada entrara al pueblo, nada supieron de ella, hija única, la luz de sus vidas, esa llama que iluminaba cada madrugada el camino duro que debía llevar su padre para ganar un pequeño jornal con el que alimentarse los tres. Pepa lloraba en el hombro de su esposo mientras este la abrazaba intentando calmarla con palabras que ni el mismo podía creerse, “ocho años son muy pocos” pensaba.

-Cálmate Pepa, la Virgen hará posible que volvamos a estar juntos otra vez. –Le susurraba al oído el marido con cariño.-

-Ay Rodrigo, ay mi niña. –Sollozaba ella sin alma.-

Los gritos de júbilo comenzaron a oírse en la plazoleta, olés y gracias al cielo, los vecinos que se encontraban en la iglesia comenzaron a salir a la parte exterior haciéndose participes de la alegría que desbordaba a todos, la riada había pasado y aunque se mantenía una gran cantidad de agua, el nivel bajaba rápido. Las noticias llegaron con la pareja de la Guardia Civil, que se acercó al lugar para pedir a todos que fuesen precavidos en la vuelta a sus hogares y que las noticias recibidas desde los puestos de comandancia cercanos no preveían una nueva tormenta.

Poco a poco iban llegando familiares entre llantos y alegrías, la iglesia con lenta calma regresaba a su estado de sosegada paz, al cabo de una hora todos volvieron a sus casas en busca del desastre que podían encontrarse, muchos fueron los que se aventuraron a cruzar el río por la parte que menos peligro conllevaba en busca de familias, amigos y conocidos para ver cómo se encontraban.

Solo Pepa y Rodrigo quedaron en el interior de la pequeña iglesia, juntos se sentaron en el primer banco mirando a los ojos de la Virgen, pidiéndoles que hiciera un último esfuerzo por su hija, que se la devolviera sana y salva. La madre de Paquita no resistió la presión de la incertidumbre cayendo al suelo, superada por todo, muda sin poder emitir un sonido, prisionera de una cárcel de angustia. Rodrigo trataba de levantarla cuando la puerta de la iglesia se abrió de par en par dejando pasar la luz celestial de un cielo soleado, iluminando la llegada del Cura del pueblo que entraba sonriendo con Paquita en brazos mientras jugueteaba con una rama de olivo dibujando en el aire figuras imaginarias.

-¡Ahí están ves! ¡Papá y mamá! –Dijo el Cura con sorpresa a la niña que comenzó a correr en busca del abrazo materno.

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LA FAMILIA

La vuelta a las casas fue peor de lo esperado, el agua había convertido en cuadras de lodo y piedras los humildes hogares de muchos setenileños que vivían junto al río, paredes derrumbadas, mobiliario, el escaso que se podían permitir en la mayoría de los casos, destrozado, camas, sillas y mecedoras inservibles, colchones, mantas y sabanas empapados de agua que no podían ser utilizados al menos de momento. Tejados caídos que terminaron dentro de las habitaciones, provocando fracturas irreparables a pronto tiempo. Las calles repletas de barro, piedras, troncos, ramas, maderas y animales muertos. El río en calma, siguiendo su curso natural como si nada hubiese pasado, el sol brillaba reflejado en el agua acompañando cada gota que la corriente llevaba, ajeno a todo el dolor que causó en el lugar.

La alegría por el final de la riada trajo la realidad a los hogares, afrontar reparaciones de todo lo que durante años había sido construido para vivir, comenzar de cero nuevamente. Los silencios se apoderaron de los tajos y calles, la crudeza de las imágenes provocó un desanimo popular siendo peor mientras más cerca del río se encontraban, casas derribadas, paredes destrozadas, tejados caídos, el río colmado de palos, ramas y hasta árboles completos.

Los afectados quedaban impávidos ante el cruel espectáculo que ofrecía la ribera, junto a ellos sus hijos, familiares, vecinos, amigos, todos dispuestos a ayudar en lo venidero, preparados para echar una mano en las restauraciones necesarias, muchas eran las bocas que se ofrecían para ayudar, la disposición en momentos de alarma social es extendida entre la población que nada o apenas poco daño sufrieron pero… al final solo queda la familia y contados amigos.

-Mañana estaremos solos cariño. –Le decía un marido a su esposa.-

-Lo se mi amor, saldremos adelante, lo peor ya ha pasado y estamos juntos que es lo importante, conseguiremos salir adelante.

 

La noche se presentaba difícil, las casas anegadas por el agua estaban inhabitables y la mayor parte del mobiliario arruinado, las camas no podían ser utilizadas porque los colchones y la ropa quedaron empapados en agua. Poca cosa había en las casas pero menos quedó, la tormenta caída en el Quejigal y Ronda la Vieja segó de una pasada las vidas de quienes sufrieron su devastadora avenida. Ahora comenzaba una labor de limpieza y de rehabilitación de los hogares perjudicados, todo ello sin nada con lo que poder hacerle frente, las herramientas de labranza, ajuar y ganado de cada hogar desaparecieron con la riada.

Algunas familias acogieron a los afectados en sus casas, dando cobijo y comida, todos tenían algún familiar que no sufrió daño y pudieron pasar la noche en suelo seco, otros decidieron comenzar a limpiar y sacar el barro para pasar la noche bajo su techo a pesar de la humedad reinante en el sitio y el miedo a una nueva avenida de agua. Llegaron ayudas de los pueblos cercanos en forma de telas, colchonetas, comida y agua. Las familias que sufrieron el derrumbamiento de sus casas o parte de ellas fueron atendidas lo mejor que se pudo, debido a la poca experiencia en este tipo de situaciones, las autoridades tardaron en decidir que hacer ante el imprevisto surgido. Algunos hogares y sus inquilinos quedaron a la espera de recibir alguna ayuda del ente público, cosa que no llegó y provocó protestas por parte de quienes sin apoyo por parte de nadie se quedaron. La Guardia Civil avisó de la llegada a la mañana siguiente de una comisión de la Dirección General de Regiones Devastadas, ellos sabrían cómo actuar y que aportar para devolver la estabilidad al pueblo.

Los sembrados quedaron inundados, perdiendo las cosechas y provocando el paro de los trabajadores durante una temporada larga, este hecho trajo mas miseria al pueblo y una penuria de la que costó mucho desligarse. Una cadena de acontecimientos que terminaron en la mas profunda crisis vivida por Setenil en su historia, hambre, pobreza y paro eran sinónimo de realidad, solo quedó el amor y la fe, bastión  suficiente desde el que emprender un nuevo camino, mirar al destino y burlarte de sus intenciones para comenzar una nueva vida.

Amanecer.

Cada mañana, antes de amanecer, José y Diego se dirigían al trabajo recorriendo el camino que los separaba de la finca, con las azadas sobre el hombro y las talegas colgadas caminaban unos cinco kilómetros para llegar a buena hora. Muchos eran ya los años que sin faltar un solo día, ambos caminaban desde la plaza del pueblo donde se encontraban hasta las tierras de labor de don Armando Venidero. La siembra, en este caso de la patata, requería de mucha atención en la labranza y cuidado del terreno, pronto llegaría la recogida y muchos puestos de trabajo dependían de esa buena faena que ellos ejercían.

A mitad de camino tomaban descanso en las piedras que en su día colocaron para esa parada necesaria, sentados sobre ellas, con la espalda apoyada en un árbol esperarían el nacimiento del nuevo día, un crepúsculo se extendería en toda su inmensidad ante ellos creando haces de luz cada vez diferentes, llegaría entonces el amanecer de una nueva jornada.

Relataban con miedo lo sucedido esa noche pasada en una de las casas marcadas del pueblo, varios hombres conocidos por todos, entraron y se llevaron a la familia de Ramiro, un buen hombre que trabajaba en la panadería y días atrás tuvo la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado y el momento inoportuno cuando iba a tirar unos sacos de harina vacíos. Los dos trabajadores hablaban sobre el tema cuando oyeron voces en la cercana hondonada, gritos de mujer y ruegos de clemencia por parte de un hombre.

-José, -comenzó diciendo Diego a su amigo- esa voz me es familiar, acerquémonos a ver qué pasa.

-Sabes bien lo que pasa, no es necesario siquiera acercarnos, lo que va a ocurrir…

No terminó de decir la frase cuando un disparo sonó en el sitio, los dos quedaron en silencio, apoyaron las herramientas y la talega en el suelo junto a las piedras del camino, cruzaron mirada y con un gesto indicaron unos matorrales alejados, se aproximaron con sigilo y cuidado quedando tras ellos intentando ver lo que ocurría.

Un coche negro mantenía las luces delanteras encendidas, iluminando con su claridad un hombre tendido sobre el suelo con lo que parecía un disparo en la nuca, la sangre que se distinguía alrededor de la cabeza lo confirmaban. Junto a él una mujer que mantenía entre sus brazos un niño que lloraba, pidiendo a los hombres de negro compasión por su hijo con la voz quebrada.

José y Diego se mantenían en silencio, el primero derramando una lágrima y mirando sin pestañear mientras contenía toda la rabia que poseía apretando los labios con fuerza, el segundo con los ojos cerrados mientras ocultaba el rostro y tapaba su boca con las manos para aguantar el grito desesperado que quería lanzar al aire.

El hombre que estaba tras la mujer se acercó a ella con pasos marcados y lentos mientras apuntaba al mismo lugar donde disparó al marido, sin temblarle el pulso ejecutó un disparo que apagó sin miramientos las solicitudes de la mujer que cayó hacía delante. Empujó el cuerpo sin vida de la madre a un lado y comprobó que el niño aún seguía gimoteando, cogió a este por una pierna y lo levantó para mostrarlo al coche que en ese momento arrancaba, quedó mirándolo curioso sacando de nuevo la pistola y apuntando a la cabeza del hijo de la ejecutada, cuando se disponía a apretar el gatillo una voz se oyó con vigor dentro del vehículo.

-¡Ramón! No somos asesinos.

El advertido Ramón miró con asco al niño y lo arrojó al suelo como si fuese algo normal en su devenir diario, luego subió al coche y marcharon. Un silencio oscuro y frío se apoderó del sitio en esos momentos, apareciendo un viento suave al pronto, despertando a los dos amigos que absortos permanecían inmóviles ante lo acontecido.

-¡José, el niño!

Diego corrió en la oscuridad cuesta abajo en dirección al lugar donde se oían los gemidos del pequeño, llegó hasta él y lo levantó abrazándolo contra su pecho y pidiéndole que se calmara. A su lado llegó José que recogió del suelo una manta donde la madre del niño lo llevaba arropado, se la puso por encima para abrigarlo y juntos subieron la pendiente para continuar camino al trabajo, Ramiro y su mujer yacían muertos con un disparo en la cabeza.

Tras un kilómetro caminando el niño se quedó dormido en los brazos de Diego, el viento desapareció y comenzó un nuevo amanecer que iluminó el caminar de los trabajadores, la esperanza de la luz sobre la oscuridad de la tiranía parecía llegar por un momento, al menos hasta que llegase el próximo día.

FÁBULA DE LOS HÚSARES EN LOS ESCARPES

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“Los caminos de Andalucía, por muy recónditos que se hallen, son sinónimo de la más bella naturaleza, de luz, de color… pero sobre todo de muerte, ella te espera donde das por hecho que se encuentra.”

Lo que dejaron los húsares franceses tras ellos no era nada comparado con lo que les esperaba más adelante.

Una vez abierta cierta brecha de distancia con los defensores serranos, el teniente Albert-Jean-Michel de Rocca levantó su brazo derecho indicando parada de descanso para tomar aire y revisar el estado del grupo. El hecho de alcanzar como buenamente pudieron el río Trejo y comprobar que nadie les seguía, calmó los ánimos aterrados de todos los componentes del desguarnecido destacamento. Los únicos que sobrevivieron al ataque de la población en Olvera fueron los veinte húsares del ala del teniente Rocca, los restantes sesenta, incluidas las mulas de carga y treinta infantes corrieron distinta suerte. Algunos consiguieron huir campo a través, pero la mayoría fueron asesinados a mano o a tiro de fusil entre la entrada al pueblo y la salida de este, la Caballería Húsar nada pudo hacer para ayudar a sus compatriotas, los disparos desde las peñas de entrada y una población enloquecida, armada con lo primero que pudiesen utilizar para matar, se abalanzó sobre la tropa provocando el desconcierto y la huida de la avanzadilla francesa.

Desperdigados por caminos desconocidos, huyendo de los habitantes de la sierra que los perseguían a disparos, temiendo cada rincón, cada árbol, cada hondonada en el terreno, cada metro que recorrían, angustiados al sentir la muerte suspirar en sus nucas marcando a cada soldado con un halo frío que no les dejaba echar la vista atrás. Cabalgando endemoniados mientras bajaban las cuestas que presentaba el agreste terreno, entre olivares y frondosos matorrales hasta alcanzar Torre Alháquime, dejando tras ellos un reguero de sangre, muertos y algunos caídos con heridas mortales o casi, a estos terminaban por escabechar las mujeres que bajaban por los riscos con una habilidad indescriptible, asestando cuchilladas, tijeretazos o estacazos a los que atrás iban quedando abandonados a su suerte, lo más importante era huir, huir del infierno.

El teniente Rocca tuvo que cambiar de caballo en plena bajada al río que queda junto a Torre Alháquime, el suyo llegó hasta el sitio a pesar de recibir un disparo en el cuello, una vez allí se desplomó dejando atrapado al teniente que logró salir de debajo del animal llevado por el miedo y la necesidad. Se irguió manteniendo el sable en la mano para defenderse de los atacantes, en esas estaba cuando a su lado, un húsar que llegaba desbocado fue alcanzado por una piedra lanzada con honda desde un parapeto cercano, cayendo al suelo con un grito de dolor, herido, inconsciente por el golpe. El mando francés se acercó hasta el caballo del derribado soldado y lo montó para seguir escapando, era eso o la muerte, nada de sentimentalismos o hermandades, un tú o yo, “vivir o morir” pensó. Una mujer se cruzó en la vereda y le arrojó lo que parecía un utensilio de cocina a la cabeza, lo esquivó por suerte, pero no un pinchazo en su pierna que sintió como un aguijón de avispa, volvió la cara y se encontró con un niño de unos doce años que le clavaba un palo con una puya de hierro incrustada en su punta, el teniente le golpeó la cara con la bota y acto seguido le rebanó el cuello de un sablazo, dando con el zagal en el suelo mientras un reguero de sangre le brotaba por la garganta. Un chillido lo retuvo y observó al mirar como una mujer, la madre seguramente, corrió para abrazarlo mientras lanzaba una mirada de odio en dirección al francés que quitó la vida a su hijo, luego se puso en pie y, sin miedo a nada, pasó entre cinco caballos franceses que quedaron rezagados en la huida, tomó una horca de cuatro púas y se la clavó al húsar caído en el estómago primero y luego en la garganta antes de señalar al teniente con ella, pero el francés ya continuaba la huida. Quedó último cerrando el grupo de húsares, animando a todo aquel al que daba alcance, ordenando que debían proseguir hasta encontrar un lugar seguro.

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El río Trejo se derrama a su llegada al pequeño valle, rodeado de tajos escarpados que anuncian un recorrido inseguro para quien se propone realizarlo, desde Arroyo Hondo hasta la Huerta del Cura no se observó a nadie en las alturas según comunicó un vigía adelantado al teniente Rocca.

-Mi teniente, el camino es una carretera rodeada de árboles y tajos, con alturas similares a las que nos rodean, podríamos vernos sorprendidos por un ataque y siquiera poder defendernos.

-La opción que nos queda es esa… o volver atrás. ¿Cuál elegimos? –Dijo el mando francés con ironía.-

-Uno de los problemas que podemos encontrar es vernos rodeados, sin poder abandonar el camino en dirección alguna en caso de vernos encerrados en algún paraje, seremos presa fácil. –Apuntó el cabo Toulier.-

-Cierto es, pero no queda otra que avanzar, según sabemos no queda lejos Ronda, puede que si no encontramos resistencia ni ataques, esta misma tarde noche podemos estar en su entrada. –Aclaró Rocca.-

-Señor si me lo permite, -solicitó el vigía- puedo adelantarme con dos hombres y mantener informado al resto del destacamento sobre la situación en la vanguardia.

-Descansemos ahora que se puede cabo, cuando avancemos más ya decidiremos que hacer, nada podremos hacer si nos acosan desde las alturas, nos mantendremos unidos, en fila de a dos monturas y con los ojos abiertos, en caso de encontrarnos con recibimiento hostil en la villa de Setenil, apretaremos los dientes y cruzaremos a galope tendido, parece nuestro sino el ser perseguidos. Informe a todos cabo, un descanso pequeño y volvemos al camino.

El teniente se acercó hasta el agua donde bebía su caballo para acariciar el cuello del animal, bufó dos veces y sacudió la cabeza, parecía haberse calmado tras el sufrido camino que soportó en sus lomos. Rocca lo miraba como quien le dice a un amigo “volvemos al tajo compañero”, luego le dijo al oído una frase que pareció entender el caballo pues se levantó de manos salpicando agua con los cascos al caer.

-Nos va la vida en esto, tú llévame a Ronda que yo me encargo de que llegues con vida.

El grupo de veinte húsares se vio ampliado por la llegada de otros veinticinco que lograron salvar la vida escogiendo otro camino en su huida de Olvera, ninguna resistencia encontraron y al pasar por Torre Alháquime la bordearon por el sitio contrario que los hombres de Rocca. Unos cincuenta hombres comenzarían el camino para lograr llegar a Ronda esa noche, les quedaba Setenil, los escarpados tajos les acechaban, nada sabían de este lugar ni de sus gentes, conocidas eran las historias de los serranos por su brava valentía, pero visto lo sucedido en Olvera y Torre Alháquime nada bueno auguraba el paso hasta la salida del pueblo. Situándose a la cabeza del grupo, el teniente Rocca ordenó el avance, el silencio se apoderó de todos y la desconfianza ante lo inesperado se afincó en sus corazones. A su izquierda se abrió una vertiente de montes y tajos, un lugar dominado por el azul en el cielo y por el canto de los pájaros en los árboles, un lugar donde esconderse, donde quedarse, delante… el camino.

Al enemigo que huye, puente de plata

Conviene facilitar la huida del enemigo que nos molesta para librarnos de él sin tener que combatir. Esta máxima militar pertenece a Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515).-

Piotr, el cabo polaco se acercó para situarse en cabeza acompañando al teniente, al llegar a su lado le sonrió antes de pedirle con voz ronca mientras se retorcía el espeso bigote, un deseo.

-Señor permítame tener el honor de encabezar junto a usted este camino recóndito al que nos enfrentamos.

-Por supuesto, pero debo decirle que igualmente se puede morir en el avance que en la retaguardia.

-Así es señor, no obstante mi familia es militar de tradición, pertenecientes todos a los Húsares Alados de Polonia, considerada la mejor caballería de todos los tiempos, y como le digo… si he de morir hoy aquí prefiero hacerlo en vanguardia.

-En ese caso no seré yo quien le impida cumplir con su obligación familiar, aunque en este caso el honor será mío, cabalgar, luchar y posiblemente morir junto a un húsar alado es todo un privilegio.

-Haremos lo posible por evitar todo eso señor, mi nombre es Piotr Skala.

-Pues en marcha Piotr Skala, la incertidumbre nos espera.

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Llegados a la Huerta del Cura nada ni nadie esperaba a los franceses, un respiro de alivio se escuchó a lo largo de la formación del Cuerpo de Caballería de Húsares de Napoleón, las miradas se cruzaron y a pesar de estar todo tranquilo, el miedo comenzaba a mellar la confianza en los hombres. Cautivados por los tajos, que a su izquierda se presentaban como guardianes del camino y protectores de algún tesoro escondido al final de sus escarpadas paredes, los soldados percibieron como sus caballos comenzaban a ponerse nerviosos, alguna presencia los irritaba sacándolos de su tranquila marcha.

Poco antes de llegar al Chorrero se oyeron voces, gritos de muchedumbre, como un avispero en la distancia, la marcha se detuvo y el teniente miró a su pareja de camino, el cabo polaco Piotr, este le indicó al teniente que detuviese la formación, iría a echar un vistazo para cerciorarse ante quien y donde se iban a encontrar pasado ese giro que realizaba el río más adelante. Bajó de su caballo y levantó la mano indicando un dos con sus dedos para que lo acompañasen dos hombres a pie en busca de información, lentamente desaparecieron entre la maleza dejando atrás el grueso que quedaba del despedazado regimiento de húsares. El teniente Rocca se giró en su silla de montar con la esperanza de encontrar a su espalda los cien hombres que en un principio llegaron a Olvera, al ver los cuarenta y tantos que realmente quedaban suspiró, volviendo a mirar al frente de nuevo, acariciando el cuello del caballo, “todo saldrá bien” se dijo tratando de convencerse.

El polaco y los dos franceses cruzaron el río y ascendieron por el terreno hasta alcanzar un peñasco gigante que parecía haberse separado de la pared del tajo para quedar a su lado, bajo ellos un pequeño verde que incitaba a un descanso, pero arriba, en el filo superior del tajo, se hallaba un ejército numeroso de serranos que parecían esperarlos con ganas de darles un recibimiento no muy placentero. El tajo parecía no tener fin y por momentos llegaba a aproximarse tanto al camino que podría resultar muy peligroso, mortal, para continuar subidos a caballo, quedarían a tiro de fusil y expuestos a merced de la multitud. Bajaron con precaución hasta la orilla del río y volvieron con el grupo para informar, las sensaciones no eran buenas y los tres húsares mantuvieron silencio en su camino de vuelta, ninguno quería hablar sobre lo visto, el problema era más grave si pensaban en lo que podría suceder si daban la vuelta, no conocían otro camino para llegar a Ronda y eso agravaba la situación hasta llevarla a un extremo de convertirla en un suicidio colectivo.

-Lo cierto es que no todos los que están ahí arriba va a estar armados de un fusil, y con una piedra no van a matarnos, si tenemos cuidado permaneciendo atentos y velando los unos por los otros tal vez logremos franquear la encerrona. –Comentó el cabo Piotr queriendo animar a sus dos compañeros mientras caminaban cabizbajos, dejando las pocas esperanzas que les quedaban en cada paso dado.-

la marcha de los ingenieros, Augusto Ferrer-Dalmau

-La marcha de los ingenieros-

Augusto Ferrer-Dalmau

 

Don Francisco Lobo y Olid dormitaba plácidamente sobre el colchón de lana de oveja que días antes le regalaron las viudas de la guerra. Desde su llegada años antes, siempre descansó sobre una cama de tablas de madera, unas sábanas cosidas que mantenían la paja dentro hacían las veces de colchón y una manta para abrigo en noches frías.

-¡Don Francisco! ¡Don Francisco! –Susurraba por la pequeña ventana junto a la puerta de entrada para despertarlo.-

De bien era conocido el latente y ruidoso sueño del cura Lobo, los niños de la villa comparaban su profundo rezongo con el de un gorrino comiendo, a veces lo espiaban bajo la ventana contando cual era el ronquido de más elevación que alcanzaba esa tarde durante la siesta.

-¡Don Francisco! ¡Cura Lobo! – Elevó un poco más el tono para intentar sacar de las profundidades al párroco.-

Nada consiguió Juan Calaña, había llegado esa noche desde Olvera para informar sobre la intención que un tercio del regimiento de húsares tenía de salir al día siguiente con destino a Ronda. Entre sus bienes contaban unas mulas cargadas de munición, algunos fusiles, un cañón y comida. La decisión tomada por los sublevados serranos del rocoso pueblo no era otra que atacar el destacamento en cuanto se terciara. Juan estuvo presente en la reunión pues su trabajo de borriquero de carga le mantenía en el camino diariamente, aprovechaba su profesión para ejercer como mensajero entre los sublevados de la zona contra el nuevo y falso monarca.

-¡Don Francisco! –susurró cansado Juan Calaña- ¡DON FRANCISCO COÑO! –Gritó con una seca voz producto del nerviosismo.-

-Dios te guarde hijo mío de blasfemar durante el sueño de un pobre cura. –El cura Lobo reaccionó por fin ante la voz que le lanzó el borriquero entre sus manos.-

-Por Dios santo Padre, duerme usted más que un muerto.

-Todo descanso es poco para un siervo del Señor, más cuando es merecido, llevo dos días con desvelo culpa de estos apóstatas que ahora pretenden gobernar nuestro país.

-Pues de eso vengo a hablarle, levántese y acompáñeme o déjeme pasar que corre un relente por esta calle que me tiene “tieso”.

La casa del cura se encontraba junto a la cuesta que lleva al mirador del Lizón, una pequeña estancia donde descansaba don Francisco cuando no estaba atendiendo a esas almas en pena que diariamente pasaban por la iglesia. También la utilizaban como centro de reunión para llevar a cabo los planes que el párroco ideaba contra los invasores franceses, el cura Lobo era conocido por provocar levantamientos entre sus feligreses y en alguna ocasión se encontró metido en problemas que, de no ser por algunos conocidos con poder, hubiesen terminado por llevarlo a la cárcel del torreón. Entre esos poderosos se encontraba don Francisco Tudó, un héroe local nieto del dueño del Tajarejo, que se unió a las fuerzas del General Castaños en Utrera, formando parte de los valerosos garrochistas que vencieron por primera vez al ejercito de Napoleón en Bailen.

-Venga Juan, pasa y cuéntame. –Le dijo el cura tras abrir la puerta, echar una ojeada a la calle, cerrar la ventana y atrancar la puerta por si alguien hubiese seguido al borriquero.

-Mañana a eso del mediodía o llegada la tarde, un destacamento de húsares pasará junto a los escarpes del río Trejo camino de Ronda.

El cura abrió los ojos y estos le brillaron con especial intensidad, una sonrisa se dibujó en su rostro y rápidamente frotó sus manos con malvada finalidad.

-Llamemos a Francisco, él nos ayudará, avisa igualmente a los del ayuntamiento y, sobre todo a las mujeres de los domingos, recibamos como se merecen a esos malnacidos. – Y comenzó a reír con sarcasmo.-

Con la Iglesia hemos topado

El Quijote es una fuente inagotable de sentencias célebres extrapolables a cualquier contexto actual. En un pasaje de la obra, Miguel de Cervantes (1546-1616), por boca del inmortal hidalgo manchego, expresa la imposibilidad de enfrentarse con el poder.

 

Esa mañana la iglesia se encontraba abarrotada, tanto dentro como fuera los vecinos de Setenil se encontraban en levantamiento contra el invasor francés, vecinos de Alcalá, Arriate, Ronda y poblaciones cercanas junto a cientos de personas “tiradas al monte”, quisieron estar presente en ese enfrentamiento que en pocas horas iba a producirse en los escarpes del río. Los alcaldes llevaban la voz cantante por cada una de las partidas venidas, ese orden aligeró las cosas y en menos de media hora todos caminaban por las cabrerizas camino del monte, al frente caminaba el cura Lobo y doña Carmen, mujer del panadero Jesús Araiza y principal atizadora del sector femenino contra los franceses, mucho tuvo ella que ver en la fuga de Francisco Tudó de la cárcel de Ronda. Francisco o “Sacalobo”, como le conocían algunos, también se encontraba entre la multitud con el fusil y el sable preparado para lo que conviniera, su amigo Pacheco caminaba junto a él, armado con una ballesta de las antiguas que en el cortijo del Tajarejo encontró, reparó y aprendió a utilizar con máxima destreza.

El grueso más bullicioso lo componían las mujeres, unas trescientas consiguieron reunirse de entre los pueblos vecinos, cuchillos de cocina, cazos, palos afilados, tijeras, mazos, hierros y demás posibilidades de infringir daño portaban cual guerreras. Un ejército del pueblo, ávido de venganza, defensor de lo suyo y presto para hacer frente al francés engreído, avanzando cual serpiente coloreada y animada por la ensortijada calle que dibuja el río Guadalporcún en su recorrido por Setenil. Los hombres constituían una cifra cercana a los mil, con fusiles unos cincuenta y la mayoría sin certeza de que fuesen a funcionar, varios cabreros aportaron su garantía de acierto con la honda, aunque muchos de ellos, la gran parte, solo contaban con espadas en irregular estado, hachas de trabajo, horquillas de faenar, mazas de picapedreros y mucho odio, sobre todo eso.

Las noticias de las barbaries cometidas por los franceses en poblaciones indefensas caló hondo en los habitantes de la sierra, tras la derrota en Bailén, y mucho antes de esta, los robos, violaciones, vejaciones, asesinatos, quema de iglesias, conventos, graneros, pajares, apropiación a la fuerza de ganado, alimentos, caballos y armas, se extendió rápidamente por toda Andalucía. La sierra en toda su extensión se convirtió en un fuerte inexpugnable y lo más importante, temido por el invasor, no había rincón donde no percibieran miedo, pánico a una emboscada, horror a morir abandonados quedando a merced de los buitres. Pero a pesar de todos esos miedos, había uno que les causaba pavor, un miedo que debido al boca a boca entre los soldados franceses, terminó por convertirse en misterioso y fantasmal terror, caer en manos de los guerrilleros de la sierra, los temidos bandoleros.

-Paco, hijo, procura convencer a todos de la importancia de no acercarnos, aún no sabemos cuántos serán ni sus intenciones. –Le dijo con cariño el cura Lobo a Francisco Tudó.-

-Padre, sabemos que somos más que ellos y sus intenciones son claras, cruzar camino de Ronda, lo único que no sabemos es el armamento que llevan y el tipo de caballería a la que nos enfrentamos. Los húsares son aguerridos, valientes y a nada temen, eso puedo asegurarlo, no darán su brazo a torcer hasta conseguir su propósito o morir en el intento.

-Pues tengamos cuidado, pero que no consigan pasar, al menos todos no.

-No lo lograran Padre, por aquí al menos no.

Las más de mil personas ascendían ladera arriba, bajo sus pies una tierra parda que acogía a sus vecinos arropándolos sobre sus murallas de roca, el azul eterno se extendía sobre ellos, dejando ver algunas blancas nubes que paseaban lentamente mientras esperaban el desenlace del conflicto, y como espectador principal, un sol pálido que irradiaba rayos holgazanes que para nada molestaban. Como soldados experimentados, la muchedumbre, fue situándose a lo largo del tajo, esperando con paciencia la llegada del enemigo, algunos valientes tuvieron a bien bajar hasta los riscos salientes para tener mejor alcance sobre los húsares. Las mujeres, más valientes que ninguno de los presentes, apostaron por quedarse junto al camino que bajaba desde el alto tajo hasta el cruce que dividía el camino de entrada a Setenil y el que ascendía hasta la parte alta del pueblo, agazapadas entre la arboleda, cerca de donde los tajos se miran desafiantes y orgullosos, lugar elegido para la emboscada.

Doña Carmen ceñía una navaja a su cintura y en su mano derecha levantaba un palo tan afilado en su punta que podría ser mortal de encontrar a quien ensartar, en la mano libre sujetaba un hacha de trocear en cocina, bien amolada para la ocasión. Junto a ella el resto de madres e hijas de la sierra, rezando un padre nuestro que se oía en la ladera como un susurro al viento, ofreciendo paz y esperanza en sus palabras, ante este celestial gesto, los hombres pusieron rodilla en tierra bajando su cabeza, acompañando el rezo comenzado por la partida de doña Carmen, la mujer del panadero.

 

El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí,

por cuanto me ha ungido

para anunciar buenas nuevas a los pobres.

Me ha enviado a sanar los corazones heridos,

a proclamar liberación a los cautivos

y libertad a los prisioneros.

Isaías 61:1

 

Por el camino se levantó una nube de polvo que llevó un murmullo a lo largo del tajo por donde pasaba el jinete que llegaba, era Tobías, el hermano de Ruiz el carnicero, muchacho bizarro que esperó a cumplir los dieciséis para dedicar su vida a matar franceses, un poco alocado sí que estaba, y ligero de sesera, aunque era un pedazo de pan con la fuerza de un mulo. En cierta ocasión, con catorce años, salió en defensa de su padre por una pelea de este en la taberna, le rompió la nariz a uno y el brazo a otro de los que agraviaron a su progenitor. Dos semanas pasó en la cárcel del torreón, hasta que logró sacarlo doña Carmen alegando defensa propia o, en caso contrario, hubiese prendido fuego al ayuntamiento.

Levantó Tobías su yegua de manos, relinchando alterada tras haber llegado a galope, elevó los brazos al cielo enérgicamente y comenzó a gritar para que todos lo oyesen.

-¡Ya vienen! ¡Los franceses! ¡Ya vienen!

Pacheco el jerezano, curtido en todo tipo de situaciones, le entregó dos pañuelos al joven impetuoso antes de marchar en busca del enemigo, uno blanco para indicar que eran menos de veinte, y otro verde para indicar que eran más de cuarenta. Con la mano extrajo del bolsillo el pañuelo verde y comenzó a mostrarlo al viento, cabalgando poderoso frente a los tajos como si de una bandera se tratase, dejando a la yegua suelta con las riendas atadas a la montura mientras él mostraba un fusil con la que le quedaba libre. El murmullo no se hizo esperar, los cerca de mil quinientos situados arriba y abajo comenzaron a blandir al cielo sus armas entre suspiros nerviosos y arengas de ánimo.

Tobías ascendió al trote hasta el cruce de caminos, allí comenzó a girar su yegua con maestría y habilidad de jinete corrido, parando y consiguiendo que doblara sus patas delanteras hasta hacer una reverencia que incitó a todos a aplaudir el gesto. Luego buscó entre la algarabía a su mentor Pacheco, al encontrarlo, sobre una peña por donde justo parece haberse cortado una lasca de roca, lo señaló con el dedo extendiendo el brazo y la mano a modo de lanza, cogió el otro pañuelos del bolsillo y ató los dos al fusil en su boca, seguido movió el arma de izquierda a derecha y contrariamente como una señal que ya no entendieron solo ellos.

-¿Qué quiere decir ahora Pacheco? –Preguntó Francisco Tudó que estaba junto al cura Lobo.-

-Los dos pañuelos indican el número más o menos exacto de los enemigos que vienen.

– ¿Y cuántos son? –Quiso saber el cura.-

-Sesenta, arriba o abajo.

El cura Lobo se persignó, luego colgó el trabuco a su espalda, comenzó a andar demandando silencio a todos, pidiendo que se prepararan para recibir a los franceses, pero sobre todo, que nadie quisiera ser héroe pues su vida dependía de ello, solo se atacaría desde la distancia a la que ahora se encontraban, un tiro de fusil. Cuando todos hubieron callado y dejado de murmurar se arrodilló frente a ellos, con voz potente les dirigió unas palabras.

 

Dios es nuestro amparo y fortaleza,

nuestro pronto auxilio en todos los problemas.

Por eso no tenemos ningún temor.

Aunque la tierra se estremezca,

y los montes se hundan en el fondo del mar;

aunque sus aguas bramen y se agiten,

y los montes tiemblen ante su furia.

Salmo 46:1-3

 

Al unísono, todos los presentes dijeron “Amén”, luego el Padre Francisco continuó.

 

“Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito.”

Romanos 8:28

 

-¡MUERTE AL INVASOR! ¡MUERTE AL FRANCÉS!

El grito de guerra interrumpió al cura Lobo que nada objetó, elevó a los cielos su trabuco dejando entrever una enorme navaja de monte en la cintura junto al rosario de madera que le colgaba sobre el lado derecho, cerró sus ojos y pidió que se hiciese la voluntad del Señor.

BAILEN EMBOSCADA GUERRILERA

 

La tarde se presentaba enorme, repleta de emociones y nervios contenidos, la profunda sensación de que todo acababa en aquel camino se apoderó de los húsares de Napoleón, una angustia que transformaba la saliva en arena y la respiración irregular en un enemigo más, el miedo… el pánico ante lo desconocido. Por momentos, en la imaginación de cada soldado, comenzó a sobrevolar la confusión ante la inseguridad, serranos armados con dentaduras afiladas y garras con forma de cuchillos sobrevolaban la formación, ataviados con pañuelos anudados a la cabeza los bandoleros bajaban por las escarpadas paredes del tajo en su busca. Mujeres con delantales manchados de sangre, caras sucias y manos de bruja, así las sospechaban mientras pasaban entre la espesa arboleda y maleza que los rodeaba, tres húsares no resistieron la tentación que provoca la oscura esperanza y desertaron, volvieron sobre sus pasos y se encaminaron en busca de otro sendero más seguro o menos violento.

-Señor –dijo el cabo Fourier al teniente Rocca- tres hombres de retaguardia nos han traicionado y han huido por donde hemos venido. ¿Qué debemos hacer?

-Nada cabo, nosotros continuaremos y ya daremos informe de lo sucedido a la llegada al sitio de Ronda.

-Pero señor, puede que si no actuamos en consecuencia tengamos otras deserciones.

-No se preocupe, ya es difícil dar marcha atrás, tras esa curva están los serranos esperando, veamos sus intenciones, quien quiera volver por donde hemos venido ya sabe lo que le espera, al menos aquí tenemos el beneficio de la duda, al menos hasta que lleguemos. Un húsar no se rinde, muere en la batalla, nosotros somos húsares cabo, que ninguno lo olvide.

La fila de húsares continuó camino sin más huidas, acercándose lentamente hasta el lugar donde se encontraban los habitantes de Setenil y pueblos cercanos esperándolos. Pasado el Chorrero el silencio quedó dueño del momento, a la izquierda de los jinetes franceses se podía ver una multitud expectante asomada a los filos del tajo, observando desde la distancia sus movimientos en espera de que ocurriese algo. A la derecha quedaba otro tajo menor que obligaba a seguir el camino sin desvío o escapatoria, al fondo, en la pendiente podía verse un jinete armado de un fusil montando una yegua blanca, podría ser que estuviese esperándolos como enviado y que las gentes de arriba solo prestasen atención por curiosidad. El Polaco Piotr apoyó su diestra en el sable curvo, el mismo perteneciente a la familia y que llevaba tallado dos alas en honor de los Húsares Alados, mantuvo la calma y no quiso desenvainar hasta ver que finalidades presentaban los lugareños.

-Si el de la yegua blanca intenta algo déjelo para mí teniente.

-Si intenta algo es porque los demás también lo harán. Esto parece una ratonera, no queda otra que continuar por aquí.

Cuando toda la fila se encontraba a distancia de tiro se oyó un grito parecido a un chillido de mujer, a la sazón se produjo lo que todos esperaban y temían, varios disparos cruzaron de un lado a otro dando muerte a cinco húsares del centro de la formación, se produjo una desbandada controlada que finalizó poniendo en guardia a la tropa de caballería que desmontó y apuntó con sus armas de fuego a las alturas. Bajo una orden directa del teniente Rocca soltaron una descarga que apenas si llegó con fuerza para crear miedo en sus receptores. Tras la andanada de disparos por parte de los soldados franceses, se produjo lo inevitable, como un torbellino de escenarios continuados por un espacio breve pero intenso de tiempo comenzó la batalla.

Muere la vida, y vivo yo sin vida,

ofendiendo la vida de mi muerte,

sangre divina de las venas vierte,

y mi diamante su dureza olvida.

-Lope Félix de Vega Carpio-

 

Tobías se lanzó en busca de la vanguardia francesa, intentando apuntar con el fusil, buscando un objetivo mientras cuesta abajo galopaba envuelto en ira. Piotr lo vio venir, montó su caballo saliendo a su encuentro, los menos de treinta metros que los separaban quedaron reducidos a segundos, los que necesito el polaco para esquivar el torpe disparo del muchacho y enfilar la garganta de este con su sable en una demostración de habilidad al alcance solo de versados en esas lides. Cayó muerto Tobías sobre el suelo, quedando de lado con la mirada fija en el tajo de enfrente, buscando en ese último suspiro a su amigo jerezano sin encontrarlo. Piotr se acercó hasta él tras desmontar de su caballo, sacó el sable del mismo tragadero del joven, comprobando que estaba muerto y dando una patada a la espalda del fallecido que lo llevó a rodar por un pequeño terraplén hasta caer al río.

Piotr sintió el silencio que se hizo en las alturas como una mala premonición, oyó un sonido particular que se acercaba hasta donde se hallaba, un silbido familiar que no tardó en comprobar al sentir una saeta clavarse en su hombro. Emitió un alarido de dolor y busco el punto de partida del lanzamiento, sus ojos se encontraron con los de un hombre que mantenía una ballesta en sus manos a la par que saltaba de roca en roca hasta llegar abajo, mirando en su dirección y desenvainado la espada para hacerle frente, Pacheco quiso buscar la venganza de Tobías.

Por la retaguardia de los húsares comenzaron a llegar un grupo de mujeres encabezado por doña Carmen, quien hacha en alto le rajó la cabeza a un joven y sorprendido húsar. Sus compañeras asaltaron la trasera de la avanzadilla ante los inoperantes jinetes de caballería, estos no supieron reaccionar viendo el alto grado de violencia con el que fueron acometidos por las serranas. Tijeras clavadas en los ojos, brazos amputados de un corte, palos clavados en los estómagos, hierros y cuchillos que atravesaban cualquier lugar que se pusiese al alcance de tan fanático grupo. Muchos de los soldados se arrodillaron, pidiendo clemencia, sin saber bien por qué lo hacían, eran ensartados, rajados, golpeados hasta llevarlos a su muerte sin ningún miramiento. Alguno pudo soltar un tiro y herir a alguna de aquellas mujeres deseosas de sangre, nada que hacer ante la avalancha inacabable de gentío que llegaba, era una muerte segura, era la defensa de la tierra propia, del orgullo patrio, de la furia desencadenada ante la invasión camuflada de las tropas napoleónicas en esa España de todos y de nadie.

Al pronto, el cuerpo de húsares se vio sorprendido por la hábil rapidez con la que bajaron los levantiscos lugareños por las peñas, soltando disparos a bocajarro, repartiendo navajazos a destajo, clavando lanzas u horquillas donde se diera, dentelladas en los corazones de los acobardados soldados, los peores presagios convertidos en realidad.

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-Los desastres de la guerra nº5 –

Francisco de Goya

El teniente Rocca hizo frente, junto al cabo corneta y seis soldados más, a los que les llegaban en su busca, montando a caballo e iniciando una huida desesperada por el camino de arriba, varios de los húsares los imitaron e iniciaron una subida entre disparos y pedradas. El cura Lobo se enfrentó a un francés que se cago en Dios en su cara, le soltó un trabucazo que le abrió el pecho en dos, luego se le acercó otro con una pistola pero le fallo el tiro pegando un fogonazo sin proyectil, el Padre miró al cielo, se santiguó rápido y le clavó la navaja en el cuello. Siguió caminando entre muertos y empujones de los suyos, intentando calmarlos, pidiendo tranquilidad a todos que ninguna atención le prestaban.

Rocca consiguió abrirse hueco y pidió al cabo corneta que tocase retirada, el que lo oyese sabría que hacer pues estaba planeado de antemano. Al echar a galope el caballo, prestó atención a la ladera percatándose de cómo Piotr se enfrentaba a un serrano que manejaba el sable con destreza, quiso bajar en su ayuda pero un disparo en el brazo lo tumbó de la montura dejándolo inconsciente sobre la yerba, pudo mirar hasta donde se encontraba el polaco luchando, viendo como el serrano le clavaba la espada en el vientre apretando con fuerza y diciéndole algo mientras Piotr se desangraba quedando inerte, ensartado, ahí quedó todo lo que pudo ver el teniente antes de cerrar los ojos.

Francisco Tudó se acercó hasta el mando francés al que disparó cuando huía, al llegar a su lado se percató de que aún estaba con vida, abrió su navaja para rematarlo pero este despertó susurrando con voz temblorosa.

-Piedad señor, confesión por favor, confesión. –Dijo Rocca.-

Se detuvo el del Tajarejo y mandó llamar al cura Lobo, llegó entre ahogos, sudor y sangre, pidió a unos amigos que llevaran al teniente francés subido en unas parihuelas hasta la villa, encamarlo y esperar hasta que llegara el médico para tratar de sanarlo.

La solicitud de confesión detuvo a la muerte segura, reconocer tus pecados ante un sacerdote, volver con Dios con todo tu corazón, la expiación del mal, ese hecho mantuvo con vida al teniente francés, nunca pudo olvidarlo.

BAILEN EMBOSCADA GUERRILERA

 

Varios fueron los húsares que consiguieron escapar o agarrarse a confesión, unos quince, fueron perseguidos hasta el Puerto del Monte donde una patrulla de franceses salió a su encuentro. Allí dieron vuelta sus perseguidores que no quisieron volver a batallar de nuevo, los soldados consiguieron llegar a Ronda esa noche, entrando en la plaza y dando informes de lo acaecido en los escarpes del río Trejo. Dos días después apareció el teniente Albert-Jean-Michel de Rocca con el brazo en cabestrillo, explicó todo lo sucedido, dejando claro que Setenil y los pueblos vecinos eran lugares inhóspitos para llegar a la fuerza, sin embargo muy hospitalarios en otras circunstancias. Relató que un cura armado, un combatiente de Bailén y una mujer de armas tomar le ayudaron con las heridas y luego lo dejaron ir, nada quisieron a cambio.

El teniente se retiró hasta la casa que le asignaron, fue recibido por una sirvienta que le preparó la cena y un baño, él se sentó en una silla y bebió un trago de vino, luego se recostó sobre el respaldo, suspiró profundo y dejó sobre la mesa el cinto con un puñal, dos cartuchos y un sable, un sable con dos alas perteneciente al caído Piotr, patrimonio de una familia de tradición que combatió y murió por Polonia en las filas de la mejor caballería de todos los tiempos, los Húsares Alados de Polonia. Esa noche soñó con los escarpados tajos que velan por el curso del río Trejo, varias fueron las veces que sobresaltado se despertó creyendo ver bandoleros armados que cabalgaban tras él sin descanso.

 

“Esa desgraciada guerra española fue una auténtica tragedia. El origen de todas las desgracias de Francia.”

 Napoleón Bonaparte.

 

 

FÁBULA DEL CALLEJÓN

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Cuando Curro Galán se encontraba en mitad del callejón que unía la plaza con las Calcetas, oyó unos pasos a su espalda, al darse la vuelta pudo distinguir bajo la luz de la farola que iluminaba el acceso, una figura envuelta en una capa negra, con sombrero de ala ancha y copa baja cubriendo su rostro. En su diestra portaba una espada ropera, haciendo centellear la punta al arrastrarla por el muro de piedras, se detuvo a unos diez pasos de su presunto objetivo, señalando con la punta de la toledana el extremo contrario del callejón mientras alzaba su rostro para mostrarse. Curro se mantuvo tranquilo, desenvainando su espada y tomando su vizcaína del cinto dio un paso al lado, percatándose de la llegada de dos invitados más por la entrada de la plaza, estos sin capa, con pañuelo en la cabeza y cubriendo su cara con una máscara de tela. Ambos individuos caminaban despacio, a un metro y medio uno del otro, cerrando escapatoria, portando la espada en ristre, dispuestos a batirse contra el acorralado, a morir… o a vivir, nunca se sabe.

-Llegó tu hora Curro, ya está bien de abusar de quien no te pertenece. –Dijo el que solo se encontraba.-

-Yo no abuso de tu mujer, Santino, los dos gozamos en la cama, y a veces sobre la mesa. –Dijo Curro tranquilo mientras guardaba una carta dentro del jubón.-

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Dos faroles iluminaban las entradas al corto túnel desprendiendo una luz amarillenta a esas altas horas, bien pasada la medianoche, la negra oscuridad se ceñía sobre Setenil como extensa manta en cama de rico. El tema de cuernos era debate diario en el mentidero de las cuevas, donde el sol calentaba a mediodía, Santino soportaba miradas, dimes y diretes a su espalda y hasta un soneto de Quevedo le recitaban cuando no se encontraba presente.

Cuando tu madre te parió cornudo,

fue tu planeta un cuerno de la luna;

de madera de cuernos fue tu cuna,

y el castillejo un cuerno muy agudo.

 

Gastaste en dijes cuernos a menudo;

la leche que mamaste era cabruna;

diote un cuerno por armas la Fortuna

y un toro en el remate de tu escudo.

 

Hecho un corral de cuernos te contemplo;

cuernos pisas con pies de cornería;

a la mañana un cuerno te saluda.

 

Los cornudos en ti tienen un templo.

Pues, cornudo de ti, ¿dónde caminas

siguiéndote una estrella tan cornuda?

 

Esa tarde, al igual que muchas en su devenir semanal, Curro Galán abandonó su casa con la intención de beber unos vinos y comer algo en el mesón. Soltero, veinticinco años, alto, moreno con cabello largo, marcado por una cicatriz en la parte izquierda de su frente, “cosas de Flandes” decía Curro a quien se interesaba por ella. Formó parte de los tercios que combatieron y conquistaron el mundo, hombre alegre que gustaba de tentar a la suerte, sobre todo en el tema del amor y del juego. Su talante le proporcionó varios amoríos en el pueblo pero uno, Juanita la de Santino, le ganó la partida llevándolo varias veces a cruzar la barrera de lo permitido y lo prohibido. Esa noche, en el Callejón, quedarían rendidas las cuentas pendientes.

Llegado al mesón se encontró con el “padre cobijo”, conocido con ese sobrenombre por la cantidad de ayudas que prestaba a los desamparados, todos recurrían a su buena voluntad en estas fechas tan difíciles.

-Padre, siéntese y me acompaña en el almuerzo. –Le dijo Curro.-

-Nunca está de más algo de comida amigo, pero prefiero un vino, muchos pasan hambre y no quiero cargar mi conciencia cuando tantas familias no tienen que llevarse a la boca.

-Usted mismo, sea pues un vino.

Tomaron asiento en la mesa junto a la pared, bajo la ristra de ajos y el yugo, el mesón estaba lleno, el grueso camarero se movía con dificultad para servir las mesas mientras su hijo le ayudaba torpemente. La cocina la manejaban Aurora y Vicenta, hermanas que llegaron de Ciudad Real para casarse durante la repoblación de la zona. Hoy preparaban una olla podrida en los fogones, sobre una “trébede” mantenían una caldera que subían de vez en cuando con el “llar”, para retirar del fuego, luego, Aurora removía ayudada de la “trulla” los alimentos que iba cocinando. Todo el mesón se encontraba atrapado por el embriagador olor que desprendía la cocina, quien pudiese pagarse un buen plato seguro que terminaba agradecido, quien no, se conformaba con ver comer a los demás.

“SOLO HAY DOS LINAJES EN EL MUNDO: EL TENER Y EL NO TENER.”

Sancho Panza.

 

-La iglesia no pasa hambre, padre. –Dijo Curro.-

-Yo represento a una parte de la iglesia hijo, somos muchos los que buscamos en la ayuda a los necesitados el perdón de Dios. Es fácil criticar desde tu lado pero difícil ponerse en el nuestro. ¿Sabes una cosa amigo? Algún día la iglesia acabará, se terminará por no creer en nada, entonces llegará el momento de preguntarnos a donde ir. –Contestó a la afirmación el padre “cobijo”.

-¿A dónde ir?

-Claro, si no creemos en un lugar al que ir cuando nos llegue la muerte, ¿qué futuro nos espera?

-Pues no se padre, tal vez el mismo que ahora, o acaso cree usted que iremos al cielo. Siento decirle que a todos nos comerán los gusanos.

-Al cuerpo seguro, pero… ¿y el alma? ¿Dónde irá nuestra alma?

-La mía al infierno, no cabe ninguna duda. -Sentenció Curro Galán.-

-Si das por hecho el infierno, das por hecho el cielo.

-Bebamos un poco de vino y dejemos esta conversación tan aburrida. Ya veremos donde iremos querido amigo, y sobre todo quien nos esperará.

Llevó el hijo del dueño una “alcuza” con aceite y un “tabaque” con dos rodajas de pan candeal de miga blanca, una jarra de vino y un plato de chicharrones de tocino, sirvió en los dos vasos y brindaron por un futuro prospero el padre “cobijo” y Curro.

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ALMUERZO DE CAMPESINOS, D. DIEGO VELÁZQUEZ.

 

En la barra del sitio hablaban de lo mal que se encontraba el pueblo, el paso del Ejército Real vació los graneros y recaudó gran cantidad de cerdos y gallinas para su sustento, era el precio a pagar por la Real Pragmática firmada por Felipe IV y que liberó a Setenil de Ronda. Los ganaderos se quejaban de ese abuso y los agricultores de la falta de grano para el invierno, a cambio dejaron unos soldados viejos para instalarse y llevaron consigo a los jóvenes que quisieran luchar a favor de la corona española. Ese era el suceder en nuestra Gran España, reina del mundo conocido y que ahora se disponía a finalizar la Tregua de los Doce Años con Holanda, reforzando el ejército allí establecido para retomar el mando de la mar, últimamente denostado por culpa de piratas y comerciantes holandeses que al fin y al cabo eran los mismos canallas.

Setenil vivía ajeno a todas esas preocupaciones, su mundo se basaba en la era de trilla para sus cereales, el olivar, que emergía como nueva fuente de ingresos, y el monte de encinas donde criar cerdos para consumo y comercio con negociantes venideros. Los difíciles momentos que se vivían tenían su punto de inicio en la llegada de la soldadesca y en las campañas, que alejaban a las familias en busca de trabajo a la campiña sevillana y jerezana, pronto volverían con caudal ahorrado que ayudaría, junto a la promesa real de la Carta de Privilegios, incumplida hasta esa fecha, a crear un floreciente porvenir.

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Curro Galán salió del mesón para volver a su casa en las Calcetas, al salir se despidió del padre “cobijo” estrechando la mano de este y deseándole lo mejor. Luego echó una ojeada desde la plaza al Lizón, donde la albañilería estaba al orden del día en cuanto a obras, reformas de casas y, como no, finalizar por fin la iglesia de la villa, que daba la impresión de nunca acabar. Decidió dar un paseo a caballo, subir hasta la ermita de San Sebastián y rezar un Padre Nuestro y un Ave María en honor del infante, hijo de los Reyes Católicos, allí enterrado. Una vez tuvo al caballo con los arreos tomó el camino que llevaba hasta la ladera de arriba, dejando el camino al Tajarejo a la derecha, tomando la calle empinada una vez sales del callejón a la plaza.

La ermita de San Sebastián es un templo pequeño, construido para indicar el paso de sus católicas majestades por la zona y el dominio del ejercito de Dios sobre el de Alá. En su interior se respira la seca humedad y el olor de las velas encendidas en sus rincones. Los fieles que acuden al lugar suelen ir acompañados de alguna ofrenda floral y de alguna petición de amor, salud, trabajo o vuelta a casa de algún ser querido. Muchos son los que arrodillados pasan su puerta de arco para solicitar el ansiado perdón o el pago de alguna “manda” cumplida, a veces, desde el mismo inicio de la ladera se postran para hacer el camino en sumiso acatamiento divino.

Abajo en el mirador, ante la grandiosidad que ofrecen las vistas de este Setenil empeñascado, se puede distinguir el dolor sufrido, el valor empecinado de la resistencia, los amores idos, las vidas perdidas, las razones encarceladas y la sangre derramada durante el asedio sufrido por la villa. Hoy es lugar en creciente lentitud que se enfrenta a promesas e imposiciones de los nuevos tiempos, a suertes y envidias, a consejos de aconsejados, a su propio destino.

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Juanita la de Santino era una mujer bella con cara de ángel endemoniado, morena de quitar el sentido y provocar vértigo en los hombres, sobre todo debido a su prominente trasero y especiales razones delanteras. Mujer sabedora de su encanto del cual alardeaba en forma de generosos escotes, paseando su belleza cada mañana a la hora de pasar por la plaza camino del mercado, su alegre carácter tenía cautivados a todos los jóvenes y a los no tan jóvenes. Su marido era dueño de las mejores tierras de cereales y de un encinar donde criaba los mejores cerdos de la comarca, un rico y poderoso señor rural que presumía de poder y de mujer, por ese orden, y era envidiado por todos, por todos menos por uno, Curro Galán, este solo poseía lo que trajo de sus aventuras en las guerras y una planta de hombre fascinante que atrajo en demasía a Juanita.

Se conocieron a la llegada del soldado a Setenil, mientras se instalaba en una casa que le cedieron en las Calcetas. Juanita llegaba calle arriba desde las cabrerizas, donde bajó a pasar un rato con las lavanderas del servicio, Curro, al verla, se desquitó el sombrero y con reverencia incluida le guiñó el ojo, ella, con una sonrisa agradecida del gesto le devolvió el saludo con un ademán de cabeza. A partir de ese momento todo fueron bajadas al río, paseos por el recinto amurallado del cerrillo frente a la villa, mañanas en misa donde las miradas se buscaban bajo el blanco celestial de las paredes y muchas, muchas noches de saltar el balcón de la casa de la bella mujer.

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 A oídos del marido llegaron los rumores de la cornamenta, eso provocó que espiase a su señora en alguna noche, aunque nunca logró éxito en sus desvelos nocturnos, si los vigilantes de Santino eran precavidos, mucho más lo eran las sirvientas de la señora. El señor dejó de pasar por la alcoba, alegando que apenas si podía atravesar la puerta pues los cuernos chocaban y le impedían el paso, Juanita se temió lo peor y decidió escaparse junto a Curro Galán antes de que sucediese lo que se preveía por la actitud de su marido.

-¡Ni se te ocurra salir a la calle! –Le gritaba el cornudo marido cuando la veía arreglarse.-

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El soldado, llegado al pueblo tras sus campañas en los tercios, no era partidario de huir, era hombre de lucha y para nada la palabra cobarde existía en su diccionario. Habló con Juanita, una tarde que su marido tuvo que ir a Ronda y quedaron en verse en el mirador del Lizón.

Desde el Lizón se observa en la distancia los encinares lejanos dibujados bajo el cielo de esa tarde, se ve igualmente como triste y desolada se encuentra la calle principal que acomete el recorrido más importante del pueblo, desde las cuevas de abajo hasta la empinada calle que llevaba a la salida de Olvera y El Gastor. Allí se presentó Juanita, vistiendo de negro recatado, con un velo que cubría su rostro dañado con un moratón en el ojo derecho, fruto de una borrachera de Santino la noche anterior. La señora se hizo acompañar por una de sus sirvientas que quedó a una distancia prudente de ambos, pretendiendo no entorpecer la conversación con su presencia, manteniéndose alerta de las llegadas por los anexos, todo cuidado era poco. Tras ellos se elevaba hasta el cielo la Torre del Homenaje, silenciosa, aguzando los sentidos para retener en sus muros todo cuanto los años, muchos ya, le iban mostrando de las personas.

-Debemos escapar juntos, mi vida corre peligro, paso las noches en vela sin saber si llegaré al día siguiente. ¡Escapemos! –Suplicó Juanita en su primera frase.-

-Nada es tan fácil como escapar, ¿pero… a dónde? –Contestó Curro temeroso de la situación venidera.-

-Donde sea que estemos juntos, solo eso deseo.

Curro no se percató del morado ojo de la bella Juanita, el velo y el maquillaje lo encubrieron ante cualquier mirada inoportuna, ella no quiso contarle lo ocurrido, bastante tenía ya con la inaguantable situación en casa como para empeorarla aun más.

Acercaron sus manos en una caricia ínfima, separados apenas un metro el uno del otro, mirando a distinto sitio para disimular, Juanita mantuvo sujeta con fuerza la mano de Curro un instante, sintiendo a través de la piel palpitar su corazón, desenfrenado, perturbado, vagando en un mar de dudas.

-Dejemos pasar un tiempo, poco, no podemos huir sabiendo que la ley nos perseguirá el resto de nuestros días. Mañana volveremos a vernos aquí, si no puedes venir envía a alguien de confianza y le daré una respuesta segura, pensaré en la forma de estar juntos en adelante.

Juanita lo miró a los ojos, penetrando hasta su interior, indagando su pensamiento, percibiendo frialdad en las palabras que de su boca salían.

-Así haré, hasta entonces no volveremos a vernos.

Pasó su mano por la mejilla del amante eterno, suavemente, rozando con sus dedos los labios de este, luego se alejó junto a Carmela, su más fiel confidente, él la observó mientras bajaba por la pequeña cuesta que llevaba hasta la calle del Príncipe, pensando en lo hablado, intentando comprender como era posible haber llegado a ese extremo por una mujer, él, que se prometió a sí mismo no volver a caer en brazos de amoríos tras una mala experiencia. Especulaba con ese futuro planteado por Juanita, no lo veía claro, ¿Qué harían? ¿De qué vivirían? ¿Dónde? Se acordó del padre “cobijo” y sus predicciones, un mundo irreal le acechaba, una vida incierta.

Con esas preguntas llegó hasta su casa, decidió no tentar a la suerte y huir… huir pero en solitaria escapada, alejarse del amor, dejar atrás todo y comenzar de nuevo en cualquier parte, seguramente alistándose de nuevo para otra campaña, Flandes requería de hombres curtidos en batalla y Curro lo era. Preparó una talega con algo de comida que le quedaba en casa, un cuarto de queso, un chorizo, un trozo de carne seca y medio pan moreno, la bota estaba llena de vino de esa tarde que la colmó en el mesón. Todo listo, esperaría a la noche y luego huiría, antes dejaría una carta para Juanita, se la haría llegar por debajo de la puerta al padre “cobijo”, él se la entregaría en su nombre con total seguridad y con disimulado trato.

¡Qué verdadero dolor,
y qué apurado sufrir!
¡Qué mentiroso vivir!
¡Qué puro morir de amor!

Francisco de Quevedo. (Redondillas)

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Juanita pensaba enojada y dubitativa en la situación, sentada en su sillón no dejaba de dar vueltas sobre lo acontecido esa tarde tras su encuentro en el Lizón. Las palabras inseguras de Curro le preocuparon, su clara idea de huir con él no llegaba a tomar toda la fuerza que en un principio pensó, algo no estaba del todo claro y continuaba manteniendo desconfianza en sus divagaciones. Aborrecía sobremanera a su marido, ya no lo amaba, nunca lo quiso, se casó por dinero, nada más lejos de la realidad, su matrimonio la mantenía como señora de bien, apenas si veía a Santino que se pasaba las horas en el campo, trabajando y pendiente del ganado como cada día de la semana. Su esposo la solicitaba en las noches para desahogo y rápidamente quedar dormido por el agotamiento, paseaban juntos algunos días señalados, asistían a misa religiosamente y en momentos determinados, visitaban a los amigos en ocasiones especiales y ahí acababa su relación. Encontró en Curro ese amor que no tenía en casa, era tierno con ella, la besaba con dulzura y la piropeaba con adulaciones continuas, cuando hacían el amor disfrutaban hasta quedar extasiados, ambos se querían, eran amantes en la oscuridad, recelosos del claro día y cómplices de una relación prohibida aunque necesaria para su vivir diario.

El paso de las horas conllevaba nerviosismo hasta la casa de Santino, la noche llegó y Juanita terminó por acostarse, inmersa en la duda y el desencanto. Comprendió que no era posible la relación, que Curro Galán no era su marido y que la aventura tocaba su fin, debía restablecer su relación con Santino, pasó por alto el golpe de la noche anterior queriendo entender los motivos incomprensibles de su marido. Lo engañó con un desconocido, varias veces, alcanzando incluso a no existir para su marido, seguramente su amante no pensaba igual que ella, un pasatiempos, eso pensó que significaba para Curro. No podía conciliar el sueño y llamó al servicio para que le llevaran una bebida caliente y relajante.

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La boca del túnel que enfilaba la plaza bajo el Lizón se encontraba vagamente iluminada por el farol de entrada a este y por el de la salida, en su interior, una penumbra con sentido de acabamiento parecía haberse establecido deseosa de recaudar algún alma, merecedora o no, que acompañara a la muerte hasta su morada.

Curro Galán escribió unas cortas líneas en un papel, en el reflejaba su sentir y su desdicha al abandonar de ese modo a su amada, reconociendo su cobardía ante el destino incierto y dejando claro que en otras circunstancias, en otro momento, en otro lugar tal vez todo hubiese sido diferente. Expresó su amor inconcebible y su deseo de no olvidar nunca los instantes vividos, reveló con palabras lo que el corazón le dictaba, dejando una lágrima en cada letra, en cada frase, estallando en una locura de indecisión que su juicio le llevó a finalizar el escrito con el primer terceto de un soneto del fénix de los ingenios;

“creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.”

 Lope de Vega (Desmayarse, atreverse, estar furioso)

 

Al llegar al final de la cuesta envuelto en su desgastada capa, miró a ambos lados de la calle, a derecha y al frente, nadie vio y continuó andando, quería dejar la carta en la casa del padre “cobijo” antes de partir a esas horas de la noche. La llegada de la mañana le mantendría bien alejado de Setenil y de Juanita, a pesar del intenso dolor que sufría por amor, sentía alivio ante la decisión tomada, decir adiós al amor deseado a cambio de nuevos aires y nuevos caminos para volver a la aventura, Flandes esperaba en su momento más álgido siendo buen lugar para morir, o al menos para intentarlo.

Pensaba en esas cuando penetró en el túnel del Callejón, lugar de desventuras, duelos y enfrentamientos a navaja abierta por decenas de cosas pasadas en esta vida. Corría una ligera brisa que cortaba la piel de la cara con su suave intención, el suelo se encontraba ligeramente mojado por unas gotas de agua caídas horas antes, las paredes se mantenían húmedas y el paso interior oscuro a pesar del esfuerzo de los faroles por mantenerse alertas. La calle pareció alargarse en esa última noche en el pueblo, al llegar al centro del pasaje oyó pasos a su espalda.

-Llegó tu hora Curro…

 

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Llegado el momento en que uno puede despedirse de todos sin hacerlo es mejor tener una espada en la mano. Eso pensó el acorralado protagonista cuando uno de los dos que entraban por el lado de la plaza se acercó confiado y valentón hasta él, un aviso de Santino para que tuviera cuidado no le llegó a tiempo y en menos tiempo del que se tarda en decir “correviento”, Curro Galán le tenía clavada en el cuello la toledana, saliendo por la parte trasera de la garganta, la nuca, la afilada punta del acero.

El compadre que acompañaba al desgraciado ensartado tuvo a bien prevenirse y arrimó la espalda a la pared mientras se acercaba con pasos tímidos, Santino no quiso perder compás de avance y por la derecha del acosado le entró valiente con el terciado en posición justa,  buscando un hueco por donde entrar a matar. Una vez a tres pasos de este le acosaron con una tirada por ambos partidos, el de Flandes estaba curtido en estas lides y aprovechó su capa para arrojarla a la cara de Santino, usando seguido su vizcaína con destreza, asestando un tajo hasta la guarnición en el costado del enmascarado.

-¡Tus muertos joputa! –Gritó el herido de muerte.-

-¡Los tuyos cabrón! –Sentenció Galán tras dar un rodillazo en la cara de su agresor y tumbarlo en el suelo medio muerto.-

Santino se deshizo de la capa y encaró al amante de su mujer, le tiró una estocada buscando su corazón, Curro realizó un esquive aunque resbaló con el agua del suelo y la sangre derramada por el otro adversario, pudo sujetarse a la pared pero Santino anduvo rápido y le lanzó un afilado tajo que le cogió el brazo izquierdo y le abrió herida sangrante al amante. Un paso atrás con intención le salvó de una muerte segura en ese momento, ese movimiento envalentonó al cornudo marido que tiró de corazón y bravura lanzándose en busca del remate final, Curro lo vio venir y sorteó la intención con un contra-arresto de toledana, dejando fuera de posición al atacante y quedando a merced del agredido que no dudó en clavar su vizcaína en el pecho de Santino.

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Abrazado a Curro Galán quedó un instante el marido consentidor, mirando sus ojos mientras por la boca echaba grumos de sangre en borbotones, sonriendo mientras sucumbía, apretó fuerte en su abrazo manteniendo cerca de él a Curro, ganado tiempo suficiente para sacar su pistola tercerola y propinar un disparo en el pecho del amante de su mujer.

-Ni para ti, ni para mí. -Le dijo muriendo el marido agraviado.-

Curro salió despedido por el impacto y cayó de espaldas contra el mojado suelo, oprimiendo su pecho con las manos y viendo como se le iba la vida, intentó levantarse apoyando sus manos en los muros, tirando de las piernas en un ejercicio de esfuerzo y voluntad, resbaló cayendo de nuevo al suelo, se arrastró y consiguió apoyar la espalda contra el muro, ahí se rindió. Levantó la mirada al oír un grito, apenas pudo distinguir una figura a la entrada del túnel, borrosa imagen que se acercaba hasta él.

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Juanita oyó el disparo en la puerta de su casa, tras ser avisada de la salida del señor con espada al cinto y pistola cargada, imaginó lo peor y corrió calle arriba hasta llegar al Callejón. La escena permaneció en su retina durante segundos inacabables, cuatro cuerpos en el túnel yacían tendidos sobre el frío suelo, sin vida, sin pena, sin gloria, se fijó en Curro apoyado en el muro, sentado con las piernas estiradas, conoció a su marido por la capa y el sombrero a su lado, yacía boca arriba con una vizcaína clavada en el pecho, a poca distancia de él dos cuerpos más que no conoció ni le interesaban. Comenzó a andar hasta Curro que nuevamente pretendía levantarse apoyándose en la toledana, Juanita llegó hasta él y le habló desconsolada.

-¡Curro! ¡Curro! ¿Qué locura habéis cometido?

Él la miró detenidamente y nada pudo decir, cayó de rodillas y luego de costado, sin vida, muerto por huir del amor, o muerto por hacerle frente, al fin y al cabo muerto. Ella observó la carta que sujetaba en la mano ensangrentada, la cogió y distinguió su nombre escrito en el papel “A mi querida Juana” entonces lloró, lloró ríos de lágrimas, lanzó un grito ahogado, mudo, y se derrumbó.

El Callejón quedó ensombrecido por la pena, por el dolor, por la tristeza, comenzó a llover, a llover sangre.