FÁBULA DE LAS CARAS DE LA CLICA

Años de precariedad asolaban a los términos rurales, tiempos difíciles para quienes dependían  de otros en lo que a trabajos se trataba. Todo un mundo de ignorancia, padecimiento, desilusión, hambre y desconsuelo de tantas almas abandonadas, familias alejadas de las más pequeñas y básicas necesidades, un mundo agrario severo con sus vecindades.

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La noche trajo consigo un diluvio que no esperaba nadie, por si no era poco el miedo que, durante el día, conservaban en el cuerpo debido a la funesta guerra que enfrentaba a las dos España, la de los buenos y la de los malos. Una España que enfrentaba a familias, amigos y conocidos, un país con miedo a que despertase un siguiente día, esperando la noche con desasosiego, pasando las horas meditando sobre un futuro incierto.

El fuerte aguacero golpeaba el tejado de la casa con violencia, calando la estancia por un punto determinado en una esquina, dejando pasar una gotera por el centro junto al candil colgado, tres velas iluminaban el pequeño cuarto, apenas tres metros de ancho por cuatro de largo. Un puchero sin apenas alegría hervía sobre el fuego de unos troncos, una mesa con un hule desgastado, un trozo de pan esperaba a los comensales, dos sillas de madera y esparto daban la espalda a la blanca pared, donde un crucifijo era la decoración existente junto a las figuras esculpidas en la pared.

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Un rayo iluminó el sitio con un destello, seguido de un quejido celestial que irrumpió en toda la hondonada, como si la quisiera desarraigar de la tierra la casa donde se hallaban. La pequeña cascada cercana aumentó su caudal hasta llegar casi a la misma puerta, por donde pasaba tras burlar la arboleda y el cañaveral. La lluvia, por momentos, cesaba unos minutos, dando paso a un silbido suave y prolongado, con altibajos sediciosos, provocado por el viento al recorrer las paredes del escarpado río. Frente a la casa, una enorme avenida de agua, pasaba como un arroyo excedido, arrastrando ramas, troncos, llevándose a su paso el pequeño huerto de sustento que con arduo trabajo cuidaba la madre.

El padre acurrucaba con cariño a los chiquillos, abrigándolos en una manta a pesar del calor existente, era un comienzo de verano extraño el que se vivía ese junio en Setenil, a todos sorprendió el aguacero días atrás y mucho más el diluvio de esa noche. Manuel tocaba la frente febril de su hija mediana, Inés, mientras jugueteaba con las manos de Mario, el hijo pequeño, Domingo, el mayor, se mantenía serio con los ojos abiertos, pendiente de la puerta donde golpeaban los troncos que arrastraba la riada.

Isabel, la madre, retiró el puchero del fuego y sirvió en los tres cuencos que tenía para los niños, su marido y ella esperarían a que terminasen de comer, luego lo harían ellos. Mas asustados que con hambre se sentaron a la mesa, intentando controlar el temblor en las manos para que no repiquetease contra el cuenco en forma de redoble. A pesar de quemar, cada sorbo era recibido en el estómago como gloria, nada más probarían, exceptuando el vaso de leche matinal, hasta la tarde siguiente cuando el padre volviera a casa.

Domingo fue el último en llegar, como siempre, trabajaba de porquero en una dehesa  cercana, allí entró con nueve años y desde entonces no faltó un día al trabajo. En la dehesa conocía una encina de bellotas dulces y cada semana llevaba a casa una bolsa de ellas para que su madre pudiese hacer una sopa para todos. Esa mañana habló con el patrón sobre las inclemencias del tiempo que tenían, caluroso para los puercos, estos necesitaban moverse y, debido a la calaza, se encontraban bastante holgazanes, esa obstinación sacaba de sus casillas  al joven de doce años. Frasco, un viejo porquero, le enseñó a utilizar una vara y de ella se  ayudaba a la hora de poner en orden a los guarros y cambiarlos de lugar según se precisara, era un experto en su trabajo a pesar de la edad. Las pocas pesetas que cobraba venían bien en casa y, aunque él todo lo entregaba en casa, su madre le guardaba ahorros en una lata por si más adelante tuviese que ir a buscar futuro a la ciudad.

María caminaba al colegio todos los días y a la vuelta su madre la apoyaba en casa con clases particulares. Era asustadiza, siempre iba y venía corriendo, temiendo que algo le saliese al paso en el camino. Esa misma tarde, bajo el pino piñonero, a resguardo del sol y aprovechando el frescor de la fuente cercana, Isabel ayudó a su hija de diez años con los deberes, corrigiendo un texto y practicando los verbos. La madre le preguntaba mientras zurcía unos calcetines y remendaba un pantalón descosido de Domingo, era una excelente costurera, su tía la enseñó de jovencita y nunca dejó de practicar debido a las miserias de la casa.

La niña era talentosa, al verla sonreír tumbada sobre suelo, con los pies apoyados en un tronco, Isabel se sentía dichosa, no contaba con dinero suficiente para comprarle una falda nueva o un jersey, pero su habilidad como costurera ayudaba para mantener el vestuario de todos los de la casa más o menos en buenas condiciones. María terminaría el curso con muy buenas notas, eso le valió una invitación para pasar dos semanas en Puerto Real, como premio a su excelente comportamiento y destacadas evaluaciones, su madre prometió comprarle una falda, una camisa y unas alpargatas nuevas si conseguía el premio, ahora debatía en su cabeza cómo conseguirlo.

El pequeño Mario pasó esa mañana en casa de su tío José, jugando con los amigos en el río, persiguiendo los peces que cerca de las rocas aparecían y desaparecían sin explicación para ellos, de pronto veían muchos y segundos después, tras lanzarles una piedra, ya no quedaba ninguno. Ese misterio cautivaba sobremanera a los chiquillos, pasaban ratos y ratos a la espera de poder ver los peces grandes, estos eran más recelosos y no se atrevían a salir al oír los gritos de los zagales, tumbados sobre los salientes rocosos en las cuevas del sol y la sombra. Varias madres acarreaban los canastos de ropa que habían recogido tras tender al sol la ropa lavada en el río, regañaban a los chiquillos y estos comenzaban a correr en busca de refugio para que no los conocieran. Así pasó unas horas Mario, hasta que su tío lo llevó hasta la viña del Vizcaíno donde lo recogió su madre, José le entregó una talega con pan y un litro de leche, “ojalá pudiera darte algo más Isabel.” Tras acompañarla hasta la Clica, donde vivían ella y su familia, se daba la vuelta y bajaba por el colegio de Casas Nuevas.

Manuel, como cada jornada de diario, subió a la plaza bien temprano, sentándose en las escaleras, esperando por si algún señorito le pisaba el pie indicándole que ese día podía ir a faenar con su cuadrilla de trabajadores. Llevaba dos meses sin trabajar, uno de ellos porque se cayó de unas escaleras mientras encalaba una fachada, el otro porque no encontraba trabajo. La familia de su mujer no le perdonaba que la hubiese preñado antes de la mayoría de edad y desde entonces, doce años atrás, le hicieron la vida imposible a ambos, retirándole la palabra a la hija e intentando amargar la vida a Manuel. Su condición de trabajador del campo no era  acorde con las pretensiones de los padres de Isabel, no por ser trabajador, sino por ser pobre, querían un futuro mejor para su bella y dulce hija. Varios enfrentamientos en días señalados, como la feria, la romería o la semana santa, acabaron en denuncias por parte de los hermanos de Isabel, la Guardia Civil tomó represalias contra el padre de los niños, acusándolo de alborotador y delincuente, eso marcó el devenir futuro del matrimonio, pocas opciones de trabajar y menos aún de relacionarse con los amigos, estos sufrían igualmente las iras de la familia de Isabel. En el pueblo todos eran conscientes de la buena persona que era Manuel, hijo único al morir su madre un año antes de preñar a Isabel, su padre murió en la guerra.

Isabel era la hija de una familia bien avenida en estos tiempos difíciles, gente de tierras y ganados, dos hermanos, una hermana y ella. Su padre le negó la palabra al saber de su embarazo, echándola a la calle, ignorando a su yerno y a sus nietos cuando estos se acercaron a pedirle por favor que visitara a su hija enferma. Ella sufría de jaqueca, a veces le resultaba imposible ver la luz del día por los molestos dolores que llegaban a dejarla casi ciega. Una de esas veces, viviendo en la Clica, la ceguera permaneció dos semanas, su hijo mayor y su marido bajaron al pueblo, tragándose su orgullo, o el poco que ya les quedaba, pidieron a don José que fuese a visitar a su hija y si era posible que la ayudara, “abuelo por favor, mamá se encuentra muy mal,” –le dijo el pequeño con nueve años entonces.- “No conozco a esa mujer de la que habláis” –fue su respuesta tras escupir en el suelo y maldecir al cielo.-

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Isabel se recuperó, aunque era común que cada año, dos o tres veces, sufriera la enfermedad, su padre nunca fue a visitarla, su madre tampoco, sin embargo, envió a un médico conocido de la familia para que la visitara. Ella aceptó y tras una intensa revisión por parte del galeno, este le diagnosticó el problema, le recomendó unos paños de agua en frente y cuello junto a la ingesta abundante de agua, pero sobre todo nos dijo que mantuviéramos silencio, “la paz es el complemento perfecto para el alma, ayudará a evitar el dolor, no acabará con la migraña pero al menos se encontrará más apacible durante su padecimiento.” La verdad era que desde entonces, y siguiendo los consejos médicos, mejoró bastante.

El agua volvió a golpear la puerta abriendo de par en par, llevando al cuarto un golpe de agua  que derribó la mesa, apagó el fuego y llenó la estancia convirtiéndola en una alberca. La  comida quedó aguada en un abrir y cerrar de ojos junto a los cuencos flotantes, todo a pesar del intento de Isabel de agarrar por el asa la cacerola con el puchero. Los niños comenzaron a gritar, Domingo cogió en brazos a su hermano y Manuel hizo lo mismo con su hija, la madre situó la mesa de nuevo a cuatro patas y allí subieron los niños mientras ellos, con la ayuda de su hijo mayor, cerraron la puerta empujando con fuerza y situando un tranco para evitar se abriera de nuevo. Comenzaron a achicar agua por la pequeña ventana, como si de un barco a la deriva se tratase, la tormenta empeoró y el techo cedió por el centro, por donde la gotera,  provocando una nueva entrada de agua. El chorro caía sobre las cabezas de los dos hermanos subidos a la mesa, se abrazaron asustados al escuchar un nuevo trueno que estalló en el cielo. Una de las vigas se partió y vino a dar en la cabeza de Isabel, produciendo una raja y dejándola inconsciente sobre el agua de la habitación, Domingo la cogió en brazos y miró a su padre, esperando una reacción de este. “Intentemos llevarla a la casilla de la leña.” –Dijo.-

Manuel sostenía en brazos a su esposa a la par que Domingo abría la puerta para salir fuera, le habían pedido a los niños que no se moviesen de lo alto de la mesa, que el agua pararía de un momento a otro. A pesar del agua que bajaba por ambos lados del pino piñonero, consiguieron atravesar los quince metros que los separaban de la habitación donde guardaban la leña, esta se encontraba situada de espaldas a la avenida de agua, circunstancia que la mantenía seca y sin peligro. Al meter dentro a la madre, a la vez que la acomodaban, se oyó un fuerte ruido mezcla de vigas resquebrajadas, cañas desgastadas y mazacote de barro, salieron fuera, a la oscuridad que exponía el lugar y sintieron como el techo de su casa cedió cayendo  derribado sobre los niños pequeños.

La desesperada situación, con el agua por las rodillas, el sonido angustioso del repicar del agua sobre la chapa, el resbaladizo suelo y los chillidos de María y Mario dentro de la casa,  provocaron que el padre corriese sin sentido, sin visión hacia ellos. Las voces de precaución que le lanzó Domingo no llegaron a tiempo a los oídos de Manuel, quien tropezó liándose un pie en una zarza, perdiendo el equilibrio viniendo a caer por el terraplén, ahí quedó, en un alarido ahogado, nunca dieron con su cuerpo, algunas malas lenguas lo acusaron de abandonar a su familia a merced de la tormenta, nadie dudó de su valentía a pesar de los decires.

Domingo corrió en socorro de sus hermanos, saltando la tapia en lugar de intentar entrar por la puerta, así consiguió subir a una de las paredes y comprobar que el techo había cedido cayendo sobre la habitación. La puerta se cerró debido a la cantidad de agua que entraba por la techumbre caída, un candil se mantenía encendido en la pared, iluminando vagamente el agua en la estancia, dando luz a los dos pequeños cuerpos que flotaban bocabajo. Se lanzó al agua sin miedo, recuperando primero a su hermana y subiéndola a la mesa que flotaba, luego fue por su hermano, a quien cazó por un pie y tiró de él. Un rayo cayó sobre el árbol cercano a la puerta, rajando su tronco, incendiando sus ramas, surgiendo en mitad de la noche una figura fantasmal envuelta en llamas. Nada distrajo a Domingo, cogió a Mario por los brazos y lo situó junto a su hermana, seguido se puso a sostener la mesa como pudo, convirtiéndola en una balsa mientras en agua le llegaba por encima de la cintura. La lluvia cesó y Domingo ni se percató de ello, la habitación quedó húmeda pero sin agua en su interior, apenas un palmo, la riada del exterior se calmó, y el silbido del viento se detuvo. Todo murió en ese instante para Domingo, quien agotado por el esfuerzo se abrazó a sus hermanos quedando dormido.

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La amanecida llegó trayendo consigo el canto de los pájaros, los dulces rayos solares se colaban por entre las ramas de los árboles, el olor a encina quemada junto al de tierra mojada  ocupaban todo el lugar y el sabor de la humedad se eternizaba en el aire. Tiritando de frío se despertó como quien aleja de su pensamiento una horrible pesadilla, bajo sus brazos yacían sus hermanos, a quienes miró con amor, viendo como mantenían los ojos cerrados y la cara blanquecina, su hermana tenía una hinchazón en la frente, seguramente de un golpe al caer el techo, eso la arrojaría al agua y su hermano, en un intento por salvarla, fue a parar donde ella.

Se levantó y puso las dos sillas en pie, luego agarró a sus hermanos y los situó en ellas mientras daba la vuelta a la mesa, una vez situada en el centro puso los cuerpos de sus hermanos uno junto al otro. Quitó la tranca de la puerta y asomó la cabeza, barro, retamas, ramas y troncos se veían por todos lados, el suelo era un lodazal resbaladizo, aun así se asomó al terraplén con la esperanza de encontrar a su padre y nada halló. Anduvo cuesta arriba, resbalándose y cayendo al suelo un par de veces, se apoyaba en un palo que sostenía con fuerza para no ser llevado cuesta abajo, con ahínco consiguió alcanzar la casita de la leña. Cruzó el escalón tras abrir la puerta y vio a su madre tumbada en el suelo, sin vida, se acercó hasta ella y la abrazó, llorando en espera de consuelo, pidiéndole perdón por no haber podido ayudarla a ella y a sus hermanos, tampoco a su padre, se sintió culpable de lo sucedido, doce años tan solo acumulaba en su alto y fuerte cuerpo.

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El sol calentaba el lugar llegado el mediodía, el barro del suelo se convertía en pegajoso lodo imposible de quitar de los descalzos pies del hijo mayor. Ayudado de unas herramientas, Domingo, comenzó a terminar de tallar las dos caras que en la pared de la habitación había esculpido con esmero, eran dos caras de niños, su hermana y su hermano, jóvenes como lo eran ayer y como lo seguirán siendo en su clarividencia. Al terminar esa tarde el trabajo se arrodilló en el suelo y pidió a las imágenes que envejecieran como no pudieron hacerlo sus hermanos, que vivieran dentro de la piedra las vidas que no pudieron fuera de ella. Pidió al sitio que cobijara a sus hermanos, que el tiempo borrara el dolor de sus caras, para que cada persona que por allí pasase nunca supiese el sufrimiento de esa noche pasada.

Las figuras de la pared, talladas en relieve y sobre pedestales distintos parecían hablarle, prometiendo en susurro que envejecerían allí mismo, con el curso del tiempo, las dos caras esculpidas lo miraban con amor, fijó la vista en sus hermanos y luego en las caras, así los recordaría.

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Domingo metió la mano en un agujero de la pared, cogió la lata que su madre guardaba y echo sobre su mano las aproximadamente ochocientas pesetas que había ahorrado su madre con sus pagas, ahorros de tres años de trabajo por si algún día necesitaba de ellas para ir a buscar mejor vida. Había llegado el momento de irse, de dejar atrás todo y comenzar una nueva vida. Recogió en un hatillo unos calcetines secos, una camiseta y los pantalones que le regaló su tío por su cumpleaños, todo guardado con recelo en un hueco de la pared, comenzó a subir por entre las zarzas y los árboles, alcanzando la parte superior de la quebrada Clica, dirigiéndose por el carril andando hasta llegar a la carretera que llevaba hasta Alcalá del Valle, una vez allí pondría destino a Campillos y luego Antequera, como un día le indicó su padre.

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Isabel, tiempo atrás, le comentó a Domingo que su prima, la que venía en los veranos y le enviaba regalos en navidad, vivía en Madrid, le escribió su  dirección en una hoja y anotó una posdata al lado. Le comentó que si alguna vez necesitaba un favor no dudara en pedírselo a su prima, puede que en algún momento no estemos aquí para aconsejarte, mi prima sabrá cuidar de ti si lo necesitas.

Hermenegilda, más que prima era amiga, hija de una hermana de su padre que se casó con el embajador de Cuba en España, todos los meses le enviaba dinero y mantenían una correspondencia fluida. Durante los veranos la visitaba, quedándose a dormir en la Clica al menos tres de los siete días que pasaba en Setenil. Cariñosa y buena siempre le dijo que se fuese a Madrid a vivir, Isabel pensaba que con el tiempo su familia olvidaría lo sucedido y volverían las aguas a su cauce, pero han sido otras aguas las que han intervenido.

Cuando Domingo entregó la nota a la sirvienta dos meses después de la terrible tormenta, esta le pidió que esperase en la salita para invitados la llegada de la señora que se encontraba fuera. Le sirvió un refresco de naranja y un plato de galletas, por su aspecto desnutrido pensó Clotilde que llevaba un tiempo sin probar bocado.

Al llegar Hermenegilda a casa fue informada de inmediato, leyó la nota dándole un vuelco el  corazón, se apresuró hasta llegar al salón donde el hijo mayor de su prima Isabel dormía, tumbado sobre el tresillo, delante de un plato de galletas repleto y un vaso de refresco intacto. Entonces pidió a su marido, el embajador, que lo subiese a la habitación y lo acostase, luego se sentó, llorando mientras miraba por la ventana.

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Imagen número 3 corresponde al óleo en lienzo «La muerte de la madre» de Juan Emilio Hernández Giro

(Cuba, 1905)

Imagen número 9, Lady Mary Crawley de Downton Abbey, interpretada por Michelle Dockery.

 

5 comentarios en “FÁBULA DE LAS CARAS DE LA CLICA

  1. Rafael Vargas Villalón

    Porque ¿No se trata de eso? De contar y escuchar, de poblar las imaginaciones de un niño, de crear un universo de seres y sucesos increíbles, de sentarnos alrededor del fuego para recrear fábulas y mitos, palabras y pensamientos, de parir héroes y monstruos, de tratar de entender el mundo en definitiva. Visto de esta manera, que más da que el cuento sea cierto o inventado.

    «Cuando la razón dormita, los miedos despiertan, lo atávico se despereza, los temores primitivos nos poséen, las pesadillas plagadas de engendros y fantasmas, de seres imposibles y espectros que vagan errabundos nos invaden sin tregua…»

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  2. Rafael Vargas Villalón

    Preciosa historia.
    Muchas veces es mejor no plantearse si algo ocurrió de verdad o es simple fabulación. Lo mejor de la obra de los hombres forma parte de ese universo de cuentos, leyendas y mitos que han dado cuerpo al alma humana y con el que los hombres han explicado el universo en el que viven.
    Nadie sabe quién esculpió esas caras. Podemos investigar, elaborar hipótesis o imaginar, como en este cuento, pero nunca sabremos ni quién lo hizo y ni sus razones.
    Como ha hecho Sebastián, que cada uno imagine lo que sienta.
    Un abrazo

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    1. Como indica el título es una fábula, inventada para dar un poco de vida a esas caras tan especiales y desconocidas. Con respecto a la posibilidad de que sean de época romana lo dudo, aunque seguramente quien lo ha publicado tendrá sus razones para afirmarlo. Un saludo.

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      1. Anonimus

        Pues la verda que eh pasado un buen rato leyendo su fabula mis mas sinceras enhorabuena me a gustado mucho para se una fabula parecia algo real .por unos minuto me a trasladado a ese lugar que conosco muy bien .. por otra parte cierto que no ay apenas informacion de esas caras una lastima como tanto otros lugares de setenil..animo para que sigas creado mas fabulas un saludo

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