Amanecer.

Cada mañana, antes de amanecer, José y Diego se dirigían al trabajo recorriendo el camino que los separaba de la finca, con las azadas sobre el hombro y las talegas colgadas caminaban unos cinco kilómetros para llegar a buena hora. Muchos eran ya los años que sin faltar un solo día, ambos caminaban desde la plaza del pueblo donde se encontraban hasta las tierras de labor de don Armando Venidero. La siembra, en este caso de la patata, requería de mucha atención en la labranza y cuidado del terreno, pronto llegaría la recogida y muchos puestos de trabajo dependían de esa buena faena que ellos ejercían.

A mitad de camino tomaban descanso en las piedras que en su día colocaron para esa parada necesaria, sentados sobre ellas, con la espalda apoyada en un árbol esperarían el nacimiento del nuevo día, un crepúsculo se extendería en toda su inmensidad ante ellos creando haces de luz cada vez diferentes, llegaría entonces el amanecer de una nueva jornada.

Relataban con miedo lo sucedido esa noche pasada en una de las casas marcadas del pueblo, varios hombres conocidos por todos, entraron y se llevaron a la familia de Ramiro, un buen hombre que trabajaba en la panadería y días atrás tuvo la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado y el momento inoportuno cuando iba a tirar unos sacos de harina vacíos. Los dos trabajadores hablaban sobre el tema cuando oyeron voces en la cercana hondonada, gritos de mujer y ruegos de clemencia por parte de un hombre.

-José, -comenzó diciendo Diego a su amigo- esa voz me es familiar, acerquémonos a ver qué pasa.

-Sabes bien lo que pasa, no es necesario siquiera acercarnos, lo que va a ocurrir…

No terminó de decir la frase cuando un disparo sonó en el sitio, los dos quedaron en silencio, apoyaron las herramientas y la talega en el suelo junto a las piedras del camino, cruzaron mirada y con un gesto indicaron unos matorrales alejados, se aproximaron con sigilo y cuidado quedando tras ellos intentando ver lo que ocurría.

Un coche negro mantenía las luces delanteras encendidas, iluminando con su claridad un hombre tendido sobre el suelo con lo que parecía un disparo en la nuca, la sangre que se distinguía alrededor de la cabeza lo confirmaban. Junto a él una mujer que mantenía entre sus brazos un niño que lloraba, pidiendo a los hombres de negro compasión por su hijo con la voz quebrada.

José y Diego se mantenían en silencio, el primero derramando una lágrima y mirando sin pestañear mientras contenía toda la rabia que poseía apretando los labios con fuerza, el segundo con los ojos cerrados mientras ocultaba el rostro y tapaba su boca con las manos para aguantar el grito desesperado que quería lanzar al aire.

El hombre que estaba tras la mujer se acercó a ella con pasos marcados y lentos mientras apuntaba al mismo lugar donde disparó al marido, sin temblarle el pulso ejecutó un disparo que apagó sin miramientos las solicitudes de la mujer que cayó hacía delante. Empujó el cuerpo sin vida de la madre a un lado y comprobó que el niño aún seguía gimoteando, cogió a este por una pierna y lo levantó para mostrarlo al coche que en ese momento arrancaba, quedó mirándolo curioso sacando de nuevo la pistola y apuntando a la cabeza del hijo de la ejecutada, cuando se disponía a apretar el gatillo una voz se oyó con vigor dentro del vehículo.

-¡Ramón! No somos asesinos.

El advertido Ramón miró con asco al niño y lo arrojó al suelo como si fuese algo normal en su devenir diario, luego subió al coche y marcharon. Un silencio oscuro y frío se apoderó del sitio en esos momentos, apareciendo un viento suave al pronto, despertando a los dos amigos que absortos permanecían inmóviles ante lo acontecido.

-¡José, el niño!

Diego corrió en la oscuridad cuesta abajo en dirección al lugar donde se oían los gemidos del pequeño, llegó hasta él y lo levantó abrazándolo contra su pecho y pidiéndole que se calmara. A su lado llegó José que recogió del suelo una manta donde la madre del niño lo llevaba arropado, se la puso por encima para abrigarlo y juntos subieron la pendiente para continuar camino al trabajo, Ramiro y su mujer yacían muertos con un disparo en la cabeza.

Tras un kilómetro caminando el niño se quedó dormido en los brazos de Diego, el viento desapareció y comenzó un nuevo amanecer que iluminó el caminar de los trabajadores, la esperanza de la luz sobre la oscuridad de la tiranía parecía llegar por un momento, al menos hasta que llegase el próximo día.

14 comentarios en “Amanecer.

    1. Está publicado erróneamente, es una entrada sin terminar y como veras en las demás historias su cabecera es siempre FÁBULA de…. Ahora le tocaba a otra zona del pueblo, los escarpes del río Trejo y un combate que se desarrolló allá por 1810 con los habitantes de Setenil, pero ayer involuntariamente publiqué este borrador, como ves sin imágenes que siempre me gusta añadir para dar una idea sobre la época en que se desarrolla la historia, aún así lo publicado quedaba más o menos como está. Un saludo y gracias por leerme.

      Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s