FÁBULA DE LOS HÚSARES EN LOS ESCARPES

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“Los caminos de Andalucía, por muy recónditos que se hallen, son sinónimo de la más bella naturaleza, de luz, de color… pero sobre todo de muerte, ella te espera donde das por hecho que se encuentra.”

Lo que dejaron los húsares franceses tras ellos no era nada comparado con lo que les esperaba más adelante.

Una vez abierta cierta brecha de distancia con los defensores serranos, el teniente Albert-Jean-Michel de Rocca levantó su brazo derecho indicando parada de descanso para tomar aire y revisar el estado del grupo. El hecho de alcanzar como buenamente pudieron el río Trejo y comprobar que nadie les seguía, calmó los ánimos aterrados de todos los componentes del desguarnecido destacamento. Los únicos que sobrevivieron al ataque de la población en Olvera fueron los veinte húsares del ala del teniente Rocca, los restantes sesenta, incluidas las mulas de carga y treinta infantes corrieron distinta suerte. Algunos consiguieron huir campo a través, pero la mayoría fueron asesinados a mano o a tiro de fusil entre la entrada al pueblo y la salida de este, la Caballería Húsar nada pudo hacer para ayudar a sus compatriotas, los disparos desde las peñas de entrada y una población enloquecida, armada con lo primero que pudiesen utilizar para matar, se abalanzó sobre la tropa provocando el desconcierto y la huida de la avanzadilla francesa.

Desperdigados por caminos desconocidos, huyendo de los habitantes de la sierra que los perseguían a disparos, temiendo cada rincón, cada árbol, cada hondonada en el terreno, cada metro que recorrían, angustiados al sentir la muerte suspirar en sus nucas marcando a cada soldado con un halo frío que no les dejaba echar la vista atrás. Cabalgando endemoniados mientras bajaban las cuestas que presentaba el agreste terreno, entre olivares y frondosos matorrales hasta alcanzar Torre Alháquime, dejando tras ellos un reguero de sangre, muertos y algunos caídos con heridas mortales o casi, a estos terminaban por escabechar las mujeres que bajaban por los riscos con una habilidad indescriptible, asestando cuchilladas, tijeretazos o estacazos a los que atrás iban quedando abandonados a su suerte, lo más importante era huir, huir del infierno.

El teniente Rocca tuvo que cambiar de caballo en plena bajada al río que queda junto a Torre Alháquime, el suyo llegó hasta el sitio a pesar de recibir un disparo en el cuello, una vez allí se desplomó dejando atrapado al teniente que logró salir de debajo del animal llevado por el miedo y la necesidad. Se irguió manteniendo el sable en la mano para defenderse de los atacantes, en esas estaba cuando a su lado, un húsar que llegaba desbocado fue alcanzado por una piedra lanzada con honda desde un parapeto cercano, cayendo al suelo con un grito de dolor, herido, inconsciente por el golpe. El mando francés se acercó hasta el caballo del derribado soldado y lo montó para seguir escapando, era eso o la muerte, nada de sentimentalismos o hermandades, un tú o yo, “vivir o morir” pensó. Una mujer se cruzó en la vereda y le arrojó lo que parecía un utensilio de cocina a la cabeza, lo esquivó por suerte, pero no un pinchazo en su pierna que sintió como un aguijón de avispa, volvió la cara y se encontró con un niño de unos doce años que le clavaba un palo con una puya de hierro incrustada en su punta, el teniente le golpeó la cara con la bota y acto seguido le rebanó el cuello de un sablazo, dando con el zagal en el suelo mientras un reguero de sangre le brotaba por la garganta. Un chillido lo retuvo y observó al mirar como una mujer, la madre seguramente, corrió para abrazarlo mientras lanzaba una mirada de odio en dirección al francés que quitó la vida a su hijo, luego se puso en pie y, sin miedo a nada, pasó entre cinco caballos franceses que quedaron rezagados en la huida, tomó una horca de cuatro púas y se la clavó al húsar caído en el estómago primero y luego en la garganta antes de señalar al teniente con ella, pero el francés ya continuaba la huida. Quedó último cerrando el grupo de húsares, animando a todo aquel al que daba alcance, ordenando que debían proseguir hasta encontrar un lugar seguro.

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El río Trejo se derrama a su llegada al pequeño valle, rodeado de tajos escarpados que anuncian un recorrido inseguro para quien se propone realizarlo, desde Arroyo Hondo hasta la Huerta del Cura no se observó a nadie en las alturas según comunicó un vigía adelantado al teniente Rocca.

-Mi teniente, el camino es una carretera rodeada de árboles y tajos, con alturas similares a las que nos rodean, podríamos vernos sorprendidos por un ataque y siquiera poder defendernos.

-La opción que nos queda es esa… o volver atrás. ¿Cuál elegimos? –Dijo el mando francés con ironía.

-Uno de los problemas que podemos encontrar es vernos rodeados, sin poder abandonar el camino en dirección alguna en caso de vernos encerrados en algún paraje, seremos presa fácil. –Apuntó el cabo Toulier.

-Cierto es, pero no queda otra que avanzar, según sabemos no queda lejos Ronda, puede que si no encontramos resistencia ni ataques, esta misma tarde noche podemos estar en su entrada. –Aclaró Rocca.

-Señor si me lo permite, -solicitó el vigía- puedo adelantarme con dos hombres y mantener informado al resto del destacamento sobre la situación en la vanguardia.

-Descansemos ahora que se puede cabo, cuando avancemos más ya decidiremos, nada podremos hacer si nos acosan desde las alturas, nos mantendremos unidos, en fila de a dos monturas y con los ojos abiertos, en caso de encontrarnos con recibimiento hostil en la villa de Setenil, apretaremos los dientes y cruzaremos a galope tendido, parece nuestro sino el ser perseguidos. Informe a todos cabo, un descanso pequeño y volvemos al camino.

El teniente se acercó hasta el agua donde bebía su caballo para acariciar el cuello del animal, bufó dos veces y sacudió la cabeza, parecía haberse calmado tras el sufrido camino que soportó en sus lomos. Rocca lo miraba como quien le dice a un amigo “volvemos al tajo compañero”, luego le dijo al oído una frase que pareció entender el caballo pues se levantó de manos salpicando agua con los cascos al caer.

-Nos va la vida en esto, tú llévame a Ronda que yo me encargo de que llegues con vida.

El grupo de veinte húsares se vio ampliado por la llegada de otros veinticinco que lograron salvar la vida escogiendo otro camino en su huida de Olvera, ninguna resistencia encontraron y al pasar por Torre Alháquime la bordearon por el sitio contrario que los hombres de Rocca. Unos cincuenta hombres comenzarían el camino para lograr llegar a Ronda esa noche, les quedaba Setenil, los escarpados tajos les acechaban, nada sabían de este lugar ni de sus gentes, conocidas eran las historias de los serranos por su brava valentía, pero visto lo sucedido en Olvera y Torre Alháquime nada bueno auguraba el paso hasta la salida del pueblo. Situándose a la cabeza del grupo, el teniente Rocca ordenó el avance, el silencio se apoderó de todos y la desconfianza ante lo inesperado se afincó en sus corazones. A su izquierda se abrió una vertiente de montes y tajos, un lugar dominado por el azul en el cielo y por el canto de los pájaros en los árboles, un lugar donde esconderse, donde quedarse, delante… el camino.

Al enemigo que huye, puente de plata

Conviene facilitar la huida del enemigo que nos molesta para librarnos de él sin tener que combatir. Esta máxima militar pertenece a Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515).-

Piotr, el cabo polaco se acercó para situarse en cabeza acompañando al teniente, al llegar a su lado le sonrió antes de pedirle con voz ronca mientras se retorcía el espeso bigote, un deseo.

-Señor permítame tener el honor de encabezar junto a usted este camino recóndito al que nos enfrentamos.

-Por supuesto, pero debo decirle que igualmente se puede morir en el avance que en la retaguardia.

-Así es señor, no obstante mi familia es militar de tradición, pertenecientes todos a los Húsares Alados de Polonia, considerada la mejor caballería de todos los tiempos, y como le digo… si he de morir hoy aquí prefiero hacerlo en vanguardia.

-En ese caso no seré yo quien le impida cumplir con su obligación familiar, aunque en este caso el honor será mío, cabalgar, luchar y posiblemente morir junto a un húsar alado es todo un privilegio.

-Haremos lo posible por evitar todo eso señor, mi nombre es Piotr Skala.

-Pues en marcha Piotr Skala, la incertidumbre nos espera.

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Llegados a la Huerta del Cura nada ni nadie esperaba a los franceses, un respiro de alivio se escuchó a lo largo de la formación del Cuerpo de Caballería de Húsares de Napoleón, las miradas se cruzaron y a pesar de estar todo tranquilo, el miedo comenzaba a mellar la confianza en los hombres. Cautivados por los tajos, que a su izquierda se presentaban como guardianes del camino y protectores de algún tesoro escondido al final de sus escarpadas paredes, los soldados percibieron como sus caballos comenzaban a ponerse nerviosos, alguna presencia los irritaba sacándolos de su tranquila marcha.

Poco antes de llegar al Chorrero se oyeron voces, gritos de muchedumbre, como un avispero en la distancia, la marcha se detuvo y el teniente miró a su pareja de camino, el cabo polaco Piotr, este le indicó al teniente que detuviese la formación, iría a echar un vistazo para cerciorarse ante quien y donde se iban a encontrar pasado ese giro que realizaba el río más adelante. Bajó de su caballo y levantó la mano indicando un dos con sus dedos para que lo acompañasen dos hombres a pie en busca de información, lentamente desaparecieron entre la maleza dejando atrás el grueso que quedaba del despedazado regimiento de húsares. El teniente Rocca se giró en su silla de montar con la esperanza de encontrar a su espalda los cien hombres que en un principio llegaron a Olvera, al ver los cuarenta y tantos que realmente quedaban suspiró, volviendo a mirar al frente de nuevo, acariciando el cuello del caballo, “todo saldrá bien” se dijo tratando de convencerse.

El polaco y los dos franceses cruzaron el río y ascendieron por el terreno hasta alcanzar un peñasco gigante que parecía haberse separado de la pared del tajo para quedar a su lado, bajo ellos un pequeño verde que incitaba a un descanso, pero arriba, en el filo superior del tajo, se hallaba un ejército numeroso de serranos que parecían esperarlos con ganas de darles un recibimiento no muy placentero. El tajo parecía no tener fin y por momentos llegaba a aproximarse tanto al camino que podría resultar muy peligroso, mortal, para continuar subidos a caballo, quedarían a tiro de fusil y expuestos a merced de la multitud. Bajaron con precaución hasta la orilla del río y volvieron con el grupo para informar, las sensaciones no eran buenas y los tres húsares mantuvieron silencio en su camino de vuelta, ninguno quería hablar sobre lo visto, el problema era más grave si pensaban en lo que podría suceder si daban la vuelta, no conocían otro camino para llegar a Ronda y eso agravaba la situación hasta llevarla a un extremo de convertirla en un suicidio colectivo.

-Lo cierto es que no todos los que están ahí arriba va a estar armados de un fusil, y con una piedra no van a matarnos, si tenemos cuidado permaneciendo atentos y velando los unos por los otros tal vez logremos franquear la encerrona. –Comentó el cabo Piotr queriendo animar a sus dos compañeros mientras caminaban cabizbajos, dejando las pocas esperanzas que les quedaban en cada paso dado.-

la marcha de los ingenieros, Augusto Ferrer-Dalmau

-La marcha de los ingenieros-

Augusto Ferrer-Dalmau

Don Francisco Lobo y Olid dormitaba plácidamente sobre el colchón de lana de oveja que días antes le regalaron las viudas de la guerra. Desde su llegada años antes, siempre descansó sobre una cama de tablas de madera, unas sábanas cosidas que mantenían la paja dentro hacían las veces de colchón y una manta para abrigo en noches frías.

-¡Don Francisco! ¡Don Francisco! –Susurraba por la pequeña ventana junto a la puerta de entrada para despertarlo.

De bien era conocido el latente y ruidoso sueño del cura Lobo, los niños de la villa comparaban su profundo rezongo con el de un gorrino comiendo, a veces lo espiaban bajo la ventana contando cual era el ronquido de más elevación que alcanzaba esa tarde durante la siesta.

-¡Don Francisco! ¡Cura Lobo! –Elevó un poco más el tono para intentar sacar de las profundidades al párroco.

Nada consiguió Juan Calaña, había llegado esa noche desde Olvera para informar sobre la intención que un tercio del regimiento de húsares tenía de salir al día siguiente con destino a Ronda. Entre sus bienes contaban unas mulas cargadas de munición, algunos fusiles, un cañón y comida. La decisión tomada por los sublevados serranos del rocoso pueblo no era otra que atacar el destacamento en cuanto se terciara. Juan estuvo presente en la reunión pues su trabajo de borriquero de carga le mantenía en el camino diariamente, aprovechaba su profesión para ejercer como mensajero entre los sublevados de la zona contra el nuevo y falso monarca.

-¡Don Francisco! –susurró cansado Juan Calaña- ¡DON FRANCISCO, COÑO! –Gritó con una seca voz producto del nerviosismo.

-Dios te guarde hijo mío de blasfemar durante el sueño de un pobre cura. –El cura Lobo reaccionó por fin ante la voz que le lanzó el borriquero entre sus manos.

-Por Dios santo Padre, duerme usted más que un muerto.

-Todo descanso es poco para un siervo del Señor, más cuando es merecido, llevo dos días con desvelo culpa de estos apóstatas que ahora pretenden gobernar nuestro país.

-Pues de eso vengo a hablarle, levántese y acompáñeme o déjeme pasar que corre un relente por esta calle que me tiene “tieso”.

La casa del cura se encontraba junto a la cuesta que lleva al mirador del Lizón, una pequeña estancia donde descansaba don Francisco cuando no estaba atendiendo a esas almas en pena que diariamente pasaban por la iglesia. También la utilizaban como centro de reunión para llevar a cabo los planes que el párroco ideaba contra los invasores franceses, el cura Lobo era conocido por provocar levantamientos entre sus feligreses y en alguna ocasión se encontró metido en problemas que, de no ser por algunos conocidos con poder, hubiesen terminado por llevarlo a la cárcel del torreón. Entre esos poderosos se encontraba don Francisco Tudó, un héroe local nieto del dueño del Tajarejo, que se unió a las fuerzas del General Castaños en Utrera, formando parte de los valerosos garrochistas que vencieron por primera vez al ejercito de Napoleón en Bailen.

-Venga Juan, pasa y cuéntame. –Le dijo el cura tras abrir la puerta, echar una ojeada a la calle, cerrar la ventana y atrancar la puerta por si alguien hubiese seguido al borriquero.

-Mañana a eso del mediodía o llegada la tarde, un destacamento de húsares pasará junto a los escarpes del río Trejo camino de Ronda.

El cura abrió los ojos y estos le brillaron con especial intensidad, una sonrisa se dibujó en su rostro y rápidamente frotó sus manos con malvada finalidad.

-Llamemos a Francisco, él nos ayudará, avisa igualmente a los del ayuntamiento y, sobre todo a las mujeres de los domingos, recibamos como se merecen a esos malnacidos. – Y comenzó a reír con sarcasmo.-

Con la Iglesia hemos topado

El Quijote es una fuente inagotable de sentencias célebres extrapolables a cualquier contexto actual. En un pasaje de la obra, Miguel de Cervantes (1546-1616), por boca del inmortal hidalgo manchego, expresa la imposibilidad de enfrentarse con el poder.

Esa mañana la iglesia se encontraba abarrotada, tanto dentro como fuera los vecinos de Setenil se encontraban en levantamiento contra el invasor francés, vecinos de Alcalá, Arriate, Ronda y poblaciones cercanas junto a cientos de personas “tiradas al monte”, quisieron estar presente en ese enfrentamiento que en pocas horas iba a producirse en los escarpes del río. Los alcaldes llevaban la voz cantante por cada una de las partidas venidas, ese orden aligeró las cosas y en menos de media hora todos caminaban por las cabrerizas camino del monte, al frente caminaba el cura Lobo y doña Carmen, mujer del panadero Jesús Araiza y principal atizadora del sector femenino contra los franceses, mucho tuvo ella que ver en la fuga de Francisco Tudó de la cárcel de Ronda. Francisco o “Sacalobo”, como le conocían algunos, también se encontraba entre la multitud con el fusil y el sable preparado para lo que conviniera, su amigo Pacheco caminaba junto a él, armado con una ballesta de las antiguas que en el cortijo del Tajarejo encontró, reparó y aprendió a utilizar con máxima destreza.

El grueso más bullicioso lo componían las mujeres, unas trescientas consiguieron reunirse de entre los pueblos vecinos, cuchillos de cocina, cazos, palos afilados, tijeras, mazos, hierros y demás posibilidades de infringir daño portaban cual guerreras. Un ejército del pueblo, ávido de venganza, defensor de lo suyo y presto para hacer frente al francés engreído, avanzando cual serpiente coloreada y animada por la ensortijada calle que dibuja el río Guadalporcún en su recorrido por Setenil. Los hombres constituían una cifra cercana a los mil, con fusiles unos cincuenta y la mayoría sin certeza de que fuesen a funcionar, varios cabreros aportaron su garantía de acierto con la honda, aunque muchos de ellos, la gran parte, solo contaban con espadas en irregular estado, hachas de trabajo, horquillas de faenar, mazas de picapedreros y mucho odio, sobre todo eso.

Las noticias de las barbaries cometidas por los franceses en poblaciones indefensas caló hondo en los habitantes de la sierra, tras la derrota en Bailén, y mucho antes de esta, los robos, violaciones, vejaciones, asesinatos, quema de iglesias, conventos, graneros, pajares, apropiación a la fuerza de ganado, alimentos, caballos y armas, se extendió rápidamente por toda Andalucía. La sierra en toda su extensión se convirtió en un fuerte inexpugnable y lo más importante, temido por el invasor, no había rincón donde no percibieran miedo, pánico a una emboscada, horror a morir abandonados quedando a merced de los buitres. Pero a pesar de todos esos miedos, había uno que les causaba pavor, un miedo que debido al boca a boca entre los soldados franceses, terminó por convertirse en misterioso y fantasmal terror, caer en manos de los guerrilleros de la sierra, los temidos bandoleros.

-Paco, hijo, procura convencer a todos de la importancia de no acercarnos, aún no sabemos cuántos serán ni sus intenciones. –Le dijo con cariño el cura Lobo a Francisco Tudó.

-Padre, sabemos que somos más que ellos y sus intenciones son claras, cruzar camino de Ronda, lo único que no sabemos es el armamento que llevan y el tipo de caballería a la que nos enfrentamos. Los húsares son aguerridos, valientes y a nada temen, eso puedo asegurarlo, no darán su brazo a torcer hasta conseguir su propósito o morir en el intento.

-Pues tengamos cuidado, pero que no consigan pasar, al menos todos no.

-No lo lograran Padre, por aquí al menos no.

Las más de mil personas ascendían ladera arriba, bajo sus pies una tierra parda que acogía a sus vecinos arropándolos sobre sus murallas de roca, el azul eterno se extendía sobre ellos, dejando ver algunas blancas nubes que paseaban lentamente mientras esperaban el desenlace del conflicto, y como espectador principal, un sol pálido que irradiaba rayos holgazanes que para nada molestaban. Como soldados experimentados, la muchedumbre, fue situándose a lo largo del tajo, esperando con paciencia la llegada del enemigo, algunos valientes tuvieron a bien bajar hasta los riscos salientes para tener mejor alcance sobre los húsares. Las mujeres, más valientes que ninguno de los presentes, apostaron por quedarse junto al camino que bajaba desde el alto tajo hasta el cruce que dividía el camino de entrada a Setenil y el que ascendía hasta la parte alta del pueblo, agazapadas entre la arboleda, cerca de donde los tajos se miran desafiantes y orgullosos, lugar elegido para la emboscada.

Doña Carmen ceñía una navaja a su cintura y en su mano derecha levantaba un palo tan afilado en su punta que podría ser mortal de encontrar a quien ensartar, en la mano libre sujetaba un hacha de trocear en cocina, bien amolada para la ocasión. Junto a ella el resto de madres e hijas de la sierra, rezando un padre nuestro que se oía en la ladera como un susurro al viento, ofreciendo paz y esperanza en sus palabras, ante este celestial gesto, los hombres pusieron rodilla en tierra bajando su cabeza, acompañando el rezo comenzado por la partida de doña Carmen, la mujer del panadero.

El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí,

por cuanto me ha ungido

para anunciar buenas nuevas a los pobres.

Me ha enviado a sanar los corazones heridos,

a proclamar liberación a los cautivos

y libertad a los prisioneros.

Isaías 61:1

Por el camino se levantó una nube de polvo que llevó un murmullo a lo largo del tajo por donde pasaba el jinete que llegaba, era Tobías, el hermano de Ruiz el carnicero, muchacho bizarro que esperó a cumplir los dieciséis para dedicar su vida a matar franceses, un poco alocado sí que estaba, y ligero de sesera, aunque era un pedazo de pan con la fuerza de un mulo. En cierta ocasión, con catorce años, salió en defensa de su padre por una pelea de este en la taberna, le rompió la nariz a uno y el brazo a otro de los que agraviaron a su progenitor. Dos semanas pasó en la cárcel del torreón, hasta que logró sacarlo doña Carmen alegando defensa propia o, en caso contrario, hubiese prendido fuego al ayuntamiento.

Levantó Tobías su yegua de manos, relinchando alterada tras haber llegado a galope, elevó los brazos al cielo enérgicamente y comenzó a gritar para que todos lo oyesen.

-¡Ya vienen! ¡Los franceses! ¡Ya vienen!

Pacheco el jerezano, curtido en todo tipo de situaciones, le entregó dos pañuelos al joven impetuoso antes de marchar en busca del enemigo, uno blanco para indicar que eran menos de veinte, y otro verde para indicar que eran más de cuarenta. Con la mano extrajo del bolsillo el pañuelo verde y comenzó a mostrarlo al viento, cabalgando poderoso frente a los tajos como si de una bandera se tratase, dejando a la yegua suelta con las riendas atadas a la montura mientras él mostraba un fusil con la que le quedaba libre. El murmullo no se hizo esperar, los cerca de mil quinientos situados arriba y abajo comenzaron a blandir al cielo sus armas entre suspiros nerviosos y arengas de ánimo.

Tobías ascendió al trote hasta el cruce de caminos, allí comenzó a girar su yegua con maestría y habilidad de jinete corrido, parando y consiguiendo que doblara sus patas delanteras hasta hacer una reverencia que incitó a todos a aplaudir el gesto. Luego buscó entre la algarabía a su mentor Pacheco, al encontrarlo, sobre una peña por donde justo parece haberse cortado una lasca de roca, lo señaló con el dedo extendiendo el brazo y la mano a modo de lanza, cogió el otro pañuelos del bolsillo y ató los dos al fusil en su boca, seguido movió el arma de izquierda a derecha y contrariamente como una señal que ya no entendieron solo ellos.

-¿Qué quiere decir ahora Pacheco? –Preguntó Francisco Tudó que estaba junto al cura Lobo.

-Los dos pañuelos indican el número más o menos exacto de los enemigos que vienen.

– ¿Y cuántos son? –Quiso saber el cura.

-Sesenta, arriba o abajo.

El cura Lobo se persignó, luego colgó el trabuco a su espalda, comenzó a andar demandando silencio a todos, pidiendo que se prepararan para recibir a los franceses, pero sobre todo, que nadie quisiera ser héroe pues su vida dependía de ello, solo se atacaría desde la distancia a la que ahora se encontraban, un tiro de fusil. Cuando todos hubieron callado y dejado de murmurar se arrodilló frente a ellos, con voz potente les dirigió unas palabras.

Dios es nuestro amparo y fortaleza,

nuestro pronto auxilio en todos los problemas.

Por eso no tenemos ningún temor.

Aunque la tierra se estremezca,

y los montes se hundan en el fondo del mar;

aunque sus aguas bramen y se agiten,

y los montes tiemblen ante su furia.

Salmo 46:1-3

Al unísono, todos los presentes dijeron “Amén”, luego el Padre Francisco continuó.

“Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito.”

Romanos 8:28

-¡MUERTE AL INVASOR! ¡MUERTE AL FRANCÉS!

El grito de guerra interrumpió al cura Lobo que nada objetó, elevó a los cielos su trabuco dejando entrever una enorme navaja de monte en la cintura junto al rosario de madera que le colgaba sobre el lado derecho, cerró sus ojos y pidió que se hiciese la voluntad del Señor.

BAILEN EMBOSCADA GUERRILERA

La tarde se presentaba enorme, repleta de emociones y nervios contenidos, la profunda sensación de que todo acababa en aquel camino se apoderó de los húsares de Napoleón, una angustia que transformaba la saliva en arena y la respiración irregular en un enemigo más, el miedo… el pánico ante lo desconocido. Por momentos, en la imaginación de cada soldado, comenzó a sobrevolar la confusión ante la inseguridad, serranos armados con dentaduras afiladas y garras con forma de cuchillos sobrevolaban la formación, ataviados con pañuelos anudados a la cabeza los bandoleros bajaban por las escarpadas paredes del tajo en su busca. Mujeres con delantales manchados de sangre, caras sucias y manos de bruja, así las sospechaban mientras pasaban entre la espesa arboleda y maleza que los rodeaba, tres húsares no resistieron la tentación que provoca la oscura esperanza y desertaron, volvieron sobre sus pasos y se encaminaron en busca de otro sendero más seguro o menos violento.

-Señor –dijo el cabo Fourier al teniente Rocca- tres hombres de retaguardia nos han traicionado y han huido por donde hemos venido. ¿Qué debemos hacer?

-Nada cabo, nosotros continuaremos y ya daremos informe de lo sucedido a la llegada al sitio de Ronda.

-Pero señor, puede que si no actuamos en consecuencia tengamos otras deserciones.

-No se preocupe, ya es difícil dar marcha atrás, tras esa curva están los serranos esperando, veamos sus intenciones, quien quiera volver por donde hemos venido ya sabe lo que le espera, al menos aquí tenemos el beneficio de la duda, al menos hasta que lleguemos. Un húsar no se rinde, muere en la batalla, nosotros somos húsares cabo, que ninguno lo olvide.

La fila de húsares continuó camino sin más huidas, acercándose lentamente hasta el lugar donde se encontraban los habitantes de Setenil y pueblos cercanos esperándolos. Pasado el Chorrero el silencio quedó dueño del momento, a la izquierda de los jinetes franceses se podía ver una multitud expectante asomada a los filos del tajo, observando desde la distancia sus movimientos en espera de que ocurriese algo. A la derecha quedaba otro tajo menor que obligaba a seguir el camino sin desvío o escapatoria, al fondo, en la pendiente podía verse un jinete armado de un fusil montando una yegua blanca, podría ser que estuviese esperándolos como enviado y que las gentes de arriba solo prestasen atención por curiosidad. El Polaco Piotr apoyó su diestra en el sable curvo, el mismo perteneciente a la familia y que llevaba tallado dos alas en honor de los Húsares Alados, mantuvo la calma y no quiso desenvainar hasta ver que finalidades presentaban los lugareños.

-Si el de la yegua blanca intenta algo déjelo para mí teniente.

-Si intenta algo es porque los demás también lo harán. Esto parece una ratonera, no queda otra que continuar por aquí.

Cuando toda la fila se encontraba a distancia de tiro se oyó un grito parecido a un chillido de mujer, a la sazón se produjo lo que todos esperaban y temían, varios disparos cruzaron de un lado a otro dando muerte a cinco húsares del centro de la formación, se produjo una desbandada controlada que finalizó poniendo en guardia a la tropa de caballería que desmontó y apuntó con sus armas de fuego a las alturas. Bajo una orden directa del teniente Rocca soltaron una descarga que apenas si llegó con fuerza para crear miedo en sus receptores. Tras la andanada de disparos por parte de los soldados franceses, se produjo lo inevitable, como un torbellino de escenarios continuados por un espacio breve pero intenso de tiempo comenzó la batalla.

Muere la vida, y vivo yo sin vida,

ofendiendo la vida de mi muerte,

sangre divina de las venas vierte,

y mi diamante su dureza olvida.

-Lope Félix de Vega Carpio-

Tobías se lanzó en busca de la vanguardia francesa, intentando apuntar con el fusil, buscando un objetivo mientras cuesta abajo galopaba envuelto en ira. Piotr lo vio venir, montó su caballo saliendo a su encuentro, los menos de treinta metros que los separaban quedaron reducidos a segundos, los que necesito el polaco para esquivar el torpe disparo del muchacho y enfilar la garganta de este con su sable en una demostración de habilidad al alcance solo de versados en esas lides. Cayó muerto Tobías sobre el suelo, quedando de lado con la mirada fija en el tajo de enfrente, buscando en ese último suspiro a su amigo jerezano sin encontrarlo. Piotr se acercó hasta él tras desmontar de su caballo, sacó el sable del mismo tragadero del joven, comprobando que estaba muerto y dando una patada a la espalda del fallecido que lo llevó a rodar por un pequeño terraplén hasta caer al río.

Piotr sintió el silencio que se hizo en las alturas como una mala premonición, oyó un sonido particular que se acercaba hasta donde se hallaba, un silbido familiar que no tardó en comprobar al sentir una saeta clavarse en su hombro. Emitió un alarido de dolor y busco el punto de partida del lanzamiento, sus ojos se encontraron con los de un hombre que mantenía una ballesta en sus manos a la par que saltaba de roca en roca hasta llegar abajo, mirando en su dirección y desenvainado la espada para hacerle frente, Pacheco quiso buscar la venganza de Tobías.

Por la retaguardia de los húsares comenzaron a llegar un grupo de mujeres encabezado por doña Carmen, quien hacha en alto le rajó la cabeza a un joven y sorprendido húsar. Sus compañeras asaltaron la trasera de la avanzadilla ante los inoperantes jinetes de caballería, estos no supieron reaccionar viendo el alto grado de violencia con el que fueron acometidos por las serranas. Tijeras clavadas en los ojos, brazos amputados de un corte, palos clavados en los estómagos, hierros y cuchillos que atravesaban cualquier lugar que se pusiese al alcance de tan fanático grupo. Muchos de los soldados se arrodillaron, pidiendo clemencia, sin saber bien por qué lo hacían, eran ensartados, rajados, golpeados hasta llevarlos a su muerte sin ningún miramiento. Alguno pudo soltar un tiro y herir a alguna de aquellas mujeres deseosas de sangre, nada que hacer ante la avalancha inacabable de gentío que llegaba, era una muerte segura, era la defensa de la tierra propia, del orgullo patrio, de la furia desencadenada ante la invasión camuflada de las tropas napoleónicas en esa España de todos y de nadie.

Al pronto, el cuerpo de húsares se vio sorprendido por la hábil rapidez con la que bajaron los levantiscos lugareños por las peñas, soltando disparos a bocajarro, repartiendo navajazos a destajo, clavando lanzas u horquillas donde se diera, dentelladas en los corazones de los acobardados soldados, los peores presagios convertidos en realidad.

los desastres de la guerra nº5. goya

-Los desastres de la guerra nº5 –

Francisco de Goya

El teniente Rocca hizo frente, junto al cabo corneta y seis soldados más, a los que les llegaban en su busca, montando a caballo e iniciando una huida desesperada por el camino de arriba, varios de los húsares los imitaron e iniciaron una subida entre disparos y pedradas. El cura Lobo se enfrentó a un francés que se cago en Dios en su cara, le soltó un trabucazo que le abrió el pecho en dos, luego se le acercó otro con una pistola pero le fallo el tiro pegando un fogonazo sin proyectil, el Padre miró al cielo, se santiguó rápido y le clavó la navaja en el cuello. Siguió caminando entre muertos y empujones de los suyos, intentando calmarlos, pidiendo tranquilidad a todos que ninguna atención le prestaban.

Rocca consiguió abrirse hueco y pidió al cabo corneta que tocase retirada, el que lo oyese sabría que hacer pues estaba planeado de antemano. Al echar a galope el caballo, prestó atención a la ladera percatándose de cómo Piotr se enfrentaba a un serrano que manejaba el sable con destreza, quiso bajar en su ayuda pero un disparo en el brazo lo tumbó de la montura dejándolo inconsciente sobre la yerba, pudo mirar hasta donde se encontraba el polaco luchando, viendo como el serrano le clavaba la espada en el vientre apretando con fuerza y diciéndole algo mientras Piotr se desangraba quedando inerte, ensartado, ahí quedó todo lo que pudo ver el teniente antes de cerrar los ojos.

Francisco Tudó se acercó hasta el mando francés al que disparó cuando huía, al llegar a su lado se percató de que aún estaba con vida, abrió su navaja para rematarlo pero este despertó susurrando con voz temblorosa.

-Piedad señor, confesión por favor, confesión. –Dijo Rocca.

Se detuvo el del Tajarejo y mandó llamar al cura Lobo, llegó entre ahogos, sudor y sangre, pidió a unos amigos que llevaran al teniente francés subido en unas parihuelas hasta la villa, encamarlo y esperar hasta que llegara el médico para tratar de sanarlo.

La solicitud de confesión detuvo a la muerte segura, reconocer tus pecados ante un sacerdote, volver con Dios con todo tu corazón, la expiación del mal, ese hecho mantuvo con vida al teniente francés, nunca pudo olvidarlo.

BAILEN EMBOSCADA GUERRILERA

Varios fueron los húsares que consiguieron escapar o agarrarse a confesión, unos quince, fueron perseguidos hasta el Puerto del Monte donde una patrulla de franceses salió a su encuentro. Allí dieron vuelta sus perseguidores que no quisieron volver a batallar de nuevo, los soldados consiguieron llegar a Ronda esa noche, entrando en la plaza y dando informes de lo acaecido en los escarpes del río Trejo. Dos días después apareció el teniente Albert-Jean-Michel de Rocca con el brazo en cabestrillo, explicó todo lo sucedido, dejando claro que Setenil y los pueblos vecinos eran lugares inhóspitos para llegar a la fuerza, sin embargo muy hospitalarios en otras circunstancias. Relató que un cura armado, un combatiente de Bailén y una mujer de armas tomar le ayudaron con las heridas y luego lo dejaron ir, nada quisieron a cambio.

El teniente se retiró hasta la casa que le asignaron, fue recibido por una sirvienta que le preparó la cena y un baño, él se sentó en una silla y bebió un trago de vino, luego se recostó sobre el respaldo, suspiró profundo y dejó sobre la mesa el cinto con un puñal, dos cartuchos y un sable, un sable con dos alas perteneciente al caído Piotr, patrimonio de una familia de tradición que combatió y murió por Polonia en las filas de la mejor caballería de todos los tiempos, los Húsares Alados de Polonia. Esa noche soñó con los escarpados tajos que velan por el curso del río Trejo, varias fueron las veces que sobresaltado se despertó creyendo ver bandoleros armados que cabalgaban tras él sin descanso.

“Esa desgraciada guerra española fue una auténtica tragedia. El origen de todas las desgracias de Francia.”

Napoleón Bonaparte.

8 comentarios en “FÁBULA DE LOS HÚSARES EN LOS ESCARPES

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  2. Luis Luque Toro

    Estimado Sebastián Bermúdez :
    como miembro del grupo de traducción de la Universidad de Ca’Foscari Venezia le escribo para conocer su disponibilidad para la traducción al italiano de su obra “El garrochista Amor, tierra y sangre”.
    Quedo a la espera de sus respuesta ( por correo electrónico) y le envio mis saludos más cordiales.
    Prof. Luis Luque Toro

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