SEMANA SANTA EN SETENIL

Mantener la calma cuando el sonido particular de estos días se apodera de nosotros es ardua tarea. Recorrer el derrotero bajo la tenue luz de las calles, apenas acentuada a través de la abertura que nos facilita el capirote. Impregnarse y respirar el aroma de las velas encendidas al paso calmo proporcionado por la sensación dolorosa de su cercano final cuando apenas ha llegado el principio. Tan escindida puede transformarse la felicidad en esa fecha, un año a la espera de la complacencia en esas horas, la consonancia armoniosa retumba, recorriendo las escarpadas y rocosas paredes que nos abrigan protegiéndonos de un mundo incrédulo. Las lágrimas derramadas por quienes encuentran en estas fechas un poderoso sentido de obligación, de solicitud al Señor o a la Virgen pidiendo por un ser querido que se nos va o se nos ha ido.

Un redoble por cada amor que se nos negó, por esa ilusión desvanecida en el tiempo, un trombón, unos platillos que marcan un devenir incierto, henchido de postulaciones a quien con amor nos observa. La vida en un paso, la ilusión en la contemplación de todos los presentes al encontrarse ante una imagen que te mira y te conforta aconsejando sobre tu dilema. Un amor reciproco entre una creencia espiritual y una controversia real, tomados de la mano, acompañados de los cientos de peticiones y ruegos que sobrevuelan a nuestro alrededor.

Momentos de afecto, resignación de pasiones al son de eufonías que se abrazan entre ellas para trasladarnos hasta la misma antesala del cielo. Esa soledad que nos mantiene ocultos bajo cada “ropa de penitente”, desde donde observamos como la vida brota alrededor mientras nos entregamos a un profundo recogimiento, acompañando cada paso, cada imagen, por un itinerario majestuoso que serpentea por unas calles que se extienden delicadas y complicadas a cada santiamén.

Cada esquina, reviro, subida, declive o parada, cada nota musical, todo un universo de estremecimientos en nuestro interior originando sosiegos y desazones donde afloran las sensaciones olvidadas, las emociones perdidas, las impresiones inesperadas. Esos momentos vividos junto a nuestras deidades para sentirnos próximos a Dios, a quien estos días colmamos de plegarias olvidadas durante el resto del año.

Al paso de los nazarenos cerramos los ojos acordándonos de quien nos acompañó en otro momento, de quien nos abandonó precipitadamente y a quien ofrecerle un cortejo en su paso más querido. Amor, entrega, dolor, sufrimiento, llanto, pasión y credo, vemos pasar bajo la luminiscencia apagada de la umbrosa calle, a las mantillas engalanadas de un negro majestuoso que realza la belleza de un porte trabajado.

La salida o encierro de la procesión aumenta su mágica distribución si de ella forma parte la singular naturalidad aportada por la mantilla al recorrido, transformando la dificultad del camino en un alarde de superación, con calma quieta, con natural pasión que enorgullece a los ojos que la observan detenidamente, siguiendo con la mirada sus pasos elegantes y seguros.

El hermanamiento verdadero que durante unas horas al año se glorifica bajo un varal, sintiendo la indescriptible emoción de saber que en ese sitio antes fue un abuelo, un padre, un hijo, un hermano o un amigo, quien entregó su hombro para pasear con orgullo la imagen de una Virgen o un Cristo querido al que entregamos nuestra más profunda admiración y en quien depositamos las esperanzas a veces perdidas.

Lágrimas desconsoladas al llegar a algún punto determinado, donde el corazón se parte y el desconsuelo se adueña de todo lo que significa esa parada, ese zócalo, esa ventana, esa puerta, esa sombra. La mirada de una madre agradecida de tu esfuerzo por un impulso que ambos compartís dentro del alma que os une. Ese amor tan grande que se profesa a quien, en este mundo y el otro, más te quiere y ama. Semana Santa, horas de soledad y alegría, de amor y desamor, de sonrisas y lágrimas, de convivencia y retiro, de todo cuanto podemos desear según nuestro estado de ánimo. Hermosura placentera, tan fugaz que apenas nos resulta perceptible cuando ha pasado, amor a unas tradiciones que el paso de los años arraiga cada vez con más fuerza entre los muchos relatos imperecederos de nuestra vida.

Olivar traidor, agonía de Jesús que ora para pedir nuestro perdón, nuestra salvación, día de fraternidad que Judas quebró para entregar al hijo de Dios a los demonios. Un camino, un destino, la cruz erguida sobre el mundo y sobre los hombros de Cristo, expiación de pecados inexistentes, castigo eterno para la humanidad. A cambio de su vida, redención de los pecados cometidos por todos nosotros, el sino de Jesús. Zumbante condena para quienes creyeron sus palabras, el peso de un silencio incomodo por la alevosía miserable de unos discípulos que ejercieron de verdugos en noche oscura, de arrepentidos en camino de espinas.

Un poco de agua para quien desfallece por nuestra culpa, una lanza clavada en el alma, una despedida entre lloros. Juan abraza desesperanzado a María, hundidos en una soledad infinita ante el sepulcro donde se haya el cuerpo de Cristo para descender al abismo. Amor, adoración, veneración, solos lloran la muerte de quien todo lo dio por ellos echando en falta el cariño de quienes horas antes lo entregaron. Solos, colmados de perdón en su camino de regreso ese Sábado de Gloria contemplando las piedras del suelo, hermanas de las que no pudieron arrojar a quien Jesús defendió en contra de lo establecido.

Cristo resucita, busca a sus apóstoles para darles el perdón tres días después de entregarlo estos a la muerte, vuelve con ellos y los exime de su culpa,principal pilar en el que se apoyan en adelante, entregando sus vidas a la oración y expansión de la palabra de Dios. Momento culmen de Jesús antes de subir a los cielos envuelto en un halo de amor sin desconfianzas.

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La alegría infinita para quien disfruta de estos días con la pasión desenfrenada de la diversión, la tristeza de quien asume el final de un trabajo que conlleva horas de sacrificio y nerviosismo ante la puesta en escena de todo lo imaginado. Amor, el que se despliega en todos los que aman una celebración que puede aunar lo mejor de todos nosotros, alejar y atraer los instantes compartidos con otros seres queridos. Han pasado muchos siglos ya desde que Jesús se fue para volver eterno, sentado en un rincón de cada casa, ayudando con esa voz que escuchamos en nuestro interior cuando lo solicitamos y solemos pedir su colaboración cuando más lo necesitamos, ese mismo Jesús del que solemos olvidarnos de ÉL cuando mejor nos encontramos.

En estos días viviremos experiencias diferentes, según nos encontremos cada cual, habrá quien llore y habrá quien ría, pero al paso de cada procesión, recordaremos y pensaremos en ese momento especial que nos transmite la mirada de cada imagen reverenciada.

«He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre»

(Jn 19, 26)

(Artículo incluido en la revista de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad, los negros, de 2016)

9 comentarios en “SEMANA SANTA EN SETENIL

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