RAYAS BLANCAS Y AZULES, (STAMMLAGER). Una historia de tantas.

En esta nueva entrega que subo al blog de la historia del hermano de mi abuelo, nuevamente no aparece el protagonista principal que es él. He querido contar las dos grandes marchas de refugiados de las cuales formaron parte personas cercanas a nosotros, vecinos de Setenil de las Bodegas, Alcalá del Valle, Arriate, Olvera, Torre Alháquime, El Gastor, etc. En la segunda parte de la tercera entrega trato de narrar lo ocurrido en la carretera de Málaga a Almería, donde alrededor de 150.000 personas buscaron un camino para alcanzar un sitio seguro. Esos civiles fueron bombardeados y ametrallados, muriendo asesinados una cifra de personas muy cercana a las 10.000 almas. Entre esos asesinados se pueden contar a los menores, jóvenes, mayores y abuelos y abuelas, aparte, señalar que fueron muchos más los que quedaron con heridas graves y menos graves. Quisiera hacer una mención especial a aquellas personas para las que nunca fue posible cicatrizar una de esas heridas, la del corazón, que quedó marcada en ellos para siempre.

A pesar de los años pasados aún existen dudas sobre aquellos días, dudas que no se resolverán jamas, dudas que permanecen en los refugiados que huían del terror, porque no hay que olvidar que eran inocentes, civiles inocentes que nada tenían que ver con una guerra. Aquello que sucedió en esa carretera de la muerte fue un ensayo criminal por parte de asesinos, gente sin piedad que utilizó a los inocentes para poner en práctica unas tácticas de genocidio que serian utilizadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Os animo a leerlo, este tipo de historias no deben molestar a nadie, es mucha la consanguinidad que nos une a esas personas que sufrieron aquel ataque devastador con la intención de acabar con sus vidas. Puedo deciros que lo he pasado muy mal investigando este tema, realmente con todo lo que llevo escrito y lo que aún queda, pero, en esta ocasión, hablamos de nuestros abuelos y abuelas, incluso puede que algunos vean reflejadas historias que le contaron sus padres y madres. Al final del capítulo he dado vida a dos curas de Setenil, he querido contar sus últimos días de vida antes de que los mataran en Málaga los republicanos, es una historia que me llegó a oídos gracias a un buen amigo. Bueno, no os digo más, si os gusta vuestra historia, la de vuestro abuelos, no lo dudéis, seguir leyendo y si algo no os parece bien me lo hacéis saber, tengo muchos mensajes de gente que se identifica más con un bando que con otro y todos a veces parece que estén descontentos, eso es buena señal.

Quiero agradecer a Pedro Andrades y al blog Imagina Setenil las fotografías 3D de animación que recrean aquellos días y las de Norman Bethune que ilustran este capítulo, igualmente el haberme dejado a “préstamo” el vídeo que os he enviado y que también se puede ver en mi Facebook, es una maravilla de dos minutos donde los comentarios sobre las vivencias de esas personas pueden helarnos la sangre y hacernos pensar sobre los motivos de nuestras quejas hoy en día. Aprovecho el momento para decir que si algo siento por Pedro es admiración y una pasión descomunal por todo cuanto hace, no solo para él y nosotros sino también para el pueblo de Setenil, al que ayudó de manera sobresaliente a catapultarlo en su día, hace ya unos años, hacia el estrellato hollywoodense en el que hemos vivido y continuaremos viviendo. Estoy seguro que el futuro nos brindará la oportunidad de agradecerle tanto como ha hecho, hace y seguirá haciendo por Setenil, su pueblo. Pedro ha invertido tanto tiempo en mejorar nuestro aspecto como pueblo en redes sociales a través de su blog y personalmente con su labor y presencia, que el pago que ha admitido ha sido solo el agradecimiento que recibe cuando visita cada semana su pueblo, su familia, su gente setenileña. Y es que a ese trabajo hay que sumarle la colaboración desinteresada, bueno siempre ha caído una cervecita, y alguna comida de su bolsillo, de gente famosa relacionada con la cultura, que abarca mucho, y la política, todas ellas admiradoras de Setenil que luego han participado ofreciendo comentarios en redes sociales y en su blog sobre el asombro y pasmo que les ha provocado Setenil. El blog, ImaginaSetenil, nos ha ayudado a crecer en conocimientos, empujándonos con audaces artículos a conocernos mejor, a saber de nuestra cultura, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestros rincones, nuestra historia, nuestra idiosincrasia particular, un infinito de curiosidades sobre Setenil y sus habitantes a lo largo de los miles de años de vivencias en estos tajos y cuevas. En fin, personalmente creo que uno es bien nacido si puede ser agradecido, yo lo soy con su persona y su labor. Para mí, cualquier vida sin ti es menos vida, amigo.

No me extiendo más, solo otra mención, esta para Ángel Medina Linares, quien me animó para dar vida a estas dos terribles masacres contra inocentes y a quien debo en gran parte iniciar esta historia y continuar con ella, gracias por todo, Ángel.

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FOTOS PEDRÍN 3

Sebastián Bermúdez Zamudio

CAPÍTULO 3 (Segunda parte)

CORRER SIN MIRAR ATRÁS

“Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombre de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”.

Gonzalo Queipo de Llano, desde Radio Sevilla.

queipo

– ¿Cuáles son las ordenes? -Peguntó el piloto del bombardero alemán Heinkel.

-El objetivo es disparar. -Fue la respuesta desde el Acuartelamiento Aéreo de Tablada.

El piloto vio como corrían las personas debajo del avión por la carretera mal asfaltada que llevaba de Motril a Adra. Eran hombres, mujeres, niños, mayores, seres humanos desarmados que miraban en dirección al avión con la cara aterrorizada cubierta de lágrimas. Miles, tal vez cien mil, o acaso doscientos mil, era difícil de saberlo, corrían tropezando con ellos mismos o con los cadáveres del suelo que eran muchos. Aquello le trajo a la memoria los juegos con su hijo en esas tardes de verano donde, sentado en el patio de su casa en el campo, jugaban los dos a las guerras de aviones contra ejércitos armados, recordó que tanto los aviones como los soldados los hicieron con ramas y bellotas que cogían de la encina del huerto.

-Repita la orden, por favor. -Dijo de nuevo el piloto.

-Disparar, no tenga piedad.

El sudor frío de quien tiene que decidir por la vida de los demás, los ahogos pensando que cualquiera de aquellos que corrían podrían ser su hijo, o tener su edad, pensó en él y sacudió su visión agitando la cabeza a un lado y otro. Luego volvió a mirar abajo desde su posición privilegiada de piloto de avión de combate, en ese vistazo vio a varias mujeres arropando a niños en sus regazos con las espaldas como escudos, para protegerlos de los disparos que pronto llegarían. Puso el dedo en el gatillo de la ametralladora y la mirada en los objetivos que seguían corriendo destartalados, tropezando, empujándose unos a otros, dio una pasada y volvió al principio de la marcha humana para enfilar su cometido. Cuando estuvo a buena altura cerró los ojos un instante y pidió perdón a Dios, abajo, en la carretera una figura delgada, con una camisa a cuadros en jirones, unos pantalones rotos y descalzo le abrió los brazos de frente, con la cabeza dejada caer hacia atrás y los ojos abiertos mirando la cabina del bombardero alemán. El piloto se le quedó mirando, no se apartaba, no parecía tener miedo, lo envidió, porque él si lo tenía, y mucho, medio segundo después de pensar aquello y grabar la imagen del niño con los brazos abiertos en su cabeza, apretó el gatillo y las ráfagas que salían de las ametralladoras se llevaron por delante cientos de vida que caían muertas sobre la carretera, luego tiró de los mandos y elevó el vuelo hacia el cielo.

A quinientos metros de la carretera, abrigados en la espesa bruma marina y ordenados como una fila de militares profesionales, los buques de la Armada nacional dirigían sus cañones hacia las personas civiles que iban corriendo aterradas, primero por la sensación de sentirse objetivos, segundo por las balas de las ametralladoras de la Luftwaffe y la aviación italiana y tercero por los cañones del Canarias, Baleares y Almirante Cervera que ahora los miraban con odio antes de comenzar su atronadora tormenta de fragores mortales. Enfilaban su objetivo los cañones y esperaban las órdenes de disparo, cuando estas llegaban se abría fuego sobre los refugiados que corrían sin más alma que la que se lleva el diablo.

Desde esa distancia apenas si podía observarse lo que ocurría en la carretera, los soldados lo supieron más tarde, la gratificación de los mandos por su buen trabajo apaciguó sus reconcomios. Tras el cristal de la cabina de control en el puente de mando, las caras reflejaban dolor, seriedad y desazón, el que produce matar niños, mujeres y mayores desarmados que nada tienen que ver con una guerra y que no eran el enemigo contra el que esos hombres estaban entrenados para luchar. Se podían ver los vuelos de los aviones a baja distancia, como en vaivenes inesperados que en su recorrido dibujaban sobre la horizontal carretera, luego, como chispas doradas, los disparos surcaban amenazadores el espacio que quedaba entre ellos y los refugiados que corrían, destellos de fuegos ardientes y veloces, mordeduras asesinas de la munición de las ametralladoras, 3× MG 17 de 7,92 mm, montadas en la cubiertas de los motores de las aviaciones alemana e italiana que ayudaban a los sublevados militares de Franco a tomar el país y acabar con los republicanos y de paso con la República.

El ruido de la radio volvió de nuevo a llevarlos a la realidad.

-Comunicación desde Tablada, señor. -Dijo el cabo como aviso.

El capitán miró a sus compañeros y respiró profundo, soltó aire y contestó.

-Aquí el capitán a la escucha.

-Enhorabuena, mis felicitaciones, las noticias no pueden ser mejores.

La voz de Quipo de Llano al otro lado del aparato podía oírse alta y clara, el capitán apartó el auricular a un lado y cerró los ojos con la cabeza gacha, volvió a acercarlo y habló de nuevo.

-Así es, se han cumplido sus órdenes, señor.

– ¿Mis órdenes? Son las órdenes del pueblo español, capitán, no lo olvide, están ustedes haciendo un gran trabajo por la patria, seguro que con una buena comida y unas botellas de vino queda todo agradecido, transmita mis felicitaciones a la tripulación y muy especialmente al cuerpo de mando.

-Así se hará, señor.

Luego pasó al cabo el micrófono una vez terminada la comunicación, cogió su paquete de tabaco y salió a fumar algo fuera, dando la espalda a los cañonazos, a los aviones y a toda aquella mierda de guerra en la que luchaban y él estaba al mando para acatar órdenes.

-Entre esas gentes irán amigos de algunos de aquí del barco, de la tripulación, o incluso de nosotros mismos.

Quien habló fue el segundo al mando del Canarias, luego se apoyó en la barandilla y aceptó gustoso un cigarrillo que le ofreció su superior, cinco relajadas caladas dio antes de que volviese a hablar el capitán.

-Los padres de Juan, el cabo que ha recogido la comunicación con Tablada, van en esa carretera. Huyen de Málaga porque llegamos nosotros, los que deberíamos defenderlos, y venimos a destruir sus vidas y sus sueños. Eso de ahí, -dijo señalando a través de la puerta-, es Torre del Mar, sus abuelos viven ahí, y en esa playa de más abajo pasaba los veranos junto a sus primos. Dime una cosa, amigo mío, ¿qué estómago debe tener ese hombre ahora mismo? ¿Cómo coño queremos hacer una España nueva así? Me cago en los muertos de todo, hostias, que desde esta mañana de hoy ocho de febrero han entrado las tropas en Málaga y se han encontrado la ciudad semivacía, ¡que no había nadie en los barrios obreros! Y se pone el canalla este a llamar para decirnos que muy bien, ¡¿qué muy bien qué, cojones?!

-Ya vale, déjalo estar, las palabras hay que medirlas que los oídos están en todos lados.

-No puedo, hombre, no puedo con esta mierda, mira allí enfrente y júzganos tú mismo, nosotros hemos dado las órdenes para que eso ocurra, ¿cómo coño me miro yo la cara de nuevo tras ese desastre de ahí, esa masacre que estamos llevando a cabo?

-Pues haciéndolo, capitán, ¿qué coño somos? Unos mandados, unos mandados que no nos queda otra que respetar las órdenes que recibimos, o eso o paredón, o directos al mar, que ahí dentro hay quien encantado llamaba a Tablada para decir que nos hemos amotinado, porque eso es lo que parece esto, mi capitán, así que mirada al frente y a apechugar con las consecuencias que de no hacerlo nos corren malas.

El capitán entendió a su amigo, lo miró con la rabia contenida en sus ojos y lanzó la colilla al mar con los dedos, miró a los ojos al compañero y los vio ensangrentados de rabia, apretó los dientes y cerró los puños maldiciendo, se acercó a su amigo y le dio una palmada en el hombro.

-Vamos dentro, que sea lo que Dios quiera.

Uno de los aviones se acercó tanto a tierra que pudo ver las caras de muchas de esas gentes que corrían aterrados, mascó tabaco italiano el aviador y apretó el gatillo de las ametralladoras para no dejar ni uno sobre el mal asfalto.

Manuel, Juan y Antonio dejaron atrás a los suyos, su tía quedó sobre una cuneta con varios disparos que le segaron la vida de cuajo. Allí dejaron su cuerpo agujereado, con las piernas dobladas y el vestido roto a balazos, la cabeza a un lado y los brazos abiertos. A su padre lo pilló una bomba cuando trataba de quitar peso a la mula que llevaban cargada de algunos enseres, tanto él como el animal murieron quedando irreconocibles. La madre de esos niños salió a la carretera para quitar a un zagal que con camisa de cuadros y los brazos abiertos se encaraba con uno de los aviones que iba en su busca, o en la de todos, cuando llegó para apartarlo de la carretera el niño sonreía, y las balas se llevaron por delante tanto al niño como a la madre.

Los tres hermanos esquivaban los cuerpos que había desparramados por el suelo, algunos aun vivos pidiendo auxilio, nadie atendía sus ruegos, no era momento de pararse para nada, ni para socorrer a un desvalido, había que correr. Dos burras sueltas iban al trote ligero por entre las gentes, sorteando a todos mientras seguían un camino que ellas imaginaban seguro. Al paso por un socavón en un lateral de la cuneta, oyeron los berridos de una criatura pequeña, Manuel, que oyó los grititos con más agudeza, se detuvo a mirar en el hoyo, allí vio a una niña en brazos de su madre muerta, lloraba desconsolada porque la madre quiso protegerla y ahora yacía muerta sobre ella que solo mostraba la cabecita fuera del cuerpo de la madre. Manuel no se lo pensó a pesar de las advertencias de sus hermanos, saltó dentro del hoyo y agarró a la niña que dejó de llorar en ese momento, la cogió en sus brazos y se la dio a su hermano Juan y este a Antonio para así poder ayudar el uno al otro a salir del socavón. Dos minutos más tarde corrían de nuevo entre balazos, bombas, heridos y muertos. La niña reía agarrando con sus bracitos el cuello de Manuel que la mantenía sujeta con la vista en todos sitios para no tropezar y caerse.

– ¿Te ayudo, Manolo?

-No te preocupes, Antoñito, que ya mismo llegamos al puente, tú no te separes de Juan.

Siguió huyendo Manuel y su hermano se detuvo, buscó a Juan entre el gentío y no consiguió verlo entre tanto humo, polvo y la dificultad de distinguir entre los gritos y el enloquecimiento que se implantó en la carretera. Comenzó a retroceder mientras vociferaba el nombre de su hermano.

– ¡Juan! ¡Juan!

No obtuvo respuesta y siguió buscando a la vez que detenía a la gente para preguntar por su hermano. Lo empujaron, lo apartaron a un lado de malas maneras, lo tiraron al suelo, le dijeron que se quitase de en medio e incluso hubo un hombre que le dijo que seguro estaba ya muerto, que corriese si no quería acabar igual. Comenzó a llorar, pero no desistió de su empeño, cuando veía en el suelo alguno de los cuerpos sin vida que pudiese ser el hermano, le daba la vuelta y miraba, todo esto mientras las bombas caían y los aviones seguían pasando, ametrallando a todo lo que se moviese y a lo que no. Un rato después, cuando ya lo daba por perdido y se arrodilló en el suelo viendo un mundo cruel ante sus ojos, sintió una mano en su hombro que tiró de él con fuerza.

– ¡Vámonos, hermano!

-Pero, no encuentro a Juan, ¿qué hago?

– ¡Correr, Antonio, correr!

La niña comenzó a balbucear palabras que no se entendían cuando los dos hermanos comenzaron a correr detrás de toda aquella avalancha de personas en dirección a no sabían dónde. Los barcos dejaron de disparar y los aviones desaparecieron en el nuboso horizonte. Se volvió a respirar con pausa. Manuel y Antonio se sentaron en unas piedras de la cuneta, entre tres o cuatro muertos que había alrededor de ellos, la niña se quedó dormida y entre la cortina de humo cercana apareció Juan que fue corriendo a abrazarse a ellos.

-Me perdí, lo siento, me despisté y no sabía a donde debía ir, no os encontraba por ningún lado y me temí lo peor. -Dijo nervioso con los ojos rojos a punto de estallar.

-No pasa nada, hermano, -le dijo Manuel-, dame un abrazo a mí y otro a Antoñito que se ha vuelto loco el pobre buscándote, lo importante es que estamos juntos de nuevo.

Ninguno de ellos sobrepasaba los quince años, Manuel los acababa de cumplir hacía un mes, y allí estaban, tratando de que la pérdida de sus padres y su tía no se llevase sus vidas también por delante. Antes de comenzar la huida, sus padres hablaron con ellos y les dijeron que nunca detuviesen la marcha, si a ellos les ocurría algo no debían detenerse, solo huir, correr, buscar un lugar seguro y comenzar de nuevo. En Almería los esperaba su tío y su familia. Él se encargaría de ellos hasta que fuesen mayores y pudiesen valerse por sí solos. Los tres hermanos asintieron a todo comprendiendo que era lo mejor para ellos si ocurría algo en el camino. En esos momentos, tras volver a encontrarse de nuevo, Manuel les recordaba aquellas palabras a la vez que la niña despertaba y comenzaba a llorar. Un hombre que llevaba a una mujer embarazada en un carrillo de mano se les acercó.

-La niña tiene hambre, muchachos.

-No tenemos nada, señor. -Le dijo Antonio con sus trece años.

-Toma esto, -el hombre le dio una botellita pequeña envuelta en un paño-, es una especie de biberón de caña de azúcar, que se lo tome despacio que esto la calmará.

-Gracias, señor.

El hombre siguió empujando a la señora en el carrillo y se perdieron poco a poco sorteando los cadáveres sobre la carretera. Juan se tumbó sobre el suelo mirando al cielo, que oscurecía a esas horas tempranas de febrero. Antonio cogió un palo que había tirado en la cuneta y se puso a jugar marcando surcos en la tierra. Manuel mojó el pañito que le dio el hombre en el líquido de la botella y la niña comenzó a chuparlo con cara de satisfacción, mirando a los ojos a ese muchachito que la sujetaba en brazos con cariño.

– ¿Qué nombre le vamos a poner, Manolo? -Quiso saber, Antonio.

-Yo que sé, Antoñito, yo no entiendo de nombres, por ahora le diremos niña, ya veremos más adelante.

-María me gusta, -dijo Juan-, ese es el nombre más bonito del mundo.

-Pues la llamaremos María. -Afirmó entusiasmado Antoñito mientras se reía su hermano Manuel.

Cuando hubo parado el bombardeo y la tarde oscurecía a esas horas tempranas, los tres hermanos lloraron la muerte de la tía y de sus padres, derramaron muchas lágrimas en silencio.

-También me da pena por Morena, la mula. -Dijo Antoñito, y volvió a sollozar lastimado en su corazón.

La mañana del domingo ocho de febrero del año mil novecientos treinta y siete, las tropas franquistas entraron en la ciudad. Los principales mandos militares de Málaga no defendieron ni la plaza ni su población civil. El coronel José Villalba, sometido a la presión de los compañeros y a su propia evaluación de los acontecimientos, decidió salir de la ciudad el día antes, mientras aún le daba tiempo para buscar un salvoconducto que le permitiera seguir con vida. Málaga se encontraba bajo la hegemonía comunista y anarquista que provocó el caos en la población, remitiendo a todos los hombres a una lucha armada para frenar el avance de las tropas del bando nacional. La división entre los militares republicanos y las continuas disputas internas no presagiaban nada bueno y, a pesar de contar con gran apoyo miliciano, las mujeres, niños y mayores decidieron abandonar la ciudad y unirse a una larga marcha de refugiados que ya venía en camino desde los pueblos de las serranías rondeña y gaditana, que se afincó durante un par de meses en las ciudades costeras antes de partir hacia Málaga con destino a Almería buscando la zona republicana. Los marroquíes de Regulares, y demás fuerzas franquistas entraron a la ciudad a las siete y media de la mañana de ese día ocho por la carretera de Torremolinos, encontrándose una ciudad semivacía y abandonados los barrios obreros. A las nueve y media de esa mañana hacen aparición en el puerto malagueño los cañoneros Cánovas del Castillo y Canalejas. Las fuerzas italianas del Corpo Truppe Voluntari arriban a la ciudad a mediodía llegando desde Antequera y Colmenar. A las dos de la tarde las tropas comienzan a desfilar por el centro y por las calles principales. Málaga había caído en manos de los sublevados. Una semana después fueron fusilados y asesinados dos mil quinientas personas que por unas cosas u otras fueron acusadas de ser afines a la República y contrarias al nuevo régimen.

«Hacia las 2 de la tarde comienza el Éxodo desde Málaga. La carretera es un río de camiones, coches, mulas, carros, gentes asustadas que riñen entre ellas. Esta riada lo chupa y lo arrastra todo: civiles, milicianos desertores, el gobernador civil, algunos oficiales del Estado Mayor…

Corren algunos extraños rumores por Málaga: que los rebeldes han ocupado ya Vélez, la siguiente población hacia el este, a unos 50 km; el río de refugiados se dirige a una trampa mortal. Según otro rumor, la carretera está todavía abierta, pero bajo el fuego de los barcos de guerra y de aviones que ametrallan a los refugiados. Nada, entonces, puede ya detener al río: fluye y fluye, y se alimenta sin cesar de los arroyos del miedo».

Del libro «Dialogue with the death» del corresponsal del ‘Daily Worker’ (NYC), Arthur Koestler.

Lloraban los niños y lloraban sus madres, rodeados todos por los malheridos que deambulaban sin rumbo en aquella antesala de la muerte, sin nadie que los guiase en sus perdidos pasos. El ataque sembró la carretera de muertos aun calientes y agujereados humeantes, muchos fueron los restos sin dueño que quedaron esparcidos sobre la mal asfaltada carretera. La mayoría de esas almas abatidas erraban abandonadas a mejor suerte, a futuro perdido y a sueños sin final. Nada existía en el interior de aquellas personas que lograron mantenerse con vida, intercambios de miradas que acababan con la cabeza gacha en busca del suelo, valorando lo mal que estaba cada uno y peor el vecino de al lado. Alrededor de todas las personas que se iban reuniendo con preguntas repetitivas se replegaba el silencio y la incomprensión, la rabia de la impotencia expresada en esas voces apagadas, en esos lamentos perdidos por quienes quedaron atrás, representaban todos ellos la viva imagen del desinterés a seguir viviendo. En aquellas horas fatídicas que se vivieron en la carretera de Torre del Mar, cuando los refugiados del interior se unieron a los que abandonaban Málaga, esos miles de personas se sintieron presas de fieras sedientas de sangre, de deshumanizados hombres con nombre y apellidos. Lo vivido por aquellos civiles que corrían huyendo del miedo, que agotaron sus fuerzas para alejarse un paso más del infierno hasta que terminaron exhaustos, derrotados de ánimo y con la esperanza ametrallada y bombardeada. Aquellos hombres y mujeres, niños y niñas, a pesar de todo, decidieron continuar andando, qué no sería aquello que dejaban atrás.

“A los tres cuartos de hora, un parte de nuestra aviación me comunicaba que grandes masas huían a todo correr hacia Motril. Para acompañarlos en su huida y hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación, que los bombardeó”

Queipo de Llano explica en una locución la decisión de bombardear a la población civil.

«La evacuación de Málaga comenzó cuando la población supo de las dificultades de los frentes, pero nadie creyó que el éxodo voluntario iba a asumir el carácter de un cataclismo humano desconocido en la historia de Europa. Pronto se convirtió en una sangrienta realidad. El camino se tornó un infierno bombardeado por los barcos fascistas españoles y los aviones alemanes e italianos. (…) Pronto el camino quedó cubierto de muerte».

«The Manchester Guardian»

“Una muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de la carretera… La llanura se extendía tan lejos como la vista podía alcanzar y por ella serpenteaba una hilera de 30 kilómetros de seres humanos, como un gusano gigantesco con innumerables pies que levanta una nube de polvo que se extendía hasta más allá del horizonte. (…) Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos, descansando sobre las rocas o vagando temblorosos sin rumbo (…) Los muertos estaban esparcidos entre los enfermos con los ojos abiertos al sol”.

“Resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más desvalidos… Descargamos el equipo y las existencias de sangre (…) Después abrimos las puertas traseras. Se podía ver la excitación en los rostros de los refugiados. Todos esperaban, pero sin saber si tendrían posibilidades. Una multitud de padres y madres se apretó alrededor del coche. Decidimos transportar a las familias que tuviesen más niños y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos a 30 o 40 personas en cada viaje”.

“El crimen de la carretera Málaga-Almería”

Norman Bethune

FOTOS PEDRÍN

Pasado Motril y de camino a Almería, los dolores de parto se acentuaron esa mañana cuando rompió aguas Francisca, resoplaba una y otra vez cerrando con fuerza los puños, tratando de controlar la situación que parecía no tener remedio ya, la niña estaba en camino y con ganas de salir. José empujaba la carretilla entre las balas de los aviones, las bombas que lanzaban los barcos y que venían algunas a estallaban a su alrededor. Andaba raudo y previsor, evitando venir a chocar con los cadáveres, heridos, niños y mayores que decidieron desistir de correr más, unos porque quedaron huérfanos de familia allí mismos y no supieron que hacer, otros porque no podían, no contaban con fuerzas o bien las heridas eran bastante graves y no les permitían continuar corriendo.

-Nos van a matar, José.

-Anda, no digas eso, si no lo consiguieron antes no lo van a conseguir ahora que ya estamos cerca.

-Pero ¿es que no van a parar nunca?

-Seguro que se les acaba la munición antes de que llegue la noche, tú aguanta que ya estamos.

José sonreía cuando ella lo miraba, cuando apartaba la vista miraba en derredor y nada bueno presagiaba, no era sumar números su fuerte, aunque por tanto muerto visto calculaba que al menos tres mil personas habían caído ya, aparte de los heridos, que seguro que doblaban la cifra. Sin embargo, debía seguir empujando aquella carretilla para logar poner a salvo a Francisca y a la niña que ya parecía querer abrir la puerta para salir. Un proyectil estalló cerca de ellos con la suerte de que iban por el lado contrario de la carretera y la bomba vino a parar en un bajante de la cuneta, la tierra los cubrió por completo y hasta llenó el carrillo de tierra y de algún resto humano que la bomba reventó de cualquiera de los refugiados que pilló cerca. Francisca no dijo nada, a tripas corazón, y fue sacando aquella tierra manchada de sangre del carrillo, limpiándose la cara como bien pudo con el pañuelo blanco que ya había perdido el color por el uso. José se sacudió como si fuese un perro mojado, quitándose la tierra que le cayó encima y pasó el brazo por la cara para seguir adelante, en esas se puso mientras trataba de animar a Francisca a la vez que esquivaba los muertos de la carretera.

Una hora después, tras parar un par de veces por las aglomeraciones que se creaban en los pasos estrechos, en uno de los tramos de aquella carretera, en un kilómetro cualquiera pasado Motril, Francisca gritó en seco y José no tuvo más remedio que ayudarla a bajar de la carretilla, la niña ya llegaba.

-No puedo más, José, lo siento mucho, lo siento de verdad, pero ya está aquí.

Francisca se disculpaba por el momento, como si lo hubiese elegido ella. El marco era de lo más agorero, aviones disparando por encima de ellos, los barcos cañoneando los precipicios que daban al mar levantando miles de piedras en cada impacto que venían a parar contra los refugiados que nuevamente comenzaban a correr aterrados.

-No te preocupes, Francisca, si tiene que venir que venga. Mira, -le dijo señalando un árbol de buenas ramas en una costera del monte-, ese va a ser el sitio, allí nacerá la niña.

Pasaban tres hombres junto a ellos y José les pidió ayuda, a pesar de no querer los hombres por la situación, comprensible porque sus vidas estaban en juego entre aquella avalancha de violencia, uno de ellos habló en voz alta mirando a la señora y los sudores fríos que no le calmaban a la pobre.

– ¡Venga, coño! ¡Cómo vamos a dejar al hombre y a la mujer aquí! Ayudemos para llevarla hasta el árbol que nos dice y que venga lo que tenga que venir.

-Gracias, amigo, que tengan ustedes suerte. -Les dijo José una vez dejaron a Francisca bajo el árbol y los vio salir corriendo en busca de refugio mientras durase el ataque.

Francisca comenzó a resoplar, a achuchar con fuerza, a sudar casi llorando y a quejarse lastimosa con los sufrimientos que padecía de aquellos dolores que no cesaban. Las bombas reventaban la cornisa del acantilado nuevamente y las balas rebotaban en el asfalto destrozando el camino y a las personas que por la carretera corrían. Hubo quien se acercó con la pretensión de ayudar, y fueron manos que se agradecieron, toda ayuda es poca cuando acucia lo inesperado y no se sabe atender. Y es que José no sabía cómo afrontar aquello, aunque entre todos pudieron hacer que la niña llegara con vida a aquel mundo en llamas gracias a una mujer que contaba con experiencia en partos y no dudó en echar una mano. La recién nacida no fue la hija de la República, fue víctima de los ataques que sufrieron los civiles españoles desde el primer día que comenzó todo, hacía casi un año atrás. ¿Por qué murió? Seguramente por miles de cosas, por tener que huir de su propia casa al no comulgar con las imposiciones y tener una opinión política o pertenecer a un partido diferente al permitido, por pasar hambre en aquella huida, por caminar viendo como los disparos desmoronaban el mundo que conoces. Por aquellas bombas que estallaban una y otra vez junto a ellos dejando cientos de muertos, por ese mal camino recorrido desde Setenil a San Pedro de Alcántara, por tanta caña de azúcar en aquellos meses, por todo aquello sufrido en la carretera y los montes desde Setenil a donde se encontraban. Seguramente por todo eso murió la niña, y extraño fue que no lo hicieran ellos si tenemos en cuenta que más de la mitad de ese camino lo hizo José con Francisca embarazada y subida a un carrillo de manos que él llevó gustoso esquivando muertos y a la muerte. ¿Qué podría salir mal? Pues todo, así que poco tiempo después de nacer la niña murió, y con ella una parte de Francisca y otra de José.

-Era de esperar, -le dijo la mujer que hizo las labores de partera-, ¿quién va a querer quedarse aquí? -Preguntó a nadie, tal vez al cielo, o al infierno mientras observaba los cadáveres sobre el suelo levantado en añicos por los cañonazos y las balas.

Al final de la pendiente donde se encontraban, un autobús se había salido de la carretera y trataban de volver a subir sus ruedas al asfalto. La partera se acercó hasta el chofer y habló con él, le pidió que llevara a Francisca y José en el autobús hasta donde fuese que pudiesen, le dijo lo de la niña y el hombre aceptó de buen grado, -otra hija de la República que se queda en el camino-, dijo apesadumbrado el chofer.

Para que nos hagamos una idea, el 26 de abril de 1937, en Guernika, la Legión Cóndor mató a ciento veintiséis personas según los documentos más recientes. En esos ocho días aproximadamente seguidos al 7 de febrero del año 1937, en la carretera de Málaga a Almería, las cifras se acercan más a los seis mil siete mil asesinados, y es un hecho que quedó enterrado en el olvido mucho tiempo, casi tanto como quedaron las almas de esas vidas asesinadas vagando por las tierras que los militares de Franco mancharon de sangre inocente de niños, niñas, madres, padres, abuelos y abuelas. Las reflexiones sobre aquello nos avergüenzan como humanos.

FOTOS PEDRÍN 2

Buques: Canarias, Baleares (Armada nacional)

Desplazamiento: 10.000 T. estándar, 13.200 a plena carga.

Armamento: 8x203mm (8´´) /50 cal. -8x120mm (4.7´´) /45 cal. AA- 4X40 mm AA -4X20 mm AA

Tripulación: 1.200

Los cruceros pesados de la clase Canarias fueron diseñados por Mr. Watts. Se basaban en la clase “County” británica de los que mantenían las líneas generales del casco, (salvo el bulge antitorpedos), y el armamento principal. Las tres chimeneas de los “County” se redujeron a dos, las cuales se unieron durante la construcción en una única salida de extraño aspecto. Las superestructuras también presentaban diferencias siendo más compactas y modernas. La protección horizontal era similar, aumentando la vertical de la que casi carecían los cruceros ingleses. La protección submarina se intentó mejorar con un bulge más desarrollado. La maquinaria se potenció de forma que alcanzaron los 33 nudos efectivos. Como los “County” resultaron buques muy marineros. El armamento antiaéreo estaba constituido por las 8 piezas de 120 y algunas menores que variaron durante la guerra. Debieron tener 12 tubos lanzatorpedos fijos, y catapulta, pero nunca se les instalarían. El Baleares entró en servicio con solo tres (alguna fuente afirma que dos) de las torres de 203. En ambos casos el alistamiento fue precipitado, y los barcos fueron equipados a medida que transcurría la guerra. Comenzaron su construcción en 1928, por problemas políticos no terminaron los trabajos y en 1936 se encontraban en El Ferrol todavía en fase de armamento.

Buque: Almirante Cervera (Armada Nacional)

Desplazamiento: 7.975 T. estándar, 9.240 a plena carga.

Armamento: 8×152 mm (6´´) /50 cal (3 montajes dobles y 2 montajes simples) -4×101,6 mm (4´´) /45 cal. AA -12 tubos lanzatorpedos – 533,4 mm (21´´) (4 montajes triples)

Tripulación: 566

Este tipo de cruceros ligeros derivan de la clase “E” británica (Esmerald y Enterprise), aunque con diferencia en la disposición del armamento, chimeneas, tubos lanzatorpedos y otros detalles, lo que los hacían bastante superiores. Excelentes buques, su único defecto fue el armamento en montajes abiertos en lugar de en torres y con una extraña composición de dos montajes sencillos y tres dobles. De silueta llamativa por su belleza, rápido y bien armado, para su desplazamiento, al inicio de la guerra eran los barcos más importantes y apreciados de la Armada. Construido en El Ferrol entraron en servicio antes de la proclamación de la República.

Y esta misma noche la luna pálida,

que se desplaza en voz tan baja, alta y clara,

el espejo de nuestra mirada pálida y turbada,

elevado a un cielo canadiense fresco.

Por encima de las cimas de las montañas destrozadas,

ayer por la noche, se levantó bajo y salvaje y rojo,

el reflejo de su escudo iluminada,

las caras salpicado de sangre de los muertos.

Para ese disco pálido, elevamos nuestros puños cerrados,

y a esos muertos sin nombre renovamos nuestros votos,

“compañeros, que lucharon por la libertad y el mundo del futuro,

que murió por nosotros, vamos a recordar.”

-Poema publicado en la edición de julio de 1937, El Foro de Canadá-

Norman Bethune

La última voluntad de Norman Bethune antes de su muerte en China, lectura:

Estimado comandante Nie, hoy me siento muy mal. Probablemente tengo que decir adiós a usted para siempre. Por favor, enviar una carta a Tim Buck, el secretario General del Partido Comunista de Canadá. La dirección es N.º 10, Wellington Street, Toronto, Canadá. Por favor haga una copia para el Comité de Ayuda Internacional a China y la Alianza Democrática de Canadá, diles que soy muy feliz aquí… Por favor, dar mi Kodak Retina cámara II al compañero Sha Fei. Norman Bethune, 16:20, 11 de noviembre, 1939.

FOTOS PEDRÍN 1

Aquella mañana salió de Almería un coche ambulancia que en un principio llevaba como misión la de recoger y trasladar sangre para transfusiones en el frente republicano. Sin embargo, su conductor, cuando descansaba fumando un cigarro oyó los comentarios que se prodigaban en la plaza por parte de algunos civiles, hablaban de la situación en la carretera de Motril. Las tropas sublevadas atacaron a la población civil que huía en busca de refugio abandonando Málaga y la zona del interior. Lo habló con su jefe, el cirujano canadiense, y ambos decidieron vaciar la ambulancia de sus aparatos y demás enseres para comenzar un recorrido de ida y vuelta para tratar de ayudar a esas gentes que sufrían lo indecible y les iba la vida para poder llegar a Almería. Norman Bethune, tras hablar con Hazen Sise, su compañero y amigo, vio cómo se alejaba cruzando la plaza y al llegar al vehículo abrió la puerta para subirse y ponerlo en marcha, por delante les quedaban muchos kilómetros que recorrer, algunas balas y bombas que esquivar y miles y miles de civiles refugiados a los que ayudar. Comenzó la gran aventura sanitaria de la Guerra Civil ese día diez de febrero del año treinta y siete.

– ¿Qué pretendes que hagamos, Norman?

-No tengo ni idea, amigo Hazen. Haremos lo que esté en nuestras manos cuando nos encontremos con lo que sea que esté pasando ahí delante.

Cuando llevaban una hora de camino aproximadamente se encontraron con los primeros refugiados que caminaban ligeros de equipaje y sin levantar la cabeza. Junto a ellos circulaban varios vehículos, camiones, coches, autobuses, todos atestados de gente por dentro y fuera, situados de las maneras más inverosímiles posibles. También se veían varias bicicletas, caballos, mulos y burros, ese primer pelotón iba comandando a lo que era un torrente de personas con la cara descompuesta y la mirada desquiciada del terror. No miraban a otro sitio salvo al suelo, no hablaban entre ellos ni con los que se cruzaban, pensó Norman Bethune que eran lo más parecido a fantasmas salidos de un infierno.

-Son más almas en pena que personas. -Apuntilló la escena el sanitario Hazen mientras conducía con cuidado en contra de aquella corriente humana.

-Creo que va a ser diferente a lo que teníamos previsto, aquí no podemos ayudar en nada, lo único que podemos hacer es adentrarnos lo más que podamos y comenzar a llevar gente hasta Almería, a los que peor se encuentren y tengan posibilidades de vivir primero, pero prioridad desde luego para los niños antes que nadie, solamente los mayores heridos tendrán sitio en la ambulancia.

– ¿Qué hago entonces, continuo?

-Sí, hasta donde podamos llegar, luego yo me encargo del coche y tú te quedas por aquí con la cámara, apostaría a que va a ser el único testimonio que va a quedar con vida de este día. Las fotos vendrán bien para no olvidar, para recordar esta atrocidad que se ha cometido el fascismo degenerado con estos inocentes.

-Vale, estoy de acuerdo, pero iremos turnándonos con el coche, va a ser duro tanta ida y vuelta, ten en cuenta que serán dos horas de viaje entre ambos viajes.

Hazen Sise se bajó de la ambulancia junto a un descampado, en una curva donde los muros de piedra y cal desgastada avisaban del precipicio en ese lado de la carretera. Se detuvo a mirar la posición del sol y preparó su cámara, buscó donde enfocar el objetivo y disparó una foto. La intención de esa osadía al enfrentarse a un enemigo que pronto podría volver a aparecer no era otra que la de dejar un testimonio fotográfico de aquella masacre con humanos inocentes. Por su parte, Norman Bethune aparcó el coche ambulancia más adelante y se puso a hablar con uno de los que parecía comandaban la marcha. Le explicó al hombre quien era y lo que pretendía hacer para ayudar, al momento ese mismo señor, junto a seis o siete voluntarios, comenzaron a rebuscar esas personas que más necesitaban de un vehículo para salir de allí. Cinco minutos más tarde comenzaron a sobrevolar la zona los aviones alemanes y la aviación italiana del bando nacional.

Bethune estuvo tres días dando portes con refugiados desde el punto que fuese hasta Almería. En muchas de esas ocasiones fue Hazen Sise, arquitecto de profesión y enfermero en esta guerra civil, quien se encargó de llevar el coche mientras él atendía a heridos en las cunetas o en el monte, donde fuese necesario dada la situación irreal que se vivía en esa carretera de la muerte.

C.-Norman-Bethune primera foto del blog

Se detuvo Hazen Sise ante aquella imagen que representaba el descanso del pueblo que anduvo por el infierno. Buscaba con sus pasos a un lado y otro el mejor ángulo para captar lo que estaba viendo, sintiendo. Se situó a un lado y lo vio, el encuadre que representaba todo el camino recorrido, las sensaciones acumuladas, el espíritu de quienes quieren seguir viviendo muy a pesar del futuro negro y desconocido que parecía aguardarles.

Nueve mujeres, ocho niños, cinco hombres, al fondo a la izquierda, junto a dos mujeres, se distingue la silueta de una persona más, parece el hombro derecho de alguien con una chaqueta oscura, puede que otro hombre, pero está fuera de plano. Al mirar con detenimiento llama la atención la ausencia de calcetines en todos ellos, complemento que no estaba al alcance del pueblo trabajador en esos años, al menos como uso diario. Todas las mujeres llevan al hombro finas mantas para preservarse del frío, el mes era febrero del treinta y siete, y ya sabemos cómo son los febreros en el sur, frescos a pesar de que algo caliente el sol. Los hombres con las pellizas nos recuerdan a nuestros abuelos, con aquellos abrigos de cuellos grandes para subirlos cuando arreciase el viento fresco. Hay dos niños al fondo a la derecha esperando que el hombre sentado sobre la silla de madera les pele una caña de azúcar, los dos en pantalones cortos, el más alto de ellos, con camisa de color claro, se distingue como un niño, y se rasca el culo por encima del pantalón con su mano derecha, no parece que lleve alpargatas, o se las ha quitado. Quien le acompaña parece una niña, aunque pudiera ser otro niño, con una toca o paño de color claro que envuelve su delicado torso, calza lo que parecen unas manoletinas blancas, seguramente con la suela de esparto, y espera paciente con las manos entrecruzadas delante a que le llegue el turno de coger su caña de azúcar.

En el plano central de la fotografía, dos mujeres, una parece más joven, a nuestra izquierda, aunque no podría decirse con seguridad pues el físico engañaba tras lo padecido, ambas están envueltas con unas mantas, una de cuadros y otra lisa, se distingue sus pelos enmarañados. Podemos ver sus pies sufridos en unas alpargatas de suela y agarre de cinta al tobillo que cubren solamente los dedos del pie, parecen tener los tobillos hinchados y los pies magullados, con moratones y heridas. La mujer que se cubre con la manta de cuadros mira a la cámara, es la única persona de la fotografía que lo hace, sus ojos reflejan mucha tristeza, curiosidad y un profundo dolor que se acentúa con las bolsas y ojeras provocadas por el terrible insomnio que sufrieron esos días. En sus brazos mantiene un niño abrigado con un chaquetón mientras lo sujeta con las manos entrelazando los dedos, las manos rojas, moradas, tal vez del frío pasado, tal vez del cansancio, tal vez del miedo que aún mantiene hiriente el cuerpo agotado. A su lado otro niño que viste con una rebeca de color oscuro por los hombros y observa con detenida curiosidad lo que sujeta con las manos, lleva unos zapatitos tipo sandalia con agarre al tobillo, abiertos, de suela fina y color oscuro.

En la parte derecha de la imagen, una mujer se lleva a la boca un trozo de caña de azúcar mientras parece amamantar a su bebé, acurrucándolo del frío con una manta que arrima a su cuerpo para darle calor. La mujer presenta una herida en la frente sobre su ojo izquierdo, posiblemente de alguna caída en esas carreras huyendo de las balas y las explosiones. Sentada sobre el suelo mantiene resguardadas sus piernas en la misma manta que abriga a su bebé, su mirada está perdida en la lejanía, en ese camino andado o quizás en alguien que no tuvo la suerte de poder terminarlo. La pobre come con desgana, la que provoca el olvido, el abandono y la desazón, preguntándose los motivos que nos llevan a ser tan inhumanos, tratando de dar consuelo a su estado porque la vida que sostiene en sus brazos debe seguir adelante y por ella tendrá que seguir luchando.

En el centro exacto de la fotografía, dos mujeres comen caña de azúcar delante de una reja que mantiene a salvo a la casa de intentos de entradas por el ventanal de cuarterones grandes y acristalados en su parte superior. El ángulo que ofrece la fotografía no permite esclarecer con claridad los espacios entre unos y otros, reflejados quedan todos en ella, sin embargo, no permite delimitar las distancias que hay entre unos y otros. A pesar de ese bello detalle, las separaciones reales, parece que entre las dos mujeres que comen caña de azúcar hubiese una tercera que dialoga con la mujer del moño en el pelo, esa que está de pie justo detrás del hombre de la chaqueta de rayas, que se mantiene erguida y dialogante en su aptitud, llevando puesto un vestido largo y negro como se puede comprobar entre las piernas abiertas del hombre. Puedo, o quiero imaginar, que es su madre, y que les ha dado las cañas que el muchacho ha ido pelando para que pudiesen comer algo, bueno, algo no, lo de siempre desde hacía unos meses quitando días muy salteados. La mujer sentada que aparece más cercana de las dos, porque la otra no puede saberse si realmente está o no ahí entre ellas, fue pillada justo cuando iba a morder un trozo de caña de azúcar, en sus brazos, seguramente balanceándose en las piernas de la que pudiera ser su madre, un niño la mira con ganas de que le toque a él chupar de aquel palo que tan dulce parecía. En ellas dos se puede apreciar la tez morena, o sucia, que les ha provocado el camino, el polvo, la arena, el humo, las fogatas si pudieron hacerlas, los fuegos provocados por las bombas y los sudores padecidos por las carreras interminables. Todos los de la foto, en general todas aquellas personas que hicieron ese camino tortuoso llevan impreso el dolor en esos silencios que tanto nos dicen y en sus miradas oscuras cargadas de amor y recuerdos, o de odios y olvidos.

Delante de las dos mujeres que comen caña de azúcar hay otra mujer que parece querer levantarse sujetando a un niño en brazos cubierto con una mantita o paño de color claro. En ese intento por ponerse en pie ha llamado la atención de la mujer del plano central que mira hacia ella llamada por el esfuerzo que hace la madre por alzar el cuerpo llevando al niño en sus brazos. Vestida de negro, con una felpa blanca con la que sujeta el pelo, lleva unas alpargatas oscuras de tela y el empeine del pie izquierdo dañado con lo que parece un moretón. Delante de sus pies hay una botella de cristal con una boquilla extraña, quizás una especie de biberón o chupete para el niño. La escena da para pensar si ese bebé en brazos de la señora que no muestra su rostro es suyo, si no es tal vez un alma descarriada del camino y ella decidió no dejarlo abandonado, tal vez sus padres murieron en alguno de los bombardeos, o por las balas de la aviación italiana o alemana, son tantos tal vez que todos los que pensemos se pudieron dar. La mujer es observada por un niño vestido como un hombre, que mantiene las manos en los bolsillos mientras la mujer se levanta, puede que su madre, o su tía, o su hermana, o una mujer más de las tantas que caminaron esa carretera de la muerte que habían dejado atrás. Ella, con su pose entre divertida y quejosa, da la impresión de hacer una carantoña al bebé queriendo impeler en él cariñosamente mientras le dice palabras de amor y cuchicheos entrañables, esas palabras y frases que escaseaban esos días, los mofletes hinchados por la sonrisa en el niño vestido de hombre que presta atención impasible delatan ese juego de bromas y risas.

Al fondo a la izquierda dos mujeres parecen prestar atención a todo, con las miradas repartidas y los gestos de descanso reflejados en la cara. La primera que se ve delante da la impresión de querer comprender lo que se habla cerca de ella. Parece, o realmente lo está, cansada de huir y de esconderse, de correr y correr, abrigada en esa manta sobre los hombros, pensando a la vez en lo que les queda aún, o si todo terminará ahí mismo donde se encuentran ahora. La otra mujer que se ve detrás lleva una manta oscura, parecida a la de la otra señora, abrigándose hasta el cuello con ella. Parecen ambas relajadas, oyendo y viendo todo cuanto se cuece a su alrededor. La que se encuentra al fondo, con la cara blanquecina y limpia, parece mirar en dirección a Hazen Sise, el fotógrafo, preguntándose qué hace aquel hombre allí que apareció poco antes de llegar a Almería y que se dedicaba a hacer fotografías de todos ellos, todavía no era sabedora de que su imagen, al fondo escondido de un grupo de gente, quedaría inmortalizada para siempre en el corazón de tantas personas, me gusta pensar que así fue, que no lo supo entonces, pero que lo supo más tarde y pudo vivir para verse ahí reflejada, en ese instante de calma y paz que muestra con su pose casual.

Junto a estas dos mujeres del fondo hay un hombre a su izquierda que nos da la espalda, con un abrigo negro y hablando con alguien que está fuera de la imagen, no se ve en la fotografía, puede que sea a ellos y no al fotógrafo a quienes mira la mujer de la blanca cara del fondo.

Pasando por el lado de las dos mujeres que comen caña de azúcar camina con cuidado un hombre con la mirada puesta en el suelo repleto de cañas de azúcar, es lo que más vemos en toda la imagen, trozos de las cañas de azúcar. El señor, con gorra platillo, lleva puestos una chaqueta tres cuartos de botones, con cuellos anchos, la lleva desabrochada y eso deja entrever una camiseta debajo, un pantalón de cintura alta y remendado en las rodillas y los pies protegidos con las típicas alpargatas de esparto. Un metro y medio a la izquierda de él se encuentra de espaldas un señor de boina calada, chaqueta oscura de rayas blancas verticales, los bolsillos dan la impresión de ir colmados de lo que fuese, y un pantalón gris. Ese hombre atiende a la conversación que mantiene la mujer del moño vestida de negro con alguien que se encuentra entre las dos mujeres que comen caña de azúcar.

Tras ellos el muchacho que pela las cañas de azúcar, sentado en su silla de madera que alguien de una casa vecina le prestó o lo mismo consiguió llevarla todo el camino en un autobús, o en una mula cargada con lo que pudieran salvar de su casa en Málaga, o en la serranía de Ronda o en la misma Sierra de Cádiz. Lleva su boina republicana cubriendo su fuerte y abundante pelo, una chaqueta de anchas mangas y cuellos enormes, nada de eso le estroba para pelar las cañas de azúcar que ofrece a los niños que lo miran admirados de su destreza, entre las piernas de los niños puede verse parte de la caña, y también como el joven utiliza las dos manos para pelarlas, probablemente con la ayuda de una navaja. A la izquierda del joven se encuentra un hombre sentado, con el pelo acicalado y peinado hacia atrás, entradas ya bien establecidas en su cabeza y la mirada fija en los niños. El hombre se parece en algunos rasgos concretos al muchacho que pela las cañas, le da cierto parecido, puede que fuesen padre e hijo. Lleva como vestimenta una chaqueta que parece azul y de fina tela como los pantalones, subidos a conciencia, por la postura tomada al sentarse, por encima de los tobillos, se ve el dobladillo final y los zapatos claros de mejor hechura que los restantes que aparecen en la fotografía. Da la sensación de verse al hombre y al muchacho en mejor estado físico que al resto, más enteros diría yo, puede que hiciesen el camino en su coche, o en autobús y llegaran de los primeros, quien sabe si pudieron pagarse el viaje en camión con sus cosas y pertrechos a recaudo. Como digo, es una forma de verlos, nunca se sabe realmente lo que cada uno sufrió en ese camino tortuoso.

Se puede ver el suelo completamente lleno de cañas de azúcar, de los tallos cortados hasta encontrar lo que se puede comer, también hay muchos papeles en trozos de distintas medidas. Es curioso no ver a nadie fumando, falta de dinero o de tabaco en esos días. En dos o tres sitios se pueden ver los bártulos liados en mantas a modo de mochilas dejadas en el suelo, junto a la mujer que ríe con su bebé, junto a la mujer de la blanca cara y delante de la que la acompaña los hay. Podemos observar un trozo de tela cubriendo algo a la izquierda de donde está sentado el hombre de mejor aspecto, aunque bien pudiesen ser unas piernas cruzadas de otra persona.

En fin, que Hazen Sise buscó retratarnos la guerra y para mí que en esta imagen no solo lo consiguió, es que además nos dio a entender muchas más cosas, tantas como podamos encontrar, ver o buscar, seguro estoy de que esa era su intención, el legado de lo ocurrido a través de un momento plasmado con maestría.

Rápido va el tiempo cuando más lo necesitas, y lento cuando menos. ¿Puede alguien herir el corazón de un niño, de una niña? ¿Podemos apartar la mirada de la realidad? Desestimar los razonamientos para defender con excusadas justificaciones ordenamientos atroces. ¿Qué nos hace diferentes cuando callamos de quien aprieta un gatillo, pulsa la palanca o da una orden de disparar? Somos lo que somos, temerosos de la muerte, del sufrimiento, nos cubrimos los ojos ante lo que no queremos ver, y lo silenciamos dejando que lo entierren con nuestro beneplácito, nuestro silencio nos convierte casi que en cómplices. Apartar la mirada o reír la gracia, callar, asentir. Sinceramente, creo que podemos llegar a formar parte de un plan macabro sin necesidad de ejecutarlo, nos basta con no mostrar oposición a las injusticias, con permanecer callados, con evadir nuestras responsabilidades con los demás, con eso basta para llegar a sentirnos culpables.

bethune-exodo-3 segunda foto del blog

Seis mujeres, tres hombres, cuatro niños. Nuevamente un suelo marcado por la cantidad de cañas de azúcar esparcidas por todos sitios después de haberlas pelado para buscar su parte comestible. Los cañaverales a la derecha, como fantasmas que acechan desde la otra parte del camino, vigilantes espigados que nunca desaparecen, con la única misión de mantenerlos alimentados a todos los que marchan por esa carretera, por esos caminos. A ambos lados del recorrido los árboles deshojados por el invierno, centinelas guardadores de quienes valientes buscan refugio de balas y bombas. El humo ocupa el espacio del aire convirtiendo la escena en un momento apocalíptico, tenebroso pasaje a un lugar irreal entre dos mundos distintos.

En el primer plano de la fotografía nos encontramos con un niño vestido con pantalón corto oscuro y camisa que parece quedarle grande y la lleva arremangada en varios dobles por las mangas. La boina ceñida para evitar el frío que parece hacer a esas horas en que la mañana va comenzando a clarear o la tarde a desaparecer. El buen zagal camina sobre sus alpargatas de esparto amarradas al tobillo, cubiertos los dedos y el talón, seguro de lo que hace, portando una caña de azúcar al hombro izquierdo confiando en poder comérsela cuando llegue el momento, o quizás guardándola con recelo por si escasearan más adelante. Camina solo, valiente, mirando atrás por la llamada en atención del fotógrafo Hazen Sise o porque algo requiriera de esa ojeada de ceño fruncido en la redondez de su cara manteniendo la seriedad en el gesto de su boca. Trata de dar un paso con su pie izquierdo al saber que tiene apoyado el derecho, puede que pensase en volver la vista atrás en busca de aviones, de esos que poco antes les dispararon a él y a su familia, tal vez su familia ya no lo acompaña y él, siguiendo los consejos del grupo, continuase adelante con todos, quizás su madre y su padre van delante en el grupo y el chiquillo se quedase atrás para ir jugando, para descansar y no oír repetidas las penas que iba sufriendo. Desde que arrancó a andar en la puerta de su casa, en un lugar cualquiera de esta u otra provincia, los castigos se convirtieron en algo normal en su vida.

A la derecha del niño que mira hacia atrás camina otro zagal, ensimismado en no se sabe qué, puede que en esa punta de la caña de azúcar que lleva sujeta con el brazo izquierdo, puede que pendiente del suelo, puede que simplemente camine. Llaman la atención el ancho del pantalón con lo que parece un sobrante de la sujeción asomando por detrás, la chaquetilla bien puesta, esa especie de sombrero que le protege del relente, calzado con unas alpargatas y caminando seguro, como casi todos en esa fotografía. Parece despistado del presente, queriendo jugar a evadirse de ese infernal ruido de ametralladoras y cañonazos, de gritos, de dolor y muerte que lo perseguían por todo el recorrido desde que saliesen de alguna de las zonas tomadas para convertirse en refugiados perseguidos con cuota de muerte.

Unos metros más adelante caminan lo que parecen una madre y su hijo, ella va con un bolso donde llevará lo único que le queda aparte de ese niño, y de la vida, si aquello podía llamarse vida. Anda con soltura jovial, llevando su vestido largo de tela por debajo de las rodillas, parece llevar puestos unos pantalones, aunque no se ve muy claro, lo que sí se ve es un jersey debajo y el pañuelo oscuro en la cabeza. El chiquillo parece relajado, vestido con pantalón, chaqueta y boina típica. Camina con los brazos abiertos, balanceando primero uno y después el otro, tal vez se pelease con los dos de detrás y cada uno vaya a lo suyo, o lo mismo se acercó para acompañar a su madre durante un trecho del camino. Un poco retirado, a la derecha de la madre y cercano a los cañaverales, camina un hombre embutido en su chaqueta, protegido con sombrero de ala la cabeza, puede ser el marido de esa señora y el padre del niño, o lo mismo es quien está cogiendo las cañas de azúcar con las que juegan los niños que van al comienzo de la foto. El señor camina con la vista en el suelo buscando algo, siguiendo la vereda o atento a los ruidos de la aviación para dar la señal de aviso.

En mitad de la fotografía aproximadamente se ve un grupo de cuatro mujeres que caminan en línea horizontal, hablando entre ellas, todas vestidas de negro luto con pañuelo oscuro a la cabeza. La que va más cercana a la derecha lleva en una de sus manos una caña de azúcar que parece servirle de apoyo al caminar. A la izquierda de ella, mirando al centro, otra de las mujeres aparece de costado, parada y hablando con la que está a su lado con un niño en brazos que da la impresión de ir dormido apoyando la cabecita sobre el hombro de la señora. Más al centro la cuarta señora que parece cargar con un par de bolsas de tela a cada hombro. Son mujeres que resistieron, que aguantaron el envite asesino que sobre ellas cayó esos días y que ahora, envueltas en aquella bruma, caminaban dentro de una aparente normalidad tomando como costumbre que les disparasen y les tiraran bombas. Era el momento feliz de continuar con vida, de tener una oportunidad más, y lo disfrutaban andando entre las palabras de una y otra, olvidando el día de ayer para pensar en el siguiente que amanecía, sin dormir, sin detenerse, sin comer salvo cañas de azúcar, sin beber apenas, sin ropas de abrigo decentes, sin nada que alentase a un buen futuro, solamente hablar entre ellas, esperar al destino tras ese oscuro final del camino envuelto en la neblina. Caminar, correr, vivir.

En la línea que las precede se diversifican los protagonistas, a un lado dos mulos o burros cargados de enseres, bultos cubiertos con paños que deben guarecer lo poco que les quedaba en casa de valor. Los animales van provistos de los aparejos y de lo que parecen dos serones, difícil tuvieron que pasarlo cuando el bombardeo y con los aviones del bando nacional ametrallando mientras que aguantaban con valor las cargas pesadas que portaban. Me parece muy buen detalle por parte del fotógrafo incluir a los dos animales en la foto, incluso se ven en otras más de la colección, esos animales formaron parte de la huida, resistieron cargados hasta el final, hubo muchos que cayeron, a otros los liberaron de las cargas para ser montados por sus dueños y salir huyendo a la carrera. Siempre presentes a lo largo de nuestra historia, son parte activa de todo nuestro camino desde que históricamente aparecieron hace ya alrededor de seis mil años en África, lugar donde los comenzaron a domesticar para convertirlos en animales de carga.

En el otro extremo a los burros, en la misma línea de la fotografía, caminan un hombre de porte alto y delgado que lleva puesta una chaqueta donde no se ven las mangas, seguramente porque se frota las manos por la rasca que hace y ese efecto las hace desaparecer del conjunto, lleva puestos unos pantalones oscuros como prenda inferior, el efecto de la caña de azúcar del niño primero tapa su cabeza. Un par de pasos más avanzados anda un niño, o un hombre, es difícil saberlo, va marcando el paso con la pierna izquierda mientras parece sostener con una mano que permanece oculta una caña de azúcar, al hombro lleva una manta oscura que le cubre desde la espalda hasta las rodillas y en la cabeza una boina platillo de esas de alas caídas. El hombre, o el niño, se mantiene vigilante con los ojos puestos en las dos cabras que van a su cargo, la silueta tranquila de los animales aporta una cálida imagen de ternura y sosiego a la fotografía, una de las cabras parece ocupar un carril recto por donde ella va en solitario por la carretera y deja a su paso un surco imperceptible a la vista.

En esa misma línea horizontal en la que estamos vemos en el centro a una señora que manotea llevando una caña de azúcar o un palo en su mano izquierda. Camina vestida con falda de color claro y abrigada con el pañuelo y una manta mientras lleva a la espalda lo que parece un hatillo con algunas cosas, ropa o alguna manta. El momento de la fotografía captó a la mujer en posición de movimiento con sus brazos, tratando de querer que anduvieran las cabras o simplemente gesticulando a la vez que hablaba. Su espalda encorvada por el peso del hatillo o por el cansancio acumulado representa a una señora mayor aventurada en aquella odisea de cruzar dos provincias a pie, sorteando balas y bombas, soportando el frío, la lluvia, el camino, el hambre, las magulladuras de los pies y las heridas de la vida. Mucho mérito el suyo que refleja lo vivido por tantos mayores que pudieron resistir la arremetida que les envió el ejército franquista.

Al fondo de la imagen podemos observar como la bruma se cierra convirtiéndose en espesa niebla, un salvavidas circunstancial que les proporcionó la naturaleza. Los árboles, que en la lejanía dan la impresión de querer continuar cubriendo a esas personas, se han convertido en guardaespaldas de esas personas que caminan deseosas de llegar a algún sitio donde parar de caminar y poder establecerse. Y en el centro de esa niebla una luz blanca, apoyada en la caña de azúcar del niño primero que se gira hacia el retratista, una luz o un efecto, puede ser de un camión, de un autobús, o de una linterna en alto sujeta a un palo para servir como guía, incluso puede que sea la luz esperanzadora de un lugar donde quedarse.

“Las cañas de azúcar son plantas cespitosas con tallos de hasta 5-6 m × 2-5 cm, con numerosos entrenudos alargados vegetativamente; dulces, jugosos y duros, desnudos abajo. La caña de azúcar es una planta proveniente del Sudeste Asiático y Nueva Guinea. La expansión musulmana supuso la introducción de la planta en territorios donde hasta entonces no se cultivaba. Así llegó al continente europeo, más en concreto a la zona costera entre las ciudades de Málaga y Motril, siendo esta franja la única zona de Europa donde arraigó. Es una gran fuente de energía. Mejora la salud bucal. Aporta minerales como magnesio, potasio, hierro y calcio. Alivia malestares digestivos como indigestión y estreñimiento”.

cuarta foto del blog

El sol, esa chispa de vida que nos aporta alegría, nos da calor y consigue alejar la frialdad y la oscuridad. Esos rayos de sol en febrero son bien recibidos por todos y se agradecen como el pan del día. Puede que esta fotografía refleje más que la belleza del instante en que fue tomada. Vemos un primer plano para dos mujeres, tres niños y dos niñas. Las dos mujeres y el niño se llevan las manos a la frente para evitar el sol a la espalda del fotógrafo. Las caras tostadas y sucias, los delantales encima de las faldas, abrigadas y con los pañuelos anudados a la cabeza, esas señoras muestran un gesto de curiosidad al ver la cámara fotos y la petición de mirar en dirección al objetivo. Una de ella mantiene en los brazos a un niño con pantalón corto, chaqueta y boina de persona mayor en la cabeza como todos los niños de la foto. Ese niño en brazos mira con gesto de quien extrañado ve algo enfrente, al otro lado de la carretera, que requiere de su atención, apoya su brazo izquierdo sobre el hombro de la madre y con la mano derecha da un pellizco al delantal de la señora tirando hacia arriba con fuerza.

La niña del vestido blanco mira a la cámara mientras queda la mitad de su cuerpo al sol y la otra mitad a la sombra. Muerde o se lleva algo a la boca con su mano derecha a la vez que esconde su brazo izquierdo con coqueto estilo a su espalda. Tiene el pelo muy bien arreglado y cepillado con un lazo a un lado que transforma su inocencia hasta convertirla en adorable. Junto a esa niña que nos gana el corazón en la fotografía se encuentra otra niña, o tal vez niño, aparece vestida con una bata negra que termina a la altura de las rodillas, sujetando en su mano derecha algo que no se distingue, un posible juguete o algo con lo que parece distraerse mientras avergonzada aparta la mirada, y casi el rostro, del enfoque tomado por el fotógrafo, lleva su pelo enmarañado sujeto con una pequeña cola o trenza. La niña asienta su mirada en la señora a su vera, su madre, hermana o tía, quien sabe. Esta señora mira sin temor a la cámara, con ganas diría yo, sonriendo y mostrando los carrillos hinchados al hacerlo, su mano cubriendo los ojos para que el sol no le moleste y con la otra mano sujeta una especie de hierro o tubo que puede ser parte de esa especie de maleta o saca que hay a su lado y que la niña parece mirar por detrás de ella. Al lado izquierdo de la señora hay un niño, el más mayor de los cinco que se ven, igualmente se cubre del sol con la mano izquierda en la frente bajando con el gesto la visera de la gorrilla que lleva puesta. Con la mano libre sujeta una caña de azúcar, se ve la chaqueta ceñida por los dos botones de arriba, seguro que está pensando en qué demonios hace ese hombre tratando de sacarle una fotografía a ellos, ¿por qué, quienes son para ese privilegio?

Mientras más me fijo en el hierro que parece sostener la señora más veo dos orejas y un cuello largo de un animal, ¿una cabra? Llego a ver hasta los cuartos traseros, las jugadas de las imágenes en blanco y negro de la época dan para imaginar el mundo que queramos.

En ese horizonte que se dibuja al fondo de la foto y que indica el recorrido de una carretera, la misma que sube en cuesta y que pronto alcanzaran las dos mujeres y los cinco niños, en ella podemos ver dos autobuses y alrededor unas cien o más personas entre los que caminan detrás de los buses, los que van dentro, los que van arriba en el techo y los que van colgados de cualquier cosa que fuese asible y los consiguiese mantener aferrados al vehículo.

Es increíble la cantidad de historias que podemos sacar de estas imágenes que vamos viendo, podría contar una vida inventada de todos y cada uno de los que tuvieron la suerte de quedar retratados en ellas. Como en esta última, donde la frágil inocencia de esa familia posa en ese lugar tan bien escogido, como al igual percibimos el jolgorio que parece vivirse en los autobuses, si mantenemos el silencio y la mirada fija en el segundo autobús se pueden oír las risas de los jóvenes que lo siguen, mucha vida la que fluye allí concentrada.

Debemos tener en cuenta que todas esas personas son supervivientes de una masacre, seguramente en ese instante de la imagen no sabían que ya todo había acabado en la carretera y Almería se encontraba más cerca. Atrás dejaron los aviones italianos y alemanes con sus asesinas ametralladoras, los buques de la Armada y sus cañones, los miedos que se adhieren a la piel y no se despegaran nunca, los miles y miles de muertos que quedaron asesinados en el camino. Para entenderlo habría que pensar en un número de asesinados similar a la población de un pueblo similar a Setenil de las Bodegas, pero multiplicado por dos.

Niños como los que hemos visto en las fotografías anteriores y veremos en las que os quedan por ver, mujeres y hombres, abuelos y abuelas, gente inocente que nada hizo, ni a favor ni en contra de nadie, gente que huyó porque los obligaron a irse, porque el hambre y la vida sin libertad no es vida, porque a veces no puedes ni saludar a los tuyos, y por mucho más, mucho, mucho más. Y por eso es mejor huir a vivir con miedo, miedo a todo.

“La Iglesia católica se convirtió por obra de la Ley de Responsabilidades Políticas en una agencia de investigación parapolicial, y el comportamiento de sus párrocos en los pueblos de Andalucía fue muy similar al del resto de las autoridades, constatándose alguna mínima resistencia a informar sobre los encausados por parte de aquellos párrocos que no habían estado en esos pueblos durante la guerra o alguna petición de indulto si el encartado iba a ser fusilado. En sus informes encontramos juicios como los siguientes: [su conducta moral es pésima, perfectísimo vago y de la confianza de los dirigentes rojos, Rojo, autor de crímenes de todo tipo, incluso destrucción de la Iglesia]. A veces se descarga la ira y el resentimiento de revancha con calificativos que revelan dosis de ensañamiento como [canalla, criminal, incendiario]. La Iglesia andaluza se implicó hasta mancharse en la represión durante y después de la guerra civil. No tuvo voluntad de reconciliación, hubo resentimiento por el anticlericalismo y la secularización de la sociedad durante los años de la República. No cabe duda de que la persecución y el recuerdo de sus mártires fortalecieron el rencor en vez del perdón”.

-La represión franquista en Andalucía-

Francisco Cobo Romero (coord)

QUE DIOS SE APIADE DE TU ALMA

Al salir de la Catedral de la Encarnación, don Manuel del Valle Zamudio y don José del Valle Zamudio, echaron un vistazo con precaución a ambos lados de la calle, fijándose sobre todo en las caras de los transeúntes con esmerado detenimiento y disimulo, conversando entre ellos con una pizca de nerviosismo. Se encontraban de pie mirándose a la cara de frente, a solo unos pasos de la entrada al santo edificio, charlaban de cosas espirituales a la misma vez que cada uno, con fugaces ojeadas por encima del hombro del otro, no perdían detalle de la plazoleta y las calles, tampoco de los zaguanes ni de las ventanas indiscretas. En eso se convirtió su día a día tras la liberación, en un manojo de sospechas, las que provocaban el miedo y el sentirse observados.

Un mes antes, el seis de agosto de mil novecientos treinta y seis, fueron detenidos en su casa junto a su hermano Luis. Aquel día aporrearon con los nudillos la puerta de su casa en la calle Duque de la Victoria número seis, a un paseo de la Catedral y del centro histórico de Málaga. Los tres hermanos se disponían a cenar. La detención se produjo de noche esa primera vez, por precaución, teniendo en cuenta la buena fama de los dos canónigos en la ciudad podría ser que la gente no viese con buenos ojos esas detenciones, aunque a los de la patrulla mixta nº8 nada de esas pequeñeces antirrepublicanas les traía en cuenta, ellos iban a lo suyo, poner, o imponer, el orden para que nadie pudiese blasfemar, renegar o injuriar contra los dictámenes de la República.

Ante la puerta de la casa de los tres hermanos se personaron nueve hombres y tres mujeres, armados todos con fusiles, y un jefe al frente con la orden de detención de los dos hermanos y, en consecuencia, del tercero de ellos.

-Buenas noches, ¿qué desean a estas horas, señores?

Don Manuel, que fue quien les abrió la puerta, ya sabía a lo que venían, las malas noticias siempre tienen mensajero. Sujetaba la puerta abierta sin impedir el paso a los de la patrulla mixta, mirando a través de los cristales de sus gafas con ojos saltones y gesto conciliador.

-Nosotros no deseamos nada, ya le comunicaran en prisión lo que corresponda. -Le contestó el jefe al mando a la vez que le enseñaba una hoja con la orden escrita para la detención de los hermanos, al parecer, por levantar suspicacias contra la República y permitir reuniones clandestinas en la Catedral con la intención de arengar al pueblo contra el gobierno.

– ¿En prisión, dice? ¿Dígame, es la justicia quien lo ordena o es la voluntad personal de alguien quien se esconde tras esta canallada?

Quien habló con preguntas fue don José, que se acercó al recibidor para ver como se presentaban los de la patrulla para su detención. Horas antes, después de rezar juntos esa tarde, comentaron lo que les había dicho en la última reunión un amigo común, -os van a detener en unos días-. El comentario no les sorprendió y se lo tomaron con calma, como todo en sus vidas, aunque fue don José quien le discurseó al amigo sobre lo dicho, -era de esperar, cada vez nos privan de más libertad, y es que no se fían ni de ellos mismos, se les agota el discurso y las realidades cada vez son más palpables, el pueblo está cansado de sufrir y de tener que callar por miedo a represalias, han terminado como bien se veía venir, imponiendo su gobierno con el palo en alto.

Mientras, a la puerta de su casa, los de la patrulla mixta se impacientaban porque en algunas ventanas comenzaron a asomarse personas llamadas por la curiosidad, aunque duraban poco fisgoneando al ver quiénes eran los que se encontraban en la calle delante del portal de los dos curas.

-Miren, les diré algo para que no le den más vueltas al asunto. A nosotros nos importa una mierda lo que digan, así que tiempo nos ahorran si se apartan para que procedamos con el registro.

A don Manuel el tono de chulería le sobraba, no hacía falta ejercer la fuerza, menos con ellos que eran gente muy pacífica y tolerante, sin embargo, a sus cuarenta y ocho años no iba a permitir que nadie entrase en su casa con malos modales. Asumió ese protagonismo y, en un alarde de fuerza, trató de cerrar la puerta en las mismas narices del jefe de la patrulla mixta nº8, cosa que no le salió muy bien porque recibió un empujón a la contra que lo derribó tanto a él como a su hermano, cayendo ambos al suelo y viendo como a la casa pasaban los hombres armados. En un breve instante la casa fue tomada y comenzaron los incursores a remover papales, tirar libros, abrir cajones y arrojar las ropas por los suelos. Su hermano Luis permaneció en silencio sentado aun a la mesa donde todavía humeaba el lebrillo con patatas guisadas y verduras.

Dos de los hombres quedaron apuntando con los fusiles a aquellos hombres de Dios, indicándoles que no se levantaran del suelo hasta que ellos lo ordenasen. Pronto sacaron a Luis del comedor a quien sentaron de malas maneras en el suelo junto a sus hermanos. El jefe tomó asiento en una silla de madera frente a ellos, les leyó la orden de detención con pausada calma, luego les habló tratando de ser lo más hiriente posible, eso dejó entrever que era un mandado de alguien a quien los hermanos no parecía caerles muy bien.

-Y otra cosa más, -dijo el capitán mientras doblaba la hoja que acababa de leer-, más tarde o temprano podré quemar todas las iglesias de Málaga, si nos conceden el permiso, lo haremos con todos los fieles dentro, eso sí que sería justicia divina después de tantos años de engaños que nos han dado ustedes, ¿qué les parece la idea?

-La justicia la hará Dios cuando nos reciba llegado el momento.

La contestación de don José provocó la risa a todos menos a sus hermanos que permanecieron callados con la seriedad y la preocupación reflejadas en su rostro. Si algo daban por seguro era que habían cometido algunas irregularidades en contra de lo estipulado o permisible, era verdad lo de esas reuniones, lo único que no pensaban era que les acarrearía una pena de cárcel, y eso de momento, a ver en que terminaba todo aquello. Una cosa era de certeza, nada iban a encontrar en su casa que los involucrara, de manera directa o indirecta, con alguna confabulación conspiradora en contra de la República ni contra las autoridades locales.

-La justicia, amigo Manuel, la ponemos nosotros sobre la mesa, unas veces con letras y otras con balas, y a ustedes, y a los que os secundan, que también sabemos quiénes son, os tenemos calados, y podéis dar por seguro que pagareis por ello.

El jefe hablaba con voz y dedo amenazante, tratando de cohibir a los tres hermanos que continuaban sentados en el suelo esperando que terminasen el registro en la casa. Verdadero era que la justicia la imponían ellos, pero para nada conocían a todos los que andaban detrás de esas reuniones encubiertas. Una media hora más tarde la patrulla mixta metió en la camioneta a los dos curas y al hermano de estos tomando camino a la prisión provincial para encerrarlos, ¿su culpa? No comulgar, nunca mejor dicho, con lo establecido por el gobierno del Frente Popular, que poco a poco iba convirtiendo el país en un centro penitenciario con restricciones, un país que soportaba un paro que aumentaba por días y padeciendo una hambruna sin precedentes. Gran parte de la ciudadanía comenzaba a cansarse de la situación.

“Estos postulados, que comparten en todo o parcialmente varios historiadores de contemporánea, se sostienen en el desprestigio de la “historia estructural y de clase”. Las condiciones materiales pasan a segundo plano y se da más importancia al discurso que crea realidades, a los factores políticos y al liderazgo. Se llega hasta la afirmación de que fijar la atención en la desigual distribución de la riqueza puede convertirse en “la coartada para justificar la radicalidad del proyecto político de la izquierda republicana y de los socialistas, su intransigencia e, incluso, la violencia ejercida desde las organizaciones políticas y sindicales”.”

Álvarez Tardío

“¿Quién no recuerda a aquellos hermanos, siempre unidos durante el día, en el patio y aun en la brigada, pues dormían los tres juntos en dos petates, por no haber para todos? Eran el Magistral y Penitenciario de la Catedral malagueña don José y don Manuel del Valle Zamudio y su hermano Luís, que no sabía separarse de ellos, como niño de su madre. Del celo y bondad de ambos Prebendados, es testimonio toda Málaga y yo pude admirar en ellos dos almas muy delicadas”.

García Alonso S.J., compañero de cautiverio.

Poco después de su ingreso en prisión fueron puestos en libertad, la presión social y la intervención de algunos notables en su favor, ayudaron para que se tuvieran en cuenta las generosas muestras de cariño y respeto que la gente sentía y les mostró esos días a sus curas presos. También se valoró las diferentes aportaciones espirituales que estos hombres hicieron por Málaga y por sus parroquias. La verdad es que todo pareció como un extraño montaje para calmar los ánimos encrespados, que ya eran bastantes en la ciudad para removerlos aún más, y dar salida a un plan estudiado con insidia. Y es que, a pesar de la dura la estancia en prisión, aunque nada que no pudieran soportar, ya que era de conocimiento general por ese tiempo que todo escaseaba en el centro penitenciario, la higiene, la comida, la limpieza, incluso las celdas que tenían que compartir los reclusos, a veces seis u ocho personas donde lo habitual eran dos, a lo sumo cuatro en las de mayor tamaño. La prisión Provincial se convirtió en un hacinamiento de derechistas y personas que simpatizaban con la causa o, simplemente, que el Comité de la Salud consideraba que debían ingresar en prisión para su control y evaluación. El llamado popularmente Comité de la Salud, era de nombre verdadero Comité Provincial de Investigación Pública, fue un órgano paraestatal de vigilancia y represión, sus miembros eran los anarquistas de la CNT-FAI, Frente Popular, y aunque no formaba parte de la administración del Estado, sí que cooperaba y dependía orgánicamente de la Dirección General de Seguridad.

Creado para mantener el orden y contener asesinatos, la poca formación jurídica de los miembros de los tribunales, hay que saber que muchas veces eran ellos mismos quienes delinquían, derivó en arrestos arbitrarios con frecuencia, y cuando se liberaban a algunos detenidos era con la intención de ejecutarlos, en Málaga era conocido el Arroyo del Cuarto como uno de esos lugares donde se fusilaban y ejecutaban a los prisioneros. Las irregularidades llevadas a cabo por sus miembros, el aumento en volumen de detenciones y las operaciones para apresar sin ningún tipo de acusación, terminaron por devaluar su imagen convirtiéndose en un organismo poco fiable y desacreditado. La matanza de la cárcel Modelo de Madrid confirmó todos esos hechos, dejando claro que el organigrama de mandos estaba más cercano a una caterva de criminales que a una dirección representativa de los tribunales.

“Ante el terror abiertamente desencadenado por el Frente Popular, a partir del 18 de julio de 1936, la seguridad de la vida y de los derechos de los españoles residentes en zona marxista era nula, alcanzando este riesgo, no tan sólo a los enemigos declarados del Frente Popular y a las personas simplemente simpatizantes con la Causa Nacional, sino también a los neutrales e incluso a los republicanos no sometidos al extremismo, constituyendo también un grave peligro la posesión de bienes de fortuna que pudieran ser una tentación para la codicia de los milicianos, así como la enemistad personal de cualquiera de los forajidos que acababan de ser armados por aquel Gobierno y resultaban omnipotentes. Los hogares eran allanados y saqueados, y sus ocupantes detenidos arbitrariamente y asesinados—muchas veces eran exterminadas familias enteras—, dándose el caso de que en un mismo día fuese invadido violentamente un domicilio varias veces, siempre por diferentes milicias. Las horas de la noche eran preferidas por las milicias y por los agentes del Gobierno para sus registros domiciliarios, por lo que el sueño de los habitantes de las poblaciones sometidas al marxismo se veía constantemente turbado por el temor a la invasión de la morada y al asesinato, incluso en aquellas familias más apartadas de las actividades y de las preocupaciones políticas”.

“El día 22 de agosto, según declaración prestada por el funcionario de Prisiones, entonces destinado en la Cárcel Modelo, don Fidel Sánchez Losada, entraron a prestar servicio funcionarios de significación extremista identificados con la situación política dominante, llegando algunos a doblar el turno para que todos ellos fuesen de absoluta confianza de los dirigentes marxistas, y se reanudó el registro que los milicianos confederales habían comenzado el día anterior. Para esto dejaron encerrados en uno de los patios a los presos políticos que en aquel momento se encontraban en el mismo y encerraron en sus celdas a los otros detenidos de análoga significación, dejando en plena libertad dentro de la cárcel a los delincuentes comunes. Estos solicitaron su libertad absoluta y amenazaron con prender fuego a la prisión si no les era concedida inmediatamente, y sobre las cuatro de la tarde, los presos comunes de la quinta galería y de los sótanos incendiaron la leñera de la tahona del establecimiento, alcanzando el incendio pronto alguna importancia, hundiéndose el piso de entrada a la segunda galería, sin causar víctimas. Los elementos de la C. N. T. aprovecharon aquella circunstancia para propalar la falsa noticia de que el incendio era obra de los presos fascistas, que querían escapar, y para evitarlo, llamaron a los milicianos, acudiendo a los alrededores de la Cárcel Modelo grupos de milicias de todas las significaciones frentepopulistas, que ocuparon las azoteas de las casas inmediatas y penetraron en el interior de la prisión, mientras las turbas extremistas pretendían asaltar el edificio para acabar con los presos desafectos al Frente Popular”.

Asesinatos en la cárcel modelo de Madrid el 23 de agosto de 1936

CAUSA GENERAL

Archivo Histórico Nacional

La liberación de los Hermanos Valle Zamudio fue un montaje con ambiciones de mira. Tanto a don Manuel como a don José se les asignó una vigilancia intensiva con la intención de averiguar los nombres de otras personas involucradas en esas reuniones clandestinas. Dichos círculos secretos, nada afines a las directrices que había tomado el Frente Popular en el gobierno, se celebraban a veces en los sótanos de la Catedral y otras en iglesias cercanas o edificios que se mantenían en seguridad para esos fines. Nunca se celebró reunión alguna en casa de ningún particular, si acaso se dieron visitas personales encubiertas donde se trataban temas relacionados con la situación de los abusos políticos y de vengativas personales que se vivía en Málaga.

Tras varias semanas de seguimiento a los hermanos nada consiguieron averiguar, y eso que se realizó un acecho permanente de veinticuatro horas. La noticia de su detención primera corrió como la pólvora por la ciudad, y dentro de ese marco de fieles levantó la indignación, claro que, entre los “miembros” de esas prohibidas tertulias se impuso la necesidad de permanecer en el anonimato y no participar en más reuniones hasta que se calmasen las aguas. Así fue y al llegar a la quinta semana de seguimiento a los dos curas, que lo único que hicieron fue retomar sus tareas para volver a la catedral de Málaga como canónigo Magistral don José, y como Penitenciario de la S.I.C. don Manuel, tuvieron que desistir de la vigilancia y tomar cartas en el asunto. Como nada extraño sucedió en esos días que llamase la atención del Comité como para ordenar una detención masiva, se procedió a la detención de los tres hermanos que fueron puestos a disposición del Comité de Investigación.

En una habitación de uno de los edificios más emblemáticos del centro de la ciudad tuvieron que soportar las duras acusaciones hacia su persona cada uno de ellos, sometidos a un interrogatorio con preguntas que nunca obtuvieron respuesta. Tras una mañana perdida por parte de los investigadores, que nada consiguieron sonsacarles, llegó el momento de los torturadores del Comité. Así comenzaron las amenazas de muerte a los hermanos no presentes en cada habitación donde se les interrogaba por separado, dolorosas incisiones en la piel, alguna uña que fue arrancada de la carne con la tenaza, la boca del cañón de la pistola amenazante pegada a la cabeza, apretando sobre la sien mientras los improperaban con insultos a su fe y a ellos mismos, patadas, algún que otro puñetazo al estómago, o a la cara, según se diese, y finalmente la rendición ante aquella soportabilidad de abusos e injurias.

La decisión final fue fácil de tomar para unos matones que ningún aprecio sentían por la vida, y menos aún algún respeto por las personas, eran asesinos con cargos de la administración, jueces armados y protegidos por su propia ley. Tras el terrible interrogatorio se reunieron los miembros del Comité y la medida que creyeron oportuna y acertada como destino final para los tres hermanos fue el paseo hasta el Arroyo del Cuarto, conocido por todos en Málaga desde la instauración de ese régimen de terror en el que vivían desde hacía varios meses.

Los hermanos volvieron a verse de nuevo en un patio donde los iban a subir a un camión para llevarlos a ese paseo impuesto en el veredicto decidido. Don Manuel sangraba por un labio y presentaba varios moratones en la cara, sangraba de una mano y cojeaba con dificultad, sin embargo, trataba de mantenerse erguido y dichoso ante sus hermanos. Don José lo miró y se persignó tres veces, él no presentaba un daño físico a la vista, aunque el brazo izquierdo lo mantenía laso sin poder levantarlo, apoyaba su mano derecha con fuerza sujetándose el costado como si fuese a quebrarse en algún momento. Luis lloraba en gimoteos de niño, la pasión y el cariño que sentía por sus dos hermanos era tal que se hubiese dejado matar por ellos, no entendía una vida alejada de ellos y sentía un orgullo punzante al verse allí y comprender que el final lo recibirían juntos, su vida sin ellos no hubiese sido fácil ni posible de vivir.

– ¡Venga! Subiros al camión que vamos a dar un paseo.

Quien dio la voz y orden fue un ex guardia republicano, un tipo de malas pintas y gatillo fácil muy conocido en Málaga por sus atrocidades. Don Manuel fue a subirse, pero le costaba hacerlo, al darse cuenta de ese dolor, Luis, su hermano, subió al camión y desde arriba le tendió una mano ayudándolo a subir y sentarse en un lateral del cajón trasero del ruidoso vehículo. Luis esperó a su hermano José al borde de esa caja de hierro que los iba a llevar a la muerte segura, lo vio de agarrarse a una cuerda con el brazo útil, el derecho y al intentar el esfuerzo le falló una pierna y se cayó al suelo.

– ¡Venga arriba, inútil! -Le volvió a increpar el ex guardia republicano que fumaba un cigarro expulsando el humo con una gran sonrisa.

Uno de los soldados allí situados, seguramente de los que iban a ser el pelotón de fusilamiento, se acercó hasta la trasera del cajón del camión y colocó un par de ladrillos en el suelo, luego ayudó a levantarse al padre José y le ofreció sus manos entrelazadas para que se apoyase.

– ¡Eh, tú, ¿qué demonios estás haciendo?! -Le gritó un guardia municipal presente en el patio y que parecía estar al mando de esa comitiva de ejecución.

-Ayudar al padre, señor.

– ¡Pues ni ayuda ni hostias, vuelve a tu sitio ahora mismo! Que se apañe o que su Dios le ayude.

-No, señor, le voy a ayudar yo, y luego haga lo que usted quiera conmigo. -Contestó el muchacho con la mirada ofuscada.

Y en esas que el guardia municipal escupía insultos contra todos los presentes y maldecía a la Santa Madre Iglesia mil veces, el joven soldado agarró por el hombro a José, lo cargó con fuerza en sus brazos y lo subió al camión apoyando un pie en los ladrillos y dando un empujón al cuerpo del cura que lo sentó en el borde del cajón, allí lo ayudó Luis a terminar de subirse. Cuando iba a levantarse, don José se fijó en la cara del soldado que lo ayudó enfrentándose al municipal y descubrió a Enriquito ya crecido, puso cara de sorpresa y sonrió.

-Perdóneme, padre, -Le dijo Enriquito ya con cara de hombre.

-Claro, hijo mío, no tengo nada que perdonarte, eso debes hacerlo tú, cuídate para lo que queda, Enrique, recuerda que Dios ve todo lo que hacemos. -El cura se persignó antes de bendecir con la señal de la cruz a su antiguo alumno del seminario.

El soldado se dio cuenta que era la primera vez que lo llamaba, Enrique, toda su vida había sido Enriquito para él, recordó su trato cariñoso con todos, sus ayudas a la familia en forma de alimentos, la vez que le buscó un trabajo a su padre para que no pasaran más penalidades, y, sobre todo, la noche que de niño fue a casa del cura a despertarlo porque su madre se encontraba muy mal, su padre no contaba con dinero para llamar a un médico y él recurrió a su maestro de religión en el que confiaba y cada día le recordaba que le diese aviso si algo le ocurría. Enriquito, Enrique ya de hombre, sabía que se lo decía a todos los de la escuela, pero ese día comprobó y comprendió que lo decía para ayudarlos de verdad. Don José, como todos lo nombraban, hizo que llamaran a un médico que se personó en la casa y pudo salvar a su madre de una enfermedad que ya no olvidaría nunca, la gripe.

-Gracias, don José. -Terminó por decirle agradecido el muchacho antes de retirarse a su anterior sitio.

Enrique miraba a los tres hermanos fijándose en su antiguo maestro que sonreía cálidamente con los ojos tristes de quien conoce su futuro. Al momento, un hombre que permaneció oculto en las sombras del patio de la casa del Comité, apareció y dio orden de montar en el camión, el hombre se subió delante junto al guardia municipal y el ex guardia republicano que conducía riendo a carcajadas, el hombre en las sombras le dijo que dejase de reírse y que atendiese al volante, el ex guardia acató la orden y no volvió a reírse, quien le ordenó el silencio era uno de los hombres fuertes de Málaga miembro del Partido Comunista.

Una hora más tarde los tres hermanos, Manuel, José y Luis del Valle Zamudio, recibieron una descarga de disparos de los ocho fusileros del pelotón de fusilamiento, entre ellos se encontraba Enrique, el alumno de don José, que cerró los ojos y disparó a un lugar perdido en la oscuridad que había fijado a posta para errar el tiro. Al soltar el gatillo unas lágrimas vinieron a asomar a sus ojos, eran frías y saladas como el mar de Málaga, donde tantas veces fueron de excursión los niños de don José a jugar en la playa y a comer pescado que siempre se las ingeniaba el maestro para que no les faltase ese día a los niños. Durante ese momento que mantuvo los ojos cerrados lo pudo ver regañando a modo de broma a los niños que no le hacían caso, los correteaba por la arena lanzándoles agua con los pies y luego se sentaba alejado, solo, pensativo, y él, Enrique, lo miraba de vez en cuando, lo admiraba entonces, siempre, y hoy le mandaron fusilarlo, erró su tiro queriendo, pero ¿qué más daba? Don José lo último que vio fue que él disparó la bala que lo mató.

El hombre del Partido Comunista se acercó hasta los tres hermanos, José se removía en el suelo, los otros dos estaban muertos, sacó su pistola y la llevó a la cabeza del cura apuntando de cerca.

-Vete con tus muertos y con tu Dios a tomar por culo, cura. -Y disparó.

El término “terror” se ha utilizado para referirse a la coyuntura especialmente violenta que durante el verano de 1936 tiene lugar en la zona leal a la República, en un momento previo a la recomposición del tejido institucional llevado a cabo por el gobierno de Largo Caballero. Es un término, conocido por la historiografía francesa y que la historiografía franquista ha utilizado como sinónimo de la responsabilidad de los gobiernos e instituciones republicanas en el estallido de la violencia. Una violencia cuyo estudio debe ser abordado con relación a la naturaleza de la revolución, que sigue al golpe militar.

La caracterización de la violencia desencadenada en el sangriento verano de 1936 ha sido objeto de preocupación de no pocos historiadores. Para Julián Casanova, en ella intervienen una pluralidad de actores, entre los que el antagonismo de clase con ser importante no sería el único. El profesor Aróstegui, quien se ha ocupado en profundidad de abordar el concepto de violencia política, incluye el virulento verano de 1936 en el segundo gran ciclo de la violencia política en la España del siglo XX, un ciclo que abarca desde el desenlace de la crisis de la Restauración hasta el final de la guerra civil en 1939. Con respecto al primer ciclo, caracterizado por la rebelión de las clases subordinadas, el segundo se define por el fenómeno contrario la represión violenta de las clases subordinadas. El choque entre rebelión y represión se resuelve finalmente en la guerra civil de 1936. En varios trabajos, el profesor Nadal ha analizado el carácter de la represión que se produce en la zona republicana y que no puede ser entendida sino como un conjunto pluridireccional de hechos, acontecimientos y acciones institucionales.

Continuará.

Agradecimientos personales de manera directa e indirecta a:

Pedro Andrades Parra.

Manuel Antonio Oliva Rodríguez.

Ángel Medina Linares.

Rafael Domínguez Cedeño.

Antonio Gómez-Guillamón Buendía.

Lucía Prieto Borrego.

Chaussec Damien.

Francisco Cobo Romero.

Antonio Marín Muñoz.

Pablo Benítez Gómez.

IMAGINA SETENIL.

MEMORIA REPUBLICANA

HISPANIA NOVA Revista de Historia Contemporánea.

A las personas a las cuales pertenecen cada cita aquí reseñada.

A las distintas asociaciones que siguen luchando por encontrar respuestas a las preguntas que les planteamos, a los archivos estatales y privados tanto españoles como de Alemania, Francia y Austria por su atención y consideración, y a su vez por toda la información detallada que me han enviado. Muy especialmente a Anne Roth por toda la información que me ha pasado y las horas de conversación, mucho menos difícil con su ayuda.

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