RAYAS BLANCAS Y AZULES, (STAMMLAGER). Una historia de tantas. Parte III

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En esta tercera entrega abordo el tema de la huida llevada por los refugiados republicanos desde Ronda a San Pedro de Alcántara, es un primer paso en ese camino que finalmente los lleva hasta Almería desde Málaga por la conocida como la carretera de la muerte. En este capítulo no aparece el protagonista de esta historia, Francisco Bermúdez García, hermano de mi abuelo Miguel, aparecerá en el siguiente que será la continuación, he creído conveniente contar este primer éxodo de almas en busca de refugio y que fue premonitorio de lo que les ocurriría unos meses después. Como siempre os digo, es un escrito basado en la realidad de los hechos, sin ningún tipo de inclinación hacia los bandos, yo siempre parto desde el estado de las personas y no de las luchas que se vivieron, y que en parte están contadas aquí siempre bajo mi punto de vista y opinión. Espero que os guste y os mantenga distraídos estos días de encierro, igualmente desearos lo mejor a vosotros y vuestras familias. Recibid un abrazo enorme de mi parte.

Sebastián Bermúdez Zamudio

CAPÍTULO 3 (Primera parte)

VIDA, MUERTE Y CAMINO.

LA BRIGADA MIXTA Nº61

Aquel septiembre de mil novecientos treinta y seis nunca fue fácil de olvidar para los que sufrieron las masacres llevadas a cabo contra ellos por parte del bando nacional y, en algunas ocasiones, por los de su mismo bando. Ese grupo eran los civiles que huían de la guerra, de las represalias y de los castigos que se iban imponiendo como normalidad en los pueblos tomados por las tropas franquistas. En la temprana mañana que comenzó la marcha, siguiendo el camino montañoso que lleva desde Ronda a San Pedro, todo parecía normal, como la celebración de una romería, pero silenciosa, sin festejo, tampoco comida, y apenas agua, aunque esta la proporcionó la lluvia por momentos. El movimiento humano que caminaba con apenas descanso y abrazados al miedo eran esas gentes que buscaron en una larga caminata de varios días un poco de paz y futuro, cosa difícil de encontrar por aquellos días. Andaban a ciegas de noche y con la vista en el cielo de día, evitando parar con la intención de no ser vistos desde arriba por los aviones enemigos que ya sabían de sus intenciones. Por delante muchos kilómetros, los que llevaron desde cada casa a Ronda y de ahí a Almería, aunque primero tocaba probar suerte en los pueblos y ciudades que primero iban encontrando y que aún estuviesen en manos republicanas. Todo el itinerario estuvo marcado sobre la carretera de la costa, fijando como objetivo hacer la primera parada en San Pedro de Alcántara para, y si ocurriese lo peor, desplazarse hasta Málaga y seguir hacia Almería. Las premoniciones son odiosas, y durante su camino y estancia en la zona costera y agrícola donde se establecieron primeramente y luego durante la continuación de la huida, se transformó en una matanza a base de cañonazos desde el mar y el aire y los disparos de ametralladoras aéreas y de tierra.

Como os decía, olvidar ese horror fue tarea imposible, aún hoy nos lo recuerdan los testigos que lo presenciaron, niños entonces, y que lo vivieron en primera persona, recordando aquello gracias a sus propios testimonios y a los de los demás, también gracias a las muchas [pocas me parecen] entrevistas de prensa, radio y televisión, y a la ardua tarea de los historiadores que investigan ese camino de sangre que tuvieron que andar aquellas personas. Dudo, aunque creo fielmente lo que dicen, que niños pequeños de seis a diez años recuerden aquello a pesar de ser una verdad de esas que se quedan grabadas para siempre, sin embargo, esas edades no permiten que vivan los recuerdos en nuestra cabeza, lo que no quita el sufrimiento y la verdad del asunto. Creo que esos recuerdos que les vienen de aquella experiencia sufrida toma forma de la recopilación de tantos testimonios que han ido escuchando a lo largo de sus vidas, eso, unido a sus recuerdos, más o menos vagos de aquellos días, nos ha facilitado versiones contundentes y reales sobre lo ocurrido. La verdad quedó escrita, contada y dejada en herencia por parte de los padres, madres, abuelos y abuelas, de aquellos niños y niñas que fueron bombardeados y ametrallados sin ningún tipo de sentimiento, humanidad o compasión apareciese en aquellos que dieron la orden de disparar sobre los inocentes que buscaban algo mejor que vivir bajo el yugo opresor de quienes los querían muertos.

Era una mayoría de civiles, y puede que fuesen también muchos republicanos activistas que participaran realmente como parte de esa guerra y de los abusos contra los derechistas antes de comenzar el golpe. Pero no dejaba de ser una infinita columna de humanos que acarreaban lo poco que tenían a cuestas, en carrillos de mano, en burros o en hatillos donde cabía un mendrugo duro y una rebeca de fino hilo. El abuso inhumano que se llevó a cabo sobre las personas que anduvieron la carretera de la muerte queda reflejado en las fotos del cirujano Norman Bethune, que abandonó su país, Canadá, para venir a salvar vidas a España, igualmente en esos testimonios escritos de tantos como sufrieron esos días de febrero del treinta y siete aquella escabechina deshumanizada contra el principal de los derechos humanos, la vida.

CAMINO A SAN PEDRO

Francisca caminaba a pesar de los fuertes dolores en el vientre, apoyando sus pasos en unas alpargatas sufridas y abrigada bajo una toca negra que le proporcionaba el poco calor que podía darle en las duras noches a la intemperie. En su barriga una criatura daba señales de vida con pequeñas patadas, al parecer mostraba ganas de salir a conocer ese mundo exterior que entre paisanos destruían sin piedad. Quedaba tiempo todavía, las cuentas eran para finales de febrero, tal vez comienzos de marzo, sin embargo, con todo ese ajetreo las molestias achuchaban y los pasos eran cada vez más costosos de dar, aún faltaba tiempo, pero, las circunstancias a veces acarrean momentos inesperados. Ayudada por quienes la acompañaban en esa huida y por la tenacidad y constancia de José, la idea era encontrar en unos meses un lugar donde poder dar a luz a la niña que pretendía llegar. La carretilla de mano que le dio Zamudio en Cuevas del Becerro sirvió para hacerle menos doloroso el camino a Francisca, era de esas de madera que incomodan hasta mirarla, con la rueda casi inflada y que el peso que soportaba de algunos bártulos más el camino pedregoso a veces y otras de tierra blanda, iba deshinchado muy lentamente. Por delante varios días de caminar, pasar hambre y mal descansar con la intención de alcanzar la tierra soñada, o deseada, o prometida, al menos un lugar donde pudieran estar seguros y parir llegado el momento sin que las bombas ni los disparos le pudieran costar la vida a ella, a los suyos y a la que en unos meses llegaría.

Eran miles los que caminaban con esa intención, la de llegar a Almería, algunos con más de una semana de camino más lo que ya llevaban a cuestas, otros tuvieron la suerte de poder comprar pasaje en camión o que algún conocido tuviese un coche que les facilitase el trayecto, aunque también por esa vía se encontraban con los Requetés y los militares que los paraban y en muchos casos o en todos los detenían confiscando sus cosas y devolviéndolos al lugar de donde salieron, sobre todo a los mayores y a las madres y sus hijos, a los padres y a los jóvenes fuertes se los llevaban a cárceles o campos de internamiento, bajo la fórmula de mientras menos mejor.

Por otro lado, iban los hermanos Barroso, que dejaron atrás a sus padres ya mayores, ninguno estaba casado y decidieron enrolarse en esas filas en busca de algo que todavía no sabían si podía darse o no. Los hermanos eran dos muchachos fortachones, más bien hombres hechos y derechos ya, de veinte y veintidós años, pertenecientes al partido socialista local y perseguidos al ser señalados por un chivatazo de un vecino que les debía dinero como rojos. En el pueblo de donde eran, habían oído hablar del “Batallón Pedro López”, y les dijeron que se los encontrarían por el camino, incluso que tal vez pudiera darse la casualidad de ser los encargados de custodiar la huida, por eso se aventuraron a bajar a la costa con los refugiados, y también por quitarse de en medio antes de que los liquidasen. Tenían la intención de unirse al batallón y luchar contra el enemigo común, los falangistas y militares de Franco. Apoyados en ese poderoso motivo para ellos, se echaron al hombro las escopetas y las cananas, una cantimplora de agua, aunque ninguna comida, sabían valerse para encontrarla, a la cintura un buen machete el mayor y un hacha el menor, esa gente de campo estaba acostumbrada a cazar, a esconderse y cortar árboles para tener leña. Dueños de una finca pequeña que les daba para comer bien y permitirse alguna que otra escapadita al pueblo en busca de vino y cante, la llegada de las tropas y la lengua larga del envidioso vecino los puso con pies en polvorosa, poco después sus tierras pasaron a la administración para próxima adjudicación y sus padres quedaron en la casa del pueblo junto a una sobrina soltera que se quedó para cuidarlos y porque le gustaba un mozo de la misma calle. Con todo lo dicho, nada dejaban atrás excepto sus padres y su prima, de los tres se despidieron como los que no se van a volver a ver, y era cierto, cogieron el morral de piel de ciervo y salieron a la calle con ansias de matar franquistas.

En la parte delantera de la gran columna de gentes, la niña Manuela abrazaba a su madre del cuello mientras caminaban sin detenimiento, eran de las primeras, ella diez años y su madre veinticinco, al padre lo fusilaron por orden de un cabecilla que lo que pretendía era quedarse con Ana, su esposa, mujer morena de piel tostada y cabellos largos y rizados, de muy buen ver y de mejor corazón. El fantoche estaba enamorado de ella desde pequeño, y como no pudo ser entonces, ahora vio bien utilizar las armas y la autoridad que a mano tenía para solucionar aquel problema que lo separaba de ella. La noche que mataron al marido se personó en casa de Ana para ofrecerle dinero y decirle que no se preocupara por nada, que él se encargaría de que estuvieran bien, eso sí, en la que era su casa. Ana se dejó tocar los brazos por prudencia y cuando intentó meter mano a la entrepierna, el mismo día en que ese tipejo dio la orden de fusilar a su marido, ella lo detuvo con palabras suaves y le dijo que ese día no, que quería dormir con su hija y hablarle de su padre para suavizar lo que le había ocurrido, le dijo que iba a comentarle que le esperaba mejor futuro si cambiaban de casa. El cabecilla la entendió e incluso premió su ingenio y disposición con una sonrisa y un beso baboso en la mejilla, luego detuvo el sobeo para levantarse e irse, no sin antes dejar caer la palabra que a Ana la impulsó al camino.

-Mañana. -Casi que le ordenó el tipo a la rota mujer que mostraba consentimiento en su rostro y agradecimiento en su mirada.

Nada más cerrar la puerta con tranquilo tacto el cabecilla, ella se levantó y cogió tres prendas que tenía de la niña y un vestido, un jersey y una chaqueta de abrigo, lo metió todo, menos el abrigo que se lo puso, en una talega grande que tenían en casa. Esperó que pasara la medianoche y entonces llamó a la niña. La ayudó a despertar mientras no dejaba de hablarle en voz baja, la vistió y abrigó sus bracitos con una rebeca de color negro que perteneció a su suegra, le dijo que mantuviera silencio, avistaron a un lado y otro de la calle antes de salir por la puerta de atrás. Tomaron camino a Ronda, la noche antes en el velatorio de su marido, una amiga de confianza que se olía lo que le iba a pasar, le contó con secretismo que había escuchado que al día siguiente salía una marcha desde la ciudad del tajo en dirección a San Pedro, donde aún mandaban los republicanos. Ana se abotonó el abrigo para seguido ataviarse con un pañuelo en la cabeza, abrazó y besó a su hija antes de pedirle que caminase junto a ella sin detenerse hasta alejarse del pueblo.

-No te preocupes, mamá, que yo iré contigo hasta el final, seguro que papá nos protege y no dejará que nos pase nada.

Las palabras de Manuela sacaron una lágrima a la mujer que decidida comenzó a andar para disimular, apretando dientes y labios, que no la viese desfallecer a la primera. Era oscuro, apenas si podía verse la vereda, corría viento rasante y frío de costado, no importaba nada en esos momentos en que el miedo da más fuerzas que quita.

María era guerrillera, de defender las libertades y luchar por las clases sociales más desfavorecidas a través de los derechos y la cultura, todo eso le valió para tener que huir pues estaba en la mira de los nacionales como peligrosa sin armas, provista de la palabra como mayor peligro para quienes quisieron censurarla a base de amenazas. La noche del quince de septiembre del treinta seis estaba en casa después de haber colaborado y agitado una huelga en el pueblo en contra de la represión que se ejercía con algunas personas y, de paso, señalaban a sus familias. Ella tomó cartas en el asuntó reuniéndose con el líder del comité local para convocar esa huelga en clandestinidad, consiguieron sacarla adelante y, a pesar de la oposición de los falangistas y la Guardia Civil, a la mañana siguiente era una realidad. Mas de cien personas entre hombres y mujeres tomaron la plaza del pueblo al grito de “vivan los derechos sociales”, de nada sirvió, al cuarto de hora del primer grito aparecieron los falangistas de Ronda en camiones provistos de palos, fustas y látigos de caballería. Poco tardaron en disolver la huelga/manifestación de la manera más rápida posible, arrojando odio sobre ellos, la gente desalojó el sitio entre golpes y malas formas, nada que hacer contra eso. María se llevó algún fustazo que otro y varias patadas, no se amedrentó y siguió gritando “libertad y justicia” dándole igual el escarnio, pero claro, la fuerza es un arma contra la que es difícil combatir, terminó huyendo a la carrera y entrando en casa que los padres tenían a la salida del pueblo. Esa tarde, tras todo aquel jaleo, llegó para avisarla un compañero que la alertó de que iban a por ella, que ya les hicieron saber a las autoridades y a los de falange donde se encontraba, no contarían con mucho tiempo ya que pronto estarían por allí en su busca.

-Vendrán con el coche gris o con la camioneta y te llevaran al cuartel, allí te harán lo que les parezca y luego, cuando la cara te sangre y el cuerpo no te responda, te enviaran a prisión.

-No me importa, no serán capaces de hacerme nada, lo pondré en conocimiento del comité provincial.

– ¿Qué comité, María? ¿Qué comité? No has visto lo de esta mañana. Aquí no hay quien levante la voz en adelante, y al que lo haga, como hoy lo has hecho tú y los demás, ya sabes lo que les espera, paliza y cárcel, y eso como lo peor, porque mejor sería que te diesen un disparo en la cabeza antes que entrar a prisión con esta gente, con eso te lo digo todo.

– ¿Y qué quieres que haga?

-Lo que te he dicho, pronto estarán aquí, solo te queda una sola cosa para salvarte, que te acerque a caballo hasta Ronda y que emprendas camino a San Pedro por el monte, allí tenemos constancia de que aún tenemos mando y fuerzas para luchar contra el fascismo.

– ¿Y mi gente?

-Tu gente estará bien, no te preocupes, cuando acabe todo y volvamos a retomar el gobierno, estos mismos pagaran por lo que están haciendo, y nosotros podremos ocupar los cargos que nos han sido arrebatados a la fuerza.

María valoraba las opciones y todas llevaban en una sola dirección, huir. Se despidió de sus padres con un hasta luego, -nos veremos pronto-, les dijo, cogió un poco de dinero que le dio su madre que lloraba secando las lágrimas en un pañuelo blanco. Cuando acabó de abrazar a su padre, éste le dio una pistola y una caja de balas, volvió a abrazarla y le habló al oído.

-No dudes en utilizarla. -Luego la besó con gesto serio y resignado.

Dos minutos más tarde montaba a caballo con el compañero y juntos cabalgaron los campos en busca de encontrarse con algunos de los que bajaban hasta San Pedro, seguro que aún podía encontrarse con el grupo de refugiados. Atrás quedaron las luchas, los intentos de seguir apoyando a la República con trabajos necesarios, impartir clases a los niños, enseñar a leer a los mayores, repartir el periódico de los republicanos de manera clandestina y, en fin, esos temas que a ella le apasionaban y por los que entregó tantos de sus años para ahora verse huyendo, dejando atrás a su familia, su pueblo y sus amigos. Dos horas después el sol decaía su brillantez y el trote tranquilo del blanco caballo continuaba sin que jinete y acompañante volviesen la vista, y es que hay luchas que son imposibles de ganar, como la que estuvo a punto de comenzar María si no la llega a avisar el amigo, son batallas perdidas de antemano. Sintió la fresca brisa en su cara, le dio sus vueltas a la cabeza y terminó asintiendo para sí misma, hizo lo mejor que podía hacer, coger carretera y manta.

Mantener el orden de esos centenares de personas por unos montes en plena sierra es difícil, si encima recibes el bombardeo y las ráfagas de ametralladora del enemigo, la cosa se vuelve más complicada. Esa misión, la de que esas gentes llegaran sanos y salvos a su destino, recayó en el “Batallón Pedro López” y los milicianos que se incorporaron a la marcha. Sin ninguna duda, los hombres y mujeres que formaban el batallón estaban curtidos como buenos guerrilleros, capaces de atacar al enemigo y poner contra las cuerdas sus propósitos. En su plena dedicación destacaba el asalto a las tropas nacionales creando el pánico en sus filas, atacaban sus puntos estratégicos tales como polvorines, centrales eléctricas o puentes en las carreteras de las zonas ocupadas, todo lo posible para menguar sus fuerzas. Podría decirse que eran la mosca cojonera en la cara de Queipo de Llano en Andalucía. El militar jefe en el sur no era capaz de contenerlos, ni de hacerles frente, ni siquiera de consiguieron que hablaran los que apresaban para sacarles su paradero en la sierra, los mismos guerrilleros le tenían más miedo al batallón que a las torturas que sufrían por parte de las tropas sublevadas.

Aquella fue una semana de camino doloroso, las más de mil personas que finalmente bajaban en dirección a San Pedro desde Ronda, hay que tener en cuenta las familias que se iban incorporando de los pueblos de la sierra rondeña y las que aparecieron de pueblos de la sierra gaditana como Setenil, Alcalá, Olvera, Torre Alháquime, El Gastor y muchos más. La tempranera salida comenzó con unos novecientos o poco más y, al llegar al cuartel general del “Batallón Pedro López” en el Puerto del Madroño, el grupo aumentaría en unas cien personas más que huían de la guerra, realmente era imposible tanto contarlos a todos como mantenerlos a cubierto cuando sobrevolaban los aviones del bando nacional.

-Esto va a ser un desastre, Bernabé.

Uno de los mandos se dirigió al comandante en jefe del batallón con resignado espíritu fatalista, eran cuatro los reunidos en la vanguardia de la impresionante columna humana de gentes que abandonaban obligadas sus hogares. Uno de los que estaban al mando permanecía callado, observando el panorama desde el punto en altura en que se encontraban. A su lado, una mujer, la misma que vino a Setenil para el encuentro con los líderes de la zona, al oír la frase de su compañero asintió con la cabeza participando de sus palabras con el gesto antes de hablar.

-Es necesario dividir el grupo en dos, incluso en tres partes, para bajar por turnos, puede que sea la única manera de conseguir llegar a San Pedro sin sufrir muchas bajas. -Dijo la guerrillera mientras encendía un cigarro.

Se produjo un silencio, cada uno masticaba las palabras que se decían antes de apoyar cualquier decisión. El comandante ofreció un trago a los compañeros de su petaca de ginebra que le regalara André Marty cuando se conocieron, cuando le llego de nuevo la petaca volvió a beber un trago y la guardó con esmerado cuidado, chocaba ver esa delicada pulcritud en un hombre con el talante de Bernabé López.

– ¿Tú que dices a esto, Manuel? -Preguntó finalmente al sargento, que aún permanecía en silencio mirando al casi imperceptible horizonte oculto entre nubes oscuras que amenazaban mañana de agua.

El comandante del batallón quería saber su opinión porque era Manuel Orellana Hiraldo un hombre de miras razonables, pensaba siempre antes de mover ficha, y manejaba las situaciones con respetable sangre fría. El de Montejaque, ascendido a sargento hacia apenas un mes, era uno de los hombres de confianza de Bernabé López, y se ganó el respeto de todos los guerrilleros en parte gracias a sus dotes de mando, su saber estar y la capacidad de tomar decisiones en momentos apurados.

-Yo creo que si dividimos el grupo tendremos que hacer el camino tres veces, o dos, y en cada una de esas tandas tendremos bajas porque daremos tiempo a la aviación a pasar muchas más veces que si lo hiciéramos de una tacada. Va a ser lo mismo mover a trescientos o cuatrocientos que mover al grupo entero. Pienso que los que tenemos que dividirnos somos nosotros, debemos buscar efectivos entre los integrantes de la marcha, gente válida que nos ayude siempre que respeten las órdenes establecidas para el camino y las decisiones que tomemos sobre la marcha. Tenemos cinco caballos que bien podrían venir a esos que alistemos, y otros cinco podrían ir a pie controlando cada sección en que dividamos la columna, pero, eso sí, el camino solo deberíamos hacerlo una vez, es importante que esta gente llegue a San Pedro, sin embargo, más importante es que nosotros permanezcamos vivos y podamos seguir nuestra lucha.

-Estoy de acuerdo con Manuel, -afirmó Bernabé que ya no dio paso a más opiniones, -buscar entre los que vienen a gente capaz de ayudarnos con esto. Vamos a comenzar la marcha cuanto antes, cuando llegue la tarde deberíamos estar en el cuartel del Madroño, ir echando un ojo a los del grupo y llegada la tarde decidimos quien vamos a coger para que nos ayuden, que a partir de ahí viene la parte más complicada y seguro que tendremos sorpresas. Y, como bien dices, esta no es nuestra pelea, debemos terminar cuanto antes con esto y volver al frente, ahí es donde nos necesitan.

La tarde llegó y el grupo iba muy lento, en parte debido al mal estado del monte, y por otro lado a la lentitud con la que se andaba. Esos motivos dieron pie para un alto en el camino y llevarse a cabo la elección de los que iban a ayudarles para que fuese más dinámica la marcha. Media hora más tarde, cuando todo el gentío estaba descansando, en pleno rellano de la sierra se reunió a quince hombres y mujeres que habían sido seleccionados por recomendaciones de quienes a su lado iban o elegidos por los mandos del batallón. En ese pequeño grupo de elegidos estaban los hermanos Barroso que nada tuvieron ni que decir, enseñaron las escopetas con un par de tiros a un conejo que se le ocurrió aparecer por allí y rápido los escogió Teresa, la mujer que acompañaba a Bernabé como mando, para su grupo. A “el Chaveito”, “el Mariposa” y Juan López los cogió el otro de los mandos, Juan Cordón. El comandante Bernabé se quedó con uno de Alcalá del Valle, un tal Saborido, y con otro de El Gastor. Manuel Orellana permanecía atento y no cogió a ninguno, aunque llevaba atado un caballo negro a su montura por si alguno merecía de su atención.

Al terminar la elección de nueve de aquellos quince voluntarios, faltaba uno, y antes de decirles que volviesen al grupo, uno de los guerrilleros se acercó hasta María, que se encontraba entre los que llamaron para incorporar a las filas de la columna guerrillera.

– ¿Y con esta carita tan bonita que hacemos, la devolvemos al rebaño o quiere jugar con nosotros que estamos aburridos?

El que habló fue el Oxidao, un guerrillero que cumplía a la perfección con su fama de tocacojones, buen soldado, de los que no se arrugaba, y compañero leal, pero, le gustaban las mujeres al perder y era sádico a la hora de impartir justicia abusando de mujeres y jóvenes cuando podía escabullirse de las miradas de los demás. Un tipo peligroso que, aunque era bueno tenerlo al lado en la batalla, merecía a veces que lo quitaran de en medio con un buen disparo en la cabeza. Puso “el Oxidado” sus vistas en María, a quien uno de Ronda perteneciente al partido la señaló como válida para lo que buscaban los guerrilleros.

-Ella es capaz de ayudaros en todo lo que se tercie de dialogo con el grupo, sabe de derechos y no se arruga ante nadie, que se lo digan a los falangistas de Ronda que la quisieron callar a base de palos y no pudieron.

Lo dijo Miguel, uno del comité de Ronda y ella lo agradeció pues su ilusión en esos momentos era no permanecer quieta dentro de ese inmenso grupo, a ella le gustaba la acción y poder ayudar, formar parte del batallón le aseguraba lo que quería.

El Oxidao, debido a sus palabras, llamó la atención del grupo, María permaneció quieta, aunque apretó dientes y puños cerrando los ojos envenenada con el comentario. El guerrillero se acercó hasta ella y fue a ponerle la mano en la cara, no le dio tiempo, ella no se contuvo y sacando la pistola que le entregó su padre encañonó al Oxidao en la garganta y le habló con la voz serena.

-Ni se te ocurra tocarme hijo de la gran puta, te desparramo los sesos por toda la sierra, ¿me has oído, malnacido?

El guerrillero detuvo su mano a medio camino de la intención de tocarla, sonrió con maldad y mantuvo la mano izquierda junto a su pistola por si le daba ella la oportunidad de utilizarla.

-Te he entendido, ahora cálmate que yo doy unos pasos atrás, ya nos veremos estos días y lo hablamos tranquilamente.

-Yo no tengo nada que hablar contigo.

La imagen de María sosteniendo la pistola en dirección a la garganta del Oxidao y a este con la sonrisa de peligro dibujada en la cara heló la sangre de los presentes que lo que menos buscaban era una pérdida por tonterías. Y es que, aunque se lo mereciera el canalla, los hombres como el Oxidao no abundaban en la guerra, era de los que usaban la cabeza contra el enemigo y jamás abandonaba. Ante el corto silencio que se produjo donde nadie decía nada, todos callaban a la espera de que alguien tomara decisión, María bajó la pistola, pero claro, ella tampoco se fiaba del tiparraco y menos aun jugando en su casa y con los suyos, esa cuestión la llevaba a desconfiar. En ese momento de agobio en todos los presentes, se oyeron los trancos de un caballo dando pasos hasta donde estaban y habló una voz ronca y firme.

-Ella viene conmigo, si alguien la toca sin su permiso puede darse por muerto, y no lo digo porque yo vaya a actuar, como veis ella sabe defenderse bien, ¿verdad, “Oxidado”? Así que aquí acabó la discusión, somos todos compañeros, los que llevan armas, los que caminan y los que mandamos, no hay nadie por encima de nadie, todos somos iguales. Vamos mujer, coge las riendas del caballo y no te separes de mi lado hasta que yo te lo diga cuando vea que estás preparada para el cometido que nos haces falta.

El que habló fue Manuel Orellana y los demás acataron su decisión, nadie quería tener como enemigo al sargento, y mucho menos con Bernabé presente. María se acercó y montó con soltura el caballo negro que le entregó su ahora jefe, solo entonces guardó la pistola en la cintura mirando al Oxidao que le devolvió una sonrisa de decir luego nos vemos, el guerrillero echó un vistazo al lado y se cruzó con los ojos de Manuel, bajó entonces la mirada como un perro asustado, todas sus intenciones de ajustar cuentas llegado el momento desaparecieron, sin embargo, hay miserables que solamente es capaz de controlarlos el mal que se merecen.

Nuevamente el grupo se puso en marcha, tres secciones, la primera a cargo de Manuel Orellana, la segunda la mandaba Teresa Escot, y la que cerraba quedó a cargo de Juan Cordón. Al frente Bernabé, cuatro hombres y dos mujeres que cabalgaban en vanguardia abriendo el camino que debían seguir los demás y deteniendo el paso cuando preveían peligro o escuchaban la llegada de la aviación. A su alrededor, arboleda, piedras, rocosos desfiladeros que te aseguraban la muerte y, un poco alejada de ellos, la carretera a medio asfaltar por donde algunos camiones y coches del batallón circulaban controlando ese margen de movimiento a pesar de arriesgar a ser vistos y atacados. Por la carretera también circulaban coches atestados pertenecientes a los pudientes de la serranía y del mismo Ronda, que los había también, y que huían de las tropas franquistas, a veces el dinero tampoco te aseguraba ni protección para la familia ni continuar con vida.

Quiero mencionar que la sierra de Cádiz fue tomada con rapidez y con el apoyo de los falangistas de algunas poblaciones que dieron rienda suelta a sus maldades justicieras. En Setenil se vivieron esos actos represivos durante el tiempo en que los militares sublevados se hicieron con el control de la población. En esa radicalización de acabar con todos los que no aceptaban su adoctrinamiento entraron en juego la limpieza de cabecillas locales, afiliados a partidos políticos que apoyaron a la República, los juicios contra personas que nada supieron nunca de los motivos reales de su acusación, y las injusticias cometidas contra inocentes, muchos inocentes. Todo este lavado de afines al gobierno republicano solo conllevaba una idea principal, eliminar a cuantos pudiesen hacer frente a la nueva dictadura militar que se implantaba poco a poco en España, o con nosotros o contra nosotros, y ese contra conllevaba la cárcel, la muerte o cosas peores. Los derechistas tomaron buena cuenta de lo sufrido durante el gobierno del Frente Popular por los abusos y muertes que contra ellos se cometieron antes de la guerra y al comienzo de la contienda entre los dos bandos. Tomaron esas nuevas autoridades, respaldadas por la fuerza militar sublevada y las nuevas autoridades civiles, el rencor y la venganza como bandera, y de esta manera hacer pagar a quienes cometieron crímenes, injusticias, encarcelamientos, expropiaciones, quema de símbolos cristianos y demás iniquidades que se cometieron en contra de los derechistas y el clero, que nunca se posicionó del lado republicano, un ajuste de cuentas sobre aquellos tildados de rojos y que se quedaron en los distintos puntos de la geografía que iban dominando.

En Setenil comenzó una ronda sin final de fusilamientos, se llevaban a cabo cada poco tiempo, llegando a casi que la veintena los sabidos y puede que a más los ocultados o que nunca se supieron. Los encarcelamientos fueron un número desproporcionado respecto a la población que en esos años vivía en Setenil, alcanzando un numero de juicios que supera a cualquier población de España si tenemos en cuenta la población existente y el número de juicios celebrados. La represión no acabó ahí, se expropiaron tierras, casas, propiedades cuales quiera que fuesen y se castigó con el desempleo y sin ayudas a las familias de los fusilados o enjuiciados. La guerra dejó en Setenil una crisis económica y social de la que tardó años, muchos, en recuperarse y volver a una supuesta normalidad. Porque no debemos olvidar que la represión tras la guerra no solo conllevó enemistades, muertes, encarcelamientos y malas relaciones, consigo trajo lo peor de todo, las imposiciones. Fue imposible realizar y además estaban castigadas con penas las reuniones de un cierto número de personas, tampoco exponer ideologías que no fuesen a favor de la dictadura, igual que escribir o leer cosas que no estuviesen de acuerdo con lo impuesto, la casi obligatoriedad de asistir a misa y de cantar canciones para adoctrinar a la población en las buenas maneras que exigía el régimen autoritario que gobernaba el país. Y a todo ello hubo que sumar el miedo, y ese es el peor de los compañeros en una vida, el miedo a todo.

Los franquistas, que aunaban a todos los órganos derechistas del país, establecieron un régimen apoyado en el mandato férreo y la imposición de la sospecha como arma, el abuso de las autoridades y las precarias condiciones de vida hicieron del día a día un constante sinvivir para algunas de esas personas señaladas por el régimen local.

Caso parecido, sin llegar a ese extremo de tiranía vengativa, vivieron los derechistas durante los años del gobierno republicano, sin llegar a los excesos de la dictadura, pero la historia deja claro que existió ese abuso de poder y esas venganzas personales durante esa etapa. Fueron momentos donde se pasó de pequeños actos violentos hasta convertirse en terror/causa, y efecto, con la creación del Frente Popular. Tras todos esos meses de gobierno de coalición, el país entró en una debacle económica, una tasa de desempleo inaguantable para el Estado y una miseria y hambre que asolaban el país entero. A todo ello hay que sumar los levantamientos por parte de ciertos sectores del pueblo, la cruda realidad que vivía el campo y la ciudad, consecuente todo de la agitación y malestar social del momento. Lo que queda claro es que para nada había que esperar que una guerra civil arreglara los problemas existentes, en ningún momento se tuvo en cuenta como solución. Ocurrió que los distintos argumentos espoleados por los cedistas y el Bloque Nacional agitaron la calle haciendo responsable al gobierno, fue la gota de agua que colmó el vaso de la paciencia y todos, militares y políticos, fueron responsables de esa guerra civil que solo trajo muerte y dolor a España, no creo que nadie pueda darse por vencedor en una guerra donde murieron alrededor de setecientas mil personas y tuvieron que exiliarse casi que cuatrocientas mil almas. ¿Quién ganó la Guerra Civil? ¿Quién perdió la Guerra Civil?

“Bajo la luz de la luna se vieron

las hediondas aves de la muerte:

aviones, motores, buitres oscuros cuyo plumaje encierra

la destrucción de la carne que late,

la horrible muerte a pedazos que palpitan

y esa voz de las víctimas,

rota por las gargantas, que irrumpe en la ciudad como un gemido”.

-Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla-

Vicente Aleixandre

El camino hacia San Pedro se andaba sin sendero marcado sobre la tierra, solo los pasos de los de delante y las huellas de animales marcaban una guía que seguir, todo ello en pos de alcanzar la meta marcada como salvación, o como ilusión de algo mejor. Fueron muchos los inconvenientes encontrados y enfrentados por todos, pero uno de ellos, el temor a que algo salga mal en un embarazo de cuatro meses, eso puede truncar los sueños de quienes los persiguen. No es el embarazo, ni tampoco la niña que venía en camino, tampoco es la madre embarazada ni quien la lleva en carretilla tratando de apaciguar su desespero, cansancio y dolor al ver que a veces era difícil poder continuar, no es de nadie la culpa, es que la vida no puede ser tan cruel con aquellos caminantes perseguidores de sueños truncados. Francisca se quejaba y al ver sus pies hinchados como muslos, morados de frío, sangrantes de caminar descalza al no entrarle siquiera las alpargatas. Ella clamaba a ese Dios de tantos preguntando por las razones de aquel sufrimiento, y a su vez pidiendo ayuda para su situación. Era quejas amargas, de esas que no se quieren ni mostrar, pero la niña crecía en su interior, y las dudas sobre un futuro incierto se acumulaban generando más desesperanza que cualquier otra cosa. Los brazos de José empujando la carretilla sufrían el agotamiento que producía la cuesta empinada y embarrada, que para colmo presentaba pedruscos y piedrecillas donde era imposible no pasar un mal trago. Su situación dentro del grupo tampoco era la idónea, viajaban en el tercer sector, con todos por delante que dejaban la supuesta vereda hecha un desastre a su paso, eran tantas pisadas las que los precedían que convertían el camino y la compleja situación en un calvario. Francisca callaba sus dolores amargamente a cada poco, y es que a pesar de estar de tres meses y medio sufría latigazos en su vientre junto a nauseas inesperadas y patadas de quien quiere llamar la atención diciendo que ya estaba en marcha su plan, en unos meses, si todo iba bien, podría esa criaturita salir a respirar el aire limpio de la sierra, aunque pensaba la madre que no era muy consciente de lo que le esperaba en el exterior.

-Vamos, Francisca, que lo conseguimos, a ver si descansamos y puedo darte un alivio en los pies para que no te duelan tanto.

-Ay, José, no te preocupes por nosotras, -y se tocaba el vientre mostrando una sonrisa forzada, -que estamos bien, el que tiene que descansar eres tú que vas a reventar.

-Yo soy fuerte como un toro, niña, mira que ya mismo llegamos a San Pedro y nos tumbamos bajo la sombra de un cedro. -Y reía José con sus ocurrencias provocando la sonrisa animada de Francisca.

El grupo alcanzó el primer punto marcado con algo de retraso, y todo ese camino recorrido, ya se encontraban en el Puerto del Madroño, indicaba casi el punto intermedio entre lo andado y lo que quedaba por andar, se avisó a todos de que se detendría la marcha por un tiempo de dos horas para descansar.

-José con estás piernas hinchadas no sé si voy a poder acabar la caminata esta, ¿y si sigues tú solo?

-Anda ya, no digas esas cosas, donde yo vaya vienes tú conmigo, Francisca, y la niña también, ya verás como todo sale bien.

-Teníamos que habernos quedado con Isabel, te lo dije, seguro que no nos iba a pasar nada.

-La Isabel parió anoche a la niña, y es normal que no pudiese andar este trecho, como bien dices, ojalá no les ocurra nada, aunque no volverán tan pronto al pueblo, ya lo sabremos cuando volvamos a verlos.

-Ana María, ese es el nombre de la niña, en que mal momento ha venido al mundo, con esta guerra y esta vida huyendo de nuestras casas y del lado de los nuestros.

– ¿Qué le vamos a hacer, Francisca? Nos ha tocado, lo importante es tirar “palante” sin mirar atrás y confiar en que logremos llegar a Málaga, allí todo irá bien.

Nuevamente las molestias en el vientre, ese dolor que achacaba a la preñez, pero, que no estaba ella segura del todo que fuese eso solamente. Pedía de nuevo con los ojos entrecerrados y las manos entrelazadas a la Virgen del Carmen con unas oraciones en voz baja, los decía en bajito porque sabedora era de que no estaban bien vistos por los del batallón, y tampoco por muchos de los presentes que acampaban junto a ellos. Se dejó caer sobre un pequeño hueco de campo sin gente con la espalda descansando sobre los brazos fuertes de José, el hombre acusaba sus molestias en los músculos de tanto tirar de la carretilla todo el camino, pero no dijo nada, sonrió y le recitó varios de esos poemas que llevaba siempre guardados en la cabeza para las ocasiones que entendía como especiales. Francisca se quedó dormida oyendo la voz de José, soñando con poder parir a su hija, pidiendo al cielo encontrar la paz donde quiera que fuese, abrazando en sueños una libertad que parecía encogerse en dimensiones y desaparecer por momentos.

Los hermanos Barroso daban cuenta al mando de un percance sucedido entre dos hombres que al parecer guardaban viejas rencillas de días atrás y las vinieron a solucionar allí mismo. En cara le vino a echar el uno al otro que le debía un dinero, poca cosa, pero en tiempos de necesidad cualquier suma era suficiente para lo que fuese, y dadas la que caía, reclamar era tan legítimo como no pagar.

-Que dice uno que no puede pagarle y el otro le ha sacado la navaja, -contaba el mayor de los hermanos, -y tras unas palabras de más y algún que otro insulto le ha sesgado la garganta de un buen navajazo, eso dicen los que han visto la trifulca.

-Bueno, pues así ya no cobra seguro. -Le dijo Bernabé López que permanecía atento a lo sucedido.

-No, no, comandante, el navajazo se lo ha llevado el que quería cobrar.

-Pero bueno, ¿la navaja no la tenía ese? ¿Qué demonios ha pasado?

-Pues que el otro llevaba otra y la manejaba mejor.

-Lo mismo digo que antes, ya no cobra la deuda.

El comandante se fue andando sin dar importancia a lo sucedido, mil almas que llevar a San Pedro no daba para rencillas personales, bastante soportaba con las noticias que acababan de darle. Al parecer un contingente de tropas nacionales los esperaban cerca de Ojén, ellos debían pasar dejando Tolox a la izquierda y muy cerca de Istán, donde ya los esperaba un grupo de guerrilleros del batallón para guiarlos hasta San Pedro, en ese lugar, terminado el río Verde, se acabaría su cometido. Sin embargo, las tropas nacionales estaban cerca, seguro que tenían constancia de la existencia de la marcha y del camino que llevaban, poco tardarían en aparecer los aviones para confirmarles la posición de la masa humana y del “Batallón Pedro López”, a quienes por cierto les tenían muchas ganas.

Los hermanos Barroso mandaron cavar un hoyo y enterrar allí al que le cortó la garganta el mal pagador que le debía dinero. Lo hicieron tres de los que los acompañaban en esa sección del centro, con una pala y por turnos, cuando acabaron metieron el cuerpo y lo cubrieron con tierra y piedras, una mujer quiso que se le pusiese una cruz por si era católico, no la dejaron.

-Para católico ya está Franco y sus bondades, señora, o si es usted creyente sabría explicarnos a todos que hacemos huyendo de nuestras casas, ¿esto es lo que quiere Dios para nosotros? Anda ya y que lo zurzan.

-Dios no es Franco, señor. -Replicó la señora malhumorada.

-No digo yo que lo sea, pero a quienes tiene a su alrededor y apoyando su causa son todos devotos de la iglesia.

-Ni lo uno ni lo otro, a misa va quien quiere. -Volvió a decir la señora.

-Váyase a su sitio señora, que donde cabe uno caben dos, -le dijo señalando el hoyo donde enterraron al hombre, -y ya veremos quien se salta una misa de ahora en adelante.

Nadie rechistó, más que nada porque alrededor de ellos iban niñas y niños que no tenían que comer ni que beber, gente mayor a los que les costaba caminar por esos montes y esas veredas dibujadas en la tierra sobre la marcha, no parecía ser ese el lugar para poner por los altares a la iglesia y sus bondades que digamos. El grupo lo formaban muchos desvalidos de la misma vida, gente que salió huyendo con lo puesto y llevaban ya un día o dos sin probar bocado, caña de azúcar a lo sumo, y no había para todos. En ese miserable camino de hambre y sed, de miedo y añoranza, de resignaciones y suspiros, solamente la esperanza brotaba de vez en cuando, y muchas veces en que aparecía se la llevaba un llanto de crío o una exclamación desesperada de quien más no puede prefiriendo desistir y esperar la muerte allí mismo.

María montaba su caballo negro observando la sección que controlaba y que capitaneaba el sargento Manuel Orellana. Muchas de esas personas eran conocidas suyas al haber coincidido en algunos mítines o reuniones comarcales del partido, ella procedía de familia con arraigo en la izquierda y desde siempre colaboraron en todo lo que pudieron con el partido. Era mujer inteligente, de lenguaje cuidado y verbosidad florida, con rápida respuesta para todo y gustaba de ayudar a los demás en causas que se consideraban injustas y muchas veces perdidas. A Manuel, el que hizo de padrino para su incorporación guerrillera, le gustó su actitud y ganas de trabajar, en una pasada rápida por las filas le explicó el funcionamiento del grupo y las órdenes que seguían. El sargento tuvo una deferencia con ella y se detuvo a explicarle cómo debían actuar y que tipo de iniciativas tomar si no recibían ninguna orden de los superiores en caso de variación, ya fuese la lluvia, un ataque o un cambio de ruta. A saber, que eran casi cuatrocientas personas a cargo de las ocho que custodiaban cada sección. A todo permaneció atenta María, escuchando en silencio y aprendiendo de cada palabra, al terminar se incorporó con el resto de los guerrilleros para mantener el orden y la calma dentro de su grupo, era difícil pues siempre había alguien que hablaba alto, otros que cantaban y animaban a pesar del desasosiego, y las quejas, muchas quejas por saber la hora de llegada y por no tener comida. Las que más se quejaban eran las madres, que veían a sus hijos enfermar por minuto que pasaba, ninguno de los organizadores de aquella marcha pudo prevenir aquellos contratiempos, cuando las balas te persiguen no da para mucho más que salir corriendo y huir de una muerte segura. En un paseo a lo largo de todo el convoy humano, de vanguardia a retaguardia, María se cruzó con el Oxidao, ni siquiera la miró, echó la cara al otro lado y nada dijo ni simuló, ella lo agradeció, por delante quedaban cosas más importantes que hacer y, aunque presentía que aquello no acabaría allí, no necesitaba más problemas por ahora. Al final de la columna se topó con un hombre que empujaba una carretilla llevando a una mujer que daba la primera impresión de ir herida, al acercarse se percató de que no era ninguna lesión ni magulladura.

– ¿Para cuándo espera? Parece poca barriga esa, ¿no? -Le preguntó la guerrillera desde el caballo.

-Para dentro de unos meses, yo creo que finales de febrero por las cuentas, pero me molesta desde que salimos de Setenil y me duele bastante, aparte tengo un problema y se me hinchan muchos los pies. -Le contestó Francisca mientras el bueno de José aminoraba la marcha para hablar con la señora del caballo.

-Pues hay que tener cuidado con lo que viene de camino.

-Una niña. -Le dijo Francisca con cara agotada y lágrimas asomando.

María se bajó del caballo, se detuvo a mirar la rueda del carrillo y comprobó que aún estaba más hinchada que deshinchada, pasó su mano por la barriga de la mujer y le sonrió con su cara de buena gente.

-Francisca, está más hinchada la rueda que la barriga.

Sonrió la preñada y agarró la mano de María, le preguntó su nombre y de donde era, hablaron un buen rato tras conocerse, contándose cosas que una madre le puede contar a una hija, creando un vínculo de amor en esa desesperación de dolor que vivían y en el contexto de la situación en que se hallaban.

-Si nace se llamará María, como tú, y si no lo hace será el nombre de la próxima que venga.

-Claro que nace, Francisca, será una hija de la República, además vendrá con un buen pan bajo el brazo, por cierto, ¿ha comido algo?

-Nada, niña, no tenemos nada para comer, pero bueno, pronto llegaremos y no pasa nada por soportar un poco de hambre. -Le contó José.

María sacó de su morralillo un trozo de salchichón y un poco de queso y pan, se lo dio en las manos a Francisca, se descolgó del hombro una botella con agua forrada en nea y la dejó en el carrillo. Francisca le dio las gracias y José le dijo que Dios la bendijera, cosas del pueblo.

-Dios parece que nos ha abandonado, ahora estamos solos de espíritu, eso nos hará fuertes ante la adversidad. Tengo una idea que os va a venir bien, espera un momento, -María acercó su caballo. -Ayuda a Francisca a bajarse del carrillo y miremos si puede subir a la montura, si es así la llevaré a la cabeza de la marcha y el camino estará menos pisoteado, así será más fácil llevarla y tendrá menos sobresaltos con las piedras y el barrizal.

Y así lo hicieron, la subieron con cuidado a la silla del caballo y ella dijo encontrarse bien ahí arriba, aunque realmente soportaba un dolor que era bastante fuerte y se acrecentó al subirse, pero la causa era buena y decidió aguantar. Lo que es capaz de hacer una madre por una hija no se puede describir con palabras ni comprar con dinero, aunque esa hija no estuviese con ellos todavía. Al momento María tiraba de las riendas del caballo y José los seguía con el carrillo sin peso adelantando posiciones hasta alcanzar la cabeza. El comandante los vio llegar y se acercó hasta María.

-Si haces eso con uno tendrás que hacerlo con otros, mujer.

-Con los que haga falta, comandante, con los que haga falta, -se volvió María y continuó ayudando a Francisca a bajarse del caballo, luego la consiguieron poner lo más cómoda posible, dadas las circunstancias, sobre el carrillo y con una manta que le entregó el Oxidado que pasaba por allí en esos momentos y se percató de todo lo que ocurría.

-No soy tan malo como parezco, María. -Lo dijo con una sonrisa apacible, y con los ojos de quien viene pidiendo disculpas por su aptitud anterior.

-Tampoco yo voy pegando tiros a la gente.

El guerrillero se alejó con su yegua torda y María continuó atendiendo a la familia.

-Que Dios te lo pague. -Le dijo José agradecido.

-No hay de qué, espero que todo vaya bien, antes de que lleguemos a San Pedro volveré para verlos, y si necesitan algo hagan lo posible por buscarme. Buena suerte, espero que todo salga bien y pronto lleguemos al sitio…

No terminó la frase María, un silbido alargado, como si quisieran estirarlo creando un sonido fino y terrible, se oyó sobre sus cabezas, tras la silbante cacofonía un estallido seco, redondo, que levantó el griterío de la gente al final de la marcha, luego sonó veloz otro silbido seguido de un nuevo zumbido corto y premonitorio de muerte, la aviación del bando franquista había dado con ellos, eran un blanco difícil, pero no imposible.

– ¡Vamos, llamen a los artilleros cuanto antes! ¡A sus puestos todos! -La voz mandona y enérgica de Bernabé López se impuso entre los gritos y el desorden que provocaron las bombas lanzadas desde los aviones enemigos. – ¡Venga, no hay tiempo que perder!

Tres hombres llegaron a galope tendido y subiendo a una de las carretas tiraron del toldo verde que la cubría y armaron en menos de medio minuto una ametralladora automática antiaérea, cargaron, y dispararon contra los dos aviones que volvían a sobrevolarlos. No atinaron a dar a ninguno de ellos, el primero que pasó volvió a dejar caer otro proyectil sobre los civiles, el segundo no pudo realizar su maniobra y ante los disparos desde abajo tuvieron que abandonar el espacio aéreo que ocupaban. La acción duró menos de diez minutos, suficientes para alejarlos y volver a ganar tranquilidad, al menos durante un tiempo.

Cuando María y el sargento Manuel pasaron revista a la fila se encontraron con muchos heridos y varios muertos, entre ellos se encontraban Ana y la niña Manuela, abrigada con la rebeca negra de su abuela y abrazada a su madre muerta. Manuela no respiraba, un trozo de metal vino a para a su frágil cuerpecito y se llevó su vida, la madre la agarraba rodeándola con sus brazos, en su espalda tenía clavado otro metal y la cara agujereada al igual que los brazos y parte del cuerpo, seguramente quiso protegerla y le fue imposible. A su alrededor varios muertos más, y heridos que dieron por acabado su camino pues nada podían hacer por ellos, no contaban con atención para esos casos, tampoco esperaban que se diesen. Manuel Orellana ordenó a María acercarse hasta el cuartel del Puerto del Madroño y dar aviso de lo sucedido, que ellos se ocupasen de los heridos y de los muertos, era lo mejor. María azuzó a su caballo y dirigió su galope en dirección al cuartel, cuando llevaba un par de minutos cabalgando la alcanzó un compañero con ordenes de Bernabé para que la acompañase por si aparecían enemigos en la zona, no había que fiarse. Ella asintió y ambos encaminaron sus monturas en busca de una solución para aquel ataque que sufrieron los civiles inocentes en su huida.

Media hora después, con todos ya formados nuevamente, era el momento de reordenar la marcha y continuar, ahora con un paso más ligero, la noche se acercaba, y aunque eso les garantizaba poder ocultarse de los aviones, no evitaba que desde tierra les pudieran tender una emboscada y acabar con un río de sangre sobre la sierra.

A los hermanos Barroso una de las bombas los pilló de lleno, el mayor perdió un brazo al caer tan cerca de él que no tuvo tiempo de notar como sesgaba su extremidad, la bomba se llevó también su cabeza, no la encontraron por ningún sitio. El menor de los dos logró tirar el cuerpo a tierra por un empujón de su hermano y así salvó el pellejo, casi que enterrado en la tierra que levantó el estallido, pero sin ninguna herida importante. Junto a ellos un centenar de bajas entre muertos y heridos, tantos como no fue posible ni contar ni ayudarles para sanarlos, la prioridad era la marcha, ellos debían quedarse a la espera de la patrulla del Madroño.

– ¡Vamos, que nadie detenga el paso ni rompa la fila! -La que gritaba era Teresa Escot, la mujer al mando de una de las secciones.

-Señora, mi marido no puede andar, está malherido, la pierna le sangra.

-Usted decide, si quiere quedarse con él puede hacerlo, nosotros debemos continuar la marcha si queremos llegar vivos.

-Pero…. ¿no pueden ayudarme? Le digo que está sangrando y se ve el hueso de la rodilla.

Teresa Escot escuchó los comentarios de la señora, entendió sus razones y comprendió su interés en que todo se detuviera hasta que consiguieran salvarle la pierna al marido o meterlo en un carro para llevarlo hasta un hospital de campaña que, por cierto, no existía, era imposible situar una tienda de atención sanitaria en un grupo que su cometido era no detenerse. Y además era una jornada de camino, eso no era factible, cada uno debe ser consecuente con la decisión tomada a la hora de comenzar la marcha. Nada era posible, lo único importante era andar, alcanzar las arboledas cercanas y refugiarse hasta que fuese posible seguir adelante. Un herido, dos, tres …cuarenta, eso no importaba, el grupo era lo importante, y era muy nutrido para que unas bajas lo detuvieran.

– ¡Vamos, sigamos adelante! -Ahora era “El Oxidado”, quien ordenaba acompañando la voz con un disparo al aire que puso en alerta a todos. -Señora, ya le digo yo que está en camino un aviso para que se ocupen de todos ellos los compañeros que hemos dejado en el cuartel, nosotros debemos proseguir.

-Pues yo me quedo con mi marido, esperaré aquí.

-Bien que hace, señora, que tenga suerte. -Le dijo Teresa antes de dar la vuelta a su caballo y pedir a voces que continuaran todos andando.

En un pequeño montículo, junto a un árbol enorme, el menor de los Barroso mostraba otro talante, callado y centrado en sus cosas, era bueno para recibir órdenes, pero no le importaba absolutamente nada ni la guerra, ni el batallón, ni ninguno de los que allí estaban excepto su hermano, él sí. Cogió una pala y se puso a cavar un hoyo.

– ¿Que estás haciendo? -Le preguntó malhumorado el Oxidado, harto ya de aquel descontrol que provocó el ataque aéreo.

-Enterrar a mi hermano.

-Ahora no es momento de entierros, tenemos que continuar.

-Pues sabes lo que te digo; que te vayas a tomar por culo, que yo haré lo que me dé la gana, no te necesito para nada ni a ti ni a los que van contigo.

El Oxidao era un hijo de puta, eso trataba de dejarlo claro en cada jornada que vivía, sin embargo, era un hombre de grupo, capaz de lo peor y de lo mejor en la batalla, compañero leal que nunca abandonaba a nadie. El batallón era su vida, y la jerarquía que encontró lo transformó en un excelente soldado con sus defectos y con sus virtudes. Bajó de un salto del caballo, levantó la manta que guarnecía la montura y cogió una pala pequeña, cuadrada y dentada en uno de sus lados, que llevaba bien atada en un lateral de la cincha. Se acercó hasta el hoyo que comenzaba a cavar Barroso, se quitó la camisa y comenzó a ahondar en el sitio con fuerza junto al hermano del muerto. En media hora estaba enterrado, con piedras cubriendo un espacio alrededor de la tierra y con tres ramas de encina como ofrenda.

-Gracias. -Le dijo Barroso al Oxidao.

-Creo que eres un buen hombre, capaz de ayudarnos en nuestro propósito de matar fascistas, pero debes saber que moriremos, al igual que tu hermano, tal vez peor, sin que nadie nos dé un entierro, al menos como el que ha tenido él. Somos gente que no le tenemos aprecio a la vida, nuestro interés es quitársela a otros, y ahí somos felices. Hallamos nuestro sitio entre cadáveres y heridos, los que somos capaces de dejar en el camino que hemos venido a andar a este mundo que nos ha tocado vivir.

Barroso escuchaba atento, prestando atención a cada una de las palabras, sopesando lo que hacer en adelante. Encendió un cigarro y le ofreció uno al Oxidao que lo aceptó gustoso.

-Mi ira sola la puede calmar la venganza. -Dijo con la primera calada el hermano menor.

Lo miró el guerrillero con seriedad y gesto hundido en rabia, pasó su lengua por los labios resecados, tiró de una calada profunda al cigarrillo y le propuso a Barroso la solución para apagar su cólera.

– ¿Sabes que cerca de aquí hay un campamento de los azules? Si te interesa venir esta noche vamos a hacerles una visita, -dio otra calada al cigarro, -yo podría meterte en el grupo, somos pocos, no más de cuatro en un principio, sería esta noche. ¿Qué te parece?

-Me parece bien.

-Entonces continua con nosotros hasta esta noche, llegado el momento haré por avisarte, eso sí, ningún arma de fuego, solo navajas y hachas, y si sabes de algo que no haga ruido también vale.

«Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ¡viva la muerte! Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (…) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada…»

Furioso, Millán gritó: «¡Muera la inteligencia!». En un intento de calmar los ánimos, el poeta José María Pemán exclamó: «¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!».

Unamuno no se amilanó y concluyó: «¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España».

Del discurso de Unamuno a Millán Astray en la Universidad de Salamanca.

Olía a leña quemada y hierba fresca, a meado, mierda y sudor acumulado en la humanidad concentrada de los soldados acampados en ese pequeño llano en el monte. Tres camiones aparcados al lado izquierdo del campamento, unas treinta tiendas montadas y dos tenderetes habilitados para rancho y armero. La vigilancia era escasa, apenas cinco hombres armados de fusil ataviados con su indumentaria verde militar. En una torreta con unos cuatro o cinco metros de altura se distinguía un foco no muy grande y una ametralladora situada sobre la madera, con el cañón en dirección a la sierra. Eran las dos y media de la madrugada, la helada calaba los huesos y el frío tomaba dirección a la costa desde los montes, ese era el motivo de aquel incómodo relente en aquella especie de explanada inventada. Los vigilantes de la puerta dormitaban sobre unos sacos de arena que les servían de reparo defensivo y de cobijo del viento, ¿quién iba a tener agallas de llegar a esas horas buscando batalla? Mejor dormir, habrían pensado. Los dos de la torre de madera apenas si asomaban la cabeza, el rastrero viento no ayudaba mucho a dejar la manta que los cubría para mirar a una oscuridad que nunca cambiaba de forma. Y los cinco que daban vueltas para vigilar el perímetro le tenían más apego al bidón con candela encendida que a los paseos por turnos de dos por la derecha y dos por la izquierda que iban dando, siempre se quedaba uno para vigilar la entrada a la tienda del capitán y, sobre todo, avivar el fuego para que no se viniese abajo. El campamento mostraba forma circular, en el centro estaba situada una tienda enorme donde estudiaban al enemigo, todo ello sobre el mapa que extendido estaba sobre la mesa, allí se dilucidaban los pasos a seguir cada día, las operaciones que serían llevadas a cabo y el estudio sobre la geografía de la zona para ayudar con los distintos operativos. En la parte norte estaban las letrinas, o mejor dicho la zona del campo elegida para descargar el vientre y soltar riadas de meadas de todos aquellos soldados, junto a ese punto exactamente se encontraban los cuatro guerrilleros agazapados. En la parte sur se encontraban la entrada y el acceso a la torre, ese punto comunicaba con un carril de arena que permitía la llegada y salida de vehículos.

El Oxidao, Barroso, Juan López y el teniente Villalobos acechaban desde una pequeña colina que se elevaba cercana al campamento y junto al pestilente lugar elegido para las evacuaciones inevitables de una tropa. Llegaron pasada la media noche, aunque antes, dos de los exploradores les informaron de todo el movimiento que se producía en el sitio, cambios de guardia, horario de comidas, situación de las tiendas y de los puntos más importantes como el pequeño polvorín donde guardaban dos cañones y una ametralladora antiaérea.

-Yo digo que vayamos ya. -Habló llevado por la impaciencia Juan López.

-Sí, no podemos esperar más, -confirmó Villalobos. -Que Barroso vaya con el Oxidao y tú te vienes conmigo Juan.

Dicho y hecho, en dos minutos se encontraban cada uno a lo suyo manteniéndose a cubierto tras los camiones del ejército franquista. El plan era fácil, como decía siempre el comandante Bernabé, mientras más vueltas le demos al asunto, más vueltas nos da el asunto a nosotros, así que prácticos y ligeros, entrar y salir. Barroso y el Oxidao se encargaron de la vigilancia, serían dos para cada uno, además, todo debía ocurrir con rapidez y sin demora, vamos, lo primero que hiciesen para así dar más tiempo a maniobrar hasta que se percatase el compañero de que no llegaban al sitio de vuelta los suyos. Barroso se separó buscando su momento, se armó con el hacha en una mano y con un palo afilado en punta que mantuvo a su espalda todo el tiempo y mantenía sujeto con fuerza en su diestra. Habría veinte metros de distancia cuando se arrinconó junto a la parte delantera del camión, por ese sitio tenían que pasar según observaron antes cuando los espiaban, iban charlado distraídos los dos soldados, tendrían unos treinta años más o menos, hablaban de que iban a hacer cuando todo acabara. Uno decía que se iría al pueblo con su gente, el padre era labrador y trabajaba en el cortijo de un señorito allá por la campiña sevillana, su madre era buena cocinera y echaba de menos sus cazuelas de conejo en salsa y las tagarninas con huevo. El otro confirmó que se quedaría en el ejército si se lo permitían, -yo no tengo a nadie, los mataron los rojos a tiros en mi pueblo, todo porque mi madre iba a misa y colaboraba con la catequesis de la iglesia dando lecciones, dijeron que mi padre era un derechista y que no apoyaba la República, ya ves tú, mi padre, que ni siquiera era capaz de regañarme, en fin…- Envueltos en sus historia se acercaron al camión y, con un rápido movimiento, Barroso asestó un hachazo en la cabeza del que quería seguir siendo militar, y al otro lo atravesó por el estómago con el palo de punta que se preparó esa tarde, tapó su boca para que no gritase y se cagó en sus muertos al oído, cuando cayó de rodillas sin vida arrastró el cuerpo hasta dejarlo bajo el camión, hizo lo mismo con el otro. El acometimiento de la acción le hirvió la sangre y tiró de voluntad y deseo, se fue en busca de las tiendas de los soldados que a esa hora estaban bien dormidos.

El Oxidao no tuvo tanta efectividad como Barroso, el primero cayó de un navajazo al cuello que lo desangró al momento y solo pudo escupir palabras bañadas en sangre. Cuando el compañero se volvió al escuchar los pasos del enemigo, se cubrió con los brazos del navajazo que le tiró a la cara el guerrillero. El soldado tropezó en los pasos atrás viniendo a caer sobre la tierra deshierbada, entonces se abalanzó sobre él, primero con dos patadas a la cara, luego con un buen cuchillazo en la barriga para terminar ahogándolo con sus manos apretando con fuerza hasta que asfixió sus ganas de vivir. Trabajo hecho, ahora tocaba buscar a Barroso y reunirse con Villalobos y Juan López, el tiempo de la ronda se les acababa y pronto estarían en apuros.

El teniente y Juan López cumplieron con lo suyo y colocaron un explosivo en el armero, estaba bien destruir la munición del polvorín donde las guardaban, pero, acabar con las armas era un golpe más efectivo, las balas eran más fácil de conseguir, sin embargo, explotar el pequeño armero con al menos cien fusiles y los dos cañones y la ametralladora sería un golpe muy efectivo. Todo estaba listo, dejaron puestas las cargas y se alejaron en dirección al punto donde quedaron en verse los cuatro. Juan López aprovechó para atar con una cuerda unos diez fusiles y cargó con ellos a la espalda por medio del rellano hasta alcanzar la pequeña zanja en la tierra que marcaba el punto de encuentro. Villalobos por su parte se hizo con una buena pistola y dos buenas correas de bombas de mano por si acaso la cosa se complicaba en la huida.

– ¿Dónde están estos dos? -Preguntó inquieto el teniente.

-Allí vienen. -Contestó Juan señalando con el dedo una figura oscura que se movía con rapidez entre las sombras.

El Oxidao llegó solo, con alguna sangre en sus ropas y jadeante por la carrera.

– ¿No está aquí? -Preguntó mientras miraba los fusiles reatados sobre la tierra.

-No. ¿Tú no lo has visto? ¿No iba contigo?

-Claro que íbamos juntos, tal y como planeamos nos separamos al llegar a los camiones, él se quedó y yo continué para encontrarme con los otros dos soldados de vigilancia.

– ¿Y bien?

– ¿Y bien qué?

– ¿Que qué ha pasado, cojones?

-Yo que sé, teniente, me fui para mi lado y liquidé a los dos que tenía que quitar de en medio, Barroso se quedó y seguro que también los eliminó, si no hubiese sido así ya estaría todo patas arriba.

Acabó la frase el Oxidao y aguardaron al compañero, así durante al menos cinco minutos, sin entablar conversación, mirando a la oscuridad por si aparecía el cuarto de los asaltantes. La tensa espera fue rota cuando se oyeron muy al fondo del campamento voces de alarma, algún disparo de lo que parecía una pistola, segundos después encendieron el foco de la torre de madera en dirección al lugar del alboroto.

-Tenemos que irnos. -Dijo Juan López.

– ¿Y qué hacemos con Barroso? -Quiso saber el Oxidao.

-Eso ya no es problema nuestro, si lo han cogido más vale uno que cuatro, vamos a largarnos de aquí porque pronto el foco comenzará a buscar movimientos y puede que descubran a los que habéis quitado el pellejo. ¡Vamos! -El teniente Villalobos no quería esperar más y cuando vio que los dos compañeros se habían alejado lo suficiente, tiró del rodillo de cableado y cuando se encontraba a unos ciento cincuenta metros tras una hondonada apretó el detonador. El estallido fue ensordecedor pudiéndose ver a varios kilómetros de distancia el resplandor que se levantó en la oscura noche. La detonación del artefacto se llevó por delante todo el pequeño arsenal de los nacionales y lo que pilló alrededor, provocó un fuego que entretuvo a los soldados durante un buen rato para lograr apagarlo, fue un gran asalto sin ninguna baja de momento, al menos hasta saber de Barroso, que si nada equivocaban las voces y no dar señales de vida en el sitio donde quedaron, o estaba muerto o prisionero que era peor, si era ese el caso le harían pagar por todo aquel desbarajuste.

Los tres guerrilleros se subieron a sus monturas que se encontraban bajo la custodia de los dos guerrilleros que primero vigilaban el sitio, a unos veinte minutos del campamento a paso ligero. Allí mismo dejaron el caballo de Barroso amarrado a un árbol por si acaso aparecía, al cabo de un rato de trote volvieron a unirse a la marcha que ya caminaba de nuevo tras un descanso de un par de horas esperando la entrada profunda de la noche. El comandante Bernabé los esperaba sentado al fuego junto a Teresa Escot y un niño de unos diez años que perdió al padre, lo único que le quedaba de familia, horas antes con las bombas que lanzaron los nacionales desde los aviones, al parecer su madre murió al dar a luz con un mal parto. Villalobos dio novedades y la noticia de la perdida de Barroso tras no saber ninguno si se encontraba vivo o no, contó lo sucedido y que lo único que sabían era que al parecer cumplió su cometido, lo que ya no sabían era lo que hiciera luego.

– ¿Y lo habéis abandonado? -Preguntó Teresa.

Los tres se encogieron de hombros queriendo decir que nada pudieron hacer. El Oxidado atestiguó que le dejaron su caballo en el mismo sitio por si aparecía, y trató de explicar su versión contando lo de las voces y el jaleo que pareció levantarse al fondo del campamento. Les relató que ellos actuaron con premura limpiando el terreno para que Juan y el teniente colocaran los artefactos con la intención de hacer dos voladuras, -lo que pasó fue que solo una estalló, cosas que pasan-, afirmaba mientras encendía un cigarro con calma.

-Bien, prosigamos la marcha, si todo va bien con la entrada de la mañana debemos estar en el sitio, ahí acaba nuestro viaje, nos pasaremos por la azucarera y al día siguiente volvemos para el Madroño, hay que comenzar a definir cómo vamos a realizar el asalto a Ronda. A partir de mañana quien quiera bajar deberá hacerlo por su cuenta, no quiero saber más nada de protecciones a civiles, y mucho menos en estas cantidades que solo traen problemas-. Fue Bernabé quien habló, nunca pidió proteger a ese grupo de personas y ahora se daba cuenta de que hizo bien en hacer caso a Manuel Orellana, si llegan a tener que hacer ese camino tres veces hubiesen perdido a mucha más gente y puede que a algunos de los del batallón.

El comandante comenzó a echar tierra con las botas sobre la candela para apagar los rescoldos. Teresa, que tenía decidido hacerse cargo del zagal ya que la vida nunca la premió con un embarazo, cogió al niño en brazos y lo subió al caballo con la ayuda de Juan López que sujetaba las riendas. El Oxidao arrojaba su colilla agotada sobre el fuego que moría. El teniente Villalobos cargaba los fusiles en un carro y se ceñía el correaje con las bombas de mano, un poco más allá Juan López meaba junto a un árbol y la noche oscura les brindaba luna llena para seguir el camino. El tranco de un caballo llamó la atención de todos que buscaron de donde provenía el ruido en la negra espesura que los rodeaba, un relincho delató el lugar y se oyeron pasos en carrera que se acercaban a donde todos estaban, crujían las ramas sueltas sobre el suelo con las fuertes pisadas. Pensaron que seguramente podrían ser de una cabra o cochino de monte que andaba perdido y espantó a una de las bestias de los carros que se encontraban allí cerca, pero no, de entre la maleza apareció la figura de un hombre corpulento que jadeaba como si lo persiguiese el mismo diablo, o tal vez fuese el diablo en persona. Echaron mano a sus armas, primero que ninguno el Oxidado que se puso al frente a la espera de la llegada del hombre para estamparle un tiro en la cabeza.

– ¡Alto ahí quien sea! Gritó.

El hombre se detuvo y comenzó a caminar despacio en dirección hacia ellos, llevaba un saco a los hombros y lo dejó caer al suelo, por el sonido del peso parecía cargado, luego se arrodilló extenuado y pidió agua, era Barroso, cubierto de sudor mezclado con sangre, con un corte en la cara por donde sangraba y otro tajo en el pecho, ese bien grande y con apariencia de ser profundo. Teresa le arrojó desde el caballo su cantimplora y bebió un buen trago, luego se echó un poco de agua sobre la cara y se levantó.

-Creo que ha salido todo bien, -comenzó diciendo con la respiración entrecortada y una risa que turbó a los presentes, -cuando oí el zambombazo de la explosión no sabéis la alegría que me dio, aún me da la risa con aquello, y también me ofreció el tiempo suficiente de distracción de esos hijoputas para poder salir huyendo. Tuve que esconderme en un majano de piedras durante un rato porque me buscaban con linternas, la explosión se los llevó a todos de vuelta y pude ir hasta el sitio donde quedamos, pero, al no encontraros allí pensé que os habíais tenido que ir, menos mal que dejasteis el caballo. Os tengo que pedir disculpas y deciros que he tardado más por una cuenta que tenía pendiente, y también porque tuve que dar unas cuantas vueltas perdido, pero bueno, aquí estoy.

– ¿Pero de que cuentas nos hablas? El trabajo estaba claro, ir al sitio, eliminar la vigilancia, colocar las bombas, detonarlas y si te vi no me acuerdo. -Le preguntó Juan López.

-Cuentas personales, el Oxidado sabe de qué hablo.

Las miradas se volvieron hacia el guerrillero que abrió los brazos extendiendo las manos como quien nada sabe del asunto.

-No sé de qué me hablas, Barroso, yo te dije de venir a esta misión porque vi tu enfado con la muerte de tu hermano, quise que aliviaras ese dolor con el trabajo de esta noche, por lo demás, has matado a dos vigilantes y luego desapareciste por tu cuenta, ¿qué voy a saber yo, compañero?

-Ya, ya, lo que quiero decir es que tú conocías mi dolor y mis ganas de vengar la muerte de mi hermano, nada más, cumplí con quitar de en medio a los dos de vigilancia, y luego me atrapó un impulso que no pude contener y decidí adentrarme en el campamento hasta encontrar las tiendas donde dormían los soldados.

– ¿Y qué ha pasado?

-Que me pillaron y dieron el grito de alarma despertando a los de una tienda y poco después a los que se encontraban en las continuas, con el follón me enzarcé con un par de soldados y me dieron algún que otro navajazo, nada importante, y luego alguien disparó un arma y eso los detuvo, ahí apreté a correr en busca del saco. En un principio pensé que no lo contaba y, para colmo, no daba con el sitio donde lo escondí, el caso es que pude escapar por otro lado y eso me confundió- volvió a beber agua-. Luego, en la carrera, estalló la bomba y tras un rato escondido desistieron de la búsqueda y volvieron todos al recibir la orden de apagar el fuego antes de que pudiera expandirse y el desastre fuese a mayores.

– ¿Has conseguido hacerte con algo? ¿Para eso buscabas el saco? -Quiso saber Bernabé.

-No, nada que nos pueda servir, como os he dicho, era algo personal.

Barroso se agachó y desató el cordelillo que mantenía cerrado el saco, lo abrió y tiró sobre el suelo el contenido. Seis cabezas ensangrentadas rodaron sobre la tierra del suelo mientras Teresa las iluminaba con la linterna de petaca. Manuel Orellana, que se incorporó al grupo al ver que ninguno comenzaba la marcha, sonrió complacido y luego carcajeó con tono bajo. Algunas de las cabezas presentaban los ojos abiertos, las caras de espanto y las miradas de horror reflejadas en los rostros, fueron cortadas a hachazos una vez muertos, o eso creía él, según contó con sus palabras.

-Primero corté las de los dos soldados que maté cuando realizaban la ronda de guardia, eso me calentó la sangre, no pude contenerme y fui en busca de más sangre. Me pude colar en una de las tiendas de campaña cogiendo uno a uno a los soldados por la boca con fuerza hasta que les clavaba la navaja en el cuello y los mataba. Lo siguiente era, con cuidado de no despertar al resto, sacarlos de la tienda para llevarlos a un aparte, una vez en el sitio les cortaba la cabeza de uno o dos hachazos con fuerza, cuatro pude sacar, cuando iba a por el quinto me pilló uno que iba a cagar o mear seguramente.

-Me cago en la madre que te parió, Barroso, y que ella me perdone, pero es que eres un hijo de puta muy peligroso, -era Juan López quien hablaba asombrado por la locura del compañero. -Venga, enterremos estas cabezas y vámonos ya de aquí.

– ¡Enterrarlas no! Eso nunca, quiero dejarlas aquí, que sepan que fue uno del batallón el que lo hizo.

-Me da igual lo que hagáis con ellas, vámonos ya que el tiempo apremia y los puñeteros nacionales se van a encabronar y vendrán a por nosotros, hay que poner a esta gente a salvo cuanto antes.

Bernabé lo dijo con prisas para que entendieran que no era un comentario sino una orden, todos la respetaron y comenzaron a andar, Teresa tirando de riendas con el zagal dormido sobre el cuello del caballo, Juan López hablando con Manuel Orellana y Villalobos, subidos a caballo y con paso tranquilo, el Oxidao se quedó escuchando a Barroso y riéndose a carcajadas, encendieron un cigarro cada uno y comenzaron a beber de una botella de aguardiente que les dio el teniente Orellana con una felicitación que llenó de orgullo a Barroso.

– ¡Salud y República, amigos! lo que has hecho esta noche les hará más daño que reventarles el armero, te lo digo yo, que conozco bien a esos canallas.

Comenzó entonces a caer un aguacero con malas intenciones, o buenas, nunca se sabe hasta que pasa.

RONDA

La mayor parte de las personas que iniciaron la marcha camino de San Pedro eran de Ronda, de los pueblos de aledaño y muchos otros que se unieron llegados de la Sierra de Cádiz, de la provincia de Sevilla y de tierras jerezanas. Contando a todos, vinieron a parar a Ronda cerca del millar de refugiados. La ciudad vivía sus peores momentos debido a la situación dantesca e incontrolada por parte de las milicias llegadas para defender la República. La llegada masiva de gentes provocó el caos en la ciudad donde se quemaron y saquearon las iglesias y algunos edificios importantes, pasando a ser inservibles de cara a una restructuración de cara al acogimiento de personas. Gran parte de los sacerdotes, monjas, seminaristas y demás consagrados a la Santa Madre Iglesia, fueron asesinados y torturados, sobre todo las monjas, en quienes el abuso y la humillación como personas alcanzó lo infamante. El único edificio que resistió fue la iglesia de Santa María la Mayor, seguramente porque fue ocupado por los refugiados antes de que pudieran prenderle fuego.

En esos días, Ronda fue bombardeada continuamente por el bando nacional, la gente comenzó a refugiarse en los lugares que se mantenían en pie y daban cobijo como la Casa del Rey Moro, donde sus profundas habitaciones cercanas al fondo del tajo evitaban sufrir daño por el lanzamiento de las bombas. Todo esto vino a terminar en un pobre y mísero abastecimiento, dando paso al pillaje natural que surge de la guerra, los bancos fueron asaltados y las cosas de valor requisadas. Cuando el ejército republicano sintió la punzada del hambre, Azaña les dio soluciones.

“Los líderes políticos y sindicales visitaban a los milicianos en los frentes,

les aconsejaban sobre la manera de hacer la guerra,

de aprovisionarse sobre el país:

-si encontráis una vaca o una ternera,

la matáis, y os la repartís;

ya la pagará el gobierno-. “

Ante la hambruna persistente los refugiados comenzaron a solicitar alimento, eso conllevó que los milicianos recurrieran a distintas ganaderías de las poblaciones cercanas para incautar las reses que proveyesen al pueblo hambriento.

Tras varios días de nuevos ataques aéreos a la ciudad del Tajo se produce la arribada de las tropas nacionales, provocando con ello la salida masiva de todos los refugiados. Ese fue el detonante para iniciar la marcha hasta San Pedro, para unos fueron dos o tres días de camino, para otros una semana, y otros decidieron aguantar aceptando una derrota que, según decían, llegaría tarde o temprano. Cuando alcanzaron la meta fijada en la costa se produjo una gran tormenta, la que evitó los ataques de las tropas franquistas esa última jornada y mantuvo al grupo unido hasta que se toparon con la misma realidad que venían viviendo hasta entonces, el hambre y el desamparo.

La zona republicana en la costa comenzaba a menguar de manera vertiginosa por el avance de las tropas franquistas, mejor preparadas y mucho más impetuosas, es más fácil atacar que tener que defender y recuperar. Los pueblos iban cayendo uno a uno y las desconfianzas en los mandos militares y políticos de la República comenzaban a aparecer entre la población. Tan solo las precipitaciones lluviosas de aquel mes detuvieron la guerra dando un respiro a todos.

La recalada del grupo en San Pedro convirtió el lugar, zona agrícola sin ningún tipo de cobertizos para cobijar a tanta gente, en un inmenso e improvisado campamento. Las naves que había en el terreno eran de uso agrícola y ganadero, la iglesia fue quemada y ahora estaba en desuso, todo ello con la población recién llegada instalándose para quedarse o siguiendo camino hacia Marbella y Málaga tras una parada breve. Durante el día en que se instalaron en San Pedro nadie se preocupó de llevarles comida, ni siquiera agua, tan solo recibieron las visitas de algunos responsables del área de coordinación militar instándolos a continuar camino y desplegarse por los pueblos cercanos, buscando con ese ofrecimiento evitar un bombardeo sobre tal cantidad de gente afincada en un mismo lugar. Según les dijeron, eran un blanco fácil para provocar cientos de muertes dado que la aviación enemiga iba a intentar alcanzar con sus lanzamientos el lugar donde se encontraban.

Lo cierto es que para esas gentes que salieron de Ronda y pueblos cercanos en busca del refugio en San Pedro, no fue fácil ni instalarse, cosa muy complicada primero por las lluvias y luego por no haber sitio para todos, ni moverse por la zona de la costa, los bombardeos eran constantes desde el mar y desde el aire. La puerta más segura que quedó para ellos fue la de seguir caminando en dirección a Málaga, donde parecía que aun resistía la República.

Aparte de los sacrificios realizados con el ganado, donde hubo fincas y ganaderías que terminaron sin ningún animal que criar pues todo fue requisado, también los centros agrícolas fueron asaltados e incautadas la mayor parte de sus provisiones, hubo muchos refugiados que consiguieron instalarse durante unos meses hasta que el ejército franquista tomó la zona. Cabe destacar que, en ese tiempo, San Pedro era un lugar donde casi que cada casa contaba con su huerto particular, aunque para nada quedaba claro que esos alimentos fuesen a servir para apaciguar el hambre que arrastraba la marcha de refugiados. ¿Qué ocurrió? Pues que el alimento básico para subsistir fue la caña de azúcar, y ocupar espacios cerrados que les permitieran cobijarse de las inclemencias del tiempo se convirtió en un imposible a su llegada pues ya estaban ocupados la mayoría. Los que optaron por quedarse se instalaron en sitios como la colonia agrícola de “El Ángel”, luego estuvieron los que continuaron caminando buscado poblaciones donde les ofreciesen la seguridad de poder instalarse sin agravios, aquello comenzó con lo que fue un éxodo para terminar dentro de otro éxodo aun mayor y más peligroso.

Por su parte, el “Batallón Pedro López” utilizaba como cuartel la fábrica de azúcar de San Pedro, donde igualmente se asentó una importante cantidad de refugiados de las serranías de Ronda y Cádiz. Allí llegaron los guerrilleros de Bernabé López tras dejar a los que bajaron de Ronda en manos de los encargados de suministrarles un sito donde esperar a que algo ocurriese, nada más podían ofrecerles, ni comida, ni agua, ni techo.

María terminó por instalarse en el sitio y con ese empeño que la caracterizaba consiguió reunir a varios de la marcha para poner en funcionamiento un panfleto de apoyo a los republicanos refugiados para mantenerlos informados sobre lo que iba ocurriendo. El menor de los Barroso, el Oxidao y Villalobos decidieron volver al Puerto del Madroño con Bernabé y el resto del grupo menos Teresa, ella dijo que iba a quedarse unos días hasta encontrar la manera de que se quedará el niño en lugar seguro y con buena familia hasta que todo acabara.

Francisca y José, tanto como gran parte de esos refugiados, se instalaron y comenzaron a ayudar en los trabajos tanto agrícolas como ganaderos que ofrecía la zona republicana. Otros muchos, la mayoría hombres, se alistaron a las milicias y fueron al frente con la intención de detener el avance de las tropas franquistas y así defender a los suyos. Los niños y los mayores ayudaban en lo que podían dentro de esas casas donde se instalaron con otras familias que unas veces los acogieron y otras se las encontraron solas y pasaron a habitarlas.

Tras un tiempo en el lugar las tropas del bando nacional hicieron aparición y los barcos rebeldes “Canarias” y “Cervera”, bajo la supervisión del general Queipo de Llano, bombardearon sin detenimiento toda la línea costera, provocando con esos ataques que muchos partieran camino de Málaga pues San Pedro pronto caería en manos franquistas y ellos se vieron en peligro de nuevo. Comenzó entonces una huida hacia Málaga que terminaría en Almería.

“La niña Manuela y su madre Ana, al igual que muchos más, quedaron en el camino, que nunca lo olvides cuando bajes a la costa, allí, en esos montes, aún vagan las almas sin un sepulcro digno de tantos y tantas como se llevó la guerra”.

Continuará.

“Ninguno de estos problemas los ha inventado la República. La República ha rasgado los telones de la antigua España oficial monárquica, que fingía una vida inexistente y ocultaba la verdadera; detrás de aquellos telones se ha fraguado la transformación de la sociedad española, que hoy, gracias a las libertades republicanas, se manifiesta, para sorpresa de algunos y disgusto de no pocos, en la contextura de estas Cortes, en el mandato que creen traer y en los temas que a todos nos apasionan.

Cada una de estas cuestiones, Sres. Diputados, tiene una premisa inexcusable, imborrable en la conciencia pública, y al venir aquí, al tomar hechura y contextura parlamentaria, es cuando surge el problema político. Yo no me refiero a las dos primeras, me refiero a esto que llaman problema religioso. La premisa de este problema, hoy político, la formulo yo de esta manera: España ha dejado de ser católica: el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica el pueblo español.

Yo no puedo admitir, Sres. Diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino. Este es un problema político, de constitución del Estado, y es ahora, precisamente, cuando este problema pierde hasta las semejas de religión, de religiosidad, porque nuestro Estado, a diferencia del Estado antiguo, que tomaba sobre sí la curatela de las conciencias y daba medios de impulsar a las almas, incluso contra su voluntad, por el camino de su salvación, excluye toda preocupación ultraterrena y todo cuidado de la fidelidad, y quita a la Iglesia aquel famoso brazo secular que tantos y tan grandes servicios le prestó. Se trata, simplemente, de organizar el Estado español con sujeción a las premisas que acabo de establecer.

Para afirmar que España ha dejado de ser católica tenemos las mismas razones, quiero decir de la misma índole, que para afirmar que España era católica en los siglos XVI y XVII. Sería una disputa vana ponernos a examinar ahora qué debe España al catolicismo, que suele ser el tema favorito de los historiadores apologistas; yo creo más bien que es el catolicismo quien debe a España, porque una religión no vive en los textos escritos de los Concilios o en los infolios de sus teólogos, sino en el espíritu y en las obras de los pueblos que la abrazan, y el genio español se derramó por los ámbitos morales del catolicismo, como su genio político se derramó por el mundo en las empresas que todos conocemos”.

-Discurso “La República como estado laico” (sobre el artículo 26 de la Constitución de 1931) pronunciado el 13 de octubre de 1931.-

Manuel Azaña, ministro de la Guerra

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