RAYAS BLANCAS Y AZULES, (STAMMLAGER). Una historia de tantas. Parte II

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En esta segunda entrega sobre la vida del hermano de mi abuelo, y tío de mi padre, hago parada en uno de los enfrentamientos más cruentos que se dieron en Andalucía. Busco en esta narración tratar de comentar las soledades que vivieron muchos de esos guerrilleros y soldados en las batallas que tuvieron lugar durante la Guerra Civil. Como en el anterior capítulo, me alejo de partidismos y trato de contar lo investigado, lo leído y lo que me han contado, es una historia que trata de revelar situaciones que desconocemos algunos, con la realidad apoyada en la ficción necesaria para escribir una historia, buscando con ello tratar de acercarnos un poco más a nuestra historia pasada con una visión personal y rigurosa de los hechos vista desde los ojos de un personaje local que huyó antes de que comenzara la guerra y emprendió una vida y un viaje totalmente nuevo para él, un hombre que seguramente se enfrentó, desde los desiertos interiores y personales de cada uno, al destino que le brindó la vida.

Setenil, a quince de abril del año dos mil veinte.

Sebastián Bermúdez Zamudio.

 

CAPÍTULO 2

LA BATALLA DE LOPERA

La soledad en el campo de batalla es más soledad que cualquier otra, en ella va impresa la vida, y ese factor la hace tan desértica y solitaria que afecta a todos los sentidos, evadiendo el pensamiento racional e irracional hasta aislarlo y no poder acudir a los razonamientos y entendimientos más necesarios, es ahí, en esas soledades, cuando descubrimos la compasión y crueldad que somos capaces de entregar. Las decisiones quedan encarceladas en un cerebro que nada quiere saber del mundo exterior, se paraliza y actúa dejando en blanco cualquier petición con la que se acude buscando ayuda. Francisco Bermúdez García sufrió ese momento y recordó las palabras de Simón, el inglés, “permanece atento a tus espaldas, al frente y a los dos flancos”, y eso hizo, se tumbó sobre el suelo en un montículo desde donde trataría de ubicar la posición en la que se encontraba. A esas horas los disparos no cesaban y los cañones, con algún que otro ínfimo descanso, tampoco paraban de soltar estruendosos estallidos cargados de violencia y odio. El polvo penetraba la garganta queriendo asfixiarte, eliminando cualquier atisbo de agua o saliva que quedase y pudiera ser atrapada con la seca y áspera lengua. El cielo, que veía las bombas caer, se ocultaba tras las grises nubes de mortandad que amenazaban los ánimos más bravos. La tierra empapada de lluvia, manchada de sangre de hermanos, embarrada de los corajes, amores, despedidas, sufrimientos y palabras que quedaron por decir. A poca distancia las violentas sacudidas de las ametralladoras en ráfagas infinitas que se llevaban por delante miles de futuros planeados y deseos por cumplir. La guerra.

Por un momento le pareció distinguir una casa entre la nube de polvo que se levantaba ante él, era el pueblo, Lopera, eso quería decir que estaba cerca del objetivo y lejos de su retaguardia. Sintió como se aceleraba su pulso y le temblaban las manos en un hormigueo extraño que le sacudía las decisiones que debía tomar, las piernas eran pesas de hierro arrojadas sobre la tierra tras ese montículo que le servía de protección, a su lado, inertes y extenuados de vida, varios cuerpos de los miembros de las Brigadas Internacionales yacían tiroteados algunos, y otros esparcidos con ventanos abiertos en alguna parte de su cuerpo, se acordó de las minas que le dijo Simón, tienes que mantenerte alerta, Francisco, tranquilo, y piensa, se dijo mientras trataba de revisar el fusil volviendo el cuerpo hacia arriba para hacer más fácil el propósito. No le dio tiempo a mirar si estaba cargado, un envalentonado soldado de los nacionales que ocupaban Lopera saltó gritando sobre él, la cara desprovista de sentimiento, apretando dientes en el grito de quien se enfrenta a un enemigo con la apuesta de la vida de por medio. El tipo salto desde lo alto del montículo sobre Francisco con la escopeta apuntando a su cuerpo y con un disparo saliendo de la boca del cañón, fue un segundo, tal vez menos, y ni el grito, ni el disparo, ni la intención llegaron a su destino, el hombre trabó el pie en una esparraguera cambiando su cara y su gesto, viéndose caer a un lado del republicano errando su apuesta, tiro fallido y navajazo de Francisco al cuello del soldado que lo atacaba, una vez, otra en el estómago, y tres más, en la cara, la pierna para acabar con un tajo a la garganta. La sangre le cubrió la cara y las convulsiones del soldado enemigo dieron paso a un silencio donde su respiración agitada era lo único que podía oír. Se desplomó sobre la tierra blanda tras la refriega, pateó el cuerpo del muerto para alejarlo a un lado y echó una ojeada al frente, si llegó ese podían llegar más, pensó.

Los aviones sobrevolaron las trincheras, si podían considerarse eso los agujeros en la tierra, y el campo donde se encontraban los republicanos, dejando caer sobre ellos un buen número de proyectiles que estallaban al tocar al suelo. Cerca de su posición cayó una bomba que levantó tanta tierra que cubrió los cuerpos de los muertos que allí terminaron su guerra y a él mismo, los terrones dejaron enterrada su pierna derecha perdiendo la cantimplora de agua, la que ya no pudo encontrar a pesar de meter las manos en la tierra y buscarla con ferviente interés y necesidad.

En esa búsqueda estaba cuando llegaron tres brigadistas que no conoció y le hablaron en inglés o algo parecido, a él le sonaban todos igual si no eran españoles.

– ¿Amigo? -Preguntó uno que se tiró sobre la tierra un poco más arriba de donde estaba él.

-Republicano. -Contestó.

-Entonces, amigo, yo soy Michael, y ellos vienen conmigo, no hablan español, yo un poco. ¿Con quién vienes tú?

-Con las Brigadas que ayer estuvieron en Cabra.

-Ah, sois los refuerzos, esto está muy mal, hemos perdido contacto y no sabemos dónde está el resto de la compañía.

-Bien, ahora somos cuatro, el pueblo está cerca y la retaguardia lejos, ¿qué hacemos? -Preguntó Francisco.

-Pues lo que hemos venido a hacer, atacamos el pueblo y matamos a los que sean enemigos, ¿no? -Le dijo el inglés.

-Acabo de matar a uno de ellos aquí mismo, supongo que tienen que estar cerca, o este se perdió como nosotros, así que vamos, veamos si podemos acercarnos un poco más.

-Bien dicho, pero te aseguro que ellos han matado muchos más de los nuestros, tengamos cabeza y echemos ese vistazo a ver cómo podemos llegar hasta el pueblo sin que nos maten a la primera. Seguid aquí tumbados y yo os aviso con un silbido cuando podáis salir.

El tal Michael se quitó el casco y lo subió hacia arriba sobre el cañón del fusil, como si fuera su cabeza, tras mantenerlo un momento arriba lo bajó con cuidado, entonces se asomó muy despacio, primero por un lado de una piedra grande que tenían delante, y luego por el otro, -voy a salir-, dijo primero en español y luego en inglés, los dos de atrás que permanecían en silencio se arrimaron a la parte alta del montículo y se dijeron algo entre ellos que Francisco no entendió, luego le sonrieron.

Michael salió con veloz paso, aunque tropezó varias veces antes de volver a echar cuerpo a tierra unos diez o quince metros más adelante, hizo una señal y Francisco no esperó la reacción de los otros dos, fue él quien saltó sobre la piedra y corrió hasta alcanzar al compañero, al llegar al sitio echó cuerpo a tierra con la mirada desperdigada en todas direcciones y el fusil preparado por si acaso, no quería que le volviera a pasar lo mismo que antes y lo sorprendieran. Pasados unos minutos le tocó el turno a los dos brigadistas que quedaban, el primero se arrastró hasta sus compañeros de delante, casi sin levantar el cuerpo de la tierra y tardando mucho, eso le valió una reprimenda por parte de Michael que le dijo de malos modos que el tiempo que había perdido pondría en peligro al compañero que iba tras él. Y así fue, el último de los brigadistas se vio apurado, al ver juntos a los tres compañeros y escuchar como volvían los disparos cercanos, quiso entonces correr en vez de tener paciencia y prestar atención a su frente hasta que dejasen de disparar los soldados del ejército franquista. El inglés recibió, nada más saltar del montículo, una ráfaga de varias balas que lo alcanzaron hasta dejarlo con las rodillas dobladas sobre la tierra y los brazos extendidos manteniendo el fusil sujeto con el brazo izquierdo, varios tiros más y cayó de bruces quedando su cara enterrada en el barro.

– ¡A cubierto! -Gritó Michael mientras disparaba en dirección a una trinchera que buscaba evitar la posible llegada de los republicanos a una de las calles del pueblo.

Los tres se arrojaron dentro de un hoyo que había cavado en el suelo, seguramente de algún puesto de vigilancia que en esos momentos estaba abandonado. Allí, en ese boquete que los cubrió hasta la cabeza si la mantenían agachada resistieron un envite de disparos de ametralladora y varias granadas de las cuales solo una consiguió llegar hasta ellos, el inglés que se retrasó en la maniobra anterior se armó de valor y cogiendo el artefacto en sus manos asomó el brazo y lo lanzó fuera del agujero, cerca de los puestos enemigos donde explotó y puede que hiciera algún daño pues se oyeron varios insultos y una retahíla de “me cago en sus muertos, en sus padres y madres, y en toda la República” acompañadas de varios disparos que se perdieron nuevamente por encima de las cabezas de los tres brigadistas. Lo cierto es que ninguna línea tenía certeza de la posición del contrario, muchos metros los separaban, y de paso una buena nube de pólvora, tierra levantada por las bombas y morteros y un olivar frondoso y espacioso con varios cerros que evitaban que las miradas alcanzasen a donde querían.

La noche estaba encima, sin necesidad de conocer la hora exacta sabían que las seis de la tarde habían pasado ya, tal vez la noche les trajera una oportunidad para adentrarse en el pueblo o infringir daño a los enemigos desde una posición más cercana. En esas estaban mientras se guardaba cada uno la preocupación de encontrarse sin apoyo y casi que solos en aquel vergel infinito de olivos. Los pensamientos negativos se los quedaba cada uno, era lo mejor, Francisco pensaba que no tenían nada que hacer allí donde se encontraban salvo morir de un tiro perdido o certero mientras trataban de llevarse por delante a alguno de las boinas rojas.

Aunque no podían ver el frente nacional, por su situación y por la inseguridad de asomar la cabeza, en esa vanguardia del ataque republicano, a pocos metros de distancia de ellos, se encontraban igualmente ocultos en hoyos cavados sobre la tierra floja del olivar, un centenar de hombres y mujeres pertenecientes a las Brigadas Internacionales que vinieron a defender la República dejando en sus países los estudios y trabajos por el tiempo que creyesen conveniente. Para estos combatientes era más importante frenar la irrupción del fascismo en Europa que cualquier otra cosa, eran gentes de creencias firmes basadas en una ideología de izquierdas, comunistas, socialistas, sindicalistas, sin embargo, también los había apolíticos, veteranos de guerras pasadas, soldados retirados y jóvenes que venían buscando formación militar para luego incorporarse a filas en sus países de origen. Llegaron batallones de todos los sitios del mundo, cincuenta países involucrados a favor de la defensa de la República, eran las Brigadas Internacionales dirigidas por el inspector general André Marty, y varios comandantes entre los que destacaron Emilio Kléber, Hans Kahle, el general Walter, el general Lukács o el general Gómez. Sesenta mil efectivos con base en Albacete eran la fuerza de apoyo republicana.

La noche se cerraba, aunque la continuaba lluvia de disparos que les pasaba por encima a Francisco, Michael y Paul, el otro inglés, callados y manteniendo el cuerpo dentro de aquella cavidad en la tierra, pensaban en esos brigadistas que no aparecían por ningún lado, que los dejaron allí a su suerte con un ejército enemigo replegado y bien asentado en las casas del pueblo y atrincherado delante de ellos mismos. No escuchaban respuesta por parte del bando republicano, ni disparos, ni cañones ni aviación, nada. La fría tierra elevaba para sus adentros una humedad que se calaba hasta los huesos. Las horas continuaban pasando despacio y la oscuridad se apoderaba del Cerro del Calvario, lugar que pretendían tomar los compañeros en un principio y que la resistencia y ataque de las tropas nacionales luchaban sin éxito para no dejar opción a ello. Ellos tres se preguntaban, intentando encontrar respuestas, cómo pudieron acabar en esa posición, más cercanos a las casas del pueblo que al objetivo, el Cerro del Calvario y, sobre todo, tan alejados de los suyos, o eso les parecía. Michael, que se erigió en jefe por propia voluntad, cosa que agradecieron los otros dos, les propuso que hacer antes de quedarse allí parados esperando una muerte segura que llegaría tarde o temprano.

-Voy a buscar a los nuestros, aprovecharé la oscuridad donde una sola persona puede moverse con más facilidad y no ser vista. Quiero cerciorarme de que no estamos solos y cuáles son las intenciones y órdenes que se han dado, porque os digo que ya llevamos tiempo sin contacto y, si somos los únicos aquí, lo mejor es dar marcha atrás y volvernos al campamento.

– ¿Y nosotros? Te esperamos, eso seguro, pero ¿si no vuelves que hacemos? -Quiso saber Francisco.

-Si no vuelvo, que lo haré, tendréis que resolver el problema vosotros, y te digo que el mío será peor porque solamente la muerte evitará que vuelva.

Paul no entendió nada hasta que se lo explicó en su idioma el compañero, no parecía muy convencido por la cara que puso, sin embargó, asintió finalmente con la cabeza, agarró su fusil y, con una indicación al tocarse los dos ojos con los dedos, señaló al frente, entendió Francisco que lo que le decía era que cubrieran a Michael en ese intento de estratagema que planeó y donde además ponía en juego su situación. Ambos asomaron la cabeza por el borde del hoyo para sacar fuera los fusiles, se adaptaron a lo que requería la situación con medio cuerpo tumbado y el arma encarada en dirección a las trincheras enemigas, en el suelo, los pies se apoyaban con tanta fuerza que parecían tener intención de salir en carrera de un momento a otro. El brigadista inglés salió del hoyo con tremenda precaución, excesiva pensó Francisco cuando lo que hay es que quitarse de en medio cuanto antes, se arrastró por el barro que era a esas horas la tierra húmeda y rociada por el relente del invierno en esa noche. Michael continuó como bien pudo hasta sobrepasar tres hileras de olivos, comenzó a andar con sigilo y a decir en voz baja su nombre y compañía para ver si algún compañero lo oía y le contestaba.

Mientras, en el hoyo y sobre la tierra con medio cuerpo protegiendo la retirada del compañero, Francisco y Paul tenían la sensación de escuchar ruidos de todos sitios, suspiraban profundo y aguantaban la respiración con la mano en el gatillo. Al rato de vigilancia el frío les entumeció las manos y trataron de calentar los dedos frotándolos con las palmas de las manos, un gesto que repetían constantemente pues el frío arreciaba ya con fuerza y el viento rastrero les rajaba la cara hasta lo insoportable. Calcularon por el tiempo que había pasado que ya debía estar lejos el compañero, entonces volvieron a meterse en la cavidad hecha en el terreno sin abrir la boca, casi sin verse el uno al otro a pesar de la pequeña distancia que los separaba, solamente cuando tropezaban los pies sonreían incómodos sin saber ninguno que le pasaba por la cabeza al otro.

A unos cien metros, puede que más, se encontraba el bando nacional bien pertrechado de armas y munición sobre los tejados del pueblo y atrincherados en férrea línea defensiva. Con la entrada de la mañana comenzaron a llegarles café y aguardiente para que se calentasen, el olor llegaba hasta donde se encontraban los dos republicanos a resguardo y eso hizo que a Paul le sonaran las tripas como un compás de música, “iosdeputa”, dijo el inglés en un español mal aprendido con gracia, Francisco tuvo que reír de manera apagada, casi imperceptible. Comenzaron a llegar sonidos de botellas y brindis en las filas de los defensores de Lopera, y en esas un brindis cercano que oyó Francisco y le resultó familiar nostálgico.

– ¡Felices fiestas, amigo! -Le dijo uno de Huelva a los falangistas de “El Algabeño” que estaban de capa caída, su líder fue abatido en una de las jornadas de batalla y no pudo sobrevivir a pesar de los intentos que se hicieron por salvarlo en el hospital de la Cruz Roja de Córdoba. ¡Viva España! Gritó antes de morir. Sus hombres se quedaron a combatir sintiendo la pérdida del líder, queriendo presentar con su aptitud respetos al torero, luchando por ganar aquella batalla e incluso la guerra en honor de José García, “El Algabeño”. Era la mañana del veintinueve de diciembre de mil novecientos treinta y seis esa que se presentaba, atrás yacían cientos de muertos de las Brigadas Internacionales y muchos milicianos republicanos abatidos sobre el campo de batalla, las bajas en las filas nacionales eran menores, muchos menos, pero, igualmente sufrieron un buen escarnio, y todavía quedaba esa jornada.

Allí estaban presentes los soldados de boinas rojas, la infantería militar y los distintos requetés, Virgen del Rocío de Huelva, Virgen de los Reyes de Sevilla, Tercio de Nuestra Señora de la Merced de Jerez, Tercio de San Rafael, Tercio de Nuestra Señora de los Reyes, el Batallón de Cádiz y el escuadrón de caballistas del torero José García “El Algabeño”. Eran los hombres que el día de Navidad tomaron el pueblo tras un enfrentamiento sin resistencia después de volar el puente sobre el Arroyo Salado, atacar varios edificios significativos dentro del pueblo y entrar victoriosos. Ahora, entre brindis y tragos a las botellas de aguardiente que iban y venían de un extremo de la trinchera a otro y de un tejado a una azotea, los soldados rebeldes celebraban su cercana victoria y la Navidad. Varios de los pudientes del pueblo les hicieron llegar dulces, carnes, tortillas y sopas calientes para que se encontrasen a gusto y no tomaran represalias con la población, y así fue, no hubo represalias en esos días pues la intención era la de frenar al enemigo republicano en su intento de recuperar el pueblo, una vez asentados en la localidad continuarían el avance para convertir Jaén en otra provincia bajo el dominio de los franquistas.

“Y si la suerte acaba con mi vida / dentro de una fosa mal cavada, /

acuérdate de toda nuestra dicha; / no olvides que yo te amaba”.

John Cornford

 

Las horas bajo la oscuridad que ofrece la noche y el miedo que motiva la incertidumbre las vuelven más lentas, casi que eternas si no fuese porque de vez en cuando algún sobresalto te ofrece la naturaleza a modo de perros sueltos, animales de todo tipo y cantos de pájaros nocturnos. Paul, el inglés, se acercó hasta Francisco arrimando su hasta cara casi que pegarla a la del setenileño, le pidió silencio en el típico gesto universal del dedo en los labios, Francisco, que estuvo a punto de abrazar el sueño por momentos debido al agotamiento que sufría de esos días de huida y poco descanso, abrió los ojos y prestó atención. El brigadista se tocó el oído y señaló fuera del hoyo al republicano, a poca distancia se oían unas pisadas muy poco perceptibles para un oído dañado por la metralla que estalló tantas veces a su lado y de las bombas que cayeron dividiendo a los batallones y desperdigando a los componentes de las Brigadas Internacionales, en concreto al Batallón Británico y a uno mixto con británicos y francos. Quienes daban los pasos eran cuidadosos, pero, se quedaban atrapados en el barro y al levantar la pisada el ruido de ese plof era lo que oyó el inglés y avisó a Francisco, cada uno sostuvo su Mauser cargado y arrimando la espalda a la pared del hoyo apuntaron hacia arriba.

-Están por aquí. -dijo la voz del soldado de infantería del ejército nacional.

-Eso lo sé yo, pero no se ve una mierda, cojones, veras que nos cuesta el pellejo por tus tonterías de echarte una apuesta.

– ¿Qué quieres que haga, José? Ya está hecho, presta atención y volvamos con algún muerto o me cuesta perder.

-Estoy seguro de que hoy disparos que provenían de esta zona, seguro que alguno de esos rojos se esconde por aquí.

-Cojones, que ya te he dicho que lo sé, que estaba a tu lado cuando nos dispararon estos perros, lo malo es que hay que encontrarlos, y todo esto si no los han matado ya las balas de las ametralladoras o las bombas.

-Sihhh, mantén silencio, hombre.

Las manos tiemblan por igual pertenezcas al bando que sea cuando no las tienes todas contigo, cuesta mucho matar hasta que te acostumbras a hacerlo, cuando llevas varios muertos en el currículo personal de asesino todo se vuelva más fácil, y te acercas un poco al sentimiento de poder elegir el destino de los demás con solo apretar un gatillo. Las botas se pegaban al barro resistiendo a ser levantadas, como si alertasen de algo o percibiesen un futuro no deseado y forzado. Iban los dos agachados con la espalda doblada, la escopeta sujeta, los dientes apretados y algún aguardiente de más, prisioneros de una apuesta con un compañero de armas, volver con un prisionero o con un muerto en la lista y como testigo el compañero que acompañaba, cosas de la guerra sucia de trincheras y el envalentonamiento al que llevaba el alcohol.

Corría viento, de ese que aparece por diciembre, helado y molesto, los olivos parecían mover sus ramas simulando ser brazos en movimiento, los pájaros volvían a su canto un poco alterados por la contienda, dentro de poco, con el primer disparo, se irían de nuevo, ¿qué iban a hacer allí? Los dos hombres daban pasos cada vez más inseguros, menos decididos, y a pesar de la oscuridad, el que se echó la apuesta pudo distinguir una figura negra sobre la tierra, tumbada con lo que le pareció un arma, el corazón del soldado se aceleró y encañonando el arma bien apoyada sobre el hombro soltó aquel cerrojazo que esparció un reguero de plomos en dirección al enemigo avistado. Francisco y Paul, a unos dos metros de donde sonó el disparo, apuntaron en dirección al resplandor del arma y disparando cada uno de ellos un tiro que pareció certero, más que nada por el ruido que hizo al caer el cuerpo del enemigo sobre la tierra, supieron entonces que lo habían alcanzado de lleno. Paul sacó la cabeza y un tiro de cerca se la voló en pedazos, se vino de espaldas dentro del hoyo donde se encontraba Francisco. Fue aquel un momento de ansiedad que se transformó en nerviosismo al intentar tirar del cerrojo recto del Mauser para volver a cargarlo, atascado por instantes tuvo que controlar la respiración, el temblar de manos, el pecho que le estallaba, la visión nublada y la sordera que le produjo el impacto del disparo cercano de la escopeta del compañero que derrumbaron anteriormente. El cuerpo de Paul le aprisionaba las piernas, no podía sacar el cuerpo del hoyo, ¿será esta mi tumba? Le pasó la pregunta por la cabeza y tratando de evitar una respuesta tiró con fuerza del cerrojo y cargó el arma, el combatiente apareció por el borde del agujero y lo apuntaba con una escopeta que volvió a soltar otro cañonazo viniendo a parar nuevamente al cuerpo de Paul, confundió con la oscura penumbra al muerto con el vivo, Francisco dirigió la punta de su fusil en dirección al cuerpo del desarmado soldado que intentaba echar mano de una pistola que llevaba al cinto, no le dio tiempo, el disparo le penetró en la cabeza por la cavidad de un ojo, al arrodillarse por el impacto y el dolor lo agarró Francisco del correaje arrastrándolo hasta él y le asestó cinco o seis navajazos en el estómago, solo pudo echar unos borbotones de sangre por la boca y cagarse en los muertos del setenileño antes de exhalar la última respiración. Apoyó el cuerpo sobre la pared de tierra y logró quitarse de encima al falangista, luego empujó el cuerpo de Paul con las rodillas y con una de las piernas cuando logró liberarla, pasó la manga del mono verde por la cara y sintió el líquido pegajoso que era la sangre enemiga y del inglés desparramadas hasta por el sucio pelo. Respiró y suspiró, cargó de nuevo el arma, esta vez más calmado, no sabía si había más enemigos alrededor, la noche lo encubría y su posición parecía segura, además, si los hubiera ya habrían caído sobre él sin lugar a duda. Con fuerza se echó el cuerpo del soldado al hombro y lo sacó fuera, luego puso sentado el de Paul, al que le faltaba parte de la cabeza mostrando el pecho agujereado, lo dejó de manera que no le estorbase, con las piernas arrimadas a la terrosa pared, dejando espacio para poder moverse, al menos durante un poco más, hasta que viese como estaban las cosas por ahí fuera, tenía que salir de allí, no era seguro y mucho menos ahora, pronto irían en busca de ellos para ofrecerles ayuda o para buscar los cuerpos, sus compañeros no los dejarían allí, aunque nada era seguro porque eran muchos los que se encontraban sin vida en la zona y nadie se atrevía a dar ese paso.

Pasaría media hora aproximadamente, nada escuchó ni vio durante el tiempo que permaneció asomado al borde del agujero prestando atención a todas direcciones, Francisco perdió hasta el norte de las posiciones, no podía saber ni donde estaba el campamento ni donde la línea enemiga, confundido optó por mirar cada poco en alguna dirección distinta a la anterior, siguiendo las agujas del reloj que nunca tuvo, imaginando estar sentado con su madre y su padre, junto a sus hermanos y su hermana a una mesa con comida, celebrando esa Navidad como le hubiese gustado, cerró los ojos y sintió la soledad, esa soledad del soldado abandonado, la que mantiene a una persona aferrada a un arma entregando su vida a su buen funcionamiento y donde era sabedor que tampoco eso garantizaba nada, un segundo más de vida si lo utilizabas bien, uno menos si el otro lo utilizaba mejor. El sueño se presentaba como otro enemigo, o amigo, según lo mirase francisco a esas horas y en esas condiciones, a lo lejos sonaron varios disparos y un fuego abierto de ametralladora automática, luego el silencio, voces, disparos, silencio, disparos, disparos…

“Mi único par de ojos
contiene el universo que contemplan.
Su reflejada multiplicidad
la contiene un cuerpo vacío
en el que yo reflejo a muchos, en mi uno.”

Stephen Spender

 

ANDALUCÍA

Primero la insurrección inicial de Melilla hacia el gobierno de la República, acontecimiento organizado con anterioridad a la fecha en que se produjo, seguido de los distintos enfrentamientos entre los defensores republicanos y los sublevados. Finalmente, la entrada en Madrid de las columnas del ejército sublevado. Según Emilio Mola, Andalucía se encontraba dentro de un contexto confuso debido a la inseguridad que mantenían los sublevados sobre la posible victoria final. Todo a sabiendas de que parte de las clases sociales no darían su apoyo al golpe. Caso contrario ocurrió con los carlistas y falangistas que si apoyaron formando como parte activa del ejército sublevado. La importancia de la región se esperaba porque se transformó en el centro de operaciones y puente para para que las tropas franquistas iniciasen su trayecto hasta alcanzar Madrid desde Sevilla, que fue la primera donde se consolidaron las bases de guerra. Tras asentar el ejército y tomar todas las provincias andaluzas, llegó la represión sobre los vencidos incluso antes de finalizar la guerra, eso provocó que gran parte de esa población tuviese que emigrar en busca de otros destinos.

La justicia popular se entiende como la relación de las tensiones sociales de los distintos sectores políticos-sociales que han abarcado las esferas del poder a ámbitos locales, al igual que el intento de impedir la legalidad de la República. Los asesinatos que se habían producido durante el periodo de la Comitecracia fueron en gran medida el efecto de las acciones llevadas a cabo tras el golpe antirrepublicano.

Gran parte de estos asesinatos serian efectuados durante los primeros meses de la guerra y antes de que ejercieran su imposición los Tribunales Populares de Justicia. A pesar de que gran parte de los Guardias Civiles son suprimidos durante los primeros meses del conflicto, algunas de las víctimas que se encontraban en la zona republicana andaluza confirman su apoyo a los sublevados y sus posiciones insurreccionales, que en Andalucía se explica por dos cuestiones: ya sea por las clases de patrones para ejercer la represión de las acciones reivindicativas que surgían por parte del campesinado, o por la intolerancia a las formas que habían sido establecidas durante el régimen Constitucional y Democrático.

La República como agente de reforma democrática dependía de la reconstrucción de la alianza entre el PSOE y la izquierda republicana bajo dirección de Azaña, y la conversión del pacto electoral del Frente Popular de febrero de mil novecientos treinta y seis en una coalición gubernamental interclasista. Un gobierno de esta índole habría tenido posibilidades de lograr la difícil tarea de canalizar las expectativas en alza de la clase obrera, conservando simultáneamente el apoyo de una clase media fragmentada y socialmente conservadora y, gobernando con firmeza, despojar a la derecha de todo pretexto para ir a la contrarrevolución. Pero esa clase de gobierno, bajo la jefatura de Prieto, fue el saboteado por Largo Caballero. Prisionero de los caballeristas, el gobierno republicano no consiguió contener la caída en los dramáticos desórdenes callejeros. La Guerra Civil no fue consecuencia de insoportables tensiones sociales sino del fracaso político del gobierno republicano para resolverlas.

La Guerra Civil fue el resultado de la contundente respuesta articulada por una compleja «coalición reaccionaria», quizá hegemonizada en Andalucía por la burguesía agraria, dirigida a poner fin a la “peligrosa” expansión que habían experimentado las izquierdas durante los primeros años treinta. Buscar así, con un procedimiento inmediato, a la desarticulación violenta de los órganos políticos y sindicales de defensa de los sectores populares y los asalariados agrícolas, o a la completa derogación de la profusa legislación laboral reformista que había perjudicado los intereses, tanto de la burguesía rural como de otros muchos estratos de campesinado de pequeños propietarios o arrendatarios vinculados ideológicamente a aquélla. Una vez desencadenado el conflicto civil, en numerosas localidades eminentemente rurales de Andalucía, y allí donde fracasó inicialmente el intento golpista de los rebeldes, los jornaleros reaccionaron violentamente ante las pretensiones de la patronal agraria de poner fin, de una manera drástica, a aquel modelo de relaciones laborales que tanto les había beneficiado.

 

LA GUERRILLA

Los guerrilleros al comienzo de la guerra eran unos soldados rebeldes, unos presuntuosos muy crueles; pero también unos combatientes que ocasionaron estragos tras las líneas franquistas no dudaron en ningún momento adentrarse en territorio enemigo para hacer voladoras en las vías férreas, puentes, polvorines o en centrales eléctricas. Estos hombres fueron los “Malditos Bastardos” para Franco, capaces de llevar al ejercito sublevado a situaciones extremas con sus estrategias del siglo pasado. Eran gente que odiaban lo que representaba Franco, el fascismo y la ayuda que recibía a nivel internacional el enemigo. Con el paso de los meses la importancia de este grupo de soldados fue tomando tal importancia que incluso se abrieron en Valencia, Barcelona y Madrid escuelas para guerrilleros. Sus intenciones evolucionaron y su condición militar también, los prepararon para actuar con explosivos, a orientarse con precisión e incluso a tener nociones de electricidad, los convirtieron en un guerrillero más capaz, mejor preparado, fueron los nuevos guerreros modernos de asalto, este hecho hizo que se integraran en el XIV Cuerpo del ejército en mil novecientos treinta y ocho.

“La violencia puede ser lícita cuando se emplea por un ideal que la justifique. La razón, la justicia y la Patria serán defendidas por la violencia cuando por la violencia -o por la insidia- se las ataque. Pero Falange Española nunca empleará la violencia como instrumento de opresión.”

José Antonio Primo de Rivera

 

Bajaban los caballos con tranco corto y silencioso compañerismo, delante iba Bernabé López, antiguo Guardia Civil y hombre dado a la guerrilla experimentado en guerras como la de Marruecos, su frente era la Sierra, la que bajaba de Ronda a San Pedro, la Serranía de Ronda y la Sierra de Cádiz, donde consiguieron muchos efectivos. Ahora cabalgaban por el camino antiguo que llevaba a Ronda, subiendo o bajando, según fuese la dirección, cercanos a la fuente de “El Cañuelo”. Catorce hombres armados hasta los dientes, fusiles Mauser, carabinas Tigre, mosquetones y dos subfusiles RU-35 de la casa Star, Pedro además llevaba al cinto una pistola Star que parecía nueva, cananas a la cintura con navajas y algunos con correaje al pecho con varias bombas de mano, otros llevaban explosivos y hondas para lanzarlos, incluso no faltaban las cargas explosivas por si era necesario alguna voladura si se encontraban con el enemigo. El grupo daba la impresión de ser un ejército bien armado, provocando admiración en quienes con ellos se encontraba. Era gente curtida en la batalla, doce hombres y dos mujeres, ataviados con recelosa necesidad, mantas, cantimploras, munición, víveres y demás. Mostraban las caras quemadas del sol de las nieves y del sol de la sierra, muchas horas a la intemperie terminaban pasando factura. Más abajo, en un pequeño claro vigilado por los anarcosindicalistas locales y de pueblos cercanos, los esperaban algunos de los represaliados, gente que había sufrido amenazas en sus carnes o en las de su familia, otros que no tenían nada mejor que hacer y tampoco sabían, del medio rural casi todos excepto un maestro que mantuvo sus creencias escondidas y aprovechó ese momento para unirse al grupo y luchar al lado de los republicanos. Diez de los guerrilleros se dividieron en varias direcciones cuando Pedro detuvo la marcha frente a los locales y levantó el brazo, fue un acto de poderío militar que desperdigó a los suyos y quedaron cuatro que desmontaron con alguna sonrisa y la mano pegada al gatillo de las armas.
-Buenas noches, amigos.

Así se presentó Bernabé López en Setenil para alistar efectivos a su batallón, y fueron muchos los que decidieron dar el paso y salir de los pueblos de la Sierra tomados por los nacionales en busca de aventuras o huyendo de los abusos que algunos derechistas guardaron para cuando llegase el momento. Y ese día llegó, los arrestos en Setenil se multiplicaron transformando el pueblo en el primer lugar de España donde más encarcelamientos y detenciones con asesinatos incluidos se dieron teniendo en cuenta la proporción habitante detención. Muchos de esos hombres fueron llevados a Olvera, a juicios tramados con finales asegurados sin necesidad de escuchar alegaciones, estaban todos sentenciados. Las acusaciones eran irrisorias en la mayoría de casos, pertenencia a partidos políticos, chivatazos de malas praxis, reuniones señaladas y venganzas guardadas para saldar deudas, eso por un lado, por el otro las acusaciones a personas que participaron de esos abusos que anteriormente al golpe y durante los primeros meses de guerra llevaron a cabo contra el clero que se posicionó en su contra, patronos, derechistas señalados y allegados a estos que ahora tomaban venganza acusando a esas personas o ajusticiando a tiros en cualquier monte, cuneta o tapia, disparos que salían feroces de las bocas de los fusiles que los apuntaban para asesinarlos a columna o de un tiro en la nuca como gustaba a algunos en Setenil, sin remordimientos, entre risas y cumplimientos del deber, gente peligrosa que presumía en los sitios concurridos de su posición de ajusticiador, esos mismos que el viento se llevó más tarde con penitencias de dolor y miedo para lo que les quedó de vida.

Las penas de cárcel eran peor y más temidas que la misma muerte, celdas grupales donde la miseria del ambiente, las penosas condiciones, el hambre y las enfermedades arrastraron con la vida de casi todos esos sentenciados, encarcelados que tal vez merecía un castigo, y muchísimos que no merecieron ni siquiera el señalamiento, no ya el suyo, sino el de sus familias a quienes tantos volvieron la cara.

Circulaban las camionetas cargadas de inocentes recorriendo las carreteras en dirección a las cárceles asignadas por ese juez impasible al que no le podía temblar la mano, hombres y mujeres, que también las hubo y muchas, aquí en Setenil se dio algún que otro caso, y lo peor para ellas, las cárceles domiciliarias a las que sometieron a muchas, los abusos a cambio de un favor, de un jornal, de un poco de algo para comer, ellas sabrán lo que se llevaron consigo, fueron silencios sin fecha de caducidad, eternos, que perduraron hasta que las tumbas los sepultaron.

Luego estuvieron los que no huyeron, que hubo algunos, los llamados “topos”, que vivieron ocultos en los habilitados parapetos de casa tras las paredes, bajo tierra, en los huecos de las escaleras, en los falsos techos, ahí soportaron años y años de miedo, de espeluznantes escenas en su busca, en espera de esa noticia que los liberara, años de oscuridad, trincheras infinitas.

La injusticia trae consigo a los héroes del pueblo, los que toman la palabra o toman las armas, los primeros a su modo, alentando a las masas, en mítines, reuniones o elaborando propaganda por todo el territorio nacional, divulgando artículos que llegaban a todos de manera clandestina y les proporcionó esperanza mientras duró la guerra. Y claro, estaban los que se armaron para combatir a sus recientes y crecientes enemigos, por su cuenta en la sierra o en los frentes con el ejército republicano, y luego los guerrilleros, gente que trajo a las tropas de Franco en jaque, organizaban emboscadas, intentaban asesinar a los mandos, tipos que mataban y exponían a los que trataban de desertar o planeaban evasiones del grupo. Esa misma guerrilla que sembraba los campos por donde pasaba el ejército nacional de tachuelas para pinchar y averiar los vehículos enemigos, que fabricaban termos explosivos que al cogerlos estallaban llevándose por delante a quien fuera. Eran soldados modernos para su época, igual que pasó siempre cuando la guerrilla tomaba el monte y el mando, atacaban de noche causando estragos en las tropas enemigas y se marchaba antes de que pudiesen iniciar cualquier acción defensiva. Muchos de ellos se vestían disfrazados de falangistas y entraban a los pueblos en busca de comida o información y llegaron a alternar con el enemigo con actuaciones que engañaron a todos, a veces hasta consiguieron armamento con esas tretas. También estaban los menos reconocidos por la historia, guerrilleros infiltrados en el bando contrario, hombres y mujeres que creían en la república, pero el destino les obligó a pertenecer al enemigo a modo de artificieros o enlaces. Ese grupo tan particular aprovechó ese encubrimiento para entregar bombas en mal estado a los artificieros del bando nacional, su buena posición y cercanía a los mandos la utilizaban para pasaban información de primera mano a los guerrilleros cuando portaban algún correo o mensaje importante entre líneas. Esas personas que lucharon contra el golpe a la República eran saboteadores de primera línea, a veces eran encargados de dejar bombas en sitios estratégicos y las colocaban con mensajes de apoyo, “soy de los vuestros” “estas bombas no explotan” “los explosivos que pasen por mis manos no explotaran nunca”. Fueron héroes anónimos que con esas acciones salvaron muchas vidas, tantas como las que pueden provocar decenas de bombas en lugares señalados y transcendentales.

“Y traeré sobre vosotros una espada que ejecutará venganza a causa del pacto; y cuando os reunáis en vuestras ciudades enviaré pestilencia entre vosotros, para que seáis entregados en manos del enemigo”

Levítico 26:25

 

El Batallón de Pedro López hizo parada en Setenil dentro de la ruta de pueblos que iban visitando en la Sierra de Cádiz y consiguieron alistar para su grupo un buen número de hombres que ayudarían a la causa, tipos que prefirieron esa vida entre líneas que el frente o quedarse en casa escondido, gente que no quiso huir en busca de una paz difícil de encontrar. Entre ellos el Mariposa, el Chaveito, uno de gatillo fácil perteneciente a la FAI en Jerez, otro sobrino de uno de la columna. Todos quedaron en verse en El Burgo, allí pasarían a formar parte de la “Columna Pedro López”, tendrían que apañárselas para llegar hasta el sitio indicado, esa sería la prueba de admisión. El cabecilla del grupo, Bernabé López les explicó a todos los presentes que la primera misión de esos hombres sería la de acompañar y asegurar a las personas que iban a iniciar en breve la huida de Ronda a San Pedro, irían campo a través, siguiendo en la distancia la carretera a medio asfaltar que bajaba entre la sierra. Sería un camino complicado y dificultoso, sin embargo, eran muchos los que decidieron esa huida para buscar cobijo en los puntos donde el ejército republicano aún mantenía dominio, había que protegerlos pues iban niños y mayores con entre ellos. El otro paso que tenían previsto dar era el de intentar recuperar Ronda cuando todo se normalizara en la zona costera y las milicias de las poblaciones de la sierra se unieran a la causa. Según contó el segundo de Bernabé, en la ciudad del tajo estaba asentado el ejército nacional manteniendo buena vigilancia y defensa en el sitio pues era el enlace con el campo de Gibraltar, era su misión tratar de asaltar y destruir todo lo que les fuese posible de la guarnición, luego, una vez vista la situación, tomarían medidas sobre el asunto concluido el cometido principal.

Bernabé López quedó en volverse a ver en la zona del Burgo o San Pedro que ellos controlaban, o en la Sierra si se topaban con algún comando de vigilancia de la columna, lugares a donde los nacionales no se atrevían a llegar, primero por desconocimiento y luego por el pavor que les producía el hecho de enfrentarse a susodicho batallón, al que tenían y respetaban. Incluso Franco, cansado de las operaciones de incursión de este batallón, decidió crear una guerrilla para combatirlos sin éxito. Era un número aproximado de cuatrocientos efectivos contando con los ciento veinticinco falangistas que formaban en sus filas, nada tenían que hacer ante la iniciativa de los más de nueve mil guerrilleros republicanos que se manejaban por el territorio nacional aparte de las ayudas que recibían del pueblo y las que manejaban bajo la presión de la amenaza y la muerte.

“Tras la ventana contemplabas el vacío

de un mundo en explosión”

Stephen Spender

 

LA DERROTA Y MASACRE EN LOPERA

Francisco Bermúdez García sintió la soledad como suya, como ese animal que se ve abandonado en lugar peligroso sin más protección que la voluntad de seguir vivo. Se extinguía la noche dando entrada al alba sobre la fría rociada que mantuvo heladas las tierras del olivar y del cerro. Desde el interior del hoyo, ahora que la aún tenue luz natural daba imagen al alrededor, podían observarse la cantidad de cadáveres que yacían por el terreno, los cuerpos agujereados por las balas, algunos con la falta de extremidades debido a los cañonazos, las bombas de mano y, sobre todo, los disparos de las ametralladoras aéreas y estallidos de las bombas lanzadas desde los aviones. A unos quince pasos vio a la brigadista que pidió munición cuando recién llegado bajó del camión, mantenía los ojos abiertos como si lo mirara desde otro lugar lejano, las piernas encima de un montón de tierra en forma uve, sosteniendo un arma en la mano y el brazo libre doblado bajo su vientre, a un par de metros de ella se hallaba la compañera que llegó con ella, con las tripas medio fuera y un ventano en la barriga donde parecía tener aún sus manos apretando, quizás con la intención de aguantar dentro sus interiores, nadie sabrá nunca de ninguna de ellas ni lo que les ocurrió, es lo que tiene la guerra, que sabes lo que traes pero no lo que te llevas.

Francisco volvió nuevamente, acababa de hacerlo unos minutos antes, a comprobar el cargador del fusil y asegurarse que nadie había cerca que no fuese un muerto, asomó la cabeza por el borde con decisión, sin temer a los disparos de los buenos tiradores, nada vio, solamente la cara ennegrecida del que mató la noche antes, se fijó en su calzado, unas buenas botas y unas polainas que bien le valdrían para calentar sus piernas de rodilla para abajo, no lo pensó, tiró del cuerpo y lo metió dentro de la trinchera circular. Le cogió el morral sacando la munición y guardándola en el suyo, llevaba unos papeles que lo situaban como natural de Jerez, casado y con dos hijos, su mujer se llamaba Luisa, pobrecilla, pensó el setenileño. El jerezano dejaba también dos hijos atrás y a saber que más.

-Esta guerra nos llevará a todos por delante de una manera u otra, tal y como dijo Simón el otro día. -Lo dijo en voz tan baja que creyó que lo había pensado, pero fue su voz la que resonó rota y desgastada en sus oídos.

Le daba vueltas a la situación mientras le quitaba las botas con cuidado y comprobó que le venían bien, un pelín grande, aunque al ajustar los cordones quedaron perfectas. Se abrigó con las polainas y le quitó la chaqueta marrón con buen abrigo de pelo interior abotonada. Llevaba en los bolsillos algo de dinero, no mucho, bien le vendría a él, eso lo guardó en la ropa interior en un bolsillo que tenían los calzones de pierna larga, ya había escuchado que los mandos requisaban todo lo encontrado de valor para la causa, bastante tenía él con la suya como para dar el dinero a esos de manos largas, vete a saber lo que harían luego con todo el pillaje. Volvió a sacar el cuerpo fuera y aprovechó para tirar de la pierna del otro que mataron entre Paul y él, seguramente compañero del jerezano, lo metió donde estaba y ni se preocupó de identificarlo, uno más, dijo de nuevo en voz baja. Se colgó su morral de cuero atravesado en el pecho, dentro la munición que llevaba y dos bombas de mano, bien le vendrían llegado el caso, el dinero lo guardó junto al otro. Cogió una botella de vino que le serviría para calentarse y darse ánimos, vio una pistola y se la ajustó al cinto comprobando que estaba cargada, también enganchó al correaje dos cartucheras con balas, y una canana con cartuchos la dejó a un lado y cargada a su vera la escopeta.

-Pues mira por donde que tengo aquí un polvorín de armas, seguro que tiempo tendré a utilizar algunas antes de caer.

Bebió un buen trago de la botella, se acordó de los cigarrillos, seis paquetes de uno y otro que bien guardó, pero claro, el clavillo encendido podría revelar su situación y eso le detenía las ansías, y es que para un miliciano el tabaco era el tabaco, ahí no había conversación ninguna. Echó el cuerpo del otro muerto afuera y con las manos registró a Paul, le cogió su documentación y la guardó, le pasó por el cuello la mano y le quitó una cadena con un colgante que le vio la tarde antes, seguro que su familia agradece tenerla, si salía con vida de allí se la entregaría a alguno de sus compañeros para que se la llevasen o se la hiciesen llegar a los suyos.

En ese rato de tejemaneje se mantuvo entretenido hasta que la claridad de la mañana le vino encima y con ella las voces, los disparos que ya no cesaban, el sonido de motores de la aviación nacional, que llegaba de nuevo para volver a ametrallarlos y bombardearlos, lo devolvió a la cruda realidad. Nada peor que estar en un agujero y que tengas la mala suerte de que una bomba te caiga dentro, eso no le pasó a él porque la suerte estuvo de su lado, o no estaba dentro de la zona elegida para el bombardeo pues fue dirigido el ataque en dirección Norte y Este. Una pasada, tal vez dos, de los aviones y luego un estallido de fuego cruzado en ambas direcciones, desde el olivar y el cerro hacia el pueblo y desde las trincheras, las azoteas y las casas del pueblo buscando los objetivos brigadistas y republicanos. Fueron momentos de confusión, el ruido de los disparos, los morteros escupiendo bombas a base de tronadoras estampidas, los gritos de muerte, de valor, de injurias, todo en uno. Aquello era una vorágine de batalla descentrada que a Francisco le vino bien para salir del agujero animado por la claridad y el poder ver cuanto era posible. Avanzó echando vistazos a todos lados y manteniendo el cuerpo en tierra, arrastrándose hasta una patilla de olivo cercana que seguramente sacó de la tierra un proyectil aéreo. Todo era confuso, la presencia de mucha polvareda levantada por todos lados, como una niebla espesa dificultaba la visión a media distancia, eso era bueno, y malo. Se puso en cuclillas, dando pasos como si fuese un pato caminando, alcanzó a ocultarse tras un árbol, vio la trinchera enemiga a unos cuarenta metros y apuntó el fusil buscando las cabezas que asomaban de vez en cuando. Prefirió detener la intención y lo pensó con calma, aunque estaban a tiro podría descubrir su posición, miró a su derecha, no vio a nadie, solamente el sonido de los disparos y el silbido de las balas pasar en ambas direcciones, supo entonces que se encontraba alejado del centro, y tal vez también del ala izquierda del ataque republicano. Observó desde donde estaba el hoyo en el que había pasado la noche y se percató que no era de los suyos, era del bando contrario, varios muertos con uniforme nacional y muchos más con pinta de ser brigadistas se veían caídos junto a lo que parecía un nido de ametralladora más que un escondite cavado sobre la marcha.

Cuando la muerte se apropia del paisaje desnaturalizando la esencia de la vida es que equivocamos el camino, los pájaros callan y hablan las balas, los miedos se apoderan de nuestras miserables vidas dando paso a los demonios enjaulados que guardamos en los interiores. Es la cruenta imagen de la contienda abierta, la que amenaza en dos direcciones para intercambiar disparos que llevan impresos las palabras del descanso eterno. Somos, como bien nos deja reflejado nuestro destino, un mundo al que le gusta ejercer la violencia como moneda de pago o cobro, es la fórmula errónea que nos convierte en lo que odiamos, que abre paso a lo peor de nosotros mismos para ejercer el poder de decidir los futuros de los demás con armas cargadas del peor de los sentimientos. La guerra nos muestra a las personas henchidas de ignorancias, de deberes, de compromisos con quimeras que no nos pertenecen, nos alejan de lo que somos, de lo mejor que nos une, nos aleja de nosotros mismos.

Francisco vio una pared a menos de veinte metros, a ella se acercó manteniendo abiertos los ojos por si acaso, fusil en mano, pistola al cinto y las dos bombas de mano sujetas del cruzado correaje que llevaba al pecho. Al llegar a la pared se apostó tras ella y encontró un buen agujero por el que tenía buena visión, vio el final de la trinchera de los nacionales que acababa en una calle del pueblo, habían colocado varios sacos de arena puestos uno encima del otro parapetando una ametralladora que cubría esa entrada. Los cinco soldados armados que la manejaban y protegían, cargaban y disparaban al olivar sin ver al enemigo, probando suerte a sabiendas de que los enemigos se encontraban ocultos entre el olivar. Uno de la ametralladora recibió un disparo y cayó al suelo, rápidamente se pusieron a cubierto y otro de los soldados cogió al herido y se lo echó al hombro, arrancó a andar a paso ligero y desapareció por una calle buscando llegar a la casa del final. Dos sanitarios salieron en su ayuda con una camilla donde tendieron al que dispararon, el hombre iba perdiendo bastante sangre y lo trasladaron dentro con prisas. Francisco entendió que esa era su oportunidad, el desconcierto de ese balazo llevó la incertidumbre sobre su seguridad a los tres que quedaban tras el parapeto de sacos. Las dudas parecían haberse disipado de su carácter y tomando una bomba en cada mano marcó dos pasos atrás cogió aire y las lanzó a la posición de los soldados de la ametralladora. La primera cayó con acierto quedando entre las piernas del soldado que manejaba la peligrosa arma, y la otra quedó sobre los sacos atrapada, no le dio tiempo a ver más, se tiró al suelo y reventó el sitio en un estallido repleto de brutalidad. Los cuerpos quedaron esparcidos como si los hubiesen arrancado a trozos, la ametralladora convertida en hierros entrelazados o reventados, el sitio voló totalmente por los aires, no quedó ni rastro de un soldado a menos de treinta metros, todos huyeron, algunos de ellos con leves heridas y otros en busca de refugio creyendo que los atacaban por ese lado. La reacción no se hizo esperar y el capitán al mando solicitó ayuda y refuerzos para ese flanco, pidió protección a voces a los que estaban en las azoteas de las casas cercanas, varios de artillería se personaron disparando al frente, no imaginaban que las bombas de mano llegaron desde el lateral. En ese desajuste de la línea franquista, y manteniéndose tras una pared de piedras derruida, se escondía Francisco con el fusil cargado y el peso o satisfacción de haber creado el pánico en las filas enemigas con tres muertos que quedaron esparcidos a la vista de todos.

Lo mejor para él era huir, buscar un lugar seguro hasta que calmase la cosa en ese lado, pero era imposible, los disparos aumentaron y los morteros comenzaron de nuevo a bombardear por todos los lados, era la mañana del veintinueve de diciembre de mil novecientos treinta y seis. En un alarde de valor corrió entre las intermitentes ráfagas de balas y consiguió alcanzar de nuevo el nido de ametralladora, el hoyo cavado en la blanda tierra donde se ocultó esa noche pasada tras un día de arremetidas contra el enemigo. Apenas media hora después, con un alto el fuego que al parecer coincidió para los dos bandos, Michael apareció de la nada llamando a Francisco y a Paul, el republicano asomó la cabeza y levantó un brazo, el inglés corrió hasta su posición y se tumbó sobre el suelo. El de Setenil se alegró al ver un compañero por fin, le preguntó la hora y el recién llegado le dijo que pasaban ya del mediodía. Cuando iba a preguntar por su compatriota, el brigadista se percató que el cuerpo de su compañero yacía frío como el hielo en la tierra rojiza dentro del hoyo, cerró los ojos y maldijo en su idioma, seguramente a cualquier sentido que tuviese la vida.

-Tenemos que irnos, Francisco, la situación es complicada y está perdida.

-Vamos entonces, te sigo.

No hubo tiempo para más maldiciones ni para arrepentimientos por dejar atrás un caído, ya vendrían al día siguiente por los cuerpos o los nacionales, que ganaron esa batalla, mandarían que los enterraran en alguna fosa a todos juntos. Ellos dos apretaron paso entre las balas que pasaban cercanas a ellos, a veces se refugiaban con el cuerpo a tierra o tras los olivos y en sus salientes raíces, a su lado comenzaron a aparecer más compañeros que buscaban la retaguardia, corrían con las armas en las manos, huyendo despavoridos y algunos heridos que eran ayudados por otros, tenían que salir de allí antes de que llegase el nuevo bombardeo aéreo. Algunos de esos heridos quedaron con los fusiles cargados disparando para cubrir la retirada de los suyos, ya nada los salvaría de una muerte segura por las graves heridas, ese fue el último servicio que entregaron a las Brigadas Internacionales.

La neblina de polvo que se levantó esa mañana de la tierra por las bombas que lanzaron había desaparecido. Atrás quedaban las cargas de infantería a bayoneta y tiro, los navajazos sangrientos, los miles de disparos y cientos de bombas de todo tipo que esos tres días midieron las barbaries de cada bando allí enfrentado. Mientras continuaban huyendo en busca de la retaguardia y el campamento, a ojos vista de Francisco se desvelaban sobre el terreno cadáveres y cadáveres de tipos que dejaron su vida en esta que no era ni su tierra ni su patria, gente que murió por unas creencias a veces incomprensibles y otras veces tan colmadas de razones que apabullaba las conciencias. Era mucha la muerte allí sembrada, más de la que nunca había visto, sin embargo, la mala suerte quiso que no fuese esa la última vez que viese tanta calamidad ante sus ojos, el futuro le aguardaba cosas peores que una batalla sangrienta, y en ese camino buscando destino serían varias las veces que la parca haría acto de presencia con su guadaña.

“Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.”

Miguel Hernández

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Brigadistas en los campos de olivo.

 

“De las cuatro de la madrugada a las once de la noche luchan por este pueblo. Llega la aviación enemiga en misión exploradora, deja caer su carga de bombas y dispara sus ametralladoras sobre las columnas que avanzan. La compañía inglesa marcha a la cabeza de la brigada. Los jóvenes trabajadores y estudiantes de Londres y Lancashire llegan hasta las primeras casas del pueblo, pero son obligados a retroceder: cae sobre ellos una tempestad de hierro y fuego. Deben consolidarse en una línea más retrasada; excavan refugios improvisados entre los olivos, en la tierra floja, se ocultan entre las gruesas raíces a flor de tierra y detrás de los troncos; resisten durante horas, sin ceder ni titubear.”

Luigi Longo sobre la batalla de Lopera

 

“A media mañana, comenzó como era de temer, el ataque enemigo con encarnecimiento de fiera salvaje. A la comandancia llegaban constantemente avisos pidiendo refuerzos: ¿Y de dónde sacarlos? Diciendo: que no podemos más; que se cuelan por tal parte; que avanzan por tal otra; que la avalancha de aquel cerro es imponente: y los fusiles de nuestros soldados nacionales puestos ya al rojo, y las ametralladoras funcionando sin descanso, y los mulos haciendo continuos viajes para aprovisionar las avanzadillas de municiones, y las calles todas del pueblo barridas por las balas de fusil y ametralladora enemiga. El empuje con que cargó el Requeté a la bayoneta fue tal que las líneas extranjeras quedaron desalojadas, dejando en el campo numerosos cadáveres… El cañón siguió tronando hasta entrada la noche; pero los fusiles y las ametralladoras enemigas enmudecieron y nosotros respiramos. Nuestra artillería estuvo disparando a cero, y momentos hubo que el enemigo estuvo a cincuenta metros de nuestras piezas, y en los que los oficiales tuvieron que sacar las pistolas, y con ellas defenderse ellos y defender la batería.”

Bernabé Copado, nacionalista, presente en los hechos que acontecieron esos días en Lopera

Continuará.

 

 

Este documento de investigación, opinión y desarrollo de una historia que igual pudo ser que no, cuenta con información de varios autores que dejaron sus opiniones en páginas web, blogs y libros, personas de la vida pública y política de entonces, igualmente ha sido elaborado y escrito apoyado en la labor de investigación en los distintos archivos tanto nacionales como extranjeros.

Agradecimientos personales de manera directa e indirecta a:

Pedro Andrades Parra.

Manuel Antonio Oliva Rodríguez.

Ángel Medina Linares.

Rafael Domínguez Cedeño.

Antonio Gómez-Guillamón Buendía.

Chaussec Damien.

Francisco Cobo Romero.

Antonio Marín Muñoz.

Pablo Benítez Gómez.

MEMORIA REPUBLICANA.

IMAGINA SETENIL.

HISPANIA NOVA Revista de Historia Contemporánea.

A las distintas asociaciones que siguen luchando por encontrar respuestas a las preguntas que les planteamos, a los archivos estatales y privados tanto españoles como de Alemania, Francia y Austria por su atención y consideración, y a su vez por toda la información detallada que me han enviado. Y muy especialmente a Anne Roth por toda la información que me ha pasado y las horas de conversación, mucho menos difícil con su ayuda.

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