RAYAS BLANCAS Y AZULES, (STAMMLAGER). Una historia de tantas.

Os voy a contar una historia por entregas, espero que os guste y os haga pasar unas horas en estos momentos de confinamiento que vivimos debido al virus Covid-19.

Un saludo a tod@s y espero que os encontréis bien, pronto podremos vernos por esas calles de nuevo.

Hace aproximadamente un año se puso en contacto conmigo Manuel Antonio Oliva, profesor de la Universidad de Sevilla, me llamó buscando información sobre un tal Francisco Bermúdez García, quería saber si tenía algo que ver familiarmente conmigo. Le dije, en un primer momento, que los apellidos eran iguales a los de mi abuelo Miguel por parte de mi padre, pero, que no lo conocía, que me diera unos días para preguntar a mi madre y mis tíos. Así que eso hice, primero a mi madre, que no sabía nada ni conocía a ese hombre, luego a mis tíos, tanto aquí como en Francia, tampoco lo conocían. En esa búsqueda apareció mi tío Juan de Francia y me dijo que él, una vez se encontró con una hermana de su padre en Barcelona, una tal Francisca, por supuesto Bermúdez García, y aunque fue un momento esporádico, en los andenes de la estación de tren, la conoció y hablaron durante un rato, nada más, del tal Francisco nada de nada. Le comenté a mi madre sobre Francisca y me dijo, ahora sí con certeza, que era la hermana de mi abuelo y que ella vivía en Cádiz, aunque no estaba muy segura de eso, me confirmó que era la madre de mi tío Carlos Carrasco Bermúdez, realmente era primo de mi padre, nosotros siempre le dijimos tito. Bueno, decido escribirle a mi prima María del Mar y ella me confirma que es su abuela, y de paso, que había oído a ella hablar de ese hombre, así que me puso un poco en la pista, eran hermanos. Con lo que me escribió mi prima y con lo poco que yo fui encontrando, gracias sobre todo a Ángel Medina que me ayudó con las partidas de nacimiento, fui enlazando una historia. A todo esto, fui manteniendo el contacto con Manuel Antonio Oliva, que también forma parte de la Memoria Histórica de La Puebla, le escribí un correo con todos los datos encontrados y le envié copia de la partida de nacimiento de Francisco Bermúdez García, aproveché y le pregunté por qué quería saber de él. Tras una contestación vía correo me explicó que ese hombre fue asesinado en Mauthausen, concretamente en el campo de concentración nazi anexo de Gusen, y que habían enviado la documentación a La Puebla, más bien ellos la habían encontrado. No esperaba está respuesta y decidí investigar por mi cuenta lo que le había sucedido para acabar desde Setenil en Isla Mayor, de donde decía que era, se cambió la fecha de nacimiento, aunque no el nombre, hay cosas que nunca vamos a saber sobre este asunto, aunque puede uno imaginárselas, y de como terminó en Gusen asesinado por los SS del ejército nazi.

Todo ello me dio para construir una historia, apoyada en la realidad de la época y ayudada de la ficción con la única intención de contar como fue ese camino, esa historia, esa muerte. No puedo decir más que es una aventura que tal vez muchos de nuestros antepasados vivieran así o de forma muy parecida. No trato de señalar a ninguno de los bandos implicados, quienes me conocen saben mi postura y opinión sobre la guerra civil española. Trato de contar unos hechos que se pudieron dar a través de los ojos del hermano de mi abuelo, contar su historia tal y como pudo ser más o menos, relatando momentos de aquellos años, inquietudes, atrocidades, miedos, y tantas cosas como es capaz de ofrecer una guerra a un pueblo, en este caso el español, por donde comienzo, el francés, por donde continuaremos, y la invasión de Europa por los nazis de Hitler. Iré poco a poco, en unas cuatro entregas que voy a subir al blog y pasaré enlace por mensaje de WhatsApp a mis contactos y a quien quiera recibirlo de esa manera solamente tiene que enviar un mensaje a mi número: 675684224.

Al final de la historia contaré algunas cosas que he ido descubriendo, en un aparte de entrega, ahora, igualmente pediré opinión a personas que quieran contar su visión sobre la historia, y estaré abierto a escuchar todas las opiniones que surjan y que queráis hacerme llegar, siempre desde el lado constructivo y del respeto.

Así que vamos con el primer capítulo y la intención de descubriros la vida de Francisco Bermúdez García.

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Imágenes pertenecientes a la colección particular de Rafael Domínguez Cedeño.

 

SEBASTIÁN BERMÚDEZ ZAMUDIO

ESTALLIDO.

PRIMERA PARTE

Cuando Francisco Bermúdez García comenzó a subir corriendo la cuesta que lleva al santuario de los Remedios, un dolor en calambre casi le paraliza las piernas, no tuvo otra que detener su marcha apoyándose sobre unas piedras que le sirvieron de asiento justo al lado de la pedregosa vereda. Tuvo a bien sentarse y estirar las piernas pasando sus manos de arriba abajo por los musculados y ahora atenazados gemelos. Secó la fría frente y encendió el ultimo cigarrillo que le quedaba recordando cuanto dejaba atrás y porqué.

Francisco llevaba para más de dos horas corriendo, media de esas horas huyendo despavorido tras recibir algún que otro escopetazo que le pasó cercano a la cabeza. Todo porque esa tarde decidió pasar a unas tierras cercanas al pueblo, poner unos lazos para tratar de coger alguna liebre o conejo que llevar a casa de su madre para comida suya y de sus hermanos, corrían tiempos difíciles y de hambruna, todo lo que fuese arrimar jato a la casa era bien recibido en la mesa. Las desgastadas alpargatas las llevaba atadas a lo romano por debajo de la rodilla, el pantalón no distinguía color, estaba bien usado y sufría algún que otro agujero remendado a mano por su madre. Una camiseta de tirantes de color beige y una camisa oscura arremangada por encima del codo y abierta de botones como gustaba a los jóvenes del pueblo. Como os decía, esa tarde cogió los cinco lazos y se adentró en la finca de un señorito del pueblo. Tuvo suerte y cazó tres piezas, dos conejos y una liebre de tamaño considerable y rabo hermoso, -este rabo se lo guardo a mi padre-, se dijo sonriente antes de escuchar el crujir de unas ramas del suelo y un ¡alto ahí! que sonó a orden de las que es mejor hacer caso antes de que se convirtiese en un problema sin solución. Francisco quedó de espaldas, en una mano sostenía las piezas cazadas y en otra los lazos. Al pronto mantuvo la duda para volverse, sabía que no debía estar en esas tierras y menos aún de caza furtiva, se lo pensó y giró despacio su cuerpo mostrando una sonrisa nerviosa mientras apretaba los dientes marcando los carrillos flacuchos de su cara tostada.

-Buenas noches, -le dijo el guarda.

-Buenas noches, señores. – Contestó con la cabeza alta y la mirada fija en los dos guardas de la finca.

-Parece ser que ha tenido buena caza, -habló el que llevaba una escopeta sostenida con chulería en el hueco del brazo derecho en jarra y apoyado en la cintura. – ¿Sabe usted que no puede cazar en estas tierras si no tiene permiso? ¿O acaso lo tiene?

-No señor, ni tengo permiso ni sé de quien son estas tierras, tampoco sabía que lo necesitara, yo he venido para ver si cazaba algo para comer mañana en casa que como bien saben no es que abunde la comida ni los medios para conseguirla, llevo unos días sin jornal que presentar a mi madre y eso se nota.

-Pero ¿entiende usted que esa caza es del dueño de las tierras? Que está faltando a la ley que prohíbe la caza en esta época y más aún en tierras que está prohibido.

-Lo entiendo, si señor, pero…

Francisco se atascó un poco al hablar y el guarda que mantenía silencio lo cortó para hablar él.

-No hacen falta ni peros ni explicaciones sin sentido, ahora mismo va usted a dejar las piezas en el suelo junto a los lazos, se da media vuelta y nos deja que le amarremos las manos para luego, sin rechistar ni mostrar violencia alguna, lo vamos a acompañar hasta el cuartelillo donde ya lo pondrán en su sitio, así que sanseacabó.

Francisco apretó los puños a la vez que dejó caer al suelo los lazos, los dos conejos y la liebre, suspiró profundo y echó los brazos a la espalda esperando que se acercara uno de los guardas para atarlo con el “cordelillo”.

Pasa a veces que cuando el frío de la tarde se hace patente en los huesos, y la noche oscura confunde las sombras, el valor se altera y la resignación deja paso a la valentía de quien se siente ajusticiado sin razón. Francisco pensó en su hermano Miguel, a quien lo unía no solamente el lazo consanguíneo sino su amor por la cacería, por la familia y por la libertad que les daba salir el campo, pensó en su madre y hermanos, y en quien menos pensó fue en él mismo, -ni falta que hace-, se dijo.

Cuando sintió la cuerda atada a su mano izquierda y la presencia de uno de los guardas cercana, se revolvió con genio y maña para agarrarlo por el cuello y darle la vuelta quedando de cara al compañero que permanecía distraído y lo pilló por sorpresa. Empujó el cuerpo del guarda sobre el otro qué, sobresaltado, cayó de espaldas y ambos hombres tardaron en reaccionar ante el empellón que propinó Francisco al guarda. Salió corriendo, saltando una pared de piedras como si fuera una cabra montesa, se arrojó resbalándose hasta caer al arroyo y, de ahí en adelante, una carrera. Oyó los varios tiros de escopeta perderse sin destino y uno de esos disparos, el ultimo o el penúltimo, no atinó a saber cuál, le pasó tan cerca que le pareció ver los plomos volar veloces junto a su cara. Nada podía detenerlo ya, ni conocía a los guardas ni ellos lo conocían a él, eso sí, si llevaban los lazos al cuartel ya se apañarían los civiles de encontrar al dueño. Cuando subió por el Peñón de los Enamorados miró al pueblo y no supo, en ese momento, que ya no los iba a ver más, que aquellas calles enrevesadas y esos tajos no volverían a saber de Francisco Bermúdez García. Miró al frente, llevaba media hora aproximadamente corriendo, y bajó hasta los escarpes, allí se refugió durante un rato en uno de los corrales que conocía. La respiración acelerada y el temblar en sus manos le auguraban un mal futuro si resolvía quedarse ahí, movió la cabeza a un lado y a otro, se pasaba la lengua por los labios y movía inquieto los dedos de las manos contra las palmas queriendo estirarlos tanto que llegó a sentir como se adormecían entumecidos por el frío, los chasqueaba, los frotaba, se crujió los huesos de la mano, todo era nerviosismo. No lo pensó más, si quería salir de allí, era el momento, debía poner tierra de por medio entre él y Setenil, la hora acompañaba si quería despistar a los guardias, abrió la puerta, cruzó por el río en dirección a la subida por la variante de arriba y empezó a correr en dirección a Olvera por Trejo y Torre Alháquime..

Francisco Bermúdez García, tío de mi padre Francisco Bermúdez Villalón, hermano de mi abuelo paterno Miguel Bermúdez García, nació el veintiocho de marzo de mil novecientos siete en la calle Sagasta de Setenil de las Bodegas a las tres de la tarde. Su padre se llamaba Francisco Bermúdez Rosado, natural de Arriate, y su madre María García Higuero, también de Arriate, aunque un año antes, en el nacimiento de su hermana Francisca fueron dados ambos, padre y madre, como naturales de Cuevas del Becerro. Francisco contaba en ese año de mil novecientos treinta y uno con veinticuatro años.

 

La España de esos años mezclaba el olor a pureza de las cosas simples, el amor por la familia, la hambruna y la falta de trabajo. Tiempos difíciles que no auguraban nada bueno para el futuro. Las recientes elecciones de mil novecientos treinta uno dejaron un halo permanente que cuestionaba la legitimidad de la II República. Unas elecciones municipales, que no generales, las del doce de abril, donde no se dieron a conocer los resultados concluyentes del escrutinio, excluyendo la totalidad del voto rural pues según los republicanos estaba manipulado por el caciquismo, y la amenaza de golpe de Estado contra Alfonso XIII por parte de lideres republicanos con el apoyo del general José Sanjurjo y la Guardia Civil. La injusticia social que se vivía en España se encontraba dividida por las discrepancias sociales. Por aquel entonces con dos frentes bien opuestos, uno la minoría con vigorosos recursos económicos y otro la mayoría que sufría malas y hasta miserables condiciones de vida a lo largo de todo el territorio nacional, destacando la penosa situación del trabajador del campo andaluz. Obreros y campesinos (incluyendo a la población infantil) trabajaban un gran número de horas a cambio de una paga insignificante. Esta situación de injusticia social no era criticada por una parte importante del clero de la Iglesia Católica, eso enfado oponiendo a los fieles que eran la gran mayoría quienes sufrían ese abuso. La ausencia de una clase media mayoritaria, acomodada e instruida dificultaba la paz social y la consolidación de la democracia republicana. La clase política tanto de izquierda como de derecha fracasó, no consiguieron o no les interesó mejorar la situación grave en la que vivían los obreros y campesinos. Tampoco aliviaron las discrepancias existentes en la sociedad. La lentitud de aplicación de la Reforma Agraria y la resistente obstaculización que opusieron los terratenientes, con miedo a perder sus posesiones de tierra, temiendo perder igualmente su poder político, económico y social, destinó al fracaso a dicha Reforma.

Esa era la España que se vivía cuando Francisco Bermúdez García decidió abandonar su pueblo huyendo de un castigo severo que le esperaba, primero por cazar en tierras que no eran suyas, y estaba prohibido hacerlo, segundo por darse a la fuga con violencia sobre dos de los guardas de la finca. En fin, que no le quedó otra, o no vio más salida que la huida. Esa noche, antes de salir a la carrera, se reató bien las alpargatas y abrochó los cuatro botones de la camisa, luego enfundó su flaca cabeza en la gorra que le había regalado su padre y sin un adiós ni un hasta luego a su querida madre, atisbó como pudo el camino de los escarpes en dirección a Trejo para enfilar desde allí la vereda y alcanzar Olvera, rodeando una silenciosa Torre Alháquime que dejó a su izquierda mientras daba zancadas por la cuesta que llevaba a los Remedios. Una vez entró en Olvera se acercó a la sede del partido y esperó hasta que se personó uno de los integrantes a eso de las seis y media de la mañana, le contó lo ocurrido y le dijo que esperase en el cuarto trasero sin hacer ruido que él iba a avisar a los compañeros para que le indicaran ellos que debía hacer.

En Olvera le aconsejaron “picar billete”, uno de los compañero del partido con el que había coincidido en varias ocasiones le dijo que iba a salir al día siguiente en dirección a las marismas del Guadalquivir, que allí tenía un primo que el verano pasado le dijo que fuese que le encontraba trabajo. -Vamos, Francisco, que donde come uno comen dos, y seguro que algo encontramos.

Así ocurrió todo, se fue para Isla Mayor, El Puntal (Sevilla) y para el año siguiente de mil novecientos treinta dos, ya afincado, era un paisano más del lugar, mantuvo su nombre y cambió su año de nacimiento al de mil novecientos doce, en vez de mil novecientos siete, y su día de nacimiento al doce de marzo en vez de mantener el veintiocho, lo único que no cambió fue el mes. Conseguido pasar el tiempo de adaptarse al sitio y sus gentes, encontrar trabajo en las marismas ocasionalmente y en el campo como jornalero temporero, hizo amistad de la buena con Venancio García y su familia, eran afines al partido y tildados de rojos en el pueblo, dos más de los tantos que había. Siempre, durante el tiempo que estuvo en la zona, dijo que era natural de Isla Mayor, que residía en El Puntal, en las marismas, y que era huésped de Juan Solís, colono de Villamanrique. Vivía cabaña con cabaña junto a los hermanos Barrera, militantes activos de la CNT. Allí conoció por casualidad a una paisana de Setenil, Catalina Linares Anaya, que le sirvió varias veces para mandar recado a su casa, ella vivía donde los ingleses, en Villa Guadiamar, hoy poblado Alfonso XIII. Aunque no sabia Francisco escribir, se las apañaba con su vecina y un compañero del partido que le ayudaban cuando quería enviar una carta a la familia y hacerles llegar que se encontraba bien, que cuando pasara un tiempo y se calmaran las aguas volvería y pediría perdón al señorito a ver si lo dejaban estar por el pueblo aunque fuese pagando una multa, pero que ahora necesitaba ahorrar para salir adelante llegado el momento.

La España de Francisco se iba a la deriva y llegó el momento en que todo estalló y el país se dividió en dos frentes de los cuales había que escoger uno sí o sí.

La Revolución de mil novecientos treinta y cuatro abrazó a la clase obrera y a los jornaleros del campo y campesinos ofreciéndose como remedio a los males sociales y económicos que asolaban el país. Sin embargo, la clase política no estuvo a la altura esperada y no supo ofrecer esas soluciones. Socialistas, comunistas y anarquistas animaron al pueblo para una causa revolucionaria ante la inmovilidad y pasividad del gobierno del Frente Popular. Se ocuparon tierras de forma ilegal expulsando a sus dueños sin indemnización alguna de por medio. Para evitar un enfrentamiento con el campesinado, estas expropiaciones fueron legalizadas por el gobierno durante la primavera de mil novecientos treinta y seis. Largo Caballero, líder socialista, sentenció el cinco de abril de mil novecientos treinta y seis, en el mitin de la plaza de Toros de Madrid, una frase que vislumbraría el futuro que llegaba: “La clase obrera marcha hacia la dictadura del proletariado”.

La vengativa no se hizo esperar y la iglesia recibió por su silencio y posicionamiento un duro revés en forma de disolución de órdenes religiosas, impedimentos y vetos para profesar la enseñanza, confiscación de bienes y muchos ataques plenos de violencia contra sus templos y clérigos por parte de los partidarios revolucionarios. Estas partidas contaban con el consentimiento por parte de la policía o la justicia que miraban para otro lado ante estos hechos vandálicos, además, justificaban sus acciones acusando al clero de posicionarse del lado de los terratenientes y caciques, principales señalados por la injusticia social que vivía España.

 

“La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas, por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. La política internacional rusa, en manos de Stalin y tal vez como reacción contra un estado de fracaso interior, se ha convertido en un crimen monstruoso, que supera en mucho las más macabras concepciones de Dostoievski y de Tolstoi. La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la línea bolchevique la representan genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas, que se han batido en la gran cruzada anticomintern”.

Julián Besteiro, representante del PSOE, en dura autocrítica contra la política desarrollada por el Frente Popular.

 

Francisco no participó en Setenil en ninguno de esos asaltos, él tuvo que irse antes de comenzar las revueltas más fogosas. En Isla Mayor, nada más asentarse y presentarse al comité local, fue miembro activo de las partidas locales, se enfrentó a los terratenientes de la zona en más de una ocasión y rápidamente quedó señalado como rojo. Mantuvo su habitual ritmo de vida y acudía al trabajo con normalidad, pero, en momentos que se requería la presencia de los grupos más violentos para cualquier acción, él estaba presente, casi siempre por quedar bien y no ser señalado dentro de “los suyos” más que por creencia en lo que hacían. Francisco era devoto de la Virgen del Carmen, a la que rezaba muchas veces para pedirle que todo volviese a la normalidad y volver con su familia y a su pueblo.

Cada mañana acudía a su trabajo en Isla Mínima, recogiendo haces de yerba para el ganado y abrevando a los animales cuando tocaba. Esas jornadas se respiraba intranquilidad por la zona y entre ellos comenzaba a aparecer la conversación sobre el tema de un posible enfrentamiento contra los falangistas. Todos los del partido parecían seguros de que era lo mejor, poner las cartas sobre la mesa para así conseguir unos derechos dignos y un horario que estableciese un orden al trabajador rural.

Cuando estallaron los enfrentamientos, los falangistas y requetés se pasaban por Isla Mayor en busca de rojos. Llegaban montados a caballo, como se estilaba por esas tierras de Sevilla y que tan de moda puso el Algabeño y su partida de caballistas. Eran temibles y juzgaban a ojo y por chivatazos a los que supuestamente eran sus enemigos. Los caballistas llegaban bien armados, con escopetas y algún que otro fusil, pistola llevaban los señoritos y los hijos de estos, también algún que otro sable militar se veía a veces levantarse tras los que corrían en busca de lugar seguro.  Apenas si encontraban resistencia, pero, la mayoría de los enfrentamientos acababan con los rojos, y otros hombres y mujeres que temían sus vengativas y sádicas acciones, refugiándose, internándose en la marisma por lo que es el brazo de los Jerónimos, en Isla Mínima. Los anarcosindicalistas no presentaban armas salvo alguna escopeta de caza y, sobre todo, herramientas del campo y utensilios de cocina como tijeras, cuchillos, algún hacha y navajas, navajas tenían todos entonces, los unos y los otros.

Tuvieron que pasar varias incursiones falangistas en la Isla hasta que Francisco, acompañado de otros del pueblo, decidiesen salir a campo abierto y huir en busca del frente republicano para salvar su vida y poder hacer frente a los nacionales. La guerra había estallado, las noticias eran alentadoras y el “no pasaran” se tomó como aliento ante el desfallecimiento que suponía tener que huir y mantenerse escondido cada día. Francisco, tras oír de uno de los jefes locales que habían matado y capturado a la gran mayoría que intentó escapar por la zona de Huelva, decidió cruzar el río a la altura de Isla Mínima junto a otros compañeros buscando alcanzar Pedrera en la carretera de Málaga, toda la huida se realizó de noche, durmiendo poco y mal durante el día en algunos refugios o a la intemperie en los montes y casas derruidas que encontraban. Se toparon con algún cortijo que otro que les proveyó comida mediante el robo de alguna carne, huevos, agua y pan, todo a la ligera, sin descanso ni parada más allá de las dos horas. Se cruzaron con partidas del bando nacional subidos a camiones cantando y disparando mientras entraban a los pueblos y aldeas que iban encontrándose por el camino. Francisco y los suyos se arrojaban al suelo, se restregaban la cara con tierra mojada y rara era la vez que hablaban entre ellos, corrían, descansaban, corrían, daban una pestañada, y continuaban corriendo, todo sin una queja, no les daba tiempo si querían alcanzar la zona de Málaga que continuaba en manos republicanas al menos algunas poblaciones.

Y mientras Francisco preparaba su huida en Isla Mayor junto a los compañeros que compartían sus ideales y veían como se gestaba un golpe de Estado por parte de los militares, ya algunos líderes provinciales tenían noticias contrastadas de que se estaba preparando un asalto al gobierno para la instauración de una dictadura militar, España vivía momentos tensos en las Cortes, en las calles, en los discursos de políticos que no supieron frenar su ambición de poder incitando a la población con sus frases a posicionarse de un lado u otro para el enfrentamiento entre paisanos de todo el país. La guerra civil tomaba las carreteras, los noticiarios, las conversaciones de las casas y las reuniones entre los habitantes de todos los rincones de España. Cada región pretendió buscar en la confusión sus propios y mejores intereses, hacerse fuertes en el gobierno con alianzas y solicitar lo mejor que pudiesen darle para sus tierras y sus habitantes. De ahí que la aprobación de los Estatutos de Autonomía de Cataluña y País Vasco encontraran la oposición firme de la derecha española, por el miedo al movimiento independentista, principal amenaza para la unidad de España. La Generalidad (Generalitat) de Cataluña llegó a proclamar el nacimiento del Estado Catalán (Estat Catalá), dentro de la República Federal Española, durante el intento de golpe de Estado de la Revolución de octubre de mil novecientos treinta y cuatro. El Partido Nacionalista Vasco reclamaba la concesión de un Estatuto de Autonomía (al igual que Cataluña) y reivindicaba las diferencias étnicas y culturales con el resto de España. La polémica instauración de la República; los problemas agrario, religioso, militar y los golpes de Estado radicalizaron la vida política y del Parlamento. Además, el Frente Popular acabó con la independencia judicial mediante la creación de un Tribunal de Responsabilidades Políticas el diez de junio de mil novecientos treinta y seis para depurar a los jueces, magistrados y fiscales que dictaran sentencias en contra de la línea ideológica del Frente Popular. Un síntoma del clima de guerra civil era que muchos diputados acudían con pistola a las Cortes. El enfrentamiento parlamentario llegó a su clímax con las amenazas de muerte al diputado José Calvo Sotelo. El líder del Partido Comunista de España, José Díaz, declaró en la sesión del quince de abril de mil novecientos treinta y seis: “Si se cumple la justicia del pueblo, morirá con los zapatos nuevos”. Ángel Galarza, del Partido Radical Socialista, realizó la siguiente afirmación en la sesión del uno de julio de mil novecientos treinta y seis. “Pensando en Usted encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”. En la noche del doce al trece de julio de mil novecientos treinta y seis, José Calvo Sotelo fue secuestrado en su domicilio y asesinado por miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. El crimen quedó impune y los autores del asesinato fueron encubiertos por diputados del Parlamento. El líder de la CEDA, José María Gil Robles, salvó la vida porque estaba de viaje en Francia. Un grupo de agentes de seguridad habían ido a su domicilio a buscarlo para asesinarlo.

España explotó debido a la radicalización de la sociedad hacia posturas extremistas que hizo extremadamente difícil la convivencia, todo ello debido a las pocas soluciones que aportaba la clase política. El paro se convirtió en el peor problema del país y las calles pasaron a formar escenarios de ajuste de cuentas entre partidarios de un bando y otro. El alto porcentaje de analfabetismo sumó en contra de la consolidación de la II República dando paso al triunfo de ideologías extremistas de izquierdas (comunismo) y derechas (fascismo).

Entre el dieciséis de junio y el trece de julio de mil novecientos treinta y seis se sucedieron en España quince huelgas generales y ciento veintinueve parciales. El Heraldo de Madrid publicaba lo siguiente: “Huelgas por todas partes, todos los días y sin orden ni concierto”. Ángel Pestaña, líder del Partido Sindicalista (PS), reconocía lo siguiente: “No hay seguridad alguna en la vida económica y social de España”. El jefe de la CEDA, el conservador José María Gil-Robles, realizaba la siguiente profecía el 19 de mayo de 1936: “Si no existe esa política de justicia, España irá a una situación de guerra civil, en la cual no tendrán nada que hacer los partidos que se mueven dentro de la órbita legal”. Indalecio Prieto, uno de los líderes del PSOE, reconocía la gravedad de la situación en España el 24 de mayo de 1936. “Vivimos, es cierto, en una intensísima guerra civil”.

Eran años de convulsiones apocalípticas para el pueblo español que veía llegar un enfrentamiento del que nada quería saber y al que temían culpando a los políticos que se mantenían alejados de los problemas reales en defensa de situaciones irrelevantes a ojos de una población que pasaba hambre, no contaba con trabajo y sufría abusos en todos los sentidos y direcciones. Todo ello llevó a varios levantamientos por parte de los distintos estamentos que fueron realmente los culpables de lo que luego, poco después, sucedería. El general José Sanjurjo amenazó en mil novecientos treinta y dos la estabilidad de la naciente II República con un golpe de Estado, frustrado por las fuerzas de seguridad, ante la falta de apoyo popular. En mil novecientos treinta y cuatro, los líderes marxistas crearon un clima de guerra civilista en España mediante el estallido de la Revolución de Octubre, golpe de Estado contra el Gobierno de derechas. En mil novecientos treinta y seis, el golpe de Estado del general Francisco Franco, apoyado por parte del ejército y la sociedad, contra el Gobierno del Frente Popular de izquierdas desencadenó definitivamente la guerra civil entre republicanos y nacionales.

“A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre”

Pío Baroja

 

Prestaba atención Francisco a los llanos de Pedrera, observando con atención las montañas que los separaban de Málaga allá a lo lejos. Una noche, o tal vez dos, de camino para así conseguir alcanzar la costa y poder unirse al frente junto a sus compañeros republicanos. Esa era la ilusión del grupo que desde Isla Mayor huyó a través de tierras sevillanas atravesando olivares, tierras de labor y algunos montes que les dieron tranquilidad y reparo de sueño durante el día. Las estrellas brillaban en el cielo y a pesar del frío decidió alejarse del calor del grupo, llevaba una carta que le entregó su paisana de Setenil días antes, fue la última que le llegaría con noticias del pueblo, de su familia. Al mirar el sobre le tembló la mano, como le ocurrió con las otras recibidas, aún vivía con el miedo de aquella tarde noche en que lo pillaron cazando furtivo, aun temía represalias habiendo pasado un tiempo ya, ese era el motivo por el que nunca dijo que era de Setenil. Tomó asiento sobre un majano de piedras y encendió un cigarrillo con una cerilla que sacó de la cajetilla y prendió sobre una de las piedras, tiró una calada y expulsó el humo como quien suelta una bocanada de aire tras un trabajo fatigado, miró de nuevo la carta.

– ¿No puedes conciliar el sueño, Francisco? -Lo sorprendió la voz a sus espaldas.

Volvió la mirada a la oscuridad distinguiendo la figura menuda y bajita de uno de sus compañeros, sonrió y cogió el paquete de cigarrillos para dar uno a quien le hablaba, le pasó su cigarrillo para que lo encendiera y le indicó una piedra para que tomara asiento.

– ¿Tú sabes leer? -Le preguntó Francisco de manera directa, él era así, parco en palabras inútiles, usaba las que de verdad necesitaba decir, sin rodeos, ¿para qué?, se decía cuando lo acusaban de “seco”. Cierto es que en reunión de amistades mostraba una alegre charla y ya, si tomaba un par de aguardientes, hubo veces en que se arrancó con algún cante que otro.

-Yo se leer y escribir, amigo mío.

– ¿Y como es eso, compañero? ¿De donde sacaste el tiempo para aprender?

Unas risas en tono bajo y unas caladas al cigarro.

-Mi madre me enseñó, y los libros que leí me facilitaron entender y mejorar la escritura, no es que sea un Séneca, pero logro defenderme con soltura en ambas cosas.

– ¿Me harías un favor?

-El que tú quieras, ya llevamos mucho trecho recorrido juntos como para negarte un favor.

Francisco le entregó la carta y le pidió que la leyese, el otro primeramente le preguntó si no le importaba pues podría contener cosas personales, le dijo que no le importaba, que si en esa huida encontrara la muerte tal vez le aliviasen las palabras que la carta contenía. La tarde antes, mientras permanecían ocultos en unas ruinas que se encontraron en el camino, Francisco dudó sobre la posibilidad de ir a Setenil a ver a sus hermanos y saber de sus padres, contuvo la intención diciéndose a sí mismo que no era lo más adecuado dadas las circunstancias, con la que tenía a sus espaldas y la que había liada no era muy aconsejable presentarse en el pueblo como si tal cosa, mucho menos si los fascistas ocupaban las carreteras de la zona. No, no era buena idea y desistió de ella a pesar de la insistencia de su corazón en volver a ver a los suyos.

Una amiga de la familia escribía las cartas, eran como un diario donde la señora anotaba cada cosa que María, su madre, le iba contando día a día. Las primeras líneas las utilizaba para expresarle los deseos de que se encontrara bien y que no se metiese en líos, que dejase la política a un lado que nada buena parecía conllevar defendiendo ideales que le reportaban la misma hambre y miseria que a todos. Luego le contaba con detalladas indicaciones cosas de los vecinos de Setenil, quienes se había casado o si había muerto alguien conocido o de la familia, le contaba si hubo celebraciones festivas o alguna corrida de toros durante el tiempo que le llevaba desde que empezaba a escribir la carta hasta que se la mandaba con algún familiar de la paisana que vivía a poco más de veinte kilómetros de su casa. Leía su amigo sobre una cucaña que ganó un primo suyo.

-“Porque no estaba él en el pueblo que si no, la ganaba seguro igual que hizo siempre que participó antes de irse. Nunca le decía su nombre en la carta ni el de sus hermanos, tampoco el de ella ni referencias a personas cercanas a ellos, su madre temía que confiscaran la carta por una casualidad y supiesen donde se encontraba. Le habló del pueblo, de la cantidad de paro que había y de como hubo algunas huelgas que no acabaron muy bien y los enfrentamientos acabaron con heridos y algún muerto entre los manifestantes. Le reseñó la madre en la carta que en Setenil se alcanzó tal punto de paro y miseria que en la plaza del pueblo se congregaron seiscientos obreros parados llevados por la hambruna. Casi la mitad del pueblo está parado, y con ellos el resto de la familia, o esto cambia o morirán muchos de hambre.”

La carta se extendía en varias hojas donde se podía leer cada cosa que iba pasando casi que a diario. Se produjo un parón de un par de semanas en fechas y en la continuación quien leía se detuvo y miró con gesto serio a Francisco que prestaba atención con curiosidad y ganas de saber del pueblo.

-“A tu hermano lo han señalado y sabe que corre peligro de que puedan montarlo en uno de esos camiones en los que dicen se llevan a los implicados en política para fusilarlos. Yo sé, le decía en la carta la madre, que él nunca ha ido más allá de asistir a algún mitin que otro del partido socialista, pero, para ellos es motivo suficiente para quitarle la vida a alguien. Las cosas no van bien en el pueblo y entre el hambre, la política, las desavenencias personales y la crispación que existe, ya son dos los bandos en que han dividido el pueblo. Incluso hay veces en las que algunas te señalan con el dedo cuando vas a la compra, como si no tuviéramos derecho a comer. Bueno, te digo que se han llevado a muchos y no se ha vuelto a saber de ellos, unos a prisión y otros al paredón. No quiero parecer cansina, pero, ya te digo que te alejes de la política que vamos a acabar muertos o por unos o por los otros. Y sobre los tuyos, esos a los que tanto defiendes, han metido fuego a la iglesia, quemando las imágenes de los santos y tirando por los tajos algunas de ellas. Se ha formado una especie de comité para la defensa del pueblo, sin embargo, muchos de estos han aprovechado para tomar represalias contra los derechistas, han ido a sus casas confiscando armas y demás cosas que han considerado oportunas de llevarse. Ya te digo que esto no acaba bien, que luego se tomaran represalias si los moros de Franco, como dicen en la radio, llegan para tomar el pueblo.”

Francisco ofreció otro cigarro ya encendido a su animado lector, cogió otro para él y le pidió que continuase leyendo, ya le quedaba poco, un par de paginas más, las cartas de su madre solían tener entre cinco y diez páginas, según el tiempo que tuviese para enviarla.

-“Los fascistas de Olvera han venido a tomar el pueblo, dicen que, para liberar el puesto de la Guardia Civil, y estos de aquí les han salido al frente y cuentan que los han derrotado, no me fío, ya te digo que escasea la comida y mucho no van a tardar en levantarse los que están pasando hambre estos días o los partidarios de la derecha que están sufriendo la barbarie ellos mismos o en los suyos. En estos días se han hecho con algunas de las tierras de los señoritos, para trabajarlas y en busca de productividad dicen, la verdad es que son medidas más de despecho contra ellos que soluciones ante lo que tenemos encima. Para que veas que la política no trae nada bueno, tú mantente alejado, no te mezcles con ninguno, ni para allá ni para acá, tú al margen.”

-“Ayer te dije que iban a ir a Olvera, pues allí han llegado y han echado del pueblo a los fascistas, eso es lo que se escucha en la calle, aunque no quiero saber nada del tema tus hermanos lo hablan cuando nos reunimos por la noche a la mesa. Han comentado que saquearon el pueblo y que se hicieron fuerte en el castillo y el ayuntamiento, también han dicho que ha habido fusilamientos, y todo para nada, luego se han presentado de nuevo los otros, esta vez con la aviación apoyando su vuelta para tomar de nuevo Olvera, me da que tienen más poderío militar, mejor organizados y ya verás como acaba cuando lleguen los militares. Ya mismo los tenemos aquí.”

Se veía otro parón en los días de escritura, al menos dos semanas sin que María le dijese a su amiga que anotase nuevas en las hojas de la carta. Al retomar la escritura informó a su hijo de varias noticias y algunas de ellas no eran nada buenas según leyó el compañero.

-“Los de Ronda han vuelto a venir y, junto a los del pueblo, han asaltado el cuartel de la Guardia Civil. Días después han detenido a más de veinte entre derechistas y algún capataz del pueblo, tú ya puedes imaginarte quienes, y los han fusilado. Madre de Dios que locura se está expandiendo entre nosotros todos, no encuentro cordura en ninguno de los hechos que están sucediendo. Ya te digo que esto no acaba bien. Son muchos los que están huyendo en dirección a Olvera, que está en manos de los fascistas. Los que huyen buscado cobijo y amparo son los derechistas, y también los que pueden permitírselo, creen que los nacionales tomaran el poder un momento u otro y quieren estar en el bando correcto cuando llegue la hora. Yo no sé que decirte, el mismo miedo me dan unos que otros, los despechos y las venganzas nunca aportaron nada bueno a la sociedad y tú lo sabes, mira donde estás por culpa de un mal entendido que seguro que tú padre hubiese solucionado.”

En todas las cartas, María, le propinaba una “regañeta” a su hijo por lo que hizo, bueno, por lo que hizo no, por haber huido, ella estaba segura de que su marido, Paco, lo hubiese arreglado pues era hombre bien mirado en el pueblo y nunca tuvo lance alguno con nadie, siempre supo estar callado, como le instruía María a sus hijos que hicieran. A partir de ese párrafo, donde le narraba cosas que sucedían en el pueblo, la carta se transformó en frases más que escritos, eran cortas, duras y reveladoras de la situación.

-“Los fascistas ya están aquí. Han tomado el pueblo con solo su presencia, estos que tanto lío nos han dejado se han quitado de en medio huyendo a la sierra en busca del frente republicano. No te digo yo que la política solamente trae consecuencias malas vayas para un lado u otro. Y los soldados tienen malas pulgas según cuentan, vienen armados de verdad, con fusiles y pistolas, traen hasta cañones, aunque yo no los he visto. En la plaza han aparecido muy bien uniformados y enfilados, abrazándose a los suyos entre gritos, risas y amenazas. Ha habido quien les ha recriminado que ellos lo que deberían hacer es defender al legitimo gobierno y a España, sin embargo, ahora están tratando de asaltarla a base de tiros. Me digo yo misma que a veces no sé de quien es la culpa, si de la hambre que se está pasando o de la ambición del tal Franco, las verdad solo es una, y es, como te digo siempre, que las consecuencias de la guerra y de las  venganzas nos arrastrarán a todos.”

-“Los fascistas han organizado un nuevo ayuntamiento, con un gobierno diferente y las cosas están cambiando muy rápido, ahora mandan los que huyeron y huyen los que mandaban.”

La última frase de la carta era estremecedora y el compañero se pensó si leérsela a Francisco o no, al final decidió que la carta era suya y no tenía porque no hacerlo, eran las palabras de su madre las que estaban reflejadas en el escrito, y nadie era él para decidir sobre ese asunto entre madre e hijo, aunque creyó conveniente leer antes la despedida.

-“Mi querido niño, cuídate mucho y espero que te encuentres bien a la llegada de esta carta, te envío besos y abrazos de tus hermanos y de tu hermana, también de tu padre que como sabes no está al tanto de que te escribo, pero sé que te quiere y te echa de menos. Un beso de tu madre.”

Francisco guardó silencio y su compañero lo miró antes de leer la frase mal escrita en el margen de la última hoja, a pesar de estar casi que borrada intencionadamente, era legible y comprensible.

-Hay una anotación en el margen que no es la misma letra que la carta, debe estar escrita por otra persona.

– ¿Y qué dice?

-Te leo tal cual está escrito.

-“Anoche se llevaron a tu hermano, seguramente lo van a fusilar, el corazón me va a estallar en el pecho, y encima la mujer está en cinta, viuda la van a dejar y a él sin ver a sus hijos ni terminar su vida, se la van a sesgar de cuajo con un disparo en la cabeza o en la nuca, luego lo enterraran junto a otros en cualquier hoyo.”

-Es mi hermano Miguel, a él se refiere como mi hermano cuando me escribe, a los demás los nombra con algún apelativo para que pueda entender quién es de ellos. Me cago en los muertos, mi hermano Miguel no, hombre, si el pobre no ha hecho nada a nadie nunca, alguna que otra vez a acudido a los mítines o alguna reunión. Sí que es del partido y afiliado al Psoe, pero, de ahí a formar parte activa no, nunca.

Francisco se levantó y guardó la carta tras entregársela el otro, se alejó en la oscuridad mientras encendía otro cigarro hasta perderse entre la maleza. Se detuvo junto a una encina y miró al cielo, allí vio como una estrella se apagaba y recordó la risa de su hermano Miguel y las palabras de su madre, “esto traerá consecuencias”. Se le escapó una lágrima, apretó los dientes cerrando el puño izquierdo con fuerza, llevó la mirada a los montes de Málaga. Clamaba su interior pidiendo venganza por lo que le habían hecho a su hermano, sintió el peso de la responsabilidad llamarlo para dirigirse al frente republicano de Jaén que había oído se batía en armas contra los fascistas nacionales del general Franco. No dudó un instante y se dijo para sus adentro que su madre llevaba razón, que esto traería consecuencia y que él iba a ser portador de ellas.

-Los fascistas habrán acabado con la vida de mi hermano Miguel, pero claro tengo que me llevaré por delante a todos los que pueda hasta que caiga con un arma en la mano enfrentándome a esos malnacidos.

Francisco Bermúdez García habló en voz alta queriendo que su hermano lo escuchase en el cielo de estrellas al que él se dirigió. Dio media vuelta, recogió su talega con un poco de pan y medio salchichón que llevaba dentro y que robó el día antes en un cortijo cercano a Pedrera, metió dentro una cantimplora con agua y una bota de vino que le regaló su amigo Venancio de Isla Mayor. Echó un vistazo a los compañeros dormidos y se dirigió hasta el que le leyó la carta, le tiró la mano para estrechársela y el otro correspondió con mueca de preocupado.

– ¿No te iras a ir solo?

-Sí, eso voy a hacer.

Francisco se mantenía firme en su decisión y miraba a los ojos al otro que nuevamente le preguntó.

– ¿Y a dónde vas a ir?

-A devolver los golpes de las consecuencias que me decía mi madre, quiero dar justicia al asesinato de mi hermano Miguel.

No dijo nada más ni esperó que el otro lo hiciera, apartó a correr como aquel día que huyera de Setenil, esta vez en dirección al frente de Jaén.

 

La noche oscura, los caminos pedregosos y la lluvia, fina e incesante por momentos, entorpecieron la marcha de Francisco que se vio abocado a descansar varias veces esperando que se dibujase bajo sus pasos el camino, oculto por el temporal y oscuridad. Por dos veces resbaló cayendo al suelo, las alpargatas de esparto parecían llevar mas barro pegado y entre la suela y el calcetín del que había en el suelo. En uno de esos resbalones perdió la bota de vino y no pudo encontrarla, se encontraba entonces entre Lucena, que quedaba a su derecha, y Cabra a su izquierda, en la que pudo ver iluminadas algunas de sus casas. Caminaba más que corría, con paso inseguro por la estrecha vereda de tierra a veces y otras campo a través. La poca visibilidad cuando arreciaba la llovizna fina y fría que le caía encima lo obligaba a paradas inoportunas sin más cobijo que un árbol cuando tenía suerte, otras se detenía bajo el agua hasta que pasaba la nube o amainaba. No quiso pensar en la carta, aunque le resonaban las palabras de su madre una y otra vez como si de un martillo repicando se tratase, “aléjate de la política, nada bueno nos va a traer a ninguno”, y recordaba a su hermano Miguel, seguramente fusilado en cualquier encinar cercano a Setenil o alguna tapia que ellos considerasen buena para matarlos. Aunque confiaba en que su madre y su padre harían lo imposible por recuperar el cuerpo, también era más que posible que no los dejaran hacerlo. Cuando se escuchara entre los vecinos la noticia, porque habría más fusilados esa noche en que mataron a su hermano, no pasaría mucho tiempo hasta que le dijeran alguno del pueblo donde lo fusilaron. Porque, eso sí, Francisco estaba seguro de que los que encañonaron a su hermano eran del mismo pueblo, incluso puede que hubiese algún amigo, ¿y que iban a hacer? Se preguntó abatido, o eran unos o eran otros, ¡pues coño, no disparar a un conocido!- gritó enfadado a la oscura cortina que delante tenía, ¡“me cagüen sus mulas toas”!  Hablaba alto para sí mismo, buscando distraer la cabeza del mal momento que ahora pasaba mientras apretó a caminar lo más ligero que podía viendo que se encontraba perdido entre montes y arboledas teñidas de negro sesgado. “No te mezcles con los liantes, tú mantente siempre al margen”, le había aconsejado su padre días antes de darse a la fuga de Setenil, y todo por una discusión en la plaza del pueblo cuando el capataz de una finca pisó el pie de uno para ir a trabajar ese día, a ese en concreto que nunca faltaba un día para el jornal. Un amigo de Francisco saltó y le recriminó al capataz que llevaba seis días sin trabajar y que todos sabían los motivos de porqué elegía siempre a ese. El joven se levantó entre los que allí esperaban y lo dijo señalando al elegido para el jornal. La gente en la plaza calló al pronto y el capataz enrojeció viendo venir al muchacho que ya se embaló en palabras y soltó lo que todos sabían, pero a ninguno importaba, primero va la vergüenza y luego las recriminaciones, y en Setenil, entre esos trabajadores, predominaba lo primero antes que lo segundo.

-¡Todos sabemos que te acuestas con su mujer!

Aquel comentario fue un trueno que rompió el orden instalado en el silencio contenido de los presentes, una verdad a sabiendas hasta del propio implicado, bueno, eran los tres conscientes, capataz, mujer y marido astado, pero, la hambruna y dos niños permitían soportar las cortedades de esos lances innegociables que el marido sobrellevaba como buenamente podía, una veces  yéndose de casa en momentos de visitas por parte del capataz, normalmente cuando les llevaba la paga de la semana a la casa, para que tomara decoro el momento. Lo que ocurrió a continuación fue más duro que una paliza, el amigo de Francisco fue detenido por la Guardia Civil presente a esas horas para evitar altercados con la elección de los trabajadores. Dos meses después, él mismo contó a Francisco, al único que volvió a hablar después de aquello y antes de partir al día siguiente en que lo sacaron del calabozo, que allí lo tuvieron esos dos meses a pan duro y agua, la verdad es que se había quedado enclenque perdiendo incluso algún diente que otro, las manos callosas, heridas de arrastrarse por el suelo y posiblemente golpearse contra las piedras del temido calabozo. A Francisco le apenó aquello y marcó un poco su devenir contra la autoridad impuesta e injusta, vio como su amigo decidió tomar camino saliendo de Setenil para siempre, nunca supo nada más de él. Por lo que respecta a los demás, todos permanecieron en silencio, Francisco incluido tras escuchar a su padre darle el consejo de mantenerse al margen de los líos, y es que justificada no está una guerra, claro que no, sin embargo, si te empujan a ella por medio de abusos, injusticias, iniquidades y demás hijoputeces de los pudientes, se entiende mejor que finalmente se agarren las armas y se vaya a degüello por quienes han abusado de ti y de tu familia durante tanto tiempo. Andalucía era un mundo aparte para el gobierno del Frente Popular que nunca miró al sur para cortar esos abusos, mucho delegado, mucho secretario, pero las injusticias con el jornalero del campo, que representaba un porcentaje muy alto de los trabajadores, continuaban existiendo. Y esas eran razones suficientes en las que se apoyaba el pueblo, razones que comprendería hasta el más terco en entendederas.

Cuando pasó la llovizna y el alba hizo aparición agradecida, se dibujó la vereda de un color ocre apagado, las hierbas, matorrales y asperezas de las cunetas ayudaban a distinguir el camino con la ayuda de un atisbo de claridad entre la espesa negrura que lo rodeaba. Atrás desaparecían las llanuras abiertas y unos pocos buenos de kilómetros a pie, fueron casi ocho horas continuadas, con apenas descansos, exceptuando claro, las peticiones obligadas que el temporal le impuso. Al término de una buena subida empinada, el Picacho de la Sierra de Cabra, se encontraba la ermita de la Virgen de la Sierra, allí se detendría para pasar al menos un buen trecho de la jornada siguiente, durante el día no solía caminar, evitaban así todos los que huían exponerse a cualquier patrulla de nacionales que se encontrase por los caminos. Al llegar a la iglesia pondría sus ropas a secar y calentaría el cuerpo a cobijo seco, todo ello si nadie merodeaba el lugar y lo hallaba, como le dijo uno de sus compañeros de huida la mañana anterior, sin gente por temor a las revueltas y represalias, como mucho puede encontrarse el párroco, no creo que nadie más ande por los santuarios sabiendo que los están quemando como mínimo. La conversación no fue por motivos particulares de ese camino, Francisco nunca pensó tirar para Jaén, él quería primero ir a Setenil y luego embarcarse en Málaga con destino a algún sitio seguro, Sudamérica o norte de África. Fue su compañero quien le habló de los posibles sitios donde encontrar paradas para buscar descanso, y comida que bien escaseaba, hasta encontrarse con los republicanos del frente armado.

Daba los pasos con la seguridad de que uno de los pies se encontraba firmemente apoyado en el suelo para cuando el otro decidiese levantarse, las alpargatas embarradas y las cintas del agarre por los tobillos bien sujetas para no perder el calzado, vital para esa proposición de caminar y caminar, huir y huir. Cuando tuvo a vista la figura de la ermita iluminada en su fachada por fuegos que se removían con el viento, oyó voces en la ermita, carcajadas y cante. Tras un muro de piedras se agachó y pudo ver a través de un boquete en las piedras dos hogueras, varios hombres charlaban de manera amistosa entre ellos, pasándose una bota de vino. ¿Pero, esta gente no duerme? Se preguntó. Sigiloso fue alejándose con cuidado de no hacer ruido, no supo distinguir del bando que eran y, la verdad, siendo oscuro todavía, le daban igual los bandos, prefería esperar la claridad y decidir sin riesgo. Volvió a arrodillarse un poco más adelante junto al tronco de un árbol caído, aguzó el oído y pudo escuchar hablar a dos que pasaron cerca de donde se encontraba escondido. Cuando se alejaron aun arrugaba las cejas y mantenía la cara de no entender nada, ¿qué hablan estos hombres? Se preguntó perplejo. Los dos militares mantenían una conversación en su idioma, el inglés, y al parecer los de las fogatas también lo hablaban pues se saludaron de manera efusiva cuando se encontraron con ellos. Francisco comenzó a dudar de la situación y se dijo que lo mejor era poner tierra de por medio antes de que lo descubriesen. Lo mismo son los alemanes, esos que dicen han venido a apoyar a los falangistas, pensó, o no los he oído bien y tantas horas de caminata me ha trastornado hasta la cabeza ya.

Nuevamente puso rodillas en tierra, esta vez algo más alejado, junto a una casilla de perro abandonada, -hasta lo perros huyen de esta sin razón-, imaginó que le diría su madre si lo viera. Secó su frente con un pañuelo empapado para bajar la temperatura de la frente porque el miedo le subió con fuerza como si incubase fiebre y sentía malestar, normal después de la que le había caído encima. No se atrevió a meterse dentro de la casilla del perro, un golpe de tos seca pudo aguantarlo como pudo con la mano y el pañuelo cubriéndose la boca, nada escandaloso, molesto sí, y casi que lo ahoga por no delatarse, pero lo consiguió dominar. Cuando levantó la cabeza de nuevo para mirar al frente vio que llegaban tres camiones de los cuales bajaron lo que parecían dos cañones y algunas armas más. Uno de los camiones se apartó de la entrada a la ermita y tuvo la mala suerte de que lo deslumbró, al ver el fogonazo de luz llegar hasta él se agachó como un felino, vio desaparecer la luz y se levantó de nuevo. No esperó más, había decidió largarse de allí, no le gustaban los derroteros que estaba tomando el momento y era mejor salir de ese avispero en que parecía se iba a convertir eso en menos de una hora, cuando clareara lo suficiente. Arrastró su cuerpo hacia atrás para que nadie lo viera, ni las luces de los camiones delataran su posición oculta, aun quedaban dos por descargar y podrían sorprenderlo de nuevo. Así que, calado en barro, con el cansancio agotando sus sentidos y los latidos acelerados pudo alejarse unos cinco metros de la casilla del perro manteniendo el cuerpo a gachas cercano al suelo. Cuando se cercioró de que la oscuridad era patente, se levantó con cautela sin apartar la vista de los camiones y su ir y venir de sombras oscuras, se giró y ahí, como un resorte de un brazo con muelle, la boca del cañón de un fusil apuntaba en dirección a su cabeza.

– ¿Quién eres? -Le preguntó con voz temblorosa y mal español un joven con la cara blanquecina y el pelo rubio.

-Francisco.

– ¿Francisco? ¿Qué Francisco?

-Señor, discúlpeme, me he perdido, estoy de camino y pasaba por aquí.

-Lleva un buen rato mirando, lo llevo vigilando desde que llegó, yo estaba ahí escondido. -El joven le señaló con el fusil la casilla del perro.

Francisco tragó saliva, se vio en un aprieto y grande, solo quedaba una solución, arreglar aquello, y para eso debía ser listo, porque aquel joven no parecía muy seguro ni de lo que hacia ni de lo que debía hacer. Sin temor a lo que ocurriese, Francisco miró por encima del hombro del muchacho y saludó con unas buenas noches a alguien, el joven se volvió girando la cabeza con torpeza y Francisco le arreó un buen cate a la cabeza que lo atontó por momentos y lo derribó en el suelo. En la caída no pudo retener el fusil y Francisco se hizo con el arma, luego le puso un pie encima del pecho al muchacho y apuntó con el fusil dirigiendo la salida del cañón a la cara del asustado soldado, o lo que fuese, le indicó con la mirada y un dedo sobre los labios que si abría la boca le descerrajaba un tiro allí mismo, -por mis muertos que te estampo los sesos en el suelo como se te ocurra gritar.

El joven inglés se quedó quieto en el suelo, estiró los brazos y trató de decir algo, Francisco le apartó el cañón de la boca dándole respiro para que dijese lo que fuese sin levantar la voz.

-Si me disparas te van a matar, un tiro se oirá en el campamento.

-También te puedo partir la cabeza con una piedra o con la culata que parece dura, venga, dime que quieres decir y no te andes por las ramas.

– ¿Puedo incorporarme?

-No, habla desde ahí. -Le apretó más la alpargata en el pecho.

-Soy inglés, -Francisco lo quiso cortar de nuevo para decirle que a él que le importaba, pero, lo pensó y lo dejó terminar. -Nosotros hemos venido a luchar a vuestro lado, para detener el avance del fascismo, estamos con el pueblo contra los falangistas. Puedo demostrarlo.

– ¿Cómo sabes que no soy falangista?

-Hombre, eso se nota en las formas y en la cara de hambre que llevas, y, para colmo, caminas de noche y no sabes a donde vas, o eso aparentas. Te enseño un visado de autorización de los compañeros de Madrid, lo llevo en el bolsillo, tienes que dejarme que pueda cogerlo y ya verás que lo que le digo es cierto.

-No sé leer, ¿qué coño voy a entender?

-Déjame que te lo demuestre entonces, ven conmigo hasta la ermita. Yo soy de los tuyos, todos somos republicanos, con nosotros hay españoles. De verdad que es cierto lo que hablo. Mañana está previsto bombardear Cabra y toda la zona, la aviación se va a encargar de eso.

– ¿Y por qué motivo tiraran bombas aquí?

-Es la guerra, amigo, esas cosas ocurren en la guerra.

– ¿Se ha avisado a los republicanos del pueblo?

-Bueno, eso no puedo contestarlo, supongo que los combatientes republicanos ya no estarán allí, alguien les habrá dado aviso.

– ¿Y sus familias?

-Tampoco lo sé. Seguro que en el campamento hay alguien que puede dar respuesta a tus preguntas.

Francisco no era muy hablador, y aquella conversación le cansaba ya. Levantó el pie del pecho del joven inglés, le dijo que se levantara con cuidado y no se le ocurriese nada extraño que, aunque a él lo mataran, se lo llevaría por delante.

-Vamos, nos acercaremos hasta el muro, vas a llamar a uno que hable español, solo a uno, y lo harás en español, si hablas tu lengua te pego un tiro, si me la juegas, te pego un tiro, y si tratas de escapar te pego un tiro. ¿Me has entendido?

-Perfectamente, vamos, que haré lo que dice.

Caminaba el inglés uno o dos pasos por delante de Francisco, lo que daba el cañón del fusil que se interponía entre ambos. Silencio por parte del rubio muchacho y nerviosismo en el setenileño, – ¡Párate junto al muro! – Le dijo en voz alta sin que se escuchara más allá de ellos, el inglés se detuvo junto a la pared de piedras y él se agachó bien arrimado al muro mientras encañonaba al estomago del otro con el arma.

-Venga, llama a quien sea, pero, ya sabes, que yo entienda lo que hable. Y ni se te ocurra una jugarreta que te esparzo las tripas por el suelo, que a mi me da igual morir aquí que tres kilómetros más allá.

Llamó el rubio a un compañero que se acercó hasta ellos entre risas, con una botella de vino en la mano que le entregó al otro pidiéndole que bebiera, que lo mismo ese día era el último que vivían. El inglés se llevó un trago a la boca y guardó la botella en su morral, le dijo al compañero, que era español, que le vendría bien para el frío y para pasar la hora que le quedaba de guardia.

– ¿Se sabe algo más de los italianos y los fascistas? -Le preguntó ante la cara de sorpresa de Francisco, aún no se creía que fuesen republicanos esos que tanto alboroto formaban y a tan buen despecho bebían y comían.

-Nada, al parecer están en el pueblo, bien atrincherados, mañana la aviación los hará salir como lo que son, ratas de pajar.

– ¡Viva la Republica, compañero! – le gritó el inglés a modo de adiós y sonriendo pues hay tenía lo que quería.

 – ¡Viva! -Respondió el otro con un fuerte grito y se largó en busca de la fogata.

 Cuando Francisco bajó el fusil y dejó de apuntar al inglés ya intentaba clarear la mañana dentro del marco gris que dejaba un cielo encapotado y triste, de nubarrones melancólicos sobre el canto alegre de los pájaros en los árboles. Se puso en pie y le entregó el arma al que era su compañero de bando.

-Lo siento, me vi apurado y no entiendo lo que habláis, he pensado por momentos que erais alemanes.

El inglés sonrió mientras sacaba la botella del morral para pasarla a Francisco con agrado. Cogió su fusil y se lo colgó del hombro, metió la mano de nuevo en el morral y sacó un trozo de queso y unas galletas para compartirlas con su nuevo amigo el republicano español.

– Mi nombre es John Conford, formo parte de las Brigadas Internacionales junto a gente de varios países de Europa, es la segunda vez que vengo a España tras combatir anteriormente en el Frente de Aragón.

– ¿Y que sois, comunistas?

-Hay de todo, hasta fascistas camuflados que lo que les interesa es matar gente, entrar en contacto con la guerra, pero son buenos soldados que lucharan por defender la República, a ellos lo que les gusta es disparar.

– ¿Tú que eres, John?

-Yo soy comunista, miembro activo del Partido Comunista de Gran Bretaña. ¿Y tú, de donde vienes, Francisco, y que eres, comunista o socialista?

-Me llamo Francisco Bermúdez, y soy de Isla Mayor, aunque no nací allí, no sabría decirte bien mis creencias, claro que siempre he estado posicionado en contra de los terratenientes y sus abusos, he participado junto a los de la CNT en muchas huelgas y últimamente en alguna que otra correría contra los fascistas. Han pasado unos días desde que salí huyendo de Isla Mayor junto a otros compañeros por los ataques de los falangistas que ya venían a por nosotros y dominan la zona.

– ¿Y dónde están tus compañeros?

-Ellos van para Málaga, buscando el frente republicano, yo decidí venirme para este lado, me dijeron que por aquí se está combatiendo duro y la resistencia es mucho mayor y mejor organizada.

-Muy bien, Francisco, te cuento que dentro de unas horas comenzará la aviación a bombardear Cabra y los aledaños, nosotros teníamos orden de permanecer aquí hasta que nos avisaran y entonces partimos para Lopera, vamos a recuperar el sitio y expulsar a los franquistas que allí se han establecido. Pronto llegará un relevo para el puesto y nos acercaremos para que te presente a quien está al mando, seguro que te da un arma y puedes combatir junto a nosotros en Lopera, aquí ya poco podemos hacer.

– ¿Pero, no me has dicho que se va a atacar dentro de unas horas?

John se quedó pensativo, se dio cuenta de la poca experiencia de Francisco en el frente y en su voluntad de guerrillero ansioso, los tipos así eran peligrosos para el grupo porque no respetaban el orden y terminaban por abalanzarse sobre el enemigo descuidando la formación y sus obligaciones.

-De lo de aquí se encarga la aviación, y luego se quedan algunos para limpieza y toma del sitio restableciendo el orden republicano, el resto nos vamos en camiones para Lopera, y ya que nos conocemos y me pareces un buen hombre, me gustaría que vinieses con nosotros, te resultará extraño pues somos todos extranjeros, aunque hermanos de ideas. Ahora en un rato hablaremos con el mando y le diré que te he alistado para los míos, ¿te parece bien?

-Todo lo que sea matar a esos asesinos me parece de buen agüero.

Esa era la frase de la guerra, todos querían matar a los que mataban, en el fondo todos mataban. Daba la impresión en esta España convulsa que nadie se quisiera detener a hablar, a conversar, a exponer razones u ofrecer explicaciones. Se optó por matar, a quien fuese, como fuese, pero matar, eso que no faltase como primer orden del día y dando igual si eran rojos o azules quienes lo pregonaban.

Llegó el relevo y tras una breve charla en su idioma sobre posiciones y atenciones, John llevó a Francisco a una tienda de campaña donde se encontraban cinco hombres hablando alrededor de una mesa con un mapa extendido sobre ella, junto a ellos una mujer de cara enfadada y pelo recogido en una cola, morena de ojos verdes que saludó a John nada más verlo en su idioma. El inglés le contó a los presentes lo ocurrido con Francisco y tras unas risas, el que parecía estar al mando le dijo que no se apartara del inglés incorporándose ya al frente para tomar Lopera cuando llegase el momento. Terminó de decirle aquella orden y apartó la mirada para centrarse en el mapa donde iba consultando con los otros sobre posiciones y áreas que debían tomar en esos días. Francisco abandonó la tienda de campaña, siguió a John que lo llevó dentro de la ermita y allí le dio un mono verde, un correaje y un fusil, Francisco buscó unas botas, aunque no encontró ninguna entre el desordenado alijo de ropa de acuartelamiento allí rebujada, -cuando muera alguno se las quitas, lo mismo te harán a ti, hay que abastecerse con los caídos-, las palabras del compañero le resultaron extrañas y a la vez reconfortantes, alguno caería antes que él, pensó. Se puso el mono desgastado y manchado de sangre encima de sus ropas, cogió unos calcetines secos con un agujero en el sitio del tobillo, se abrochó una correa a la cintura y colgó del hombro un morral de cuero donde metió la munición que le entregó un compañero de los que allí repartían enseres. Siguió a John que lo llevó hasta la armería para hacerse con un fusil, el inglés comprobó que funcionase perfectamente y luego se lo dio, -no todos van bien-, le dijo. Vio una navaja sobre una mesa y la cogió también tras abrirla y comprobar que era bastante buena, mejor que las que había tenido antes. Así, vestido de republicano del frente, salió al descampado y se sintió uno más entre aquellos soldados republicanos, luego comenzó la vorágine de recoger los bártulos, cargarlos en los camiones, quemar algunas cosas de la ermita, incluso imágenes, cosa que a él no le hizo mucha gracia, aunque respetó la idea y se unió a la quema. Perdió de vista a John por momentos, y luego lo vio entrar a la trasera de la ermita junto a la mujer que antes vio en la tienda de los jefes, no pensó en nada y continuó cargando, quemando, imitando y siguiendo a los demás en lo que hacían. Al ver que la tarea se acababa y los soldados descansaban junto al fuego levantado con la quema de bancos de la ermita, que la noche pasada sirvieron como camastros, un soldado inglés se le acercó dirigiéndose a él en su idioma y le entregó tres cajetillas de tabaco con unas explicaciones que entendió gracias a la buena gesticulación del pecoso soldado. Le dio las gracias y encendió un cigarro con un palo de la hoguera, aspiró con profunda voluntad la calada y se sintió seguro y fuerte por primera vez en esa ultima semana, estaba con los suyos.

 

Lo que ocurrió en Cabra fue un desastre, un bombardeo sobre la población con aviones rusos, los Katiuskas SB2, que despegaron desde el Campo de Aviación de “Los Guerreros” en Fuente Álamo, Murcia. Con la totalidad de su tripulación de nacionalidad española a bordo. Una buena acción de los republicanos atascó la posibilidad de utilizar las defensas antiaéreas de Cabra, y un enorme error de cálculo, o una mala fe en la información que llegó al centro de operaciones republicano, avisó de un contingente de militares italianos en el pueblo. Al llegar los aviones confundieron el mercado de abastos situado en la plaza con tiendas de campaña enemigas y comenzó el bombardeo sin cerciorarse de si eran o no el objetivo descrito, para colmo era incorrecta la información y el hecho de que allí hubiese un contingente de italianos para la defensa del pueblo.

En el bombardeo, con una veintena de proyectiles descargados sobre el sitio, murieron muchísimos niños, mujeres y gentes del mundo rural que tenían allí sus puestos de trabajo. El número de victimas sobrepasó el centenar y los heridos se acercaron a la cantidad de los doscientos veinte, todos ellos civiles. Las personas que caminaban entre la polvareda levantada y los escombros del suelo eran fantasmas entre los vivos, toda ayuda fue poca para recuperar los restos de algunos, de otros vecinos no quedó ni eso, la gente, al acabar el bombardeo, trataba de ayudar a los heridos como buenamente podía. Aquel error trajo consigo un desastre y una mala publicidad para los intereses del ejército republicano. Los partes de guerra de ambos bandos los difundieron de la siguiente manera:

Bando nacional.

La aviación roja, huyendo de los encuentros aéreos que tantas pérdidas le cuestan y alejándose de todo objetivo militar, lleva varios días dedicada a batir pueblos civiles de la zona nacional, lo más alejados posible de las actividades militares y desde los que les es fácil la huida.

Hoy correspondió la cobarde e inhumana agresión al pueblo de Cabra, en donde, en la madrugada, nueve aviones rojos han sorprendido a la población civil bombardeándola y causaron 86 muertos y 117 heridos, en su totalidad personas civiles y en gran número mujeres y niños.

La España Nacional, generosa y justa con los que engañados la han combatido sin crueldades, no dejará, sin embargo, sin sanción ni debida respuesta crímenes de esta naturaleza.

 

Bando republicano.

A las 7,27 despegaron tres B. K. para efectuar un servicio de reconocimiento y bombardeo de Cabra. Se batió el objetivo eficazmente observándose las explosiones en el centro del pueblo. Se obtuvieron fotografías del frente reconocido. No se observó caza enemiga ni se les hostilizó con fuego antiaéreo, tomando tierra todos los aparatos sin novedad. (AHEA. Sig. A 168, documento 54. Parte de operaciones del 7 de noviembre de 1938).

 

Francisco Bermúdez García viajaba camino de Lopera junto a las Brigadas Internacionales en un camión ZIS-5, su logotipo, escrito en caracteres cirílicos sobre la rejilla del radiador, era 3HC, por lo que en España fue popularmente conocido como el camión de los Tres Hermanos Comunistas, cuando en realidad eran las siglas de la Zavod Imena Stalina (Planta Industrial Stalin 2, en Moscú). Sentado en la parte trasera junto a los extranjeros que no dejaban de parlotear en su lengua natal, aunque por momentos callaban al oír las bombas de los aviones republicanos caer sobre Cabra, entonces vitoreaban con silbidos, gritos y aplausos las ruidosas estampidas. Pronto se incorporarían a las demás tropas para el asalto a Lopera, uno de los pocos sitios que estaban en manos de los falangistas por estas tierras. Francisco sudaba por el calor del tordo verde que llevaban cubriendo la parte de atrás del camión y por el nerviosismo de su primera intervención en la guerra junto a los suyos del frente republicano. En el pequeño habitáculo se respira el sudor y la peste confinada bajo esos ropajes sucios, el olor penetrante de a quienes les venteaban los pinreles y, en buena medida, la pestilencia de los halos expirados del vino y aguardiente consumidos antes de subir al transporte y durante el trayecto. Él apoyaba sus manos en el fusil como si la vida le hubiese sido entregada a la utilidad que le diese a aquella arma, y en buena medida así era. Agachaba la cabeza cuando se sentía cansado, tratando de cerrar los ojos y echar una cabezada que no lograba que perdurase más allá de unos minutos, en uno de esos sobresaltos por un frenazo del vehículo, se le acercó un amigo de John, lo saludó con una sonrisa y entabló conversación animada con él sobre el viaje y lo que les esperaba, al rato de estar hablando le preguntó con curiosidad sobre sus aficiones y quiso saciar una curiosidad.

– ¿Sabes cantar, Francisco?

-Alguna copla.

– ¿Te importaría cantar ahora?

-No si me pasas un poco de ese aguardiente que estáis bebiendo.

-Eso está hecho, amigo, -el inglés le dio la botella y Francisco le metió un buen trago con ganas. -Dale ahora al cante y nos animas este mortuorio, que bien nos vendrá escuchar una voz con arte, como decís por aquí.

Francisco se animó y terminó cantando tras la petición de silencio y atención por parte del amigo de John, que tenia por nombre Simón, aunque los demás soldados lo llamaban Saimon. Un par de coplas famosas, unas malas palmas por parte del animoso público y al momento un par de alegrías que levantaron la moral de los fundidos extranjeros. La buena voz de Francisco terminó por animar a un par de soldados que cantaron en inglés canciones de guerra y de amores que quedaron en casa, Simón le tradujo el significado de las letras y Francisco apretó los labios asintiendo con la cabeza en señal de aprobación.

– ¿Has dejado algún amor en casa, Francisco?

-Siempre dejamos un amor en casa.

Simón quedó en silencio un momento mientras miraba su fusil, lo sostenía entre las piernas, sujetándolo con las rodillas y pasando la mano por el cañón de arriba abajo.

-Es buena frase, amigo, siempre dejamos un amor en casa, me gusta, la voy a utilizar en mi diario.

– ¿Qué diario?

-Uno que voy escribiendo de mi paso por España y de la guerra que enfrentamos.

– Pero ¿qué es eso?

-Es como un libro y en el voy anotando lo que va sucediendo cada día junto a mi opinión sobre todo esto, la guerra, lo que voy conociendo, lo que nos va ocurriendo y lo que hacemos. Esta noche escribiré sobre este momento, sobre tus coplas y como nos hemos conocido.

-No digas nada de los amores, no quiero que nadie se entere de esas cosas. -Le dijo Francisco con la cara de preocupado y en alerta.

Simón rió a carcajadas, le hizo mucha gracia la cara de preocupado y enfadado que puso su nuevo amigo con lo del diario.

-Amigo mío, no creo que nadie lea lo que voy a escribir, lo hago para mí, para que nunca olvide ninguno de los momentos que estoy viviendo en esta España levantada por la guerra.

Francisco pareció tranquilizarse, y el inglés comenzó a leerle algunas anotaciones para que entendiera que era un diario de guerra como el que él estaba escribiendo. Abrió el cuaderno de tapas duras forrado en cuero de color negro y con algunas rasgaduras de los golpes que se llevaba en el morral, escogió una página al azar y leyó lo escrito.

-El caos que genera la guerra en la sociedad ha provocado muchos actos de violencia agrupada anticlerical. Acoso a personas sin notabilidad política o social, algunas de esas personas pudiesen ser que tuvieran destacado papel en años anteriores, pero, a los que mis ojos han visto, y no puedo describir otra cosa, no les veía peligro para que se tomaran medidas contra ellos. Muchos de los que recibieron tales castigos y acosos eran conocidos por su fervor religioso, o por presentar resistencia al acatamiento de las leyes republicanas propicias a los trabajadores o por venganzas particulares. Es una violencia colectiva que mantiene dos pautas de acción, la eliminación física y el confinamiento de los oponentes.

Francisco permanecía atento a las palabras del inglés mientras se balanceaba de un lado a otro con los vaivenes que daba el camión durante el camino. Alguno que otro de los soldados dormitaba abriendo los ojos de vez en cuando para cerciorarse de que continuaban todos juntos y ninguno había caído a la carretera con los saltos que daba el vehículo. Simón, que rebuscaba palabras que pudiesen expresar lo que escribía siguió leyendo.

-La eliminación física de la que hablo en mi anotación no es otra que la propagación del terror entre los seguidores de los rebeldes antirrepublicanos. Compruebo con dolor que la violencia no se ejerce solamente por razones políticas, y es que veo como se toman venganzas por cuestiones sociales y económicas. Espero que triunfe nuestro frente republicano, me temo que si no es así los fascistas pueden tomar serios resarcimientos como, de hecho, ya esta pasando cuando se hacen con los lugares que van tomando y actúan contra los defensores y amigos de la República. Aparte de hacerse con el poder, por lo que oigo, y cada día puedo ver, es que el objetivo prioritario de ambos bandos enfrentados es la eliminación física y la inmovilización del enemigo. No me cabe la menor duda de que traerá unos perjuicios sociales que tardaran en sanar en estas bellas tierras de Andalucía.

– ¿Crees que ocurrirá eso? -Le preguntó Francisco cortando su lectura.

– ¿Las venganzas? No tengas la menor duda, lo has vivido en tu familia por lo que me has contado. A tu hermano lo han fusilado en su pueblo y no era un activista, y todo eso con la guerra recién empezada, cuando acabe, sean unos u otros, querrán saldar cuentas, esas cosas pasan siempre.

-Yo espero que una vez acabe todo esto podamos seguir en paz, viviendo cada uno igual que estaba, además, los republicanos somos gente honrada.

-Honrado no hay nadie en una guerra, Francisco, tú mismo vienes al frente a matar enemigos que días atrás mataron a un familiar tuyo.

Se detuvo a pensar esas palabras, quizás hubiese, o sin duda lo había, un acto vengativo en su intención, claro que lo había, lo pensó y decidió en caliente y ahí estaba, sin embargo, hubiese estado de todas formas, ya lo perseguían y era su destino, al menos con una causa por bandera se enfrentaría al enemigo con más entereza. Le pidió a Simón que siguiese leyéndole cosas de las que escribía, le resultaban interesantes y le esclarecían situaciones en las que nunca llegó a pensar ni plantearse. El inglés continuó con su lectura.

-No en todas las provincias de Andalucía las milicias republicanas han tomado las calles, provocando ese dato que hoy nos encontremos con un frente organizado y bien armado por parte de los fascistas rebeldes. Jaén resiste dentro de ese marco que es el sur de España, gracias sobre todo a la indecisión de algunos mandos militares de unirse a los rebeldes, ese hecho ha provocado que las brigadas republicanas tomen el mando en la mayoría de ciudades y pueblos, la llamada de Queipo de Llano declarando el estado de guerra en toda Andalucía no ha surtido efecto aquí, donde se resiste y se espera la llegada de los contingentes enemigos con un pueblo levantado en armas que recibe con los brazos abiertos a todo aquel que viene a luchar por la República.

– ¿Tú crees que Andalucía se ha rendido, Simón?

-No, creo que la fuerza siempre triunfa en los lugares en los cuales el analfabetismo está más extendido, donde la cultura es ir a misa y prestar pleitesía a quien tiene dineros por encima de la cultura y la enseñanza.

-Pero, yo no sé leer, ni escribir, y te digo que he tenido que trabajar para ayudar a mi familia, he guardado cerdos desde los siete años, y no comencé antes porque mi hermano me quitó esa carga al ser el mayor. ¿Cómo voy a ir a la escuela? Ahí van los niños de los pudientes, las niñas, y no todas, nosotros, los que somos capaces de trabajar, siempre hemos arrimado el hombro para llevar algo a casa.

-Eso es lo que te quiero decir, Francisco, el problema no está en ti, ni en nadie como tú, el problema es que la República ha dejado instalados los mismos males que ya desgastaban al pueblo, no han sabido extender sus ideas y han terminado prisioneros de mentiras y hechos que no pueden resolver por su ineficacia política y su dejadez para afrontar los problemas. Tú y tantos como tú, sois gente que os habéis criado así, trabajando, pero cuando llegue el momento de gobernar este país, ¿quién crees que lo hará? ¿Vosotros los que trabajáis o los niños esos que ahora estudian? La República debe educar a los suyos, prepararlos para el futuro, y no solamente en las ciudades, deben hacerlo en los lugares donde es difícil ejecutar esas directrices que quieren y deben imponer, al menos, con el tiempo, se verán esos progresos.

-Es difícil estudiar cuando no tienes pan en casa.

-Te comprendo, Francisco, y no me queda otra que entender que esto es una guerra que durará mil años, por lo que ocurre y por lo que dejará en legado.

Simón le tendió la mano a su amigo y ambos se la estrecharon con fuerza.

-No olvides que, si alguna vez decides dejar atrás todo esto y quieres cambiar de aires, en Londres tienes casa y comida no te faltará, ya encontraremos allí trabajo para ti. Te voy a escribir mi dirección en la ciudad, si alguna vez te animas a ir cuando acabe la guerra, allí estaré para hacer de anfitrión.

El inglés anotó en una de las hojas del cuaderno su nombre, dirección de su casa y la de su trabajo, igualmente anotó dos nombres de sitios a los que acudir caso de que él se encontrara fuera de la ciudad. Le entregó la hoja y le dijo que allí tendría lo necesario para salir delante de nuevo. Francisco se lo agradeció y le dijo que, aunque no supiera leer sabría llegar hasta el sitio que le había escrito, ya me las apañaré si voy algún día, le prometió. Luego le pidió a Simón que continuase con la lectura de sus anotaciones.

-He visto el horror de la mala interpretación de la lucha cuando el pasado agosto se enviaron dos trenes cargados de derechistas y curas de Jaén a Madrid. He oído decir, y con orgullo, que en el primero de los trenes se fusilaron a once derechistas, y del segundo fue aun peor, fue asesinado el obispo de Jaén y casi la totalidad de los reclusos, unos trescientos aproximadamente. Ese, no creo yo que veo el enfrentamiento con ojos de extranjero, que sea el camino de la lucha. Ese es el camino de la venganza, de no saber expresar lo que se intenta asentar en base por parte de la izquierda europea, no debemos confundir nuestros derechos con nuestras ambiciones. Claro, si miramos a ambos bandos, igual los unos que los otros están actuando con ansias de matarse. Es esta guerra de España un enfrentamiento repleto de odio, de enemistades y está apuntalada en la sinrazón. La República no ha sabido establecerse, no ha buscado los apoyos necesarios y, aunque no la conozco toda, es en su mayoría de una incultura que ofende. Tanto los unos como los otros no son oradores que convencen al pueblo mediante la palabra, son agitadores de masas, gentes de mala fe que tratan, o más bien consiguen, alentar a las personas para salir a la calle a luchar. Y todo eso lo veo bien, pero no son las personas adecuadas para liderar una revolución. Y todo ello es culpa, por su pasmosa dejadez, de los principales en el gobierno para rescatar este país por encima de intereses personales, sus ideologías mal entendidas han traído consigo una guerra, una guerra que acabará con unos u otros de la peor manera imaginable.

Al oír esas palabras de Simón, Francisco pareció querer entender su razonamiento entre los vaivenes del camión que ya se acercaba a su destino según comunicó uno de los que iba en cabina al superior.

-En quince minutos llegamos al destino. -Lo dijo en inglés y Simón se lo tradujo a él.

– ¿Crees que hacemos mal en salir a luchar a la calle? Nosotros llevamos generaciones sufriendo el ninguneo de los terratenientes y sus allegados. Hemos sufrido y sufrimos el abuso no solo con nosotros, los trabajadores, también con nuestras familias, en muchos casos con esposas e hijas. Tú no conoces esa parte de nuestro paisaje diario, vosotros vivís en ciudades, con vuestra cultura y vuestro respeto por los demás, aquí eso no existe, no ha existido nunca. A nosotros nos eligen para ir a echar un jornal pisándonos el pie en la plaza del pueblo correspondiente, mientras más seas capaz de hacer por el señorito mejor para ellos. Y no te hablo ya de que los haya que incluso abusen de tu mujer cuando ha llegado algún momento, a veces no sexualmente, basta con la intención, con el manoseo, el piropo deliberado, las miradas a la hija, esos besos y abrazos repulsivos, de eso te hablo, y no lo digo por experiencia propia, lo he visto en mi pueblo, llevarte a dos o tres zagales de cacería para que te corran las piezas, las recojan y las lleven durante el camino, a veces llevan a muchachos de buen ver y a saber que ocurre, y a todo eso hay que poner buena cara, sonreír, Simón, tenemos que tragar encima, tú no conoces esa España del sur, la que lleva toda su vida avasallada por el despotismo clasista de los terratenientes. ¿De verdad crees que no debemos salir a luchar por nuestros derechos?

El inglés sonreía mientras anotaba lo que le iba diciendo Francisco en su diario.

-Ahora veo que entiendes lo que te he leído antes, esa España que tú me cuentas, la de la realidad del día a día, es la Inglaterra de hace un siglo, son las mismas historias de todos los países, la pena es que aquí no se ha sabido poner remedio porque la incultura general se ha impuesto por interés de quien gobierna, esa es la función de la izquierda, lo que lleva proponiendo en Europa por y para el pueblo y es el motivo por el que se lucha en las trincheras, para conseguir el gobierno que merece todo país y acabar con las distancias entre clases. Aquí, como te he dicho anteriormente y vengo haciéndolo desde casi que nos conocemos, no se ha hecho eso, el gobierno de la República no ha estado a la altura, no ha sabido inculcar sus ideas, ha dejado que triunfe el brazo armado y el capitalismo existencial por encima de sus ideas, no ha trabajado para el pueblo, han trabajado para ellos, para haceros creer que lucháis por vosotros y no hay más verdad de que lo hacéis por ellos. ¿Qué os han dado? ¿Dónde están las reformas? ¿Cuándo van a acabar con el abuso del campo en Andalucía y en muchas otras partes? Es de eso de lo que te hablo, de que tú vas al frente a luchar por unos ideales en los que crees y quienes nos dirigen y nos piden que tomemos las armas nada están haciendo por ti. No valen las excusas, llevan tiempo gobernando y seguís igual, o peor, nada ha cambiado, bueno, para ellos sí, ellos gobiernan y están liberados de problemas terrenales.

-Ufff, Simón, me cuesta entender todo lo que me dices, creo que tendremos que hablar más veces.

-Ambos reían cuando los sacó de su conversación un anunciamiento acompañado de una orden.

– ¡Llegamos a Lopera! ¡Abajo todos!

La voz fue un grito potente y ronco en español, un miliciano vestido con un mono verde y una boina negra les habló con autoridad, llevaba dos cartucheras cruzadas sobre el pecho y dos pistolas, una a cada lado de la cintura, a la espalda colgaba un hacha y un fusil.

– ¡Vamos, coño, que esto es la guerra!

A una distancia prudente se podía divisar el humo de color gris oscuro que se elevaba en dirección al cielo y una nube de polvo sobre la tierra donde parecían oírse disparos de cañones y de ametralladoras. Los disparos de la infantería republicana quedaban apagados en la distancia. Alrededor de los camiones recién llegados se formaron dos batallones de las Brigadas Internacionales, en esas filas estaba Francisco Bermúdez García con el pecho palpitante y la emoción de quien se enfrenta a algo desconocido por primera vez. El de Isla Mayor, o Setenil, vio cómo cavaban trincheras en la lejanía, entre el pueblo y su posición en el campamento, a una distancia prudente para atacar y huir en dirección a la retaguardia. Los soldados corrían de un lado a otro pertrechados con sus armas y con caras de miedo reflejadas en sus sucios rostros tiznados. Observó la llegada de un pequeño grupo que portaba dos camillas con heridos mientras alguno los seguía apoyado en el fusil que utilizaba como muleta aguantando el paso pues solo contaba con una pierna, la otra la arrastraba sin vida como buenamente podía entre alaridos de dolor sofocados por unos tragos de la bota que le arrimaba a la boca un compañero a su lado sin brazo izquierdo, llevaba la extremidad perdida colgada de la cincha como quien lleva un conejo cazado con lazo, de su muñón vendado como pudieron los asistentes de enfermería manaba sangre de color oscuro. Luego llegaron dos mujeres que buscaban munición, vio a John acercarse hasta ellas y entregarle una caja repleta de munición, – ¡viva la República, compañero! – Le dijo una de ellas con el gesto serio y una herida en la frente que le sangraba, – ¡viva! – Le contestó John con el puño en alto y una mueca de admiración dibujada en su rostro.

Francisco absorbía todo lo que iba ocurriendo alrededor de ellos, miraba con ganas de actuar, esperando que llegara una orden de alguien para comenzar a hacer algo. Simón se le acercó y con un abrazo donde le dijo que tuviese cuidado y que primero estaba él antes que nadie se separó para decirle con voz alta y viva que era el momento.

-Vamos a descargar los camiones y a unirnos con los compañeros atrincherados en vanguardia, no olvides mirar siempre a los lados y a tu espalda, no quites la vista del frente y lleva siempre las armas cargadas y preparadas para disparar, y para huir cuando sea necesario. A cada lado ira un compañero, cuida de sus espaldas que ellos cuidaran también de la tuya, no olvides el agua y ten siempre presente donde estás y donde están los tuyos y el campamento, si oyes un avión o un silbido muy fuerte, tírate a tierra y no levantes la cabeza hasta que haya pasado la explosión, y si estás muy cerca del enemigo ten cuidado con las balas y con las granadas, puede que hayan colocado minas cercanas a las posiciones de sus trincheras, no te preocupes, llevamos gente que irán delante para indicarnos el camino. ¡Amigo mío! No olvides nada de esto y nos veremos entrada la noche aquí de vuelta, buena suerte, Francisco, nos vemos y brindaremos por nosotros y por la República.

Simón se abrazó a él y acto seguido con otros amigos que lo acompañaban y a los que les habló en inglés, luego cogió una caja del camión para llevarla hasta una tienda de campaña cercana, la dejó junto a otras y salió corriendo en busca del fuego enemigo, Francisco lo imitó y como a unos trescientos metros de distancia del campamento lo perdió de vista a él y a los demás.

 

“…cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”.

Manuel Azaña

 

Continuará.

 

 

Este documento de investigación, opinión y desarrollo de una historia que igual pudo ser así o que fue parecida, cuenta con información de varios autores que dejaron sus opiniones en páginas web, blogs y libros, personas de la vida pública y política de entonces y de la actualidad. La historia, tal como está desarrollada ha sido elaborada, escrita y apoyada en la labor de investigación de los distintos archivos tanto nacionales como extranjeros.

Agradecimientos personales de manera directa e indirecta a:

Pedro Andrades Parra.

Manuel Antonio Oliva Rodríguez.

Ángel Medina Linares.

Rafael Domínguez Cedeño.

Antonio Gómez-Guillamón Buendía.

Chaussec Damien.

ImaginaSetenil.

HISPANIA NOVA Revista de Historia Contemporánea.

A las distintas asociaciones que siguen luchando por encontrar respuestas a las preguntas que les planteamos, a los archivos estatales y privados tanto españoles como de Alemania, Francia y Austria por su atención y consideración, y a su vez por toda la información detallada que me han enviado. Muy especialmente a Anne Roth por toda la información que me ha pasado y las horas de conversación, mucho menos difícil con su ayuda.

 

Setenil, 04/04/2020.

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