CAYETANO ACRIL Y LOS CRÍMENES DE SETENIL (1)

 

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PRIMER CAPÍTULO

«Nada resulta más engañoso que un hecho evidente»

-Sherlock Holmes-

 

ACTO PRIMERO

La banda de música, vestidos de azul marino marcando un paso relajado, acompañaba al trono de la hermandad cuando se oyó el grito seco y desgarrador de la mujer que se encontraba junto a Juan Olmo, entonces dejaron de tocar al unísono los componentes de la banda. La calle quedó en silencio mientras los nazarenos miraban en todas direcciones manteniendo ocultos sus rostros bajo los capirotes, sin saber qué hacer, sin decir nada, sorprendidos con la pausa que detuvo el momento en un stop congelado por instantes. Uno de los nazarenos, el que parecía estar al mando, o algo así, ataviado con túnica, capa y capirote en mano, se acercó hasta el lugar de donde surgió el grito para saber qué había ocurrido. Al llegar pisó el reguero de sangre que se desparramaba intentando alcanzar la alcantarilla cercana, dejó la huella rojiza de la suela de su bota marcada en la calle con los pasos en derredor que dio consternado. El suelo, aún mojado con la llovizna de esa mañana, ayudaba como podía al sangriento trazo a correr en pos de su destino, la atascada alcantarilla. Alrededor de Juan se acumuló un coro de personas que lo mantuvieron cercado, logrando evitar, por momentos, la curiosa mirada de los transeúntes cercanos el incidente. El nazareno que pisó la sangre volvió de nuevo a curiosear logrando atravesar, con algún por favor autoritario, la barrera de personas que custodiaban el cuerpo, llevado por la preocupación dio media vuelta al ver como Juan había palidecido en un plis plas, quedo, mirando al cielo con los ojos abiertos como ventanales de cortijo. Se dirigió entonces intranquilo a tres nazarenos más que se le acercaron, al oírlo hablar, uno de ellos corrió procesión atrás, supongo que para avisar al Hermano Mayor, y los otros se alejaron calle adelante dando consejos y señas sobre lo que hacer al resto presente de la procesión. Algunos miraban al lado tratando de evitar ver la sangre, y otros vomitaban en la calle por las nauseas que les provocó la imagen de Juan Olmo estirazado en la calle con la expresión de sorpresa dibujada en la cara. Por momentos la procesión permanecía detenida en la calle sin que nadie se atreviese a dar un paso adelante, a su vez, en la cuesta de la calle de arriba, los tambores redoblaban y las cornetas emitían compases al ritmo cansino del paso del trono. Al llegar la noticia a la calle Cantarería, seguramente llevada por el penitente que poco antes salió corriendo, se produjo una parada de la música abandonando su militar marcha para convertir en silencio la tarde bajo el cielo plomizo. ¿Se murió Juan Olmo o lo eligieron para que muriera? Si así fue, ¿por qué ese día? No sé.

Los cuchicheos y bisbiseos aumentaron mientras los espectadores de la calle comenzaba a enjuiciar a su manera lo que ante sus ojos se mostraba, el cadáver de un conocido del pueblo. Bien cabe decir que en breve todo el pueblo sabría de la muerte de Juan Olmo, los móviles son armas de afilado acero que nada temían del después mientras el ahora fuese noticia, presentes y no presentes se encargarían de difundir la noticia por redes sociales. Como decisión principal se resolvió retirar el cuerpo sobre una manta que acercó un vecino y trasladarlo a la casa de la tía de Juan, que se encontraba justo al lado aparentemente con más calma interior de la que cabría esperar en un caso de muerte familiar, los Olmo no estaban presentes, eso sí, vaya juego que iba a dar el asunto entre ambas familias, hubo quien se frotó las manos con ello. Así mismo, se barajaba la posibilidad de continuar con el paso de la procesión para llevar los tronos a la iglesia y quitarlos de la calle, previendo así una desbandada general cuando, llegada la noticia a la plaza del pueblo, la gente no bajara en busca de comentarios certeros y de primera mano en una dispersión general del personal. Las autoridades que acompañaban a los pasos de ese día fueron avisadas y caminaban entre las filas de penitentes, el alcalde, el párroco, el hermano mayor y varios militares con condecoraciones en el pecho, con paso ligero buscaban llegar cuanto antes a pesar de atender a quienes desde los portales les preguntaban sobre el asunto, ya se sabe, amigos y conocidos que necesitaban saber. Al llegar el hermano mayor pasó a la casa en busca de aclaraciones con lo sucedido sobre el asunto que mancillaba ese día de celebración de la Semana Santa en el pueblo, rápidamente fue puesto en la calle por la tía de la mujer de Juan Olmo que le recriminó su presencia y su intención, dejando claro que ninguno de los que le acompañaba contaba con permiso para pasar hasta que llegasen las autoridades competentes y el médico. Nada dijo el hombre y aguardó en la entrada de la casa junto a los demás.

En la puerta, donde la sangre continuaba presente sobre la calle mojada, se mostraban pisadas de todo tipo y en todas direcciones y, sobre todo, varios vómitos que dejaron un nauseabundo olor en el sitio, se tomó la decisión, por creer que era lo mejor, de vaciar varios cubos de agua y dos botellas de limpiador con lejía sobre el charco de sangre y las arcadas para dejar la calle más o menos adecentada para el paso de la Virgen. A su vez, las asustadas mantillas, con más miedo que frío, esperaban impacientes para continuar con la procesión, ni se movían ni se les indicaba que hacer, así que nada, a esperar de pie por si acaso continuaba la procesión. Un poco más adelante, a unos pasos de la curva que hay a la derecha al final de la calle, se encontraba parado el Cristo, abandonado por la mayoría de costaleros que acudieron al sitio para informarse sobre la desgracia pasada. Todos preguntaban a los presentes y ninguno conseguía explicar o aclarar nada, nadie se percató hasta que Victoria, la mujer que primero alarmó a todos al ver a Juan desfallecer, arrebató la paz del sitio con su grito sufrido y quejoso, llevándose la calma que producía el resonar de la concordancia armoniosa y el silencioso paso de penitentes y cirios encendidos, mal día para perder la vida, o para que te la quiten.

La noticia atrajo a cientos de personas llamadas por el fisgoneo e indiscreción que se agolparon a lo largo de toda la calle, la plaza vacía y la calle abarrotada, lo peor que se esperaba. La policía y la Guardia Civil acudieron con prontitud al ser alertados por el suceso y las consecuencias, su presencia ayudó a calmar a todos poniendo orden ante la avalancha, que apretaba tanto que se tuvo que suspender la procesión y aligerar con los pasos hasta la iglesia para llevarlos a encierro. Un dispositivo de la policía municipal con varias vallas y cintas de no pasar despejaron la calle dando cuarenta metros a cada lado de prohibido el paso. Treinta minutos después del grito de Victoria, la señora que primero vino a darse cuenta de la muerte de Juan Olmo, la calle se encontraba cerrada y los vecinos y visitantes alejados del lugar. El cuerpo sin vida del supuesto fallecido, se encontraba aún sobre una manta en el interior de la casa de la Dolores, tía de la mujer de Juan, a la espera del médico y la Guardia Civil. En esos momentos nadie relacionó, o al menos nadie que se supiera entonces, la sangre con la muerte, ninguno pensó en otra cosa que un muerto en la calle, el cómo y el porqué los dejaron apartados, cosas normales dentro de lo poco habitual del asunto, se pensó en un golpe en la caída, pero, nada más allá.

Al respirar el aire condensado daba la impresión de no poderse tragar ni inspirar, costaba pasarlo por la nariz y la garganta, los ahogos apagados y las palpitaciones aceleradas intensificaban la ansiedad que se vivía en la casa.
El médico llegó junto a un enfermero, pasaron adentro y cerraron la puerta, el coche sanitario lo llevó a un lado de la calle el conductor con las indicaciones de un Guardia Civil y un policía de paisano que se acercó para ayudar en lo que necesitasen. La mujer de Juan Olmo se encontraba arriba, en la habitación de matrimonio, sentada en la cama con un vaso de tila en la mano y la cabeza baja, totalmente ida de la situación que se vivía, atrapada en la sorpresa y el conformismo obligado. Su prima la miraba con ojos extraños desde el balcón que daba a la calle, allí fumaba un cigarro tras otro mientras pasaba su lengua por los labios queriendo contener ¿rabia, dolor?, no sé. La cama se encontraba al igual que la habitación, pulcramente visible, en la mesita de noche un móvil cargando, un libro de yoga, una lámpara encendida y una botella de ginebra por la mitad. Un cuadro, con la imagen pintada de un hombre mayor labrando en el campo, junto al espejo del tocador, un armario con la puerta entreabierta donde se veían gran cantidad de vestidos, chaquetas y blusas. Un cajón de la cómoda con ropa interior negra y roja situado sobre el asiento de la silla, y dos pintalabios en el tocador, fuera del estuche de maquillaje que se encontraba abierto.
-Te lo dije, llevaba semanas avisándote.
Le dijo su prima mientras encendía otro cigarrillo con la llama de un mechero con publicidad de un pub de Alcalá del Valle, el pueblo vecino. Luego se volvió al balcón y miró al Guardia que vigilaba el acceso guiñándole un ojo y meneando la cabeza a un lado y otro. El maquillaje se le había corrido  manchando su blanca camisa y la corta falda verde, ¿de lágrimas? no sé. Aspiró con fuerza otra calada y envió el humo en dirección al guardia que seguía mirándola, intentando ver sus piernas a través del hueco que dejaba el manto de la hermandad que cubría la reja del balcón. Con una mano apartó disimuladamente el manto para que viera lo que buscaba y ella levantó el mentón, altanera y creída de su belleza, sin pensar en nada de lo que ocurría, solo en ella. Al dejar caer el manto, observó que la vecina de enfrente la miraba con cara repulsiva.
-¡Bruja! -le dijo marcando la palabra con los labios a la vez que le enviaba una bocanada de humo.
-¡Puta! -soltó con la boca pequeña la otra.
Soriela, que era como se llamaba la prima, soltó la cortina buscando intimidad y se sentó en la cama, se acercó a la afligida mujer de Juan Olmo y le pasó la mano con cariño y suavidad por la espalda descubierta, acariciando su pelo y dándole un beso con ternura.
-Todo se arreglará, Carmen.
En ese instante la puerta de la habitación se abrió y el sargento de la Guardia Civil pidió permiso para entrar aunque pasó sin más.
-¿Puedo hablar contigo, Carmen? Serán solo unas preguntas.
Ella asintió con la cabeza y entrelazó sus manos con las de su prima, miró al sargento y esperó a que éste le preguntase.
-Prefiero a solas, si no te importa.
-Ella puede quedarse, si no le importa a usted, somos familia y puede escuchar lo que venga a decirme.
-Si me importa, Carmen, y estoy seguro que tu prima lo entenderá perfectamente.
Lo dijo y miró a Soriela pidiendo con un gesto que abandonase la habitación y la dejase sola con el cabo y con él.
-Cualquier cosa me llamas, prima, estaré tras la puerta.
-Mejor espera abajo, ahora tenemos que hablar contigo también. -Le esclareció el Guardia Civil.
Ella torció el gesto en señal de “me da igual”, preguntándose que podría haber pasado, luego salió fuera cerrando suave la puerta del dormitorio. Bajó con cuidado los escalones que daban a la primera planta de la casa, los tacones provocaban un punzante sonido sobre la solería y el ayudante del médico levantó la mirada para arriba llamado por el taconeo. Quedó fijo su vistazo en las piernas de Soriela y luego, como quien busca destino en su atisbo, dejó fijo los ojos hasta que se cruzaron con los de ella. El enfermero giró la cabeza suspirando profundo, desviando su visual y posando la ojeada en un crucifijo antiguo que colgaba de la pared trasera donde estaba el sillón del salón. En ese asiento, relajada, agotada y con las piernas cruzadas, descansaba pensativa Dolores, la madre de Soriela, que al ver llegar la mirada del enfermero, posó sus manos en las piernas y las separó con quietud dejando entrever un pequeño hueco entre ellas. Al hacerlo sonrió descarada la Dolores, mirando al enfermero mientras se aferraba al brazo del sillón para erguirse divina, mostrando la plenitud de sus cuarenta y pocos años bien llevados, sus estrechas caderas y el volumen sísmico de su trasero y dupla delantera.
-¿Quieren tomar café, doctor? -Les preguntó calmada.
El médico, don Eduardo, levantó la cabeza del inerte cuerpo de Juan Olmo.
-No creo que sea el momento de cafés, señora Dolores.
-He pensado que tal vez.
-No, no es el momento, pero le agradecería que saliesen del salón y dispusiesen otro lugar para fumar y hablar. ¡Vamos, Pedralbes, espabila, coño!
El enfermero se acercó hasta el médico y alumbró el pecho del muerto con la luz ultravioleta de la pequeña linterna. El galeno limpiaba cuidadoso el pecho con un paño de agua caliente y unas gasas impregnadas en suero.
-Ves, te lo he dicho al verlo, no es muerte natural, ha sido asesinado, ya no cabe la menor duda.
Soriela, que escuchaba tras la puerta, miró al techo de la casa y se persignó, -Dios nos asista, puede que al final todo salga a la luz.- Habló para sí misma, queriendo pedir en la frase un perdón irresponsable, una necesidad imperiosa de que nada, nada, se diese a conocer en aquella maldita investigación que en breve comenzaría y ahora parecía torcerse para los implicados.
Se oyeron tacones nuevamente, esta vez los de Carmen al bajar la escalera, tras ella los secos pasos marcados por las botas de los dos guardias civiles. Soriela y Dolores abrieron la puerta de la cocina para mirar, vieron bajar a Carmen esposada con las manos a la espalda, el gesto serio y los ojos abiertos como una puerta de discoteca a las tres de la mañana. Al llegar abajo miró al enfermero, con una mueca le indicó algo que la madre y la hija no supieron entender al tener la puerta casi cerrada para que no las viesen curioseando. Dolores se volvió y se sentó en la silla de la cocina, apoyó los brazos en la mesa llevando sus manos frías y sudorosas a la frente caliente.
-Puede que no todo se acabe, hija.
-Difícil lo veo, madre, si Carmen habla, será un escándalo en el pueblo.
-Calla, calla, no atraigas los malos augurios, bastante tenemos ya con el cabrón del director. ¡Me cago en todos sus muertos! Maldito hijo de puta.
-Ssshhiisss, baja la voz que se va a enterar hasta don Eduardo.
-Que se vaya a la mierda él también. –Y aspiró una fuerte bocanada del cigarrillo dejándolo agonizar por la mitad.

Curioso que ninguna de las personas que tenían relación directa con el muerto, tuviesen la mas mínima preocupación o alguna indicación dolorosa de sentimiento por el muerto, ¿acaso les importaba una mierda que hubiesen matado a Juan Olmo, el marido de Carmen, sobrina de Dolores y prima de Soriela?, no lo sé. Sin embargo, puede que no les importara el muerto, pero, es posible que si la forma de matarlo.

El sargento entró de nuevo en la casa tras meter a Carmen en el coche patrulla y ordenar que se la llevasen hasta el cuartel. Los vecinos acudieron raudo a los móviles con la grabación y antes de que girase en la primera esquina, ya lo sabía todo el pueblo. Al llegar el coche al cuartel ya esperaban los dos guardias en la puerta, la mujer de uno de ellos les envió el vídeo de Carmen esposada y entrando en el furgón al salir de la casa de la Dolores. Supieron por esa vía quien era la detenida, y vieron, casi que en directo, la salida del patrullero tomando cómo destino el antiguo reducto militar que hacía las veces de acuartelamiento hasta terminar las obras del nuevo cuartel.

El médico explicó al sargento que el muerto había recibido dos pinchazos que lo dejaron seco al instante, un asesinato. Quedaba a la vista y la autopsia lo confirmaría pudiendo identificar el arma utilizada.
-Tiene una entrada en el hemitórax izquierdo, muy cercano al corazón, y otra en la carótida, ambas son sinónimo de muerte segura. Quien lo haya hecho sabía lo que se tenía entre manos y, por supuesto, donde trepanar para matar.
-Esto es más grave de lo que en un principio parecía. Daremos parte a la comandancia a ver que nos indican y cómo proceder. Gracias, Eduardo. Una cosa más, ¿estarás presente con los forenses?
-¿Acaso pretendes que la autopsia se realice aquí? No contamos con el equipo necesario para estos casos.
-No, no, lo que te pregunto es si los vas a acompañar, me gustaría tener esos datos y si, como es previsible, se quedan el caso, tu opinión es importante para nosotros, para mí. Caso contrario estaremos fuera, y entenderás que ha ocurrido en una calle de nuestro pueblo, era un vecino y amigo y puede que alguien más esté involucrado. Me gustaría tener una opinión cercana de todo lo que descubran durante la autopsia, yo podría meterte en ella si estás dispuesto.
-Me lo pienso y te digo en media hora.
-No tardes más de un cuarto, Eduardo.
-Te llamo en un momento y te digo, necesito ir al consultorio y ver la situación laboral de mañana por si tengo que dar aviso a la compañera.
El médico se detuvo ante la ambulancia, bebiendo de una botella de agua y viendo como metían dentro la camilla con el cuerpo de Juan Olmo para ser trasladado al consultorio. Allí esperarían la llegada del equipo forense y el vehículo que lo trasladaría hasta el lugar donde realizarían la autopsia. Antes de subir encendió un cigarrillo, llevaba tres meses sin fumar, al echar la cabeza hacia atrás para expulsar el humo vio en la ventana a la vecina de enfrente que lo miraba tras la cortina, sacó la mano por entre los pliegues y cerró la ventana, luego apagó la luz. La tarde dominaba la hora y la oscuridad plañidera estaba más presente que la triste claridad que pertenecía a ese intervalo. Planeaba tristeza en el enrarecido ambiente, días raros los que se avecinaban, pronto sabrían los vecinos que Juan Olmo habría sido asesinado y su esposa era sospechosa, ¿de qué? no sé.
-¡Arranca y vayámonos de aquí! –Le dijo al conductor al tiempo que arrojaba con fuerza el resto del cigarrillo contra el suelo.
-Espere un momento a que suba Pedralbes, se ha olvidado algo en la casa. -Le pidió el conductor.
-Joder con el muermo del niñato éste.
Pedralbes subió a la habitación como le había indicado Carmen al bajar esposada, bajo la cama encontró una nota y un billete con un número de teléfono. –“Esta noche en la casa”, 722674590-. Guardó todo en una bolsa con cuidado tras cogerlo con los guantes de látex y lo metió en un bolsillo. Luego bajó las escaleras y subió a la ambulancia.

-Lo siento, me dejé las gafas.

-¿Las gafas? Me cago en la hostia, ¡tira ya, joder! que tenemos a todos los móviles enfocando. -Ordenó de una voz don Eduardo.

¿Qué quería decir la nota que encontró Pedralbes bajo la cama? ¿Qué era y dónde estaba la casita? ¿Qué asunto se traían entre manos Pedralbes y Carmen? ¿Por qué no prestó declaración Soriela como le dijo el Guardia Civil? No sé.

La sirena sonó escandalosa y potente en la calle y bajo los tajos, las ventanas, puertas y terrazas de los bares se llenaron a su paso chismorreando sobre lo sucedido. El incidente era de dominio público, cada cual contaba con certeza una opinión concluyente sobre lo ocurrido en la calle durante la procesión. Algunos eran dueños de noticias corroboradas por la misma Guardia Civil, otros ya tenían los resultados de la autopsia que aún no se había practicado, y los más atrevidos certificaban suposiciones inverosímiles. Llamadas y mensajes en grupo con opiniones diversas sobre la muerte de Juan Olmo y la detención de su esposa. Taquicardia, un resbalón, una maceta que calló del balcón, un infarto al ver al Señor, una bajada de tensión mortal, se ha muerto por cabrón escribió uno en el grupo, envenenamiento afirmó otro, los cuernos le han salido del revés, afirmó un chaval en uno de los mensajes instantáneos. La tormenta de conjeturas y deducciones se desató en el pueblo y en menos de una hora en las localidades vecinas y media España, allá donde se encontrase un vecino o un amigo de alguien que viviera en Setenil, sea lo lejano en el mundo que estuviese, sabía algo que tú no sabias.

En el salón de la Dolores la calma no parecía querer quedarse con ellas, un nerviosismo receloso mantenía inquietas a madre e hija, pensamientos alejados y gestos temblorosos, percibían problemas a corto plazo. Pensaba la madre en el marido de su sobrina muerto en la misma puerta de su casa, según dijo el doctor Eduardo, no de manera natural, es decir, asesinado. La calle permanecía cerrada por petición de la comandancia a la espera de que llegara un equipo de investigación para examinar la casa, eso no evitó que las ventanas y balcones, engalanadas para esos días, mantuvieran los ojos abiertos de tantos como allí se apostaron para seguir los acontecimientos de primera mano. Les pasó por la cabeza llevar el velatorio a otro lugar, pronto la casa se llenaría de vecinas que vendrían a consolar a la familia, seguramente con el añadido malintencionado de conseguir enterarse de noticias por parte de los familiares, bueno, son las cosas de los pueblos. Dolores encendió otro cigarrillo y se sirvió un vaso de ginebra, sin hielo, vio que su hija ojeaba una revista a la vez que indagaba en el teléfono móvil con soltura, parecía preocupada, pero no, Dolores la conocía y sabía que no estaba solo preocupada, la notó nerviosa como ella. Soriela se duchó tras irse las autoridades y el cuerpo médico, ahora vestía un pijama cómodo y unas zapatillas de andar por casa, con el pelo recogido en una cola y sin maquillaje mantenía su joven atractivo felino. Fumaba un cigarro mentolado del paquete que Oliverio olvidó cuando vino a ver la procesión, el amigo terminó por irse en el momento en que todo sucedió. Lo descartó como presunto asesino al estar con ella en casa viendo los soldados de la banda militar, hombres armados y fuertes de los que tanto les gustaban a los dos por compartir los mismos gustos con respecto a los hombres. Se quebraba la cabeza pensando en quien podría haber cometido el crimen, si realmente lo fue, buscaba un sospechoso, sin embargo, dudaba al pensar en el motivo, no quería la responsabilidad de formar parte de esa culpa, de esa razón por la cual mataron a Juan Olmo. Era algo que más pronto que tarde debía hablar con su prima, ella estaba obligada a mantener la boca cerrada, había mucho en juego. Al agitar la cabeza para espantar los pensamientos vio las llaves del chalet sobre la mesa, la casita como decían ellas, se preguntó si debía ir, aunque eso llamaría la atención levantando sospechas. –Debo pensar con cuidado, puede que me levante temprano para ir a correr y me pase –se dijo buscando soluciones a su enredo cuando la madre llamó su atención.
-Soriela, deja las llaves en su sitio, ya me encargo yo.
-Pero, madre, pueden verte.
-He dicho que dejes las llaves donde estaban y te vayas a tu habitación, hablaré con tu padre para que convenza a tu tío y se celebre en su casa el velatorio.
-No se habla con su hija desde que murió tita.
-Me importa una mierda que no se hable, hoy ha muerto su yerno en mi puerta y se han llevado detenida a su hija, si no le quiere hablar que no le hable, pero el velatorio será en su casa, bastante tengo yo ya.

¿Acaso madre e hija guardan un secreto en común junto a Carmen? ¿Porque no le habla el padre a su hija Carmen? ¿Y la familia de Juan Olmo, donde están? ¿Quien va a ir con Carmen si la trasladan fuera de Setenil en esos momentos? ¿Que hay en el chalet, o la casita, para que deban ir con urgencia? No sé, todo es gris.

 

ACTO SEGUNDO
En el puesto de comandancia recibieron la noticia con sorpresa y curiosidad. Un asesinato, o eso dijeron, en un pueblo no era casualidad, era ajuste de cuentas entre vecinos o, al menos, por ahí irían los tiros, eso pensaba el viejo guardia que se encargaba de las llamadas de teléfono. Al saber la noticia, el sargento llamó al capitán y al comandante y les contó lo sucedido. Tras una hora de charla y detalles expuestos sobre el informe recibido desde el puesto de guardia, el comandante hizo llamar a la persona que podría solucionar el asunto sin levantar mucho revuelo.
-Llame a Cayetano y dígale que haga lo posible por estar hoy aquí, no le diga nada del motivo aunque le pregunte, pero, asevere que he sido yo quien le ha pedido que lo llame.
-A su orden, señor –le dijo el sargento.
Cayetano Acril es uno de los pocos detectives de homicidios que se encuentra en la provincia, un joven de treinta y pocos años que cursó estudios en Madrid y que ahora ejerce en la zona. Está más ocupado en tramas relacionadas con el narcotráfico que con los asesinatos, su verdadera especialidad, y por la cual obtuvo el reconocimiento mayor al resolver un caso de un asesino en serie en la periferia de la capital. Lo destinaron a la zona en busca de soluciones para detener una banda organizada relacionada con la venta y suministro a ciertos clanes relacionados con las drogas. Llevaba infiltrado seis meses en una banda de moteros de la zona del campo de Gibraltar. -Seguro que agradece que lo saque de esa mierda y pueda volver a la realidad de la vida, con sus asesinatos e investigaciones como en la ciudad–. Se dijo el comandante, que era amigo del joven y fue quien pidió su incorporación a la provincia. Ahora lo necesitaba para este extraño caso que le daba mala espina y no parecía nada de lo que en un principio le contaron sus subordinados. Cayetano resolvería el asunto en pocos días y pasaría desapercibido, sin levantar revuelo caso de que lo hubiese. ¿Que qué relación tenían el comandante y Cayetano? ¿Y porque lo iba a sacar de una investigación en curso?  Ya lo veremos. A veces, los instintos emiten más fuerza interior que la razón y, el comandante, tenía uno de esos que lo alertaban.

Sonaba en el reloj de pared del despacho del comandante marcando la una de la madrugada cuando entro Cayetano. Pantalones vaqueros rotos por las rodillas, el pelo largo y recogido en cola, delgado, más que otras veces, y con barba espesa, descuidada como él. Las botas negras del cuerpo, una correa con una hebilla grande, una camiseta negra con la inscripción “mi polla manda” y un tres cuartos militar. En la mano llevaba una bolsa de papel y dentro una botella de whisky comprada en Gibraltar que dejó sobre la mesa con media sonrisa en la cara.
-Para usted, padrino.
-Será para los dos, ¿no? Anda ven, dame un abrazo, Cayetano.
Se fundieron en un tierno abrazo y el comandante soltó una lágrima imperceptible que el detective no vio.
-No me digas nada de cómo te va, ya sé que el esfuerzo es superior y las cosas se han complicado, por eso quiero que te apartes del caso un tiempo, ademas, tengo un asunto para ti, por eso te he pedido venir con rapidez. Ya encontraras el informe en tu habitación y cuando lo creas conveniente hablaremos sobre el caso, ahora bebamos y juguemos una partida.
Sacó dos vasos fuertes y anchos del mueble, los llenó hasta la mitad del glorioso líquido y se sentaron uno frente a otro, luego puso sobre la mesa del despacho un ajedrez echando las piezas negras y blancas sobre los cuadros del tablero.
-No me gusta tu barba, pero sí tu camiseta.
-¿Quieres una?
-No estaría mal para recibir al coronel que viene en unos días de visita.
Cayetano rió a carcajadas como si llevase tiempo queriendo hacerlo, el comandante tosió fuerte al tirar por el otro conducto un sorbo de whisky. Se limpió la nariz con una servilleta de papel rosa y sacó dos puros del cofre que mantenía cerrado en la mesa.
-Toma anda, que bien te hará fumar de verdad.
-Gracias, padrino, estaba cansado de otros tipos de cigarros.
-Las gracias se las das al coronel que me los ha enviado.
Y volvieron a reír de nuevo. El comandante le enseñó una pieza blanca del ajedrez indicando cuales eran las suyas. Cayetano cogió las negras y comenzó a situarlas en sus casillas.
-Parece que todavía recuerdas cómo ponerlas en su sitio.
-Al final tendrás que pagar la apuesta que me debes, padrino.
-Tengo anotadas tres a uno en mi favor.
-Eso es en tu libreta, la mía dice otra cosa.
-Calla, calla y vamos al lío, ya me quieres despistar con tu palabrería.
Quedaron durante un rato en silencio, situando las piezas de cara unas frente a otras. El apagado sonido del cuartel solo era interrumpido por el sonido metálico del timbre del teléfono que a esas horas se expandía en fría soledad por el edificio. Pasó la hora de nuevo y marcaron las dos en el reloj, el comandante llenó de nuevo los vasos y brindaron.
-Por tu padre, –dijo el comandante y padrino de Cayetano- por sus güevos.
-Por él y por ti.
Allí durmió esa noche y dos más, la primera por lo bebido con el comandante que dio para mucho hasta las siete de la mañana, dos partidas de ajedrez y una botella y media de whisky. El segundo día quedó en el apartamento durmiendo sin salir de la habitación ni para comer, llevaba una semana dura a la espalda y quiso relajar músculos y tensión acumulada, manteniéndose cercano a los brazos olvidados del hijo de Hipnos y Nix, Morfeo, el principal de los Oniros, sus mil hijos engendrados. Y el tercer día se levantó temprano y salió a correr campo a través, luego compró la prensa, pan, mortadela y un par de latas de refresco de cola. Al llegar al cuartel subió a la azotea del edificio, se sentó y comenzó a leer el artículo de un tal Heredia donde hacía referencia al asesinato de Juan Olmo, vecino de Setenil, en la misma Semana Santa. El periodista hablaba de crimen vengativo y de un supuesto lío de faldas, lo normal en estos casos, suponer en vez de informar. Al terminar el artículo acabó con uno de los refrescos y se hizo el bocata con mortadela, miró al horizonte, pensando en la manera en que debía llevar este asunto. Tras varios bocados terminó pensando que cada crimen es distinto, no hay dos iguales, cada asesinato esconde algo que lo hace diferente a otro, incluso cuando los hace el mismo asesino y con la intención de conseguir semejanza entre ellos.
En la oficina del puesto de guardia de la comandancia sonó el teléfono insistentemente hasta que fue descolgado. El cabo Arriaga atendió la llamada, anotó lo que le decían sobre una hoja que, al colgar, arrancó de la libreta y con prisas subió las escaleras en dirección al despacho del comandante. La ligereza casi le juega una mala pasada y se va al suelo al terminar el último escalón, se libró del golpe al agarrarse con fuerza a la barandilla y poder mantener el equilibrio. Apretó paso y sin llamar a la puerta entró con la cara descompuesta y la hoja arrancada a la libreta en la mano.
-¿Qué ocurre, Arriaga? ¿No sabe llamar?
-Perdone, señor, es de suma importancia.
El comandante se puso las gafas y miró detenidamente la hoja, luego comenzó a leer lo que el cabo anotó con prisas.
-Esto no hay quien lo entienda, Arriaga, ¿qué cojones pone aquí?
-Señor, acaban de encontrar otro cuerpo en Setenil, puede llevar entre 12 y 24 horas muerto.
-¿Cómo? Siendo así lo asesinaron el sábado en la tarde noche. ¿Qué más le han dicho?
-Que llame urgente a ese número de teléfono.
-¿Qué número?
-El de la hoja que le he entregado, señor.
-¿Pero esto son números, Arriaga? Madre de mi vida, ¿algo más?
-Nada, colgaron y vine en su busca.
-Bien hecho, Arriaga, bien hecho. Escriba el número que se entienda y luego retírese y cierre la puerta al salir.
El cabo anotó los números con más paciencia y claridad en la misma nota, al terminar salió del despacho cerrando con cautela. El comandante suspiró paciente y marcó en su móvil el número y vio que pertenecía al sargento de Setenil. Se llevó media hora conversando con él y todo le quedó claro. La mala espina que le daba el crimen de Juan Olmo se confirmaba, ahora se alegraba de haber pedido a Cayetano que viniese y dejase su infiltración. Seguramente recibiría alguna queja de un superior y hasta le podrían sancionar si lo veían como una orden innecesaria, pero no le importaba, era su ahijado y era el mejor. Dos muertes, una en Viernes Santo y otra en Sábado Santo parece ser.
-Cuanta mierda en dos días, los hijos de puta no respetan ni al mismo señor y la virgen –dijo para sí mismo el comandante. ¿Otro muerto? ¿El mismo asesino? ¿La misma forma de matar? No sé, Setenil es un pueblo pequeño con gran afluencia turística, eso podría enmarañar la investigación, todo se verá.

 

ACTO TERCERO
El rugido de la moto al arrancar resonó fuerte y desgarrador dentro de la cochera donde se hallaban los vehículos oficiales. Al abandonar la comandancia y salir a la calle se acentuó suave y apacible el sonido de la chopper en el asfalto. Antes, cambió la matricula quitando dos pegatinas que lo relacionaban con la banda de moteros. Por delante, una carretera recta y curveada, marcada como todas las de montaña por su serpenteante trazado mientras más te acercabas a la sierra. Comenzaba el lunes, mejor día de la semana suele decir Cayetano, apoyando el razonamiento positivo en que aún quedan seis días por delante para aprovecharlos viviendo y completar así los siete. Acelerador, marchas y carretera, dos crímenes, un destino desconocido de tres mil habitantes, una casa alquilada y de nuevo a lo suyo, encontrar asesinos desde la oscura opción del secretismo ante todos. Investigar para esclarecer lo ocurrido. Vida.

A pesar de que ambos cuerpos permanecían aun en las dependencias habilitadas para la autopsia, las familias decidieron ponerse en luto y velar hasta la llegada de los cuerpos en la iglesia mayor, mejor situada por su capacidad de espacio y donde mejor podían despedir sus amigos y familiares a los dos ¿asesinados?. Allí se reunieron ambas familias, la de Juan Olmo y la de Ignacio Salazar, el último asesinado, junto a ellos muchísima gente del pueblo y localidades vecinas que pasaron por el sitio a mostrar sus respetos y dar el pésame. Muchos de los congregados, vecinos y algunos conocidos, acompañaban a los dolientes en silencio en la iglesia y con curiosidad y bromas en la plazoleta. No es que fueran muy queridos, pero eran parte del devenir diario, los dos eran acusados de “mala follá”, poco dados a hablar por la calle en saludo y de los “echaos palante” con la bebida. Sin embargo, eso sí, eran del pueblo, puede que tú seas un mierdas, solo que basta con tener una familia en buena estima, con eso es suficiente para acudir a velar, a veces incluso con menos, un velatorio da mucho juego a quienes nada han perdido.
La gente, a pesar del frío que se vino, no buscó resguardo en el interior de la iglesia ni en los portales de las casas de la plazoleta de la Villa. La charla común tomó los derroteros esperados, que pasaría tras los dos asesinatos. Pasaron tres días y, como si de un toque de queda se tratase, a partir de las nueve de la noche ningún menor rondaba las calles, y los mayores, al menos de dos en dos iban o venían del bar, ese día nadie se fue solo a sus casa desde el velatorio, y en los siguientes incluso se evitaban las calles más alejadas y menos iluminadas. Por las mañanas y las tardes dejó de verse gente pasear en solitario, y las casas permanecían cerradas durante las veinticuatro horas que se contaban por jornada. Algo cambió, en todos, menos bromas, miradas recelosas, acusaciones entre los distintos grupos de redes sociales, apenas se veía gente con quien conversar por las calles, la desconfianza de cada cual, el oscurantismo con que era llevado el caso y las dudas surgidas sobre quien podría ser el asesino, llevó a todos a culparse y casi que a negarse la mirada. Desconfianza, se podría decir que era la palabra que mejor definía el estado emocional de todos y todas en Setenil. 
Los bares cerraron temprano, las luces se apagaban en las viviendas, y los perros ya no ladraban en la noche. Setenil se vio superado.

Al siguiente día trajeron lo cuerpos por la tarde, y se mantuvo el velatorio hasta llegada la mañana, entonces el párroco local ofreció una misa sentida y llena de emociones. Muchas fueron las lágrimas y bastantes los que por bajini  se dijeron que buen viaje llevasen los mal nacidos chulos y prepotentes. En los pueblos hay de todo, eso sí, la gente no te perdona las miradas con desprecio ni el chuleo callejero de creerte mejor que nadie. Se llevaron los ataúdes al cementerio y allí se les dio descanso. La familia de Ignacio Salazar pasó inadvertida y en la de Juan Olmo se pudo sentir que ninguno de sus miembros respiraba sin mirar al de al lado con maliciosos pensamientos.

¿Por qué la gente no los tragaba? ¿Que clase de personas eran? ¿A quienes miraban con soberbia? Eso lo sabéis vosotros, no hace falta que os lo cuente, pero se verá en adelante, en breve.

Mientras tanto, al llegar al pueblo, Cayetano Acril se instaló en una casa en las Cuevas de la Sombra, céntrica ubicación y sin apenas vecinos a la vez que alejada. Guardó su moto en una cochera de la dueña de la casa, la señora decidió, tras hablar con él, entregarle una llave de su garaje por el tiempo que necesitara en su estadía en Setenil. Le comentó a la dueña que trabajaba para una revista de turismo y recababa información sobre la localidad, ella lo encontró normal teniendo en cuenta la elevada afluencia de personas atraídas por su tranquilidad, las particulares imágenes de sus rincones, sus famosas casas cueva y la buena gastronomía, que recibía Setenil últimamente.
-El mes serán trescientos euros, luz y agua aparte, o pagando ciento cincuenta más le quedan incluidos.
-Le pago este mes con todo completo y antes de que acabe le digo si me quedo otro.
-Perfecto, pero avise usted con tiempo por si nos preguntasen para alquilar.
-Lo tendré en cuenta, gracias por todo.
-Cualquier cosa no dude en llamarme, para lo que necesite o si quiere alguna información del pueblo. Y no olvide hablar bien de la casa en su artículo, se lo agradeceré.
-Cuente con ello.
Y le entregó dos llaves, una de la casa y otra de la cochera, que se encontraba a mitad de la calle donde estaba una churrería. Usó para pagar billetes de cincuenta euros de los tres mil que le entregó el comandante para gastos. Cerró la puerta y subió a la habitación donde abrió el macuto militar y colocó la ropa en el armario. En la habitación pequeña colgó un cuadro de corcho para mantener un directorio de personas relacionadas con el caso, luego abrió un ordenador con toda la información recibida y las autopsias de ambos cadáveres, por último, un bloc de mediano tamaño en el que escribió la fecha y el lugar donde se encontraba encabezando la primera página con el titular;

“CASO 1º LOS CRÍMENES EN SETENIL”.

“No es fácil encontrar culpables si todos se sienten victimas”

CONTINUARÁ… o no, no sé.

14 comentarios en “CAYETANO ACRIL Y LOS CRÍMENES DE SETENIL (1)

  1. Pingback: Universo Setenil: el territorio literario de Sebastián Bermúdez Zamudio | imaginaSetenil

  2. M. Carmen Bermúdez Zamudio

    Jajajajajajjaja… Me ha encantado, pero como nos vas a dejar así???? Chulisimo, bien escrito y rapidísimo de leer, te lías, te lías y cuando te quieres dar cuenta, ya está abriendo el ordenador… Anda, échale otro ratito y lo acabas. 😘 😘 😘

    Le gusta a 1 persona

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