FÁBULA DEL CALLEJÓN

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Cuando Curro Galán se encontraba en mitad del callejón que unía la plaza con las Calcetas, oyó unos pasos a su espalda, al darse la vuelta pudo distinguir bajo la luz de la farola que iluminaba el acceso, una figura envuelta en una capa negra, con sombrero de ala ancha y copa baja cubriendo su rostro. En su diestra portaba una espada ropera, haciendo centellear la punta al arrastrarla por el muro de piedras, se detuvo a unos diez pasos de su presunto objetivo, señalando con la punta de la toledana el extremo contrario del callejón mientras alzaba su rostro para mostrarse. Curro se mantuvo tranquilo, desenvainando su espada y tomando su vizcaína del cinto dio un paso al lado, percatándose de la llegada de dos invitados más por la entrada de la plaza, estos sin capa, con pañuelo en la cabeza y cubriendo su cara con una máscara de tela. Ambos individuos caminaban despacio, a un metro y medio uno del otro, cerrando escapatoria, portando la espada en ristre, dispuestos a batirse contra el acorralado, a morir… o a vivir, nunca se sabe.

-Llegó tu hora Curro, ya está bien de abusar de quien no te pertenece. –Dijo el que solo se encontraba.-

-Yo no abuso de tu mujer, Santino, los dos gozamos en la cama, y a veces sobre la mesa. –Dijo Curro tranquilo mientras guardaba una carta dentro del jubón.-

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Dos faroles iluminaban las entradas al corto túnel desprendiendo una luz amarillenta a esas altas horas, bien pasada la medianoche, la negra oscuridad se ceñía sobre Setenil como extensa manta en cama de rico. El tema de cuernos era debate diario en el mentidero de las cuevas, donde el sol calentaba a mediodía, Santino soportaba miradas, dimes y diretes a su espalda y hasta un soneto de Quevedo le recitaban cuando no se encontraba presente.

Cuando tu madre te parió cornudo,

fue tu planeta un cuerno de la luna;

de madera de cuernos fue tu cuna,

y el castillejo un cuerno muy agudo.

 

Gastaste en dijes cuernos a menudo;

la leche que mamaste era cabruna;

diote un cuerno por armas la Fortuna

y un toro en el remate de tu escudo.

 

Hecho un corral de cuernos te contemplo;

cuernos pisas con pies de cornería;

a la mañana un cuerno te saluda.

 

Los cornudos en ti tienen un templo.

Pues, cornudo de ti, ¿dónde caminas

siguiéndote una estrella tan cornuda?

 

Esa tarde, al igual que muchas en su devenir semanal, Curro Galán abandonó su casa con la intención de beber unos vinos y comer algo en el mesón. Soltero, veinticinco años, alto, moreno con cabello largo, marcado por una cicatriz en la parte izquierda de su frente, “cosas de Flandes” decía Curro a quien se interesaba por ella. Formó parte de los tercios que combatieron y conquistaron el mundo, hombre alegre que gustaba de tentar a la suerte, sobre todo en el tema del amor y del juego. Su talante le proporcionó varios amoríos en el pueblo pero uno, Juanita la de Santino, le ganó la partida llevándolo varias veces a cruzar la barrera de lo permitido y lo prohibido. Esa noche, en el Callejón, quedarían rendidas las cuentas pendientes.

Llegado al mesón se encontró con el “padre cobijo”, conocido con ese sobrenombre por la cantidad de ayudas que prestaba a los desamparados, todos recurrían a su buena voluntad en estas fechas tan difíciles.

-Padre, siéntese y me acompaña en el almuerzo. –Le dijo Curro.-

-Nunca está de más algo de comida amigo, pero prefiero un vino, muchos pasan hambre y no quiero cargar mi conciencia cuando tantas familias no tienen que llevarse a la boca.

-Usted mismo, sea pues un vino.

Tomaron asiento en la mesa junto a la pared, bajo la ristra de ajos y el yugo, el mesón estaba lleno, el grueso camarero se movía con dificultad para servir las mesas mientras su hijo le ayudaba torpemente. La cocina la manejaban Aurora y Vicenta, hermanas que llegaron de Ciudad Real para casarse durante la repoblación de la zona. Hoy preparaban una olla podrida en los fogones, sobre una “trébede” mantenían una caldera que subían de vez en cuando con el “llar”, para retirar del fuego, luego, Aurora removía ayudada de la “trulla” los alimentos que iba cocinando. Todo el mesón se encontraba atrapado por el embriagador olor que desprendía la cocina, quien pudiese pagarse un buen plato seguro que terminaba agradecido, quien no, se conformaba con ver comer a los demás.

“SOLO HAY DOS LINAJES EN EL MUNDO: EL TENER Y EL NO TENER.”

Sancho Panza.

 

-La iglesia no pasa hambre, padre. –Dijo Curro.-

-Yo represento a una parte de la iglesia hijo, somos muchos los que buscamos en la ayuda a los necesitados el perdón de Dios. Es fácil criticar desde tu lado pero difícil ponerse en el nuestro. ¿Sabes una cosa amigo? Algún día la iglesia acabará, se terminará por no creer en nada, entonces llegará el momento de preguntarnos a donde ir. –Contestó a la afirmación el padre “cobijo”.

-¿A dónde ir?

-Claro, si no creemos en un lugar al que ir cuando nos llegue la muerte, ¿qué futuro nos espera?

-Pues no se padre, tal vez el mismo que ahora, o acaso cree usted que iremos al cielo. Siento decirle que a todos nos comerán los gusanos.

-Al cuerpo seguro, pero… ¿y el alma? ¿Dónde irá nuestra alma?

-La mía al infierno, no cabe ninguna duda. -Sentenció Curro Galán.-

-Si das por hecho el infierno, das por hecho el cielo.

-Bebamos un poco de vino y dejemos esta conversación tan aburrida. Ya veremos donde iremos querido amigo, y sobre todo quien nos esperará.

Llevó el hijo del dueño una “alcuza” con aceite y un “tabaque” con dos rodajas de pan candeal de miga blanca, una jarra de vino y un plato de chicharrones de tocino, sirvió en los dos vasos y brindaron por un futuro prospero el padre “cobijo” y Curro.

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ALMUERZO DE CAMPESINOS, D. DIEGO VELÁZQUEZ.

 

En la barra del sitio hablaban de lo mal que se encontraba el pueblo, el paso del Ejército Real vació los graneros y recaudó gran cantidad de cerdos y gallinas para su sustento, era el precio a pagar por la Real Pragmática firmada por Felipe IV y que liberó a Setenil de Ronda. Los ganaderos se quejaban de ese abuso y los agricultores de la falta de grano para el invierno, a cambio dejaron unos soldados viejos para instalarse y llevaron consigo a los jóvenes que quisieran luchar a favor de la corona española. Ese era el suceder en nuestra Gran España, reina del mundo conocido y que ahora se disponía a finalizar la Tregua de los Doce Años con Holanda, reforzando el ejército allí establecido para retomar el mando de la mar, últimamente denostado por culpa de piratas y comerciantes holandeses que al fin y al cabo eran los mismos canallas.

Setenil vivía ajeno a todas esas preocupaciones, su mundo se basaba en la era de trilla para sus cereales, el olivar, que emergía como nueva fuente de ingresos, y el monte de encinas donde criar cerdos para consumo y comercio con negociantes venideros. Los difíciles momentos que se vivían tenían su punto de inicio en la llegada de la soldadesca y en las campañas, que alejaban a las familias en busca de trabajo a la campiña sevillana y jerezana, pronto volverían con caudal ahorrado que ayudaría, junto a la promesa real de la Carta de Privilegios, incumplida hasta esa fecha, a crear un floreciente porvenir.

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Curro Galán salió del mesón para volver a su casa en las Calcetas, al salir se despidió del padre “cobijo” estrechando la mano de este y deseándole lo mejor. Luego echó una ojeada desde la plaza al Lizón, donde la albañilería estaba al orden del día en cuanto a obras, reformas de casas y, como no, finalizar por fin la iglesia de la villa, que daba la impresión de nunca acabar. Decidió dar un paseo a caballo, subir hasta la ermita de San Sebastián y rezar un Padre Nuestro y un Ave María en honor del infante, hijo de los Reyes Católicos, allí enterrado. Una vez tuvo al caballo con los arreos tomó el camino que llevaba hasta la ladera de arriba, dejando el camino al Tajarejo a la derecha, tomando la calle empinada una vez sales del callejón a la plaza.

La ermita de San Sebastián es un templo pequeño, construido para indicar el paso de sus católicas majestades por la zona y el dominio del ejercito de Dios sobre el de Alá. En su interior se respira la seca humedad y el olor de las velas encendidas en sus rincones. Los fieles que acuden al lugar suelen ir acompañados de alguna ofrenda floral y de alguna petición de amor, salud, trabajo o vuelta a casa de algún ser querido. Muchos son los que arrodillados pasan su puerta de arco para solicitar el ansiado perdón o el pago de alguna “manda” cumplida, a veces, desde el mismo inicio de la ladera se postran para hacer el camino en sumiso acatamiento divino.

Abajo en el mirador, ante la grandiosidad que ofrecen las vistas de este Setenil empeñascado, se puede distinguir el dolor sufrido, el valor empecinado de la resistencia, los amores idos, las vidas perdidas, las razones encarceladas y la sangre derramada durante el asedio sufrido por la villa. Hoy es lugar en creciente lentitud que se enfrenta a promesas e imposiciones de los nuevos tiempos, a suertes y envidias, a consejos de aconsejados, a su propio destino.

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Juanita la de Santino era una mujer bella con cara de ángel endemoniado, morena de quitar el sentido y provocar vértigo en los hombres, sobre todo debido a su prominente trasero y especiales razones delanteras. Mujer sabedora de su encanto del cual alardeaba en forma de generosos escotes, paseando su belleza cada mañana a la hora de pasar por la plaza camino del mercado, su alegre carácter tenía cautivados a todos los jóvenes y a los no tan jóvenes. Su marido era dueño de las mejores tierras de cereales y de un encinar donde criaba los mejores cerdos de la comarca, un rico y poderoso señor rural que presumía de poder y de mujer, por ese orden, y era envidiado por todos, por todos menos por uno, Curro Galán, este solo poseía lo que trajo de sus aventuras en las guerras y una planta de hombre fascinante que atrajo en demasía a Juanita.

Se conocieron a la llegada del soldado a Setenil, mientras se instalaba en una casa que le cedieron en las Calcetas. Juanita llegaba calle arriba desde las cabrerizas, donde bajó a pasar un rato con las lavanderas del servicio, Curro, al verla, se desquitó el sombrero y con reverencia incluida le guiñó el ojo, ella, con una sonrisa agradecida del gesto le devolvió el saludo con un ademán de cabeza. A partir de ese momento todo fueron bajadas al río, paseos por el recinto amurallado del cerrillo frente a la villa, mañanas en misa donde las miradas se buscaban bajo el blanco celestial de las paredes y muchas, muchas noches de saltar el balcón de la casa de la bella mujer.

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 A oídos del marido llegaron los rumores de la cornamenta, eso provocó que espiase a su señora en alguna noche, aunque nunca logró éxito en sus desvelos nocturnos, si los vigilantes de Santino eran precavidos, mucho más lo eran las sirvientas de la señora. El señor dejó de pasar por la alcoba, alegando que apenas si podía atravesar la puerta pues los cuernos chocaban y le impedían el paso, Juanita se temió lo peor y decidió escaparse junto a Curro Galán antes de que sucediese lo que se preveía por la actitud de su marido.

-¡Ni se te ocurra salir a la calle! –Le gritaba el cornudo marido cuando la veía arreglarse.-

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El soldado, llegado al pueblo tras sus campañas en los tercios, no era partidario de huir, era hombre de lucha y para nada la palabra cobarde existía en su diccionario. Habló con Juanita, una tarde que su marido tuvo que ir a Ronda y quedaron en verse en el mirador del Lizón.

Desde el Lizón se observa en la distancia los encinares lejanos dibujados bajo el cielo de esa tarde, se ve igualmente como triste y desolada se encuentra la calle principal que acomete el recorrido más importante del pueblo, desde las cuevas de abajo hasta la empinada calle que llevaba a la salida de Olvera y El Gastor. Allí se presentó Juanita, vistiendo de negro recatado, con un velo que cubría su rostro dañado con un moratón en el ojo derecho, fruto de una borrachera de Santino la noche anterior. La señora se hizo acompañar por una de sus sirvientas que quedó a una distancia prudente de ambos, pretendiendo no entorpecer la conversación con su presencia, manteniéndose alerta de las llegadas por los anexos, todo cuidado era poco. Tras ellos se elevaba hasta el cielo la Torre del Homenaje, silenciosa, aguzando los sentidos para retener en sus muros todo cuanto los años, muchos ya, le iban mostrando de las personas.

-Debemos escapar juntos, mi vida corre peligro, paso las noches en vela sin saber si llegaré al día siguiente. ¡Escapemos! –Suplicó Juanita en su primera frase.-

-Nada es tan fácil como escapar, ¿pero… a dónde? –Contestó Curro temeroso de la situación venidera.-

-Donde sea que estemos juntos, solo eso deseo.

Curro no se percató del morado ojo de la bella Juanita, el velo y el maquillaje lo encubrieron ante cualquier mirada inoportuna, ella no quiso contarle lo ocurrido, bastante tenía ya con la inaguantable situación en casa como para empeorarla aun más.

Acercaron sus manos en una caricia ínfima, separados apenas un metro el uno del otro, mirando a distinto sitio para disimular, Juanita mantuvo sujeta con fuerza la mano de Curro un instante, sintiendo a través de la piel palpitar su corazón, desenfrenado, perturbado, vagando en un mar de dudas.

-Dejemos pasar un tiempo, poco, no podemos huir sabiendo que la ley nos perseguirá el resto de nuestros días. Mañana volveremos a vernos aquí, si no puedes venir envía a alguien de confianza y le daré una respuesta segura, pensaré en la forma de estar juntos en adelante.

Juanita lo miró a los ojos, penetrando hasta su interior, indagando su pensamiento, percibiendo frialdad en las palabras que de su boca salían.

-Así haré, hasta entonces no volveremos a vernos.

Pasó su mano por la mejilla del amante eterno, suavemente, rozando con sus dedos los labios de este, luego se alejó junto a Carmela, su más fiel confidente, él la observó mientras bajaba por la pequeña cuesta que llevaba hasta la calle del Príncipe, pensando en lo hablado, intentando comprender como era posible haber llegado a ese extremo por una mujer, él, que se prometió a sí mismo no volver a caer en brazos de amoríos tras una mala experiencia. Especulaba con ese futuro planteado por Juanita, no lo veía claro, ¿Qué harían? ¿De qué vivirían? ¿Dónde? Se acordó del padre “cobijo” y sus predicciones, un mundo irreal le acechaba, una vida incierta.

Con esas preguntas llegó hasta su casa, decidió no tentar a la suerte y huir… huir pero en solitaria escapada, alejarse del amor, dejar atrás todo y comenzar de nuevo en cualquier parte, seguramente alistándose de nuevo para otra campaña, Flandes requería de hombres curtidos en batalla y Curro lo era. Preparó una talega con algo de comida que le quedaba en casa, un cuarto de queso, un chorizo, un trozo de carne seca y medio pan moreno, la bota estaba llena de vino de esa tarde que la colmó en el mesón. Todo listo, esperaría a la noche y luego huiría, antes dejaría una carta para Juanita, se la haría llegar por debajo de la puerta al padre “cobijo”, él se la entregaría en su nombre con total seguridad y con disimulado trato.

¡Qué verdadero dolor,
y qué apurado sufrir!
¡Qué mentiroso vivir!
¡Qué puro morir de amor!

Francisco de Quevedo. (Redondillas)

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Juanita pensaba enojada y dubitativa en la situación, sentada en su sillón no dejaba de dar vueltas sobre lo acontecido esa tarde tras su encuentro en el Lizón. Las palabras inseguras de Curro le preocuparon, su clara idea de huir con él no llegaba a tomar toda la fuerza que en un principio pensó, algo no estaba del todo claro y continuaba manteniendo desconfianza en sus divagaciones. Aborrecía sobremanera a su marido, ya no lo amaba, nunca lo quiso, se casó por dinero, nada más lejos de la realidad, su matrimonio la mantenía como señora de bien, apenas si veía a Santino que se pasaba las horas en el campo, trabajando y pendiente del ganado como cada día de la semana. Su esposo la solicitaba en las noches para desahogo y rápidamente quedar dormido por el agotamiento, paseaban juntos algunos días señalados, asistían a misa religiosamente y en momentos determinados, visitaban a los amigos en ocasiones especiales y ahí acababa su relación. Encontró en Curro ese amor que no tenía en casa, era tierno con ella, la besaba con dulzura y la piropeaba con adulaciones continuas, cuando hacían el amor disfrutaban hasta quedar extasiados, ambos se querían, eran amantes en la oscuridad, recelosos del claro día y cómplices de una relación prohibida aunque necesaria para su vivir diario.

El paso de las horas conllevaba nerviosismo hasta la casa de Santino, la noche llegó y Juanita terminó por acostarse, inmersa en la duda y el desencanto. Comprendió que no era posible la relación, que Curro Galán no era su marido y que la aventura tocaba su fin, debía restablecer su relación con Santino, pasó por alto el golpe de la noche anterior queriendo entender los motivos incomprensibles de su marido. Lo engañó con un desconocido, varias veces, alcanzando incluso a no existir para su marido, seguramente su amante no pensaba igual que ella, un pasatiempos, eso pensó que significaba para Curro. No podía conciliar el sueño y llamó al servicio para que le llevaran una bebida caliente y relajante.

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La boca del túnel que enfilaba la plaza bajo el Lizón se encontraba vagamente iluminada por el farol de entrada a este y por el de la salida, en su interior, una penumbra con sentido de acabamiento parecía haberse establecido deseosa de recaudar algún alma, merecedora o no, que acompañara a la muerte hasta su morada.

Curro Galán escribió unas cortas líneas en un papel, en el reflejaba su sentir y su desdicha al abandonar de ese modo a su amada, reconociendo su cobardía ante el destino incierto y dejando claro que en otras circunstancias, en otro momento, en otro lugar tal vez todo hubiese sido diferente. Expresó su amor inconcebible y su deseo de no olvidar nunca los instantes vividos, reveló con palabras lo que el corazón le dictaba, dejando una lágrima en cada letra, en cada frase, estallando en una locura de indecisión que su juicio le llevó a finalizar el escrito con el primer terceto de un soneto del fénix de los ingenios;

“creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.”

 Lope de Vega (Desmayarse, atreverse, estar furioso)

 

Al llegar al final de la cuesta envuelto en su desgastada capa, miró a ambos lados de la calle, a derecha y al frente, nadie vio y continuó andando, quería dejar la carta en la casa del padre “cobijo” antes de partir a esas horas de la noche. La llegada de la mañana le mantendría bien alejado de Setenil y de Juanita, a pesar del intenso dolor que sufría por amor, sentía alivio ante la decisión tomada, decir adiós al amor deseado a cambio de nuevos aires y nuevos caminos para volver a la aventura, Flandes esperaba en su momento más álgido siendo buen lugar para morir, o al menos para intentarlo.

Pensaba en esas cuando penetró en el túnel del Callejón, lugar de desventuras, duelos y enfrentamientos a navaja abierta por decenas de cosas pasadas en esta vida. Corría una ligera brisa que cortaba la piel de la cara con su suave intención, el suelo se encontraba ligeramente mojado por unas gotas de agua caídas horas antes, las paredes se mantenían húmedas y el paso interior oscuro a pesar del esfuerzo de los faroles por mantenerse alertas. La calle pareció alargarse en esa última noche en el pueblo, al llegar al centro del pasaje oyó pasos a su espalda.

-Llegó tu hora Curro…

 

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Llegado el momento en que uno puede despedirse de todos sin hacerlo es mejor tener una espada en la mano. Eso pensó el acorralado protagonista cuando uno de los dos que entraban por el lado de la plaza se acercó confiado y valentón hasta él, un aviso de Santino para que tuviera cuidado no le llegó a tiempo y en menos tiempo del que se tarda en decir “correviento”, Curro Galán le tenía clavada en el cuello la toledana, saliendo por la parte trasera de la garganta, la nuca, la afilada punta del acero.

El compadre que acompañaba al desgraciado ensartado tuvo a bien prevenirse y arrimó la espalda a la pared mientras se acercaba con pasos tímidos, Santino no quiso perder compás de avance y por la derecha del acosado le entró valiente con el terciado en posición justa,  buscando un hueco por donde entrar a matar. Una vez a tres pasos de este le acosaron con una tirada por ambos partidos, el de Flandes estaba curtido en estas lides y aprovechó su capa para arrojarla a la cara de Santino, usando seguido su vizcaína con destreza, asestando un tajo hasta la guarnición en el costado del enmascarado.

-¡Tus muertos joputa! –Gritó el herido de muerte.-

-¡Los tuyos cabrón! –Sentenció Galán tras dar un rodillazo en la cara de su agresor y tumbarlo en el suelo medio muerto.-

Santino se deshizo de la capa y encaró al amante de su mujer, le tiró una estocada buscando su corazón, Curro realizó un esquive aunque resbaló con el agua del suelo y la sangre derramada por el otro adversario, pudo sujetarse a la pared pero Santino anduvo rápido y le lanzó un afilado tajo que le cogió el brazo izquierdo y le abrió herida sangrante al amante. Un paso atrás con intención le salvó de una muerte segura en ese momento, ese movimiento envalentonó al cornudo marido que tiró de corazón y bravura lanzándose en busca del remate final, Curro lo vio venir y sorteó la intención con un contra-arresto de toledana, dejando fuera de posición al atacante y quedando a merced del agredido que no dudó en clavar su vizcaína en el pecho de Santino.

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Abrazado a Curro Galán quedó un instante el marido consentidor, mirando sus ojos mientras por la boca echaba grumos de sangre en borbotones, sonriendo mientras sucumbía, apretó fuerte en su abrazo manteniendo cerca de él a Curro, ganado tiempo suficiente para sacar su pistola tercerola y propinar un disparo en el pecho del amante de su mujer.

-Ni para ti, ni para mí. -Le dijo muriendo el marido agraviado.-

Curro salió despedido por el impacto y cayó de espaldas contra el mojado suelo, oprimiendo su pecho con las manos y viendo como se le iba la vida, intentó levantarse apoyando sus manos en los muros, tirando de las piernas en un ejercicio de esfuerzo y voluntad, resbaló cayendo de nuevo al suelo, se arrastró y consiguió apoyar la espalda contra el muro, ahí se rindió. Levantó la mirada al oír un grito, apenas pudo distinguir una figura a la entrada del túnel, borrosa imagen que se acercaba hasta él.

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Juanita oyó el disparo en la puerta de su casa, tras ser avisada de la salida del señor con espada al cinto y pistola cargada, imaginó lo peor y corrió calle arriba hasta llegar al Callejón. La escena permaneció en su retina durante segundos inacabables, cuatro cuerpos en el túnel yacían tendidos sobre el frío suelo, sin vida, sin pena, sin gloria, se fijó en Curro apoyado en el muro, sentado con las piernas estiradas, conoció a su marido por la capa y el sombrero a su lado, yacía boca arriba con una vizcaína clavada en el pecho, a poca distancia de él dos cuerpos más que no conoció ni le interesaban. Comenzó a andar hasta Curro que nuevamente pretendía levantarse apoyándose en la toledana, Juanita llegó hasta él y le habló desconsolada.

-¡Curro! ¡Curro! ¿Qué locura habéis cometido?

Él la miró detenidamente y nada pudo decir, cayó de rodillas y luego de costado, sin vida, muerto por huir del amor, o muerto por hacerle frente, al fin y al cabo muerto. Ella observó la carta que sujetaba en la mano ensangrentada, la cogió y distinguió su nombre escrito en el papel “A mi querida Juana” entonces lloró, lloró ríos de lágrimas, lanzó un grito ahogado, mudo, y se derrumbó.

El Callejón quedó ensombrecido por la pena, por el dolor, por la tristeza, comenzó a llover, a llover sangre.

4 comentarios en “FÁBULA DEL CALLEJÓN

  1. Pingback: Universo Setenil: el territorio literario de Sebastián Bermúdez Zamudio | imaginaSetenil

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